Jot Down Cultural Magazine – Los derechos del hombre… ¿y de la mujer?

Los derechos del hombre… ¿y de la mujer?

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Primera edición impresa de Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft (DP)

Primera edición impresa de Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft (DP)

Empezaremos con una falacia: el siglo XX es el siglo en que la mujer entra en la historia. No es que no sea cierto, pero es una afirmación demasiado simplista, y como todos los tópicos, la parte de verdad que contiene queda oscurecida por la parte de verdad que deja fuera. Hasta el siglo XX las mujeres no votan, no van a la universidad, no tienen derecho a disponer de su propio dinero y su propia vida («la habitación propia» de Virginia Woolf), no son diputadas o presidentas de algún partido o gobierno, etc. Sí, cierto, pero jamás olvidemos que estamos hablando para lo que llamamos el mundo occidental, o el mundo desarrollado. Fuera de Europa, América (según partes), Oceanía (ídem) y algunos países de Asía y África la situación de la mujer es tan radicalmente distinta que la gran mayoría de ellas no podrían ni leer este artículo ni escribirlo, porque son completamente analfabetas y porque jamás han oído hablar de esa cosa que nosotros, los civilizados, llamamos alegremente «los derechos humanos». Por desgracia yo tengo que centrarme en la evolución de la mujer en Occidente, desde el punto de vista social, porque en muchas otras partes del mundo no ha habido evolución alguna (y puede que no la haya nunca, permítanme, ya se que no está bien visto, ser un poco pesimista al respecto). Y de eso voy a hablar.

Marie Olympe de Gouges, por Alexander Kucharski (DP)

Marie Olympe de Gouges, por Alexander Kucharski (DP)

¿Todo empieza con el sufragismo? Pues no. Aunque según qué libros parezca que sí. El movimiento sufragista es fundamental en la historia de la mujer. Pero nada nace de la nada y creo que es justo recordar a dos mujeres que deberían ocupar un hueco de honor en el panteón de las mujeres ilustres, al menos dentro del apartado de la lucha por los derechos de la mujer. Me refiero a Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft. La segunda es más conocida que la primera, sobre todo en círculos literarios, por ser la madre de Mary Shelly, la autora de Frankenstein, pero, en lo referido a sus escritos feministas, su trabajo sigue siendo poco conocido. Ambas, no es ninguna casualidad, coincidieron y maduraron al amparo de la Revolución francesa. Ambas, no es ninguna casualidad, fueron atacadas por sus propios compañeros de filas. La revolución es un monstruo que devora sus hijos. Casi siempre lo son. La Revolución francesa llenó las calles de sangre y de panfletos. De declaraciones y de decapitaciones. Olympe perdió su cabeza y Mary Wollstonencraft tuvo que salir huyendo de París, pero para ir a encontrar una muerte solo propia de su género: morir al dar a luz a su hija. En los viejos tiempos los hombres se mataban y las mujeres morían de parto y así estaban las cosas porque nadie hacía gran cosa para que las cosas estuvieran de otro modo. Cierto es que en los primeros momentos de la revolución las mujeres se armaron con cuchillos y palos y salieron a pelear con los hombres; y cierto es que en un primer momento se les permitió tener voz y voto en las asambleas y dejar escritas sus peticiones reivindicativas, pero pronto las aguas volvieron a su cauce y los hombres continuaron con sus legislaciones y sus matanzas y las mujeres volvieron a encerrarse en sus casas, para criar a sus hijos y llorar a sus maridos. Pero los libros, el papel, resiste bastante bien el paso del tiempo. Y la Revolución francesa dejó algunos legajos y algunos manuscritos a tener en cuenta:

– La Declaración de Derechos de la Mujer y la Ciudadana, escrito por Olympe de Gouges en 1791 como justa respuesta a la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de dos años antes, una de las declaraciones fundamentales ya no de la Revolución francesa sino de toda la historia contemporánea y que, curiosamente, se «olvidaba» de las mujeres.

Vindicación de los derechos de la mujer, escrito por Mary Wollstonencraft en 1792, solo un año después de la declaración de Olympe.

– Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de ciudadanía, del filosofo y matemático Micolas de Condorcet, un hombre en este caso, uno de los primeros que se atrevió a defender el voto femenino y que también fue devorado por la revolución.

Estos tres textos, bastante breves pero contundentes, están hoy demasiado olvidados y llenos de polvo, pero años después de su aparición fueron algunos de los textos de cabecera de la nueva generación de feministas, la que ya ha visto el triunfo del hombre burgués y la que ya está harta de oír eso de «sufragio universal», y está tan harta de preguntarse cuándo ese sufragio universal va a ser realmente universal que decide no esperar más y lanzarse a por él, cueste lo que cueste y sin miedo al ridículo, como las pioneras, pero de una forma más organizada y sobre todo colectiva, porque si los hombres se han unido para lograr acabar con el Antiguo Régimen las mujeres también deberán unirse para acabar con el régimen de los hombres. Así llegaremos en 1840 a la Declaración de Seneca Falls, lugar donde se reúne la primera asamblea sufragista americana y a la creación de la Asociación Nacional para el Sufragio Femenino en 1869. Desde allí, ese movimiento se extenderá por Reino Unido, donde pensadores liberales como John Stuard Mill ya habían allanado el camino, y desde allí saltará al resto de Europa.

Y llegará a España, por supuesto, con más o menos retraso pero al final todas las ideas nos llegan (generalmente para desesperación de los gobernantes). Normalmente, al hablar de las pioneras españolas siempre se citan los nombres de Concepción Arenal y de Emilia Pardo Baztán y yo no puedo ser menos. Para que se tenga una idea de la serie de dificultades a las que tuvieron que enfrentarse baste decir que la primera de ellas, pese a haber estudiado la carrera de Derecho y ser una reconocida penalista, jamás dispuso de título alguno por una razón muy simple: la universidad estuvo prácticamente prohibida para las mujeres hasta principios del siglo XX, y si Concepción Arenal se las arregló para estudiar fue porque iba a la universidad disfrazada de hombre. En cuanto a la segunda, ya se sabe que el título de condesa le facilitó la posibilidad de escribir obras y de firmarlas con su propio nombre (y no con el nombre de su marido, como otras muchas), pero no le sirvió para abrirle las puertas de la Real Academia de la Lengua, donde fue rechazada en tres ocasiones.

Clara Campoamor (DP)

Clara Campoamor (DP)

Pese a todo (y el «todo» incluye todo tipo de factores, incluido la debilidad del propio movimiento feminista español, si lo comparamos con las cien mil mujeres inglesas que en 1914 formaban la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino), la Segunda República supondrá la llegada del tan ansiado derecho a voto, principal pero no único estandarte en el movimiento feminista. Sin embargo no será fácil. Y no será fácil ya no solo por las reticencias, cada vez más solapadas, de los hombres, sino por las reticencias de algunas mujeres. ¿Y por qué algunas mujeres se pueden oponer al voto de la mujer? Pues por política, señores y señoras, por política, como siempre…

El problema no es que voten las mujeres, sino a quién votan. Esa misma cuestión se la plantearon los políticos burgueses que tenían que decidir entre extender el sufragio a las clases populares o dejarlo como estaba, es decir, solo para ellos. Y la excusa era siempre la misma: no estaban preparados. Las clases populares, analfabetas o casi analfabetas, eran incultas y por tanto, a ojos de los educados, ricos y cultos burgueses y demás miembros de las élites dominantes, eran fácilmente manipulables y poco de fiar. Y nótese que cuando digo «manipulables» no me refiero a manipulables por el cacique de turno, que para eso no hace falta cultura alguna, sino por los «predicadores» de ciertos movimientos sociales de carácter radical a los que se consideraba muy peligrosos, y con razón desde luego, porque una de sus funciones era «despertar al pueblo y hacerlo libre de su destino, pasando por encima de los poderosos». Esto es algo muy sabido, pero recordemos la saña con que se perseguía las escuelas laicas, los ateneos libertarios y todo lo que tuviera que ver con la educación, la cultura y las ideologías de izquierda.

Pues, curiosamente, lo mismo se plantearán las diputadas y diputados republicanos que tienen que decidir si dar o no dar el voto a las mujeres.

Estamos en 1931 y el debate lo encabezan tres diputadas (las tres únicas diputadas):

De un lado, la socialista Margatita Nelken (1898-1968) y la radical-socialista Victoria Kent (1897-1987), que rechazaran la concesión del sufragio femenino. En su opinión, las mujeres todavía no estaban preparadas para asumir el derecho de voto, y su ejercicio siempre sería en beneficio de las fuerzas más conservadoras y, por consecuencia, más partidarias de mantener a la mujer en su tradicional situación de subordinación.


Del otro lado, Clara Campoamor (1888-1972), también diputada y miembro del Partido Radical, que asumió una apasionada defensa del derecho de sufragio femenino. Argumentó en las Cortes Constituyentes que los derechos del individuo exigían un tratamiento legal igualitario para hombres y mujeres y que, por ello, los principios democráticos debían garantizar la redacción de una Constitución republicana basada en la igualdad y en la eliminación de cualquier discriminación de sexo.

Al final triunfaron las tesis sufragistas por 161 votos a favor y 121 en contra. De modo que en las elecciones del 34 las mujeres pudieron votar y votaron. Y pasó lo que se esperaba… Las mujeres de padres y maridos rojos votaron a los rojos y las mujeres católicas y de derechas votaron lo que decían sus maridos católicos y de derechas y lo que decían sus confesores y los curas de sus parroquias, que en esto del pecado y los votos casi contaban más que sus maridos… ¿O no, o no fue así? ¿Acaso las cosas no son siempre tan simples? Ríos de tinta han corrido tratando de responder si el voto femenino fue un factor determinante en las elecciones del 34 y yo no voy a ser quien llegue a la verdad absoluta. Pero sí diré, porque me parece justo decirlo, que dos años después las mujeres volvieron a votar y en este caso ganó el Frente Popular. Pero para entonces Clara Campoamor ya era un cadáver político. Y luego vino lo que vino y se tuvo que largar a Francia y luego a Suiza, porque corría el riesgo de ser otro tipo de cadáver.

Federica Montseny (DP)

Federica Montseny (DP)

A Clara Campoamor sus compañeros de filas la convirtieron en chivo expiatorio y sus enemigos le cerraron el paso. Es una tragedia personal que se suma a las innombrables tragedias de aquellos años. Victoria Kent y Margarita Nelken también tuvieron que exiliarse, en este caso a México. Y Federica Montseny, que fue la primera ministra no solo de España sino de toda Europa estuvo cerca de ser extraditada a España desde Francia, donde se había refugiado, por petición del gobierno de Franco, que no podía perdonarle su proyecto de ley del aborto.

«Creo que lo único que ha quedado de la República fue lo que hice yo: el voto femenino», confesó Clara Campoamor. No sé hasta qué punto es cierto, pero es evidente que desde entonces, lo mismo en España que en el resto de países donde el movimiento sufragista consiguió el voto femenino, las mujeres han seguido votando hasta ahora. Y no solo eso, sino que han demostrado que pueden hacer cualquier cosa tan bien o tan mal como los hombres. Hasta hace aún pocos años se podía oír retumbar en las ilustres aulas de ilustres universidades lindezas tales como: «ingenieros es una carrera para ingenieros, no para ingenieras». Hoy esos truenos ya no se escuchan. Las profesionales femeninas de hoy no tienen que sufrir los desplantes que sufrieron sus madres y abuelas, pero eso no quiere decir que la guerra esté ganada, ni que la guerra no se pueda volver a perder. Saramago nos prevenía constantemente sobre los optimistas y Salman Rushdie ya avisó de que «habrá que volver a luchar por cosas por las que pensábamos que nunca más habría que volver a luchar». 

¿Qué cosas son estas? Tonterías. Declaraciones de derechos humanos, separación de la Iglesia-Estado, igualdad de género… Todos esos rollos que escuchan una y otra vez chavales aburridos y que de tanto escuchar acaban sonando a palabras huecas. Y tal vez en verdad que son solo palabras. Manifiestos, proclamas, declaraciones, panfletos… «qué tristeza de palabras» que decía Alberti. Cosas fugaces y ligeras que se lleva el viento. ¿O son algo más que eso?

Debemos seguir atentos.

17 comentarios

  1. Ojo, que en la Edad Media las mujeres tenían prácticamente los mismos derechos que los hombres. Es en la Edad Moderna cuando cambian las tornas, que no se vuelven a recuperar hasta bien entrada la Edad Contemporánea.

  2. También se podría hablar del derecho a la presunción de inocencia, que ha eliminado la ley de violencia de género, además de romper con el principio de igualdad ante la ley.

    • Diga que si, buen hombre. Hordas de feministas furiosas han acampado a mi puerta afeandome mi condición de varón, seguramente envalentonadas por la impunidad que les concede la ley esa a la que usted hace referencia, y que sin duda nos situa en una arabia saudi feminista.

  3. Pingback: Feliz Día de la Mujer. Recopilación en Redes Sociales | Iter Criminis. Camino del Delito

  4. A mí lo que más me llama la atención es que los derechos, inventados por los hombres, no se consideren masculinos sino universales. Y las mujeres lo que hemos hecho ha sido copiar sus modelos. Nadie se ha preguntado: ¿De verdad necesitábamos, pobrecitas de nosotras, copiar lo que hacían los hombres?

    Igual que el primer párrafo: “Las mujeres entran en la historia”. En la historia de los hombres, por supuesto. Las mujeres nos hemos caracterizado por no tener historia. Y, viendo cómo la historia masculina ha consistido en las conquistas, las guerras, el dominio y la invención de mentiras, yo prefiero que nosotras no tengamos historia. Si acaso, vida.

    A mí es que estas cosas de “conseguir la igualdad” me parece como cuando el Señor del Castillo deja que sus sirvientes coman con él en la mesa. El Señor del Castillo sigue siendo el que “les deja”, “les iguala”. Y desde luego sigue habiendo castillo.

    Esta sociedad es masculina. Que se igualen entre ellos. Que nos dejen a nosotras en paz. Y, sobre todo: sólo a un hombre se le ocurriría fabricar unos derechos para dictar reglas a la barbarie que él mismo ha producido.

    Saludos…

    • Se considera que esos derechos son “universales” y no “masculinos” porque incluyen tanto a hombres como a mujeres y son aplicables -teóricamente, porsupués- en cualquier tiempo y lugar. La definición no alude a quién los crea, sino a quién se les aplican.

      “la historia masculina ha consistido en las conquistas, las guerras, el dominio y la invención de mentiras”.

      No sé si excluye de dicha historia toda creación útil o beneficiosa -arte, ciencia, etc.- o considera que, a diferencia de la barbarie y el horror, que para usted son patrimonio exclusivamente masculino, todo aquello valioso que se ha logrado históricamente ha sido alcanzado gracias a mujeres. O eso, o bien para usted toda la historia -así, a cholón- es un despropósito tal que nada bueno se puede sacar de ella.

      También me parece que, con tanto reduccionismo y tanto resentimiento, flaco favor les hace a las mujeres, pintándolas de comparsas que ni pincharon ni cortaron en nada.

      Un saludo.

      • Es verdad, hay reduccionismo y resentimiento ahí. Es evidente que esa señora desea irse a vivir al país de las mujeres y vivir del polen de las florecitas.

  5. «Ingenieros es una carrera para ingenieros, no para ingenieras». Esos truenos, no se escuchan con las mismas palabras pero sí con similares y no únicamente en el ámbito tecnológico. Por suerte, no son muchos los que las dicen.
    Está claro la guerra “hombre-mujer” sólo estará ganada el día que se hable de personas, no de sexos. Y, ojo, es tarea de ambas partes.

  6. De acuerdo con la wikipedia, Federica Montseny es la tercera ministra de Europa, tras la danesa Nina Bang (de Educación, en 1924) y la finlandesa Miina Sillanpää (Asuntos Sociales, en 1926).

  7. Pingback: Bitacoras.com

  8. Ojo, con varios amigos estudiando diversas carreras de ingeniería (considerando sobre todo las más ‘clásicas’ como puedan ser caminos, minas o industriales) en una de las Universidades Politécnicas más prestigiosas del país, no son pocos los comentarios de profesores desprestigiando el papel de la mujer en sus aulas, con sus alumnas presentes, por supuesto, y cobrando de los impuestos de las ciudadanas, por supuesto también.

    Una desgracia relativamente extendida.
    PS: He de decir que en carreras distintas a las ingenierías no he oído este tipo de comentarios.

    • Comentarios hay en todas partes, de hecho yo he escuchado a un comercial decir que el problema del paro se solucionaría si las mujeres se volvieran a meter en sus casas y eso no es una opinión tan aislada como parece. Aunque normalmente la gente se cuida mucho de hacer comentarios tan directos y tan agresivos porque hasta los más machistas han comprendido que tienen que “cuidar un poco su imagen”. Aquí sólo he incluido el de los ingenieros como ejemplo. Yo como hombre debo decir que hace años descubrí que tenía un machista oculto en mi interior. Y creo que cada hombre de este país lo sigue teniendo (del resto de países no puedo hablar y sí, en este caso y sin que sirva de precedente, me atrevo a generalizar). Pero de todas formas hay muchos grados de machismo, como hay muchos grados de racismo, etc., lo cual tampoco es una excusa. Simplemente creo que nos han vendido la “igualdad de géneros” como un hecho consumado, cuando de eso nada. Como nos han venido los derechos humanos o laborales como algo que ya está conseguido en gran parte del mundo y de eso nada. Y así un montón de cosas más…

      Gracias a todos por leerme.

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  10. Pingback: El aborto: la condena a la clandestinidad |

  11. Me ha encantado. Felicidades. Llevo dos textos tuyos y ya tienes una fan.

  12. Llevo leídos dos textos tuyos, perdón. Errata.

  13. Pingback: Los derechos del hombre… ¿y de la mujer? | RFU

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