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Alas líquidas: sobre la natación

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #53 «Intimidad», ya disponible aquí

sobre la natación
La fuente de la juventud, Lucas Cranach el Viejo, 1546.

Cómo empieza el mar tiene comienzos infinitos. (Alice Oswald, Nobody)

En la médula del movimiento —exacto y medido— agua y piel se funden, los poros se licuan en la corriente íntima que articula las brazadas e impulsa los golpes de las piernas. El cuerpo todo alberga el equilibrio, mecido por el balanceo de la respiración que —exacta y medida— señala el doble aliento, aéreo y líquido. Y así los músculos todos conspiran para sostener la tensión y dibujar la danza de los estilos que —exactos y medidos— graban el vuelo sin peso: la ceremonia de la natación.

«En cuanto el nadador toca el agua, ya no hay nadie más», escribió Charles Sprawson en su ya canónico ensayo El nadador como héroe: «buena parte del entrenamiento del nadador sucede en el interior de su cabeza, sumergido como está en el sueño continuo de un mundo subacuático», en el ensueño que vibra en la práctica de la natación. Porque antes de la precisión técnica y de la memoria muscular, antes del salto intencional y de la respiración húmeda, nadar es un ejercicio profundo de intimidad, en el borde entre percepción y vivencia, allanado por la experiencia del silencio azul. El gesto pulsante de la cabeza que se sumerge y emerge, de los miembros que empujan y relajan, acompaña la oscilación del pensamiento, completamente centrado en el cuerpo y a la vez libre en su dinamismo fluido, desnudo y expuesto como la silueta que acaricia la transparencia y la domina. Domar las aguas es domar las olas internas, las intermitencias del corazón, que son cuatro y exactas y medidas.

1. Estilo libre

La propulsión procede de piernas y brazos, empeines y palmas dialogan con el agua —eso es, la atraviesan y se dejan atravesar, como insinúa la etimología de la palabra diálogo (a través del logos). Los músculos abdominales todos condensan el impulso y la espalda responde, firme y flexible, a la euforia del vuelo. Mi cuerpo (y el tuyo) lo sabe y por eso sigue nadando: «El salto en el mar reaviva, más que cualquier otro acontecimiento físico, los ecos de una iniciación peligrosa», recuerda Gastón Bachelard en El agua y los sueños. Y el salto en la piscina renueva la repetición, la línea negra en el fondo como horizonte iniciático, señal del viraje que es lanzamiento espacial.

Aún sueño con aquella línea, cuento las baldosas que la componen, las que la rodean, las que la separan de ambos bordes del rectángulo perfecto donde se fusionaban aire y agua. Nadaba y entrenaba cada día de la semana, en el amanecer leve de las estaciones; nadaba y competía cada fin de semana, en la atmósfera de cloro y adrenalina, los oídos insonorizados en el gorro, la mirada azulina por el cristal de las gafas, el bañador perfilando la elasticidad de mi cuerpo infantil. La memoria del agua permanece en los recuerdos de mi infancia y adolescencia y ahora mismo, mientras me miro las manos en el teclado, escucho la voz de mi entrenador: pega el meñique al anular, eres un pez, tus escamas no pueden separarse. Recoge el agua con la cuenca de la mano, protégela y ella te permitirá avanzar. Y respira, dentro del agua, deja que entre, eleva solo la mitad de la boca, un ojo dentro y uno fuera, abiertos.

Para nadar hay que aprender otra forma de mirar, humedeciendo la retina con la opacidad de la espuma, en la orilla donde el peso y su ausencia se encuentran, flotando. También los ojos de quienes nos miran desde la grada de la piscina o la playa del mar deben ensayar una perspectiva distinta, híbrida, oblicua. Sobre eso tratan estos versos del poema «Ver a Marta nadar», hermoso poema de José María Micó: «Miro la perfección de sus brazadas, / esa falsa indolencia con que flota / por encima de todo, / el moderado y terco / esfuerzo de la espalda deslumbrante, / su extraña finitud entre infinitos / de arena y aire y agua, / un cuerpo que en la luz clarea y fulge / siempre igual a sí mismo, / rompiendo olas para unirse al mundo, / mientras deja en su estela / un tributo de piel para los peces».

2. Espalda

Hay otra línea que guía el movimiento, está en el techo que es cielo abierto y cerrado. Cuando la espalda vibra por el contacto intermitente con el agua, el cuello ligeramente arqueado orienta la posición de la cabeza, acogida por la cuna espumosa. Y la mirada, punteada de gotas azules, reconoce las banderillas que anuncian el viraje. El estilo libre se invierte, brazos y piernas se abren hacia el paisaje sonoro. La expansión de la espalda atenúa el golpe con el volumen de las olas, cada uno de los músculos —trapecio, dorsales, romboides, serratos, elevador y subescapular— late en la arquitectura perfecta de la senda corporal, su reflejo abdominal la expone, estabilizándola.

Para nadar hay que aprender a caminar en horizontal, entregándole al agua las cargas anatómicas y mentales y emocionales. Prever el resultado del gesto y posponer su realización hasta el momento preciso en que se produce la fusión: «nunca aprendimos nada en absoluto / sobre natación, más solo / cómo postergar, uno tras otro, / sueños y pena, amor y gracia; / cómo sobrevivir en cualquier sitio», canta Mary Oliver en el poema Clase de natación. Somos aprendices de horizontalidad.

3. Pecho

La simetría es central: brazos y piernas entablan una conversación lúcida, si estas se recogen, aquellos se expanden, y al revés, en un baile pautado por la cabeza (que se eleva y se hunde) y articulado por pectorales, abdominales y dorsales, en la contención de trapecio y transverso. Empeines y plantas acercan y rechazan el líquido en un ritual de seducción que las manos replican. En el medio, el agua. Fuera y dentro, variaciones del silencio: «se da una concentración absoluta en el acto de nadar, en cada brazada, y al mismo tiempo la mente flota en libertad, queda absorta en una especie de trance», escribió el neurólogo Oliver Sacks en uno de los ensayos de Todo en su sitio. Y la periodista Bonnie Tsui, en Why We Swim (Por qué nadamos), afirma: «Encontrar un ritmo en el agua es descubrir una forma nueva de estar en el mundo, fluyendo».

Para nadar hay que aprender a recolocar los pensamientos, cada uno en la fracción de piel que le corresponde, para que el cuerpo se deslice, sin luchar en el elemento nuevo que produce el encuentro. En Penélope y las doce criadas, reescritura de la Odisea, Margaret Atwood da voz así a la madre de Penélope: «El agua no ofrece resistencia. El agua fluye. Cuando sumerges la mano en el agua, lo único que notas es una caricia. El agua no es un muro sólido, no te puede detener. […] No lo olvides, hija mía. Recuerda que eres mitad agua». Pues nadar es la huella de nuestro origen amniótico, la comunión con el primer latido.

4. Mariposa

Los brazos dibujan un círculo continuo, los pies unidos ondean, guiados por el compás de la cadera, como ave acuática, fénix que en un tiempo de Planck infinito muere y resurge. Una definición de la belleza es el estilo mariposa. Congrega elegancia y fuerza, ligereza y firmeza en la fórmula de intención y reacción que todo el cuerpo imprime en la materialidad del agua, con cadera y piernas de delfín, tronco de gato, brazos de mariposa, cuello de cisne —la fusión imaginativa de la velocidad entre especies.

Porque para nadar hay que aprender a desear una belleza propia, la belleza que es pérdida de estabilidad y solidez porque es fusión con el medio líquido. «Cada agua posee sus propias reglas y dones. Su uso inexacto es difícil de explicar. Quizá signifique esa lucha eterna por conocer la belleza, aproximarse a lo bello con exactitud», escribe Anne Carson en Norma enrevesada. Y sigue: «Cada agua está en un lugar correcto pero ese lugar vive en continuo movimiento, debes persistir en su búsqueda procurando que te encuentre. En cada brazada el movimiento se sumerge y remerge una y otra vez».


Bibliografía

Anne Carson, Norma enrevesada, traducción de Jeannette L. Clariond, Madrid, Vaso Roto, 2025.

Bonnie Tsui, Why We Swim, London, Penguin Random House UK, 2020.

Charles Sprawson, El nadador como héroe, traducción de Lorenzo Luengo, Madrid, Siruela, 2023.

Gaston Bachelard, El agua y los sueños. Ensayo sobre la imaginación de la materia, traducción de Ida Vitale, México, Fondo de Cultura Económica, 2003.

José María Micó, Primeras voluntades, Barcelona, Anagrama, 2020.

Margaret Atwood, Penélope y las doce criadas, traducción de Gemma Rovira, Barcelona, Salamandra, 2020.

Mary Oliver, Devociones, traducción de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2025.

Oliver Sacks, Todo en su sitio. Primeros amores y últimos escritos, traducción de Damià Alou, Barcelona, Anagrama, 2020.

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