¿A dónde se fueron los sesenta, Perry Lane?

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—¿Quieres decir algo como lo que Andy Warhol está haciendo?—, dije.

… pausa. «No es por nada», dice Kesey, «pero Nueva York está dos años por detrás».

(Tom Wolfe, Ponche de ácido lisérgico, 1968).

Cuando Ken Kesey llegó en 1958, acompañado de su santa mujer Faye, Perry Lane era un modesto tramo de asfalto irregular en el suburbio californiano de Menlo Park, con cabañas de madera oscura de una sola planta envueltas en sombras frías de secoyas y un roble gordo y viejo postrado en medio como una estatua olvidada. Era el barrio bohemio de la Universidad de Stanford, donde habían vivido importantes figuras académicas, como el premio nobel Felix Boch o Jon Lindbergh, el hijo del aviador, y donde seguían viviendo profesores y estudiantes de izquierdas; la única «zona libre» en decenas de kilómetros a la redonda donde se aceptaban la marihuana y el libertinaje. Kesey, un estudiante de veinticinco años, guapo e inteligente, venido del campo de Oregon, se instaló en el número 9 de la callejuela, en una cabaña de dos habitaciones, asistió a sus clases de escritura creativa en Stanford sin grandes aspiraciones, y se enganchó sin esfuerzo a la rutina de fiestas y cenas de la alegre Perry Lane, rodeado de algunos de sus compañeros de clase, como su fiel amigo Ken Babbs, Ed McClanahan, Robert Stone o el futuro Pulitzer Larry McMurtry.

Un año más tarde, en esa misma cabaña de Perry Lane, Kesey escribió Alguien voló sobre el nido del cuco, la historia de los pacientes de un hospital psiquiátrico sometidos a la tiranía del sistema; una novela que resultó un éxito de ventas internacional. La escribió en solo nueve meses, como parte de su curso en Stanford, en un ambiente que ya no era el bohemio de un año antes, sino algo distinto y nuevo: su casa estaba ahora repleta de alucinógenos y era el peyote el que le había dictado las primeras frases del libro, alentándole a aporrear su máquina de escribir en vísperas de una gran fiesta cargada de LSD, con su mujer Faye al fondo y su pandilla de amigos, los que luego Babbs bautizaría como los Merry Pranksters (Alegres Bromistas). Perry Lane había cambiado. Kesey había llevado la exploración a una dimensión desconocida, la de la conciencia, esa última frontera que los expedicionarios americanos no habían alcanzado en su tradicional conquista del lejano y salvaje oeste. Ardiendo en la fiebre exploradora que llevaba en la sangre y que todavía contagia a quienes pisan California, Kesey cambió Perry Lane al introducir el LSD con el ambicioso desafío de conquistar los confines de la psique, sin saber que esa pequeña revolución acabaría con la inocencia de EE. UU. —y con buena parte de sus neuronas— y salpicaría al mundo entero, mostrando una nueva forma de oír, de ver y de vivir. Aquellos aspirantes a escritores y artistas que se reunían en Perry Lane para leer a Burroughs, en voz alta, hasta sabérselo de memoria, admirando a Kerouac y las escenas de North Beach, en San Francisco, consumían ahora esa nueva sustancia que Kesey les ofrecía —desconocida todavía en el mercado de las drogas—, soñando, gritando, bailando ante la mirada cada vez más estupefacta de algunos vecinos, ante esa candidez del suburbio americano que los Pranksters y luego los hippies pillaron desprevenida.

Unos meses antes, en la unidad psiquiátrica del hospital de veteranos de Menlo Park, un bonito, blanco, siniestro asilo donde terminaban de enloquecer los excombatientes de la Segunda Guerra Mundial, Kesey se había ofrecido como cobaya a cambio de dinero —gracias a una recomendación de su amigo Vik Lovell, también vecino de Perry Lane, a quien le dedicó Alguien voló sobre el nido del cuco—, consumiendo alucinógenos todas las semanas, pasando noches encerrado en un cuarto blanco, susurrando a una grabadora los efectos de las drogas, hasta entonces desconocidos, y que en todo caso se reservó la CIA como parte de su proyecto secreto. Kesey se las apañó para llenarse los bolsillos de esos psicotrópicos a los que nadie más tenía acceso y siguió abasteciéndose incluso cuando dejó el experimento seis meses después y empezó a trabajar de ATS en el turno de noche del mismo hospital. (Aunque El nido del cuco está ambientado en un psiquiátrico de Oregon, se basó en esta experiencia directa en el hospital de Menlo Park).

En Ponche de ácido lisérgico, su increíble crónica de 1968, Tom Wolfe se afanó en contar con detalle la extraordinaria vida de los Merry Pranksters, sus vidas desconocidas en la callejuela de Perry Lane a principios de los sesenta, rociadas de LSD, de amor libre, de inteligencia y amistad; las aventuras de Kesey, Babbs, Mike Hagen y compañía antes y después del famoso viaje en un autobús destartalado llamado Further que untaron de colores chillones y que atravesó el país en una épica lisérgica que llevó a Neil Cassady —el Dean Moriarty de En el camino de Kerouac— a conducir durante tres días seguidos, sin dormir, su cabeza llena de anfetaminas y de verborrea.

«Todo el mundo se sentía atraído por el extraño apogeo del que habían oído hablar… el mítico Chile de Venado de la Callejuela, un plato de Kesey hecho con estofado de venado y LSD que podías consumir y luego ir a tumbarte por la noche al colchón en la bifurcación del gran roble en medio de la Callejuela y jugar al pinball con el espectáculo de las luces en el cielo… Perry Lane», escribió Wolfe.

«Era un escenario bohemio de verdad, con cabinas rústicas conectadas por caminos con vegetación y árboles. Artistas y músicos y estudiantes vivían ahí y se juntaban en alguna de las casas para beber vino, compartir comida y hablar de cosas profundas hasta las tantas. Barbacoas de cerdo en frente de la casa [de Kesey]. Partidos de baloncesto en la calle, la canasta clavada al gran roble. Música alta y conversaciones en voz alta. La generación beat apagándose y una nueva generación recogiendo el beat y llevándolo a lugares nuevos», me cuenta Babbs desde su granja de Eugene, en Oregon, desde sus setenta y cinco años, en una entrevista que ha preferido hacer por email.

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Algunos de sus antiguos residentes, los que se indignaron y sentenciaron, los que aprobaron y participaron, recordaron décadas después la «época dorada» de Perry Lane, los vómitos en las entradas de sus casas, la basura en medio de la calle el día siguiente a una gran fiesta, la marihuana que Kesey plantaba en la parcela pequeña y soleada de su vecino que llegó a ser tan frondosa y alta que cubría las ventanas de al lado. «No era mal vecino. Me gustaba ir a sus fiestas. Hacía piña con chile. Suena raro, pero estaba bueno», dijo pocos años antes de morir, en una entrevista, Paul De Carli, un científico emérito del heterodoxo Stanford Research Institute que vivía en la cabaña contigua a la de Kesey. «Hacía buenas fiestas. Algunas… salvajes. Nosotros no participábamos en las actividades de los Pranksters. Éramos los “carcas”. Pero fue una época muy buena, muy divertida. Kesey era el centro de Perry Lane, y muchos sentíamos indignación y fascinación a la vez», me dice Anne De Carli, de ochenta y dos años, viuda del científico, en una cafetería de Redwood City en la que quedamos para hablar. Su discurso está velado por el pudor y una memoria que se desvanece. No menciona el LSD ni el sexo libre en Perry Lane, tal vez porque la euforia de esa época la acallaron los años conservadores que vinieron después. El LSD era legal por entonces, por puro desconocimiento, igual que fueron legales casi todas las «pruebas de ácido» que hizo Kesey después con los Grateful Dead de fondo, ofreciendo zumos lisérgicos, la llave para la liberación de la conciencia y del individuo, decía, su espectáculo proselitista avanzando cada vez más hacia la revolución social, acaso espiritual. Quién sabe cuántos jóvenes inteligentes y cultos se tumbaron en el colchón junto al roble de Perry Lane para hace su «viaje», la noche murmurando en sus oídos los secretos de otro mundo.

En su famosa crónica, Wolfe escribió:

Lo de la Callejuela [Perry Lane] era demasiado bueno para ser real. Era el Lago Walden, solo que sin ninguno de los misántropos de Thoreau alrededor. En su lugar, había una comunidad de gente inteligente, muy abierta, sincera, (…) que se cuidada mutuamente, y compartía… de una forma increíble, incluso, y estaba embarcada en una especie de… bueno, aventura en la vida.

Eso que Perry Lane compartía de una forma increíble era el amor, incluso antes de que llegara el ácido. El intercambio de parejas era probablemente lo único que Kesey no había querido hacer público, porque pese a su actitud excéntrica y radicalmente libre, le preocupaba su imagen, y a lo mejor, por encima de eso, la de su esposa Faye, de la que nunca se separó; una mujer de belleza dulce y callada, fiel desde la adolescencia, a la que siempre se la recordaba lavando ropa, cocinando para todos, cuidando a sus hijos, amando a Kesey con esa alegría que compartían los Pranksters, tal vez con fe ciega. En 1962, ese mismo asunto lo enemistó con Gwen Davis, por entonces amiga cercana y asidua de Perry Lane —«una especie de Dawn Powell de la Costa Oeste», dijo Wolfe de ella en su Ponche de ácido lisérgico—. En su libro Someone’s in the Kitchen with Dinah, de ese año, Gwen Davis satirizó lo que ella llama «una asociación de intercambio de esposas, una práctica oficial y abierta que disfrutaban los hombres y mujeres de Perry Lane», con Ken Kesey a la cabeza. Perry Lane, que desde los barrios contiguos empezaron a llamar «la hondonada del pecado», se convirtió en «una infidelidad colectiva increíblemente solidaria», dijo una vez Jane Burton, profesora de filosofía en Stanford y vecina de la callejuela. La bailarina Chloe Scott, el alma pelirroja de aquella bohemia, fue menos sutil: «Todo el mundo se acostaba con todo el mundo».

El libro de Davis estaba a punto de editarse cuando Kesey la demandó por comprometer su privacidad, por dañar su imagen, porque su retrato de unos bohemios que intercambiaban a sus parejas en un suburbio de California era demasiado parecido a la realidad. Luego, furioso y determinado, mandó a la editorial una carta de amenaza salpicada de erratas. «Somos los intercambiadores de esposas. Si publican ese libro los llevaremos a juicio. Mi mujer está embarazada de siete meses. Esto pondrá en peligro nuestra situación en la comunidad, soy un estudiante de máster en el Departamento de Inglés de la Universidad de Stanford». La demanda obligó a Davis a modificar los nombres de los lugares y la descripción de los personajes hasta hacerlos irreconocibles, quitando «todo lo que tenía de interesante la historia», según cuenta ella misma hoy, por teléfono, desde su casa de Los Ángeles.

«Ken Kesey intentaba seducirme», me cuenta encendiendo sus setenta y ocho años, nostálgica, con un orgullo inseguro, recordando una América que apenas estaba saliendo de los cincuenta. «Me decía que a su mujer, Faye, que era encantadora, no le importaría que yo entrara en el club. Pero yo veía los ojos tristes de Faye cuando él se iba con otra. Yo solo era una estudiante tradicional de Stanford que vivía en Palo Alto», me dice, aunque luego confiesa que sucumbió a los encantos de Kesey cuando este le enseñó «a fumar hierba». «Kesey era una persona extraordinaria, brillante, con muchísimo talento, mucho más del que jamás llegó a explotar. Y Perry Lane era absolutamente diferente a todo lo demás. Estaba lleno de color, de vida, de gente inteligente. Era una civilización aparte. Era maravilloso». La voz de Gwen se arruga, se detiene, como incapaz de seguir describiendo con palabras lo que la nostalgia ha convertido en algo imposiblemente perfecto.

El LSD convirtió la fraternidad de Perry Lane en una comuna que todavía no era consciente de serlo, que solo era el fruto de la comunión, de la mágica sincronización mental a la que creían llegar quienes lo consumían juntos, en el mismo lugar. Cada vez más gente pasaba por Perry Lane para conocer a Kesey, el hombre que hablaba con la luminosidad del profeta y regalaba la experiencia de esa increíble novedad llamada ácido, el viaje, la clarividencia, decían; y se quedaban allí días, a veces meses, en una nueva fraternidad casi religiosa, ciega, sintética, la de los Pranksters, el amor fluyendo libremente entre hombres y mujeres, entre los setos de madreselva y los bosques de robles y secoyas que se extendían detrás de la callejuela, empujando a Kesey cada vez más hacia el pedestal del gurú.

Kesey era un hombre inteligente, brillante incluso, dado a observaciones agudas, que con su aire de cowboy y su cuerpo de luchador profesional leía y escribía sin parar —hasta que sus malogradas neuronas se lo impidieron— y conocía la literatura tan bien como la vida silvestre en ríos y montes, la naturaleza integrada en su subversión y en su búsqueda, una filosofía que sigue flotando en el aire de la Costa Oeste americana. Hablaba de esquivar los arquetipos, ser líder sin serlo, evitar los dogmas, dejar que cada uno «haga su cosa», aceptar y asimilar el mundo externo como hacía la tierra que pisaba, en armonía y paz, «subirse a la ola» y hacerla suya; muchos de los principios que luego retomaron los hippies y que calaron en la naciente industria tecnológica de Silicon Valley. Aunque, a la hora de la verdad, Kesey era el líder incuestionable de los Pranksters, de toda Perry Lane, y sus palabras tenían el peso del mesías.

Uno de los que empezaron a pasearse por ahí en aquella época fue el joven y desconocido Jerry García. Fue en Perry Lane donde García, medio gallego y desgreñado, virtuoso de la guitarra y del bluegrass, conoció a un trompetista de Berkeley llamado Phil Lesh, con quien enseguida formó un grupo al que llamaron The Warlocks, hasta que se dieron cuenta de que un tal Lou Reed ya se había apropiado de ese nombre en el lejano Nueva York. El grupo pasó a llamarse Grateful Dead, inseparable ya para siempre de Kesey y de toda Perry Lane. La precaria vida comunal de los Pranksters se llenó de colores vivos, chillones, concéntricos, geométricos, oblongos, deformados, que intentaban replicar lo que ocurría en el mundo que se abría debajo de los párpados bajo los efectos del ácido —arte psicodélico, lo llamaron más tarde—, y poco a poco también los Grateful Dead lo llevaron al terreno de la música, varios años antes del primer hippie, varios años antes de que se popularizara la psicodelia, varios años antes de que los Beatles oyeran hablar del LSD.

«Estábamos subidos a una ola, no solo nosotros, también muchos otros. Nosotros no creamos la ola, pero tuvimos la suerte de ser uno de los primeros en la ola. Una vez, en los setenta, Kesey dijo: “y esa ola sigue avanzando. Creo que está llegando a Kansas”. Claro que la ola continuó por todo el planeta y ahora el mundo entero está psicodelizado. Ya no hace falta tomar ácido. Cuando le preguntaron si todavía tomaba LSD, Kesey contestó: “No hace falta, somos como los perros de Pavlov, solo tienes que darle un golpe al autobús [Further] y empezamos a alucinar”», me dice Ken Babbs, el hombre que capitaneó a los Pranksters, el brazo derecho de Kesey, el escritor graduado de Stanford que tardó cuarenta y cinco años en terminar su novela, Who Shot The Water Buffalo? (2011)

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Las noticias de Perry Lane, que por entonces ya solo giraban en torno al carismático Kesey, llegaron a la bohemia de San Francisco (48 kilómetros al norte), a los oídos de Neil Cassady, que un día de 1962 apareció en su casa, sin previo aviso, sin apenas conocerlo. Nunca nadie preguntó por qué se presentó aquel día, musculoso, en un jeep destartalado, hablando a mil por hora, en un gran monólogo desconcertante, loco, anfetamínico, «como un Finnegans Wake a gran velocidad», según lo describió el propio Kesey. Cassady, un hombre también carismático, salido de una infancia mísera y una adolescencia delincuente, de escasa formación, musa de Kerouac, marido polígamo y amante ocasional de Ginsberg, se convirtió en el nuevo héroe de Kesey y en el más extremo de los Pranksters. Añadió al grupo una locura siniestra, y más de un vecino respiró aliviado cuando Kesey volvió a hacer las maletas un año después y anunció que se mudaba a otro sitio más grande.

Kesey tomó la carretera y condujo 23 kilómetros al este hasta La Honda, una bonita zona boscosa a orillas de la Ruta 84, poblada de coníferas y ranchos de cowboys, a medio camino entre Menlo Park y la costa del Pacífico. Con él se llevó el ambiente de Perry Lane y la determinación de prolongar la leyenda de los Merry Pranksters durante mucho más tiempo. Se instaló con la pandilla en una casa de madera en medio de un bosque de secoyas, escenario de la más salvaje de las comunas que los futuros hippies podrían haber soñado, de las más salvajes y largas fiestas de ácido que ni en sus peores pesadillas podría haber previsto Timothy Leary, y ahí terminó el que la crítica y él mismo consideraron su mejor libro, A veces un gran impulso —elogiado como una de las grandes novelas americanas del siglo XX—, antes de emprender el famoso viaje a bordo del Further en 1964. Perry Lane se vació, de gente, de fiestas, de flores, —de LSD—, de las vallas con setos de madreselva que rodeaban los jardines sin importancia.

Hoy, Perry Lane es una calle más en el mapa de Menlo Park, el pueblo plácido y próspero que, como su vecina Palo Alto, abraza la Universidad de Stanford, en el corazón de Silicon Valley, en el norte de California. Es una mañana soleada de diciembre de 2014 y los coches de lujo aparcados en sus bordes resplandecen en el primer frío del valle, las nubes al fondo con su promesa lejana de aliviar la sequía, el goteo del tráfico apagándose detrás, en Sandhill Road, donde los Venture Capital inyectan millones al nuevo Silicon Valley, ese que se despega, demasiado rápido, de sus raíces psicodélicas, las del primer Steve Jobs, las de Douglas Engelbart, el Stanford Research Institute y todos aquellos que ensoñaron sus inventos en el extraño viaje del LSD.

Las nuevas mansiones, de dos o tres plantas y vallas blancas, cada una de un estilo distinto, se suceden una tras otra, con sus fachadas relucientes, el Porsche deportivo aparcado en frente, como si nada, junto a un lote en construcción comprado seguramente por más de dos millones de dólares. Solo los buzones al borde de la callejuela, de hojalata oxidada, delatan un pasado menos opulento. «Casi todos los de aquella época se han ido», me dice Eva Maria, dueña de una de las últimas chozas que quedan en el barrio, en la calle Leland. «Esto es prohibitivo ahora. Ya no queda nada de aquella comunidad. Yo llegué más tarde, en el año 1970, cuando ya se había ido Kesey, pero me han hablado maravillas de esa época», cuenta sentada en su Dodge de los cincuenta, cada milímetro del interior del coche rellenado con hojas, cuadernos, libros, ropa, floreros, botellas, hasta el punto de que todo ello parece un líquido espeso a punto de desbordar por las ventanas. «Este es mi salón», dice sonriendo frente al volante, apartando un crucigrama a medias.

Algo queda del pasado bohemio de la callejuela, que ahora llaman avenida a pesar de ser una travesía con ocho casas, tal vez por rememorar su nuevo estatus, por olvidar la dudosa fama de las décadas anteriores. Queda una cierta nostalgia endurecida que se resiste a desaparecer entre las nuevas construcciones, la intimidad de los senderos adyacentes, casi sin asfaltar, y alguna que otra choza de madera ennegrecida, como la de Eva Maria. Ya no está el roble, el «árbol de Kesey», como lo llamaban, en mitad de Perry Lane, en cuyo hueco hay un nuevo árbol joven con una placa que dice, con aburrido eufemismo: «Árbol de Perry». Pero la canasta sigue ahí, en su versión moderna, colocada frente al árbol, acaso como último recuerdo de una revolución olvidada, ignorada, despreciada, pese a que sus cenizas siguen esparciéndose por el cielo azul de California. El roble de Kesey murió viejo y enfermo hace nueve años, mucho después de que los constructores demolieran toda aquella inmoralidad, durante el verano del 63, dejando solo unos titulares en los periódicos locales: «El fin de una era».

Avanzando unos metros hacia el este de Perry Lane, en Stanford Avenue, se levanta una bonita cabaña con grandes ventanales flanqueada por una secoya solitaria. Es «el árbol de Chloe», como se le conoce. Frente a la entrada, hay un cartel blanco y azul: SE VENDE. Ahí vivió Chloe, la bailarina, la misma que juntó a Kerouac con los Pranksters sin demasiado éxito en un piso de Nueva York. Chloe fue una de las últimas vecinas de la vieja bohemia en abandonar el barrio, hace unos pocos años, vencida por la vejez. Me dicen que sigue viva, en algún lugar del sur de California.

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Fotografía: Carlos Martínez de la Serna

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6 comentarios

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  3. michelle

    El asesinato de Cassady puso punto final trágico al sueño. En Altamont se ofició el funeral del cadaver.

  4. Me pregunto para quién eran “desconocidos” los efectos del LSD si para cuando lo tomó Kesey ya lo habían probado infinidad de sujetos desde su descubrimiento en 1943 y se habían publicado incontables trabajos científicos sobre sus efectos, sin olvidar que la práctica totalidad de la prensa estadounidense habló maravillas de esta droga (presentada como una panacea) hasta que el gobierno decididó prohibirla (y entonces se entregaron a una orgía desinformativa no menos exagerada que su fase de exaltación). Y los proyectos clandestinos con psicoactivos del Army Chemical Corps y otros organismos de inteligencia estadounidenses empezaron en 1951, según esta estupenda cronología del LSD, cuya consulta debería ser obligatoria para todo aquel que escriba sobre el tema

    Erowid LSD Vault : Timeline

  5. Jesús Iribarren

    Contra lo que se cree, especialmente en estos tiempos, al gringo se le quiere y respeta en México, Ambrose Bierce no murió asesinado en Chihuahua sino de tifus en Presidio Texas, y fue sepultado en una tumba común, Neal Cassady falleció de una congestion Alcoholica y barbitúricos saliendo de una humilde boda o fiesta de quince años a orilla de las vías del ferrocarril en San Miguel de Allende. Norma Faye Kessey viuda de Ken se casó con Larry Mc Murtry y viven en el polvoriento Archer city en North West Texas, en una vieja casona llena de libros.
    http://www.texasmonthly.com/the-culture/larry-mcmurtry-minor-regional-novelist/

  6. Pingback: Meigas – El Sol Revista de Prensa

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