Cartografía ciclista del país de los cinco mares - Jot Down Cultural Magazine

Cartografía ciclista del país de los cinco mares

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Giro de Italia, 2012. Fotografía: Tim De Waele / Corbis.

 Así pues, ¿sirve de algo una cosa tan estrafalaria y absurda como dar la vuelta a Italia en bicicleta?

 Dino Buzzati

Italia es un país de montañas. La afirmación no es ociosa porque su imagen más extendida (gastronomía, historia, cultura clásica y demás) no suele hacer demasiado hincapié en la naturaleza escarpada del país de la bota. A lo largo de sus más de trescientos mil kilómetros cuadrados, solamente la llanura Padana es una entidad geográfica de cierta envergadura que pueda identificarse como terreno tendido. Lo demás, de norte a sur, es territorio accidentado, y muchas ocasiones, de considerable altitud, incluso en terreno insular. País propicio, por tanto, para el ciclismo.

Es fácil esquematizar Italia. Primero, están los Alpes al norte —en sus múltiples tramos y denominaciones— lindando con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia. Segundo, como resultado sobre todo de la cuenca del río Po, la mencionada llanura Padana se extiende por el noreste del país como un fértil lecho de sedimento y cultivo. Tercero, y más importante, está la cordillera de los Apeninos, que vertebra la península itálica, literalmente, de arriba a abajo; desde el golfo de Génova, casi tocando con los Alpes más mediterráneos, hasta el mismo mar Jónico y el estrecho de Messina. Por último, están las islas, también escarpadas, tanto la cercana Sicilia como la más alejada, Cerdeña.

Como en el caso de Colombia y su histórica Vuelta ciclista, Italia tiene en la bicicleta una poderosa forma de acercamiento geográfico al país, a veces no del todo conocido ni para los propios lugareños. Desde los tiempos de las vibrantes crónicas de Dino Buzzati, corresponsal de La Gazzetta dello Sport en los años cuarenta y cincuenta, que tiñó de Homero las grandes cabalgadas de Gino Bartali, Fausto Coppi y otros compatriotas por las montañas de Europa, los italianos pueden explicar la anatomía de su país mediante el ciclismo y sus pa(i)sajes más eficazmente de lo que lo hacen los simples mapas.

Los principales argumentos del relato ciclista italiano son, naturalmente, sus carreras. Destacan tres: la Milán-San Remo, la Tirreno-Adriático y el Giro de Italia. Cada una tiene una dimensión deportiva y geográfica distinta.

Kelly, Fuente, Mussolini

La tradición empuja a empezar con la más antigua de todas, la Milán-San Remo. La Classicissima es la primera de las llamadas carreras-monumento, es también la más larga (casi trescientos kilómetros de recorrido) y tiene en el mes de marzo su razón de ser. Es el puente del invierno a la primavera, y por tanto, la llave del inicio de la temporada ciclista, aunque no sea la primera prueba del calendario. La carrera recorre el rico Piamonte descendiendo desde Milán, capital lombarda, hasta la localidad costera de San Remo, en la llamada Liguria italiana. Concluye prácticamente en la Costa Azul francesa.

La San Remo es una carrera de hombres rápidos. Ni siquiera la inclusión del Poggio, una modesta colina a escasos seis kilómetros de la meta, introducida para rebajar el dominio de los velocistas, ha cambiado demasiado este hecho. La primera vez que la carrera subió el Poggio fue en 1960 y se incluyó, en efecto, para complicar la vida a corredores como el doble ganador español Miguel Poblet, rara avis nacional (como el siempre infravalorado Óscar Freire, triple vencedor) por ser bastante más llegador que escalador.

Desde luego, si los organizadores querían aumentar la variedad de ganadores de la San Remo con la inclusión del Poggio, no lo consiguieron exactamente: el Caníbal Eddy Merckx ganaría hasta siete ediciones en los siguientes quince años. Pero lo que sí lograron fue añadir también el aliciente de una revirada bajada en las inmediaciones mismas de la meta, donde la carrera a veces se decide con valentía. El espectacular descenso de Sean Kelly en 1992, que redujo más de diez segundos con un Moreno Argentin en cabeza, curva a curva, es un ejemplo inmejorable.

Paolo Bettini, Giro de Italia, 2008. Fotografía: Mirko Macari (CC).

Tras esta incursión en el valle del Po, donde luce y saca músculo la zona más industrial y más próspera de Italia, también la más convulsa en época contemporánea, viajamos al centro del país para meternos de lleno en su espinazo. Los Apeninos afilan toda la península itálica y, salvo algunas llanuras en la orilla del Tirreno, imponen un paisaje de ríos cortos, colinas dentadas y macizos imponentes. Su sector central, los Abruzzos, son el techo de esta larga cordillera.

Por entre sus subidas y sus faldas tiene lugar la Tirreno-Adriático en el mes de marzo. La carrera tiene por misión unir ambos mares y cruzar, por tanto, de oeste a este el país transalpino. Suele transitar desde la Toscana hasta la localidad marítima de San Benedetto del Tronto, a ochenta kilómetros de Ancona. Aunque la prueba, como muchas otras, ha alternado épocas más montañosas con otras más planas, la historia de la corsa dei due mari tiene en algunos puertos particulares varios de sus principales exponentes.

El Blockhaus impone con solo nombrarlo. Esta montaña de nombre germánico (proviene de una construcción militar alemana durante la Segunda Guerra Mundial) es una mole de 2142 metros de altitud y unos interminables treinta kilómetros de ascensión al 6,5 % de pendiente media (aunque varía según la vertiente que se ataque). Se ha subido muy pocas veces en su totalidad y es más conocida por sus primeros trece kilómetros, una dura y popular subida llamada por separado Passo Lanciano. El imponente Blockhaus, desde donde se ve sin gran dificultad el Adriático, vivió en el Giro de 1972 un evento ciclista inesperado. En una vertiginosa etapa de solo cuarenta y ocho kilómetros, el genial escalador José Manuel Fuente, el Tarangu, y su equipo, el KAS, impusieron un castigo de más de dos minutos al todopoderoso Eddy Merckx, que muy raramente concedía la más mínima ventaja a sus rivales. A la postre, sin embargo, el belga terminaría ganando aquel Giro con cinco minutos de contundente botín.

Asimismo, los Abruzzos imponen también hablar del Gran Sasso, sin duda una de las montañas más bonitas de toda Italia. Traducido, literalmente, como la «Gran Piedra», el Sasso no puede presumir en absoluto de grandes atributos ciclistas, pues por largo que sea apenas exige pendientes del 4 % de media. Su último ganador ilustre fue un pletórico Marco Pantani en el Giro de 1999, quien avasallaría a sus rivales ganando hasta cinco etapas en aquella edición. A la postre, el Pirata pagaría caro sus altos niveles de hematocrito (oxígeno en sangre) con la expulsión de la carrera.

Pero esta formación montañosa tiene dos atractivos innegables más allá del deporte. Primero, su propio paisaje, popularmente denominado «el pequeño Tíbet», pues es un idílico altiplano de prados verdes y amplios horizontes. Además, en su cima, en el llamado Campo Imperatore, donde hay un hotel y una estación meteorológica, y las paredes de nieve y hielo acompañan el camino a la cumbre, los propios italianos retenían al depuesto Mussolini en 1943. Por poco tiempo. Ese mismo verano, los alemanes le rescataron en una eficaz operación de aviación y paracaidismo. «Todo fue vertiginoso. Entre la llegada del primer planeador y la entrada en la habitación, no habían pasado ni cuatro minutos», declaró el Duce. En Italia todo el mundo conoce el lugar principalmente por este suceso histórico y por la gran popularidad turística de la zona.

El insomnio del Giro

Pero volvamos de lleno con el ciclismo. Si obviamos el sur del país, menos propicio por simple cuestión orográfica, y viajamos definitivamente a la frontera norte, el trabajo se multiplica exponencialmente. Los Alpes han visto casi tanta historia ciclista como jaleo político, ardor bélico e inestabilidad territorial. Los relatos son interminables en los tres sectores alpinos (piamonteses, lombardos y vénetos), aunque hay subdivisiones mucho más precisas si se quiere. El Giro de Italia se explica alrededor de esta temible cordillera.

El Passo Giau, en el Véneto. Fotografía: Frisia Orientalis (CC).

Para empezar sin rodeos, hay que hablar de la reina y el rey, cuyos destinos van de la mano: Gavia y Stelvio. Son en Italia lo que en Francia significan, por ejemplo, el Tourmalet y el Galibier.

El Paso Gavia, diecisiete kilómetros al 8 % de desnivel medio, fue concebido en el siglo XVIII como un paso de mercaderes venecianos hacia la localidad de Bormio o más lejos, hacia Austria o incluso Alemania. Hasta 1960, el Gavia no existió para el ciclismo pues, como tantos otros puertos, su dimensión deportiva es posterior a su dimensión de infraestructura. Pero su relativamente corta vida en el mundo de la bicicleta no le resta reputación. Hablar del Gavia es hablar del Giro en todo su severo (y blanco) esplendor.

Como ocurre con el Stelvio, del cual no tardaremos en hablar, la historia del Gavia está unida a la adversidad y a los quebraderos de cabeza. Aunque a veces se olvide, mayo aún puede ser un mes de intensas nieves, y el Giro, al aventurarse hasta ciertas cumbres (de más de 2500 metros de altura), ha tenido que modificar e incluso cancelar algunas etapas en función de la meteorología. «Nos dejábamos la piel durante nueve meses para diseñar una carrera bonita y luego veíamos nuestro trabajo echado a perder por los caprichos del clima», decía amargamente Carmine Castellano, implicado en la organización del Giro desde los años ochenta y su director entre 1993 y 2004. Muchas ediciones rechazarían de entrada a los míticos Gavia y Stelvio por estos problemas. «Ya estaba cansado de la preocupación y las noches de insomnio que me provocaban».

Pero nada libró, por ejemplo, al corredor estadounidense Andy Hampsten de una jornada terrible en el Gavia en 1988. Era una etapa de montaña de apenas ciento veinte kilómetros con el puerto de Aprica de salida. Frío. Nieve. Piñones congelados. Gafas de alpinismo para los corredores. Al punto, una ventisca en la cima y una bajada final que muchos tuvieron que hacer dentro de los coches de equipo, con la calefacción a pleno pulmón. Ese día no importó tanto perder tiempo como llegar sano y salvo a la meta, aunque Hampsten no dudó en jugar sus cartas por la clasificación general: «Yo ya temblaba incontrolablemente desde el primer descenso del día. Y sí, algunos corredores decían: “no ataquemos”, pero yo lo hice desde la base del Gavia». Hampsten no ganó la etapa, pero cazó un jersey rosa que ya no cedería hasta el final de la carrera. ¿El secreto?: «Habíamos ido antes de la salida a tiendas de esquí y habíamos comprado cosas como gorros de lana o guantes de buzo».

Solo setenta kilómetros de carretera separan los puertos Gavia y Stelvio, encadenados con cierta frecuencia en las etapas que recorren la zona. El Stelvio, el gran emperador del Giro, algunos metros más alto que su colega, es una maravillosa sucesión de cuarenta y ocho curvas de serpiente y más de veinte kilómetros de ascenso sinuoso en el valle, que provoca vértigo inmediato al observador. Es el puerto alpino del que mejores y más espectaculares fotografías pueden encontrarse.

La subida al Passo dello Stelvio, en los Alpes. Fotografía: Amcs1983 (CC).

El Stelvio también es una obra de ingeniería moderna, ideada en el siglo XIX por los austriacos tras derrocar a Napoleón y reconquistar la zona. La idea era unir Lombardía con el Tirol, lo cual se consiguió con éxito tras casi diez años de inhumanos trabajos. Luego, en 1953, Coppi la bendijo para el ciclismo por muchos años doblegando al apuesto suizo Hugo Koblet y anotándose su quinto y último Giro.

Ya en 2014, Nairo Quintana también conoció la dureza de los Alpes italianos en sus peores días. En una jornada de similares adversidades a la de 1988, con Gavia, Stelvio y Val Martello bajo la nieve y el frío, el ciclista colombiano no tuvo mejor idea que atacar en el descenso del Stelvio. Con todo el pelotón tiritando y los organizadores amagando con neutralizar la bajada (en situaciones extremas, una moto conduce la marcha y nadie puede rebasarla), Nairo se lanzó junto a su compañero Gorka Izagirre en un descenso conocido por sus largos y oscuros túneles. El caos se adueñó de la carrera por la dificultad de las comunicaciones y por la supuesta neutralización. Cuando sus ateridos rivales se dieron cuenta, Quintana ya se disponía a atacar la última subida del día con casi dos minutos de ventaja. Por si acaso, Nairo disipó polémicas en meta: metió casi dos minutos más a sus perseguidores en el ascenso final.

La tumba rosa de Olano

Pero los Alpes italianos aún guardan más sorpresas. De entre todo el ramillete de grandes ascensiones por nombrar (Tres Cimas de Lavaredo, Izoard, Marmolada), es interesante mencionar algún puerto joven. Quizá merezca atención el Zoncolan, al este, en los Alpes cárnicos y ya casi en Eslovenia, zona de subidas oscuras e inhóspitas como el temible Crostis. O bien podríamos hablar de los puertos del oeste, en la frontera francesa, donde diversos altos como el del Agnello se disputan todavía la exclusiva de paso de Aníbal y sus elefantes contra el Imperio romano en el siglo III a. C. Pero el Paso Foppa, de entre todos ellos, es el que provoca mayor pavor.

Mucho más conocido como Mortirolo, en los Alpes lombardos, hasta 1990 era apenas una cuesta de cabras de vía estrecha y pendiente desproporcionada. Pero el ánimo de los organizadores del Giro por nuevas escaladas le dio boleto en la corsa rosa de ese año. Desde entonces, su atractivo nombre y su perfil brusco y rompedor (doce kilómetros al 10,5 % de pendiente media, con tramos de casi el 20 %), su calor de puerto angosto, le han brindado reputación de ascensión más dura de la era reciente. El ciclismo español conoce demasiado bien su dureza.

En 1994, Miguel Indurain trataba de conseguir el doblete Giro-Tour por tercera vez consecutiva. En la decimoquinta etapa entre Merano y Aprica, Miguel escaló el Mortirolo de menos a más. Pantani volaba en cabeza, inasequible, en pleno año de explosión, mientras el gran rival de Indurain, Berzin, vestido de líder más que merecido, perdía finalmente rueda con el corredor navarro. Miguelón estaba obligado a distanciar al máximo al ruso, por lo que se exprimió… demasiado. El último puerto del día era una trampa. El Valico de Santa Cristina estaba valorado como de segunda categoría pero sus siete kilómetros a más del 8 % decían otra cosa. Allí, el invencible Indurain se quedó sin fuelle («¡Va clavado Indurain!», exclamaba Jaime Ugarte en Telecinco) y la carrera se le escapó definitivamente.

Por su parte, dos años después, el campeón del mundo Abraham Olano debutaba en el Giro con inmejorable actuación. El ciclista vasco llegó a la penúltima etapa nada más y nada menos que como líder, aunque por un solo segundo. Al día siguiente, última jornada de montaña, Olano se fajó con méritos en el Gavia (aún con tramos por asfaltar), pero el Mortirolo fue demasiado. Se desangró lentamente con el rosa a la espalda tras corredores más ligeros y ágiles. Apenas por tres segundos de margen logró retener agónicamente la tercera posición en el cajón de Milán. «Nunca he visto una subida tan dura como el Mortirolo», declaró. Todos los campeones conocerían también al nuevo coloso de moda tarde o temprano; Gotti, Tonkov, Simoni, Cunego, Basso, Contador. La montaña italiana, desde luego, tiene múltiples hijos.

13 comentarios

  1. Aún faltando por mencionar el quinto y devaluado monumento (Lombardía), preciosa introducción. Muchas gracias

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  3. Muy bueno. Y se podría seguir con Lombardía u otra con menos historia, pero que es una auténtica preciosidad, como la Strade Bianche. Se celebra en marzo por caminos de tierra de la Toscana. El año pasado la televisaron en abierto. Vida eterna a las clásicas!

  4. Y el col de la fauniera?

  5. Hay muchos, muchos errores en el artículo…que por otra parte es ameno, aunque un poco superficial.
    Stelvio y Gavia, por citar uno de ellos, no son frecuentemente encadenados…de hecho sólo lo han sido en dos ocasiones, de las cuales sólo una se ha disputado.
    El Passo Foppa o Marmolada es el Passo di Foppa.
    El sur de Italia tiene una marginación ciclista que poco tiene que ver con la orografía, extraordinaria para la práctica del ciclismo en esa zona, y sí mucho con las condiciones socioeconómicas y la forma sde explotación de la tierra, como expone magistralmente el gran John Foot en Pedalare, Pedalare, el libro esencial para entender la bicicleta en Italia, y que debería de ser más leído…
    Entre otras cosas, vaya…pero aun con todo, bonito artículo.

    • Gracias por tu comentario, Marcos. Te animo a que desgranes todos los errores que consideres que tiene el texto. Incluidos detalles diminutos como lo del Passo Foppa ;-)
      Y gracias por la recomendación literaria. Y por tu lectura.

    • La Marmolada es el passo di Fedaia. El Passo di Foppa es el Mortirolo. Olvidar el articulo no me parece un error de bulto la verdad y menos un error suficiente sobre el que articular un discurso tan duro.n Y por supuesto que al articulo le faltan escenarios, peroe s que Italia tiene tantos que resulta imposible reflejar siquiera un buen ramillete de ellos.

      Me encantaría leer mas a menudo articulos tan interesantes y que unen la bicicleta a los paisajes y a la historia. En parte es por ello que algunos enamorados de la bici buscamos escenarios tan miticos, y con este articulo hemos viajado un ratito por ellos.

      Si bien es cierto que olvidar el Giro de Lombardia parece un olvido grueso ya desde el bajotitulo del articulo.

    • Marcos, il passo della Marmolada è il Passo Fedaia

  6. Pingback: Italia a pedales

  7. Joder, menuda matedura de pata, dime de qué presumes y te diré de qué careces…la Marmolada es Fedaia
    Dios mío…

    De todas formas el grueso de la crítica (o mejor, comentario, que para eso están los comentarios) es el olvido no a lugares, sino a situaciones…el olvido a Magni, que es el ciclista más fascinante de la época más fascinante de la Historia italiana…la metedura de pata con el sur (que explica gran parte de la sociología italiana actual), o lo de juntar Stelvio y Gavia, que es reciente y poco usado (sólo dos veces programado, una vez corrido).

    De acuerdo en lo de Lombardia, pero también con Milán Turín, que es la clásica transalpina más antigua. o Abetone, con Coppi sacando del silencio a la Italia “roja”.

  8. Bonito artículo que puede tener algún fallo en cuanto a geografia pero que no tiene más importancia. Esta es mi carrera y la apoyo con toda mi alma, aunque, por razones comerciales u otros motivos en España no la vemos como el Tour, por ej. Les animo a que sigan escribiendo bien de esta carrera o de otras que serán bien acogidas. Un saludo.

  9. el Izoard en Italia?

  10. Pingback: Lecturas de domingo (55) | Ciencias y cosas

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