
Julio Cortázar (1914-1984) le tomó gusto a moverse por París en bicicleta, pero cuando sintió la felicidad verdadera, y además casi muere, fue el día que reunió dinero para comprar una Vespa de segunda mano. La moto era un viejo sueño, y como los sueños largamente acariciados, una tarde estuvo a punto de fallecer, igual que el protagonista de El crepúsculo de los dioses, cuyo mayor deseo siempre fue tener una piscina, y cuando al fin la consiguió, se ahogó en ella. El grave accidente de Cortázar sobre la moto, una tarde de primavera, a su modo también simbolizó un tipo de felicidad, pues inspiró su cuento «La noche boca arriba». Se trató de un «accidente muy tonto del que estoy muy orgulloso», confesaba en 1980 a los alumnos de la Universidad de Berkeley, a los que ese día impartía una clase sobre el cuento fantástico. Para no matar a una viejita que se atravesó en la calzada, Julio intentó frenar y desviarse, y al final «me tiré la motocicleta encima». La investigación policial iba a aclarar que la anciana confundía el verde con el rojo y creyó que podía bajar y empezar a cruzar la calle en el momento que habían cambiado las luces del semáforo.
Sucedió el 14 de abril de 1953. Cortázar vivía en París desde 1951, cuando el gobierno francés le concedió una beca de diez meses para ampliar estudios. Preparó una maleta de circunstancias, aunque para quedarse a vivir allí toda la vida, y el 15 de octubre, lunes, embarcó en el Provence. Metidos entre la ropa, se llevó unos pocos libros, que le robarían en la Cité Universitaire, donde se alojó en los primeros meses, y un solo disco. Era «un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante, que se llamaba «Stack O´Lee Blues», y que me guarda toda la juventud», le detalla por carta a su amigo y maestro Fredi Guthmann. Había tenido que vender íntegramente su discoteca de jazz —unos doscientos discos de primera línea—, que había empezado a armar en 1933, en los días que se reunía con sus amigos en un sótano, «con una vieja victrola a cuerda, para escuchar a Louis Armstrong y Duke Ellington». Resultó desgarrador deshacerse de algo tan importante, pero estudió el asunto «metafísicamente» y descubrió que su deseo de conservar los discos «obedecía al maldito sentimiento de propiedad que es la ruina de los hombres».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: La Vespa de Cortázar | Descartemos el revólver
La Vespa de Julio Cortázar.
«…me da vergüenza firmar mis cuentos porque tengo la impresión de que me los han dictado, de que yo no soy el verdadero autor.»
Eso les suele ocurrir a los creadores auténticos, nunca a los que escriben al dictado de lo que se supone que espera la masa lectora.
Gracias por el artículo. Delicioso.
«Los sesenta kilos de hierro le cayeron encima». No sé qué modelo de Vespa tendría Cortazar o si el autor del artículo se ha imaginado la cifra, pero una PX 125, por ejemplo, pesa como 110 kilos. Cortázar tuvo suerte de que las consecuencias del accidente no fueran aún peores.
Gracias Mauricio por la aclaración; imprescindible para extraer la esencia a esta historia.
En 1953 también existía la PX 125?
Mira Mauricio, un minuto de búsqueda en Google y dejarás de hacerte el interesante crítico de exactitud de artículos… http://www.vespa1950.com/modele1950.asp
Mauricio, ¿estás bien? ¿Sigues en la lona? Lo cierto es que Pernath te ha dado con la mano abierta. La realidad debe de doler.
Una Vespa de los 50 pesaba unos 80-90 kilos. Y seguro que no era una PX125…
Pingback: La Vespa de Cortázar (Jot Down) | Libréame
Pingback: La moto Vespa de Cortázar | Vita Brevis Ars Longa
Pingback: Cortazar y la Vespa | Vespa Roma
Pingback: Tango de barrio - Rayuela
Pingback: 'Los delincuentes': querer vivir al revés - Jot Down Cultural Magazine
Pingback: Por qué todo escritor debería usar un comprobador de plagio antes de publicar (y otras obviedades con las que aún hay que insistir) - Revista Mercurio