Jot Down Cultural Magazine – Raza en Norteamérica: la falsa medida del escocés auténtico

Raza en Norteamérica: la falsa medida del escocés auténtico

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President Barack Obama sits on the famed Rosa Parks bus at the Henry Ford Museum following an event in Dearborn, Michigan, April 18, 2012. (Official White House Photo by Pete Souza) This official White House photograph is being made available only for publication by news organizations and/or for personal use printing by the subject(s) of the photograph. The photograph may not be manipulated in any way and may not be used in commercial or political materials, advertisements, emails, products, promotions that in any way suggests approval or endorsement of the President, the First Family, or the White House.Ê

Barack Obama sentado en el mismo asiento que Rosa Parks. Fotografía: The White House / Pete Souza (DP).

¿Cómo afecta la raza al éxito social? Para la mayoría de lectores españoles, esta es probablemente una pregunta con poco interés. Al menos para mí lo era antes de pasar una temporada en Norteamérica. En España, la raza es un problema esencialmente vinculado a la inmigración, relativamente reciente y con una dimensión de segundo orden, incluso comparado con otros países europeos.

Nada de eso es cierto para Estados Unidos: es un problema de un orden totalmente distinto, con raíces históricas profundas y que es mucho más amplio que el de la inmigración. En Estados Unidos, uno se enfrenta a diario a las consecuencias dramáticas de la segregación. Da igual el ángulo de la sociedad desde el que uno mire, la segregación racial es aparente desde todos: bien porque uno solo observa una raza, bien porque observa ambas pero segregadas. En los restaurantes de comida rápida hay una línea clara entre los blancos o latinos que atienden y los negros en la cocina. Al caminar por los centros urbanos uno puede pasar en el espacio de dos calles de un barrio solo blanco a uno solo negro. Si uno se sube en un autobús de Greyhound, es probable que el ochenta por ciento de sus compañeros sean negros. Para los extranjeros, es francamente complicado entender el inglés que hablan los negros, y oírlos hablar genera cierta sensación de hostilidad. Es algo particularmente chocante porque lo que uno observa no es un proceso de integración a medio madurar: los negros no son inmigrantes. Son al menos tan «americanos» como el blanco medio con apellido italiano o eslavo. Si hablamos de genealogía, mucho más que Ted Cruz o Rudy Giuliani. En su mayoría, tienen varias generaciones de americanos detrás.

¿Qué puede uno pensar de una sociedad tan segmentada? Con mis anteojos postricardianos, era (y sigo siendo) escéptico respecto a que algo como la raza, la identidad o la cultura puedan tener algún impacto autónomo del desarrollo histórico de las fuerzas y modos de producción. Sin embargo, hoy he leído un artículo que ha matizado algo mis prejuicios.

Raciones individuales con fluidez

En un vuelo reciente me senté al lado de un chico que sería de mi edad, tal vez algo más joven. Iba vestido con camisa blanca, traje, tenía los ojos claros, y el pelo rizado. No pude evitar fijarme en que estaba jugando a Pokémon Go y él se dio cuenta e inició la conversación medio excusándose. «Pokémon es mi infancia, así que llevo semanas enganchado». Comenzamos a hablar y me contó, en un inglés (para mí) impecable, que trabajaba en Connecticut como actuario. La conversación se hizo aún más interesante cuando me dijo que había estudiado matemáticas, y que incluso tenía una publicación en teoría de grafos. Cuando pensaba en escribir este artículo, intentaba mentalmente evaluar qué habría contestado si en ese punto me hubieran pedido rellenar una encuesta clasificando a mi compañero de viaje en función de su raza. La respuesta que habría dado con casi total certeza habría sido «blanco». Una persona de piel clara, vestida de traje, que trabajaba en el sector financiero, que hablaba inglés sin acento y vivía en el corazoncito de Nueva Inglaterra. ¿Qué duda cabía?

Después de llevar un rato hablando ocurrió algo sorprendente. Nos presentamos y oír un nombre hispano llamó mi atención así que indagué. Lo que siguió cambió, me doy cuenta ahora, sustancialmente mi percepción. Descubrí que él había nacido en Puerto Rico. Cambiamos el idioma de la conversación immediatamente al español, un idioma que él hablaba perfectamente pero con un acento muy pronunciado. Sus padres tenían trabajos de clase media en San Juan, lo que suponía que en comparación con la población general americana eran más bien de origen humilde. En Puerto Rico la educación pública ya era de por sí muy barata para los estándares americanos, pero que él era atleta y por eso, además, le había salido gratis. Me dijo que había elegido la profesión de actuario porque era particularmente meritocrática: el progreso en el escalafón depende de pasar una serie de exámenes estandarizados, y menos de haber ido a una universidad prestigiosa o de tener los contactos adecuados. Su historia era una narración de movilidad social fascinante.

Al final del viaje, mi ración individual y yo nos habíamos hecho amigos, todo lo amigos que es posible hacerse de alguien con quien has hablado durante cuarenta minutos de vuelo. ¿Cómo no podía sentir afinidad por alguien que hacía análisis de datos por la mañana, cazaba pokémones después de comer, levantaba pesas por la tarde y demostraba teoremas por la noche? Habíamos hablado de nuestras novias, de matemáticas, de nuestras ciudades de origen, etc. Incluso nos hicimos amigos en Facebook y expresamos la voluntad de volver a vernos si coincidíamos en la misma ciudad, algo que solo me ha pasado antes con otra persona en un vuelo.

Fotografía: Thomas Hawk (CC).

Fotografía: Thomas Hawk (CC).

Sin embargo, al margen de la afinidad, ¿cómo habría respondido si me hubieran dado la información en otro orden? Si lo hubiera escuchado hablar en español desde el primer momento lo habría clasificado como latino. Pero incluso si hubiera sabido que había ido a una universidad pública y que era campeón de halterofilia y le gustaba el fútbol (europeo), pero nada de todo lo demás, eso podría haber cambiado mi clasificación. La función de esta historia no es hablar de mí, sino intentar que el lector empatice con dos cosas. Primero, la importancia que tienen los estereotipos —raciales y de todo tipo— cuando interactuamos con nuestras raciones individuales. Para actuar con otra gente, necesitamos movilizar estereotipos y prejuicios, creencias más o menos fundadas sobre cómo unos rasgos visibles que, creemos, están asociados empíricamente. Yo había sido expuesto de forma secuencial a dos flujos de información: el del atleta con un fuerte acento latino, la del actuario de Nueva Inglaterra. Los dos correspondían a la realidad, pero cada uno contaba una historia distinta empujaban a una deducción diferente sobre la persona que tenía al lado.

Pero la parte más original tiene que ver con otro problema: cómo afectan estos a cómo evaluamos el impacto que tiene la raza sobre las oportunidades y el éxito en la vida.

Raza y clase: clasificadas

Lo que ilustra mi anécdota es que la identificación racial raza no es algo fijo al nacer. Al menos no para todo el mundo. Para muchos es al menos parcialmente una construcción social que puede variar según el contexto y el framing. Bajo los rasgos físicos, hay mucha más fluidez racial de lo que uno podría pensar. Por ejemplo, los españoles podemos encajar tanto como «white» como con «hispanic». Muchas personas tienen varias identidades y, tanto a la hora de presentarse como de ser percibidos, es necesario elegir una frente a otra. Otras personas pueden no «parecer» ser de la raza de la que en principio son. Existen evidencias experimentales en las cuales se enseñan fotos de personas cuyos rasgos (peinado, ropa, labios, pendientes, etc), asociados a una identidad étnica, afectan a la probabilidad de ser clasificadas de una u otra forma. Esto es interesante porque significaría que: a) la raza es algo manipulable en cómo nos presentamos ante otras personas; y b) las mediciones en las encuestas pueden caer en la falacia del escocés auténtico.

Un artículo publicado en 2012 en el American Journal of Sociology considera la NLSY 79. La NLSY79 es una de las encuestas más usadas para hacer investigación sobre movilidad social y mercado de trabajo, porque sigue a los individuos desde jóvenes a lo largo de sus vidas laborales. Muchos trabajos que consideran el efecto que tiene la raza sobre el empleo o los salarios están basados en ella. Lo primero que encuentran los investigadores es que hay personas que, de un periodo a otro, cambian de raza: hay personas que un año son clasificadas como negras, y al año siguiente como latinas o blancas. La raza es una casilla que corresponde al encuestador rellenar al final de la encuesta, después de haber escuchado las respuestas. Esto es, en principio, raro si pensamos que la raza es algo fijado al nacer. Tradicionalmente esto se había visto como un error de medición, un descuido del encuestador o del encuestado. Pero el artículo sugiere que esta interpretación no es plausible. Si se tratara de un error de medición «puro», entonces deberíamos observarlo de forma totalmente aleatoria. Pero ellos encuentran que hay un patrón: los «cambios en la raza» del encuestado tienden a estar asociados con cambios en otras variables: la renta, el estatus laboral, haber pasado por la cárcel, etc.

Hay una paradoja perversa en esta dinámica. A un nivel cuantitativo, tenderemos a sobrestimar el efecto de la raza y a infraestimar la movilidad social. A un nivel más profundo, sugiere que los estereotipos podrían ser mucho más pegajosos de lo que uno piensa. Una expectativa optimista sería que si logramos reducir la desigualdad de clase que se solapa con la racial, el efecto de los estereotipos raciales tenderá a caer. Veremos que hay negros con éxito y dejaremos de vincular estadísticamente ser negro con ser un delincuente en potencia. Sin embargo, si tendemos a identificar como «blancos» a los negros o latinos con éxito, que haya más movilidad a nivel individual implica que los estereotipos raciales solo tenderán a reforzarse.

Coda final: «¿Qué hacer?»

Después de leer los párrafos que inician este artículo, el lector probablemente se sienta empujado a clasificarme a mí como racista irredento. ¿Qué tipo de análisis se puede esperar, después de todo, de alguien que se rige por estereotipos tan burdos como los que asocian la raza con la ocupación profesional? Pierre Bourdieu habla en algún lugar del papel que el conocimiento sociológico juega en la conquista de la libertad. A su estructural-marxismo, muchos le reprochan no dejar casi ningún margen para el libre albedrío. Bourdieu diría (1), sin embargo, que es precisamente siendo consciente de los sesgos individuales como uno puede llegar a distanciarse de ellos:

La sociología, ofrece un medio, […] de contribuir, aunque sea por la consciencia de las determinaciones, a la construcción, abandonada de otra forma a las fuerzas [sociales], del mundo en tanto que sujetoLe sens pratique (1980). Traducción propia con negrita añadida.

Mi experiencia diaria hace que pase una parte muy importante de mi tiempo intentando responder a qué es lo que hace a Europa tan distinta de Estados Unidos. Si tuviera que elegir una sola razón, la raza sería una buena candidata. La mayor parte de divisiones políticas, tanto las que tienen una dimensión geográfica (entre los estados del norte y el sur) como a nivel local, la sombra de la diversidad racial es alargada.

Mapa de los Estados Unidos c. 1849 (fronteras estatales modernas), con el paralelo 36 ° 30 'de latitud norte - estados esclavistas en rojo, estados libres en azul

Mapa de los Estados Unidos ca. 1849 (fronteras estatales modernas), con los Estados esclavistas en rojo y los Estados libres en azul. Imagen: Júlio Reis (CC).

Nota:

(1) Este documental es muy recomendable para los que no quieran adentrarse en la prosa tenebrosa del francés.

3 comentarios

  1. Gracias por este artículo. A mi me pasó lo mismo que al autor, todo esto de la raza me sonaba a chino hasta que llegué a Estados Unidos y se convirtió en el pan nuestro de cada día. Ahora lo veo sobre todo en mi hijo. Nacido aquí (en Estados Unidos), de madre anglosajona blanca (blanquísima incluso), la criatura nos ha salido totalmente anglo desde el punto de vista físico, aunque en los formularios oficiales siempre ponemos hispano y blanco en las casillas de etnia y raza, respectivamente. Esto nos ha provocado “incidentes” en ambos lados.

    Recuerdo especialmente un incidente en el que en una sala de espera estaba hablando de niños y en un momento dije que me hijo era medio español. Inmediatamente una persona (de apariencia centroamericana) que teníamos delante se dió la vuelta para afearme que utilizase la palabra “spanish” porque, palabras textuales “no nos gusta que nos llamen spanish, somos hispanics”. Cuando le indiqué que me refería a spanish, de España, el tipo se ofendió más incluso por haber metido en el mismo saco a españoles e hispanos. En ese momento me descolocó totalmente ya que yo no había mencionado la palabra hispanic, pero ya que sacaba el tema, como español es más que correcto aplicar el término hispano. Como os podéis imaginar, fue lo peor que pude decirle y la conversación acabó con el tipo farfullando no se qué de genocidas y asesinos.

    Desde luego la raza es una construcción social y me atrevo a decir que un coñazo insufrible. En mi experiencia, en este tema hay dos grupos sociales que se llevan la palma en cuanto a coñazo.

    Por el lado del racismo, no he conocido a gente más racista hacia los hispanos que hijos de mexicanos y cubanos que se creen blancos. Por el lado de la “tolerancia progre” (odio usar este término pero creo que nos entendemos todos), no he conocido a nadie que se ofenda más sobre tonterías raciales que estudiantes universitarios blancos de Oregon y Washington.

    Para otro día dejo una apasionante discusión bastante habitual aquí. ¿Son cristianos los católicos? (Pista: no en Estados Unidos)

    • Intersante lo de hispanic y spanish. Qué historia podría contar sobre católico y cristiano ?
      Gracias

  2. Creo que el artículo es muy positivo porque saca el tema. Pero eso no significa que los demás se lo planteen. La categoría es la reina: las hay entre los ricos viejos y los nuevos, entre los inmigrantes de origen, pero antiguos, y los recién llegados, entre los de la misma raza pudientes o pobres, entre los de la misma profesión por itinerario académico: son los marchamos que, como embutidos que somos, tenemos que tener o no pasamos.Y en España no sólo pasa con los inmigrantes, aunque a un nivel quizá (habría que preguntárselo a los que lo viven) menos crudo: pasa con los gitanos, españoles de muchas generaciones y sin embargo cargados con el peso de una mentalidad de índices acusadores.

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