Benditos ochenta

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Nightcrawler (2014).

La retromodernidad que enaltece los ochenta y los primeros noventa ha comenzado poco a poco a convertirse en un género propio y la culpa de ello probablemente no sea solo una mera adscripción a la moda, sino un asunto generacional: los que fueron niños durante aquellos años han crecido, se han convertido en adultos y han empezado a ganar el pan a base de colocarse tras una cámara y contar historias. También han decidido proyectar en esas historias los universos que imaginaban, veían o temían de pequeños, mundos que pertenecen a esa idea romántica y pervertida de la década ochentera, recreaciones actuales dominadas por el imaginario pop en lugar de por la realidad de la época. Por eso mismo películas como Drive, videojuegos como Hotline Miami y capítulos como el celebrado «San Junipero» de Black Mirror han encandilado tanto, porque son las portadas en las que unos cuantos querían haber vivido.

Los benditos ochenta dibujaron una era donde no faltaban las explotation descaradas y las segundas partes interesadas. Este artículo es eso mismo: una secuela oportunista del texto «Malditos ochenta».

Weegee fue el apodo con el que se dio a conocer el ucraniano Arthur Felling, un famoso fotógrafo de sucesos que ejerció en la Norteamérica de los años treinta y cuarenta. Un alias de guerra que pretendía ser la versión fonética de la palabra «ouija», debido a la inexplicable habilidad del hombre para aparecer de manera repentina en la escena del crimen (o del accidente) pocos minutos después de que la desgracia hubiese acontecido, en ocasiones adelantándose a la propia policía. Además de veloz, Weegee era muy ducho en lo suyo y sus fotografías publicadas en prensa —unas instantáneas que retrataban en rotundo blanco y negro las vísceras de los callejones neoyorkinos— le encumbraron  como una de las leyendas de la época. Bastantes años después, a finales de los ochenta, un guionista llamado Dan Gilroy, responsable de cosas tan dispares como Freejack, Apostando al límite, The fall o El legado de Bourne, se enamoró del libro Naked City, que recopilaba una parte de la obra de Weegee, y comenzó a escribir un manuscrito para una posible película utilizando el trabajo del fotógrafo como inspiración. Desafortunadamente, el escritor acabó suspendiendo el proyecto tras descubrir que otra cinta de similar temática se encontraba en producción en aquellos momentos: se trataba de El ojo público de Howard Franklin, un estupendo neo-noir del 92 donde Joe Pesci interpretaba a un clon espiritual de Weegeer, una película que homenajeaba al ucraniano directamente a utilizar instantáneas del propio Felling en su metraje.

Un par de décadas después, Gilroy decidió rescatar el proyecto del trastero, sacudirle el polvo y darle un repaso reescribiendo el guion para trasplantar la acción a Los Ángeles y apostar por una idea suicida: otorgar el protagonismo de la historia a una alimaña humana. De ese modo concibió Nightcrawler, una historia donde el guionista (aquí también director) decidía no engañar a nadie al dejar claro desde la primera escena que el personaje principal, Louis Bloom (Jake Gyllenhaal) era un ser despreciable. Nightcrawler era la crónica de un antihéroe extremo que se ganaba la vida como cámara freelance, filmando sucesos escabrosos ocurridos en las madrugadas de la ciudad para vender las imágenes a emisoras de televisión sedientas de material impactante. Una historia ambientada en la actualidad (el protagonista se educaba a través de internet) pero en cuya puesta en escena Gilroy inyectaba una atmósfera especial que era tan heredera de los ochenta como para marcarse un plano con las palmeras de Los Ángeles durante los mismísimos créditos iniciales. En la pantalla el oficio de Weeger mutaba en algo mucho más siniestro, más animal y extraño. Y todas aquellas imágenes de noches con carreteras salpicadas por las luces de farolas, faros de vehículos y neones convertían las rutas de Bloom en cacerías y los planos del relato en un extraño documental noctámbulo y cruel. Un par de pósters fabulosos, este con alma de ilustración y este otro que remezcla la estética actual con la heredada, confirmaban la sensación de que sobre la narración flotaba cierto espíritu de época ochentera.

Beyond the black rainbow (2010).

George Pan Cosmatos es un director de cine medio griego medio italiano que empezó trabajando con Marcello Mastroianni en Muerte en Roma y con Sophia Loren en El puente de Cassandra para acabar dando órdenes a Sylvester Stallone en Rambo: acorralado parte II y Cobra, el brazo fuerte de la ley. Es decir, es una persona que pasó de dirigir a titanes del cine italiano a intentar coordinar el labio colgante de un italoamericano. Mientras todo esto ocurría, Pan Cosmatos sacó tiempo para reproducirse y engendró a un chaval que en la época de los ochenta frecuentó videoclubs flipando con las carátulas más extrañas de las gloriosas cintas VHS. En 2010 aquel crío, llamado Pamos Cosmatos, ya había crecido lo suficiente para ponerse detrás de una cámara y dirigir su ópera prima: Beyond the black rainbow, una película canadiense de ciencia ficción cuyo rasgo más notable era haber sido inspirada por carátulas ochenteras. Porque Beyond the black rainbow no tomaba como referencia las películas de la época sino lo que un niño de los ochenta se imaginaba al ojear aquellas cubiertas videocluberas de producciones que sus padres le prohibían ver. Cosmatos homenajeaba lo que en su infancia creía que contenían esas cintas en BETA y VHS en lugar de lo que contenían realmente, y el resultado era algo que un crítico de cine reseñó con bastante sorna como «sentarse durante dos horas a contemplar una lámpara de lava», una descripción muy certera de la experiencia y algo que a lo mejor no tiene por qué ser malo.

La historia orbitaba en torno a los experimentos de una corporación sobre una niña con poderes, una idea poco novedosa que parecía una mera excusa porque Cosmatos dedicaba todo su esfuerzo a crear un ambiente en lugar de a favorecer una narrativa. Se las daba de Kubrick de baratillo rodando con pocos medios un desfile de cortes de pelo graciosos, neones y humo que el propio director etiquetaba como «mi álbum experimental de música electrónica». El resultado hipnotiza con la misma facilidad que genera odios. Edgar Wrigth, cinéfilo y responsable de Shaun of the dead, Scott Pilgrim contra el mundo o Bienvenidos al fin del mundo, incluyó esta cinta en su titánica lista de mil películas favoritas de toda la historia.

Las últimas supervivientes (2015).

The final girls (por aquí traducida como Las últimas supervivientes) es algo así como la criatura que podría surgir de cruzar El último gran héroe con el slasher ochentero y las metarreferencias que Wes Craven agitaba en su saga Scream. Una película que arranca potente con un accidente de coche como telón a los créditos y se apunta a jugar al cine dentro del cine con una excusa fantástica: la hija de una actriz que protagonizó un slasher de culto durante los ochenta, un sucedáneo de Viernes 13, acaba colándose por accidente dentro de la película que convirtió en famosa scream queen a su madre. Algo así como La rosa púrpura del Cairo pero añadiendo adolescentes trinchados por una marca blanca de Jason Voorhees.

Las últimas supervivientes se divierte mascando los tópicos del cine de psicópatas enmascarados como si fuesen chicle con una actitud desenfadada: en el interior de la película los rótulos de crédito insinúan su presencia física al sobrevolar los escenarios, todo lo que ocurrido se resetea y reinicia cuando se supera la duración del metraje y los flashbacks vienen precedidos de cortinillas ondulantes en forma de estalactitas que irrumpen físicamente en el escenario. Aunque sus mejores ocurrencias se apoyan en el choque generacional producido entre los protagonistas unidimensionales de una ficción ochentera y los millennials actuales, unos contrastes tecnológicos coronados por las descacharrantes conclusiones del macho-alfa de la peli slasher al ser informado de la existencia de parejas de padres homosexuales, gags de sonrisa cómplice que favorecen que la película acabe cayendo bien.

Más sorprendente es la apuesta de incluir una carga emocional más poderosa de lo que se suele esperar de un producto que tiene pinta de condimento para palomitas: infiltrarse en el interior de la película permite a la protagonista reencontrarse con su madre desaparecida (o al menos una versión de su madre interpretando un cliché) y todo desemboca en una escena maravillosa al ritmo del «Bette Davis Eyes» de Kim Carnes que pilló a más de uno desprevenido y jurando que se le había metido algo en el ojo. La única pega del film es que la productora rebajó la casquería del libreto original y como resultado la aventura carece de sangre y gore, algo que chirría cuando lo que se homenajea es ese cine cafre que glorifica el tajo del machete y el sacar la calculadora para el recuento de cadáveres.

Electric boogaloo: the wild, untold story of Cannon films (2014)

Electric boogaloo es el término con el que se etiqueta despectivamente a todas las secuelas de películas exitosas de calidad insalubre. La culpa la tenía Breakin’ 2: Electric boogaloo, una sonrojante segunda parte de un film que ya era malo con codicia: Breakin’.

El caso es que la Breakin’ original, una explotation del fenómeno del break dancing, ya era uno de esos artefactos que no podrían existir sin la intervención de fuerzas superiores al entendimiento humano. Fuerzas que en este caso dibujaban las orondas siluetas de Menahem Golan y Yoram Globus, dos primos israelíes que se hicieron con la productora Cannon en 1979 y desde ella equilibraron el karma de la humanidad al ser responsables directos de cosas como Delta Force, Contacto sangriento, Cobra: el brazo fuerte de la ley, Las minas del rey salomón, El guerrero americano, Masters del universo o El justiciero de la noche. Y por extensión también culpables del nacimiento de talentos interpretativos como Chuck Norris, Dolph Lundgren o Jean-Claude Van Damme o en general de todo lo que fue bueno y puro durante los ochenta. Golan y Globus eran criaturas fascinantes enamoradas del cine que dedicaron su vida a producirlo con espíritu churrero: no importaba tanto la calidad de sus creaciones como la cantidad de ellas; entre el 79 y el 89 la compañía llegaría a parir más de ciento veinte producciones.

Electric boogaloo: the wild, untold story of Cannon films era un documental de Mark Hartley que repasaba la vida de Cannon Films. Uno al uso, compuesto de entrevistas y fragmentos de películas, pero uno absurdamente divertido. Porque la historia de la propia Cannon, sus responsables y sus explotations descaradas es tan delirante que no puedes poner a una serie de personas a hablar de ella y no esperar que hiervan las anécdotas descojonantes: desde un sistema de producción que consistía en dar luz verde a una película a partir de su póster promocional y ya si eso después escribir el guion, hasta estrenar una película y su secuela (Desaparecido en combate) en el orden inverso al darse cuenta de que la inicialmente concebida como segunda parte era mejor película que la primera. Hartley se marca una crónica muy divertida y dinámica de la compañía que camina hasta el disparatado epílogo de la historia, con los dos primos enfrentados al estrenar dos películas distintas basadas en el baile de la lambada porque era lo que estaba de moda. Un documental que acabó convirtiéndose en parte de la historia de Cannon: la ausencia de los propios Golan y Globus en el metraje se debe exclusivamente a que ambos siguen teniendo hoy en día el morro compuesto por minerales sólidos, y cuando el director les propuso participar declinaron la oferta para meses más tarde aparecer en el mercado con su propio documental sobre ellos mismos: The Go-Go boys: the inside story of Cannon Films.

Incluir en un recuento sobre los sabores ochenteros a It follows, la película que Paco Fox retituló convenientemente como Te follo, es hacer un poco de trampa. Porque aquí la propia puesta en escena buscaba no encajar en ningún periodo de tiempo concreto: sus protagonistas ven películas de ciencia ficción en blanco y negro en la televisión pero leen El idiota de Fiódor Dostoyevski en libros electrónicos con forma de concha de mar kitsch. Pero a  pesar de eso la extraordinaria banda sonora de Disasterpeace, el tío detrás de las composiciones que embellecen el videojuego Fez, y el regusto general a cinta hermanada con el resto de las listadas por aquí hacen que no sea descabellado presentarla como una de aquellas a las que les soplaban los vientos ochenteros. Film de horror nacido a partir de una paranoica pesadilla del director donde se imaginaba perseguido de manera infatigable por algo, It follows sorprendió porque nadie se la esperaba, planteó algo original y lo ejerció con virtuosismo: el movimiento de los planos, la planificación de escenas y el mimo puesto en el sonido, donde elementos como el agua destacaban a propósito, demostraban que tenía más de inteligente que de posado para la foto.

Si copulas al ritmo de esto en el mundo de It follows puedes pillar el bicho.

Dude bro party massacre III era la tercera entrega de una saga en la que no existían las dos primeras, una chifladura que hacía mofa del género y presentaba un slasher donde las víctimas era lozanos varones universitarios, algo inaudito si exceptuamos aquella asombrosamente homoerótica Pesadilla en Elm Street 2. Detrás de la película estaban los tarados de 5 second films, un grupo especializado en fabricar desmadrados cortos cómicos de escasos segundos de duración. Y su salto al largometraje, financiado vía Kickstarter, se convirtió en una tormenta de coñas de empaque pretendidamente chusco (lucía como una cinta de vídeo desgastada por el uso), bromeando a costa de la cutrez ochentera y con cameos curiosos: Larry King tiene un papel de tres segundos con muerte incluida porque confesó a sus creadores que siempre quiso interpretar a una víctima en una peli de miedo. También se pasean por ahí el cómico Patton Oswalt, el músico fiestero Andrew W. K. y Nina Hartley, aquella actriz cuya cara resulta bastante reconocible para cualquier adolescente con una conexión a internet y la inquietud de comprobar si el término MILF produce resultados interesantes en Google. Simpática, desenfadada y regada de entrañas con tomate, Dude bro party massacre III también sirvió para cumplir uno de los sueños de sus directores: el de crear la película de terror con el mayor número de muertes en la historia del cine.

The guest (2014).

Adam Wingard se convirtió en la futura promesa del cine indie americano acomodado en la tumbona pop con Tú eres el siguiente, una película que agarraba el slasher y le daba una vuelta de tuerca (estirada durante todo el metraje, eso sí) aunque en el fondo no iba mucho más allá de introducir la batidora eléctrica como salvaje instrumento de defensa. Tras aquello Wingard se dedicó a algo tan ochentero como participar en antologías (V/H/S, V/H/S 2 y The ABCs of death) y reapareció con The guest, la historia de un soldado (Dan Stevens) que se colaba en el hogar de un matrimonio asegurando ser amigo de un hijo fallecido en el campo de batalla. The guest nació reciclando pedazos de una película que nunca llegó a rodarse situada en Corea del Sur entre junglas de neones, pero además se notaba que Wingard había tomado nota de la estética de Drive y de ideas planteadas cintas con tres décadas sobre las espaldas como Re-animator, Halloween, El padrasto o Terminator. En lo sonoro también el realizador también se puso nostálgico: fichó para la banda sonora a Steve Moore, un compositor enamorado de los sintetizadores que reniega de lo moderno y no toca ningún aparato capaz de producir música fabricado más allá de 1990, y remató con una banda sonora meticulosa que combinaba joyas pasadas junto a temas más modernos de cierta aura retro. The guest no era revolucionaria ni innovadora, pero sí entretenida, algo a lo que ayudaba el desmadre del tramo final.

Frío en julio (2014)

Frío en julio es un neon-noir situado en Texas durante los ochenta cuya historia arrancaba con un hombre reventando de un tiro la cabeza de un ladrón que ha invadido en su casa y se volvía más turbia tras la aparición del padre de la víctima con planes de venganza. Un thriller independiente de Jim Mickle tenso y efectivo, cargado con un buen puñado de plot-twists (que sorprendentemente los tráilers oficiales no destriparon) y basado en la novela homónima de Joe R. Lansdale. De cuidada puesta en escena, incluye un bonito montón de planos bañados por luz de colores e incluso una secuencia en la que la sangre tiñe literalmente de rojo la iluminación del lugar, presume de banda sonora dominada por sintetizadores a juego con la era y enfila un reparto muy certero donde Michael C. Hall luce mullet, Sam Shepard gesto encabronado y Don Johnson sombrero vaquero.

Rewind this (2013).

Rewind this y Adjust your tracking son dos documentales diferentes producidos en 2013 sobre un mismo tema: las cintas de vídeo domésticas. Rewind this la dirige Josh Johnson y tiene entre sus productores al Pamos Cosmatos de Beyond the black rainbow, fan de la carátula de videoclub. Adjust your tracking es obra de Dan M. Kinem y Levi Peretic, y se produjo gracias a Kickstarter. La primera estudia el impacto que tuvo el reproductor de vídeo sobre la sociedad y la industria del cine al mismo tiempo que consulta a los coleccionistas de cintas de vídeo. La segunda persigue las desventuras de esos seres maravillosos entregados al coleccionismo actual de obsoletas cintas VHS. Los dos documentales pueden considerarse complementarios y ser devorados uno detrás de otro sin mucho problema: al girar en torno a un tema tan de nicho ambas comparten un buen número de entrevistados.

Sorprendentemente, el tema da para muchos datos curiosos y unas cuantas carcajadas. Rewind this repasaba las sacudidas que produjo en el mundo del cine la aparición del vídeo, pero también proporcionó una tonelada de datos absurdos estupendos, como descubrir que en las cintas de videoclub era posible prever cuando iban a aparecer tetas en pantalla observando el desgaste de la imagen: si estaban demasiado rayadas es que aquel punto había sido víctima de muchos espectadores pulsando el botón de rebobinado. El reportaje también descubría entre las colecciones de los entrevistados algunos productos asombrosos como un tutorial sobre el uso de Windows 95 presentado por los personajes de Chandler y Rachel de Friends o el inenarrable vídeo de ejercicios Bubba hasta que duela donde Bubba Smith (Hightower en Loca academia de policía) capitanea a un grupo de personas en leotardos con ganas de sudar fuerte.

Adjust your tracking se centraba en los coleccionistas de cintas, sus razones para apilar VHS (en muchos casos la portada era una de las principales) y las anécdotas del mundillo. Por la pantalla desfilaba gente hablando de la existencia de una película horrible llamada Tales from the quadead zone con cotizaciones disparatadas en Ebay solo por ser escasa, un tío encantador que había decidido combatir la morriña montándose un simulacro de videoclub ochentero en el sótano de su casa o la gente de la compañía Troma (responsables de El vengador tóxico) asegurando que ellos mismos publicarían en vídeo hasta su propio Bar mitzvá si hubiese fans dispuestos a comprarlo. Y en general muchísima pasión por esos pedazos de plástico que encapsulaban una época.

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10 comentarios

  1. felix martinez

    Echo en falta una pequeña joya como “Turbo Kid”

  2. Pingback: Benditos ochenta – Jot Down Cultural Magazine | BRASIL S.A

  3. Pingback: STRANGER THINGS, ¿es tan extraño? - BUXU NO SE CALLA

  4. Fernando

    Lo irónico es que algunas de las películas de los 80 no eran una maravilla, pero es que son mejores que el cine español presente y pretérito.

    • Carlos

      No sólo que el cine español. También que el cine americano….

    • También eran mejores que las revistas con coristas, no lo olvidemos. Menuda tirría les tengo a las revistas, y a las chirigotas.
      Comento esto porque me parece muy oportuno y relacionado.

      Tampoco me gusta el color naranja.

  5. Horizontes Lejanos…NO a las bombillas led, ni a los cigarrillos de liar !

    Saca el güisqui cheli y el radiocasete. Yo de momento me conformo con Doña Clara y de paso piso por el paseo de la fama del cine español…que desde Edificio España no ha levantado cabeza…

  6. nos hacemos viejos, eso es todo.

  7. ¿No una mención a esa joya llamada Kung Fury? Lamentable…

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