Jot Down Cultural Magazine – Trece malditos de la música española

Trece malditos de la música española

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Foto: DP.

Siempre se crea —o más bien se reconstruye— a partir del fracaso. (Eduardo Haro Ibars).

En 1884 se publica en Francia Les Poètes Maudits, seminal volumen donde Paul Verlaine acuña la expresión «poeta maldito» y glosa la vida y milagros de Rimbaud, Corbière, Mallarmé y hasta media docena de brillantes juntaletras que cayeron de alguna manera en desgracia.

Salvando las distancias, a continuación me dispongo a hacer un poco lo mismo, pero con trece músicos de ayer y hoy que podríamos considerar «malditos» en el ya de por sí infernal panorama español. Por tentar a la suerte, he doblado el número de Verlaine y he sumado uno más: si hay un número maldito, es el 13, con permiso del 666, que he desechado porque convertiría este artículo en una enciclopedia.

A la hora de elegir los personajes sí he contemplado el canon de Verlaine. Así que los músicos que aquí aparecen cumplen al menos uno de estos requisitos: tener un talento tan singular como infravalorado; un poso trágico que abarca tendencias autodestructivas, psicopatológicas, parafílicas o criminales; una vida bohemia, más allá de las costumbres burguesas; y un rechazo visceral a las normas establecidas, a la corrección política, a las convenciones artísticas, a los esquemas sociales.

Los malditos suelen ser espíritus solitarios, herméticos, que no acaban de cuajar en ningún grupo aunque estén rodeados de compinches. Unos lamentan su destino; otros disfrutan del honor que supone no encajar en una sociedad enferma.

Ahora, sin más preámbulos, pasemos ya a esbozar las accidentadas y heroicas trayectorias de estos ángeles sin paraíso que, en el fondo, han triunfado por todo lo alto. Al menos, a ojos de quienes consideramos que el éxito es un estado interior.

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Silvio

Con arrimo y sin arrimo todo me voy consumiendo, mas por ser de amor el lance di un ciego y oscuro salto. (Silvio)

Inclasificable, inexplicable, genial rockero español, equidistante de Mark E. Smith y Bambino, devoto de las procesiones y de las verbenas: Silvio no hay más que uno.

Bautizado como Silvio Fernández Melgarejo (La Roda de Andalucía, 1945), empezó dándole a las baquetas, pero pronto se reveló como cantaor rockero de estilo sucio, bastardo, nicotínico, sorprendente en estudio e imprevisible en directo. De vida loca, loca, loca, se casó con una rica heredera, pero gastó parte de la fortuna de su suegro convidando a sus amigotes a tours etílicos por toda Europa.

Chapurreando brillantes juegos de palabras en inglés, francés, portugués, italiano o sevillano, Silvio creó su propio género, que Jesús Quintero llamó «rock semanasantero». No hay más que oír su versión del «Stand By Me», que él traduce como «Rezaré» y transmuta en un delirante canto a la Macarena. A trancas y barrancas, entre 1980 y 1999 grabó cinco discos tremendos con cuatro grupos diferentes: Luzbel, Sacramento, Barra Libre y Diplomáticos.

No triunfó como se merecía, pero cuando murió, en 2001, le pusieron una calle en Sevilla y otra en Granada, y recibió la bendición de artistas mainstream y críticos serios. Su epitafio podría ser eso mismo que él decía siempre: «Todo lo que escribáis sobre mí me importa un carajo».

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Alfonso Melero

Y si no dejo de crecer del universo me saldré, dime qué culpa tengo yo si cada vez soy más mayor. (Alfonso Melero)

Aquejado de un agudo síndrome de Peter Pan y una timidez enfermiza, Alfonso Melero es la antítesis del maldito convencional, y se acerca más a la casta de un Tim Burton, un H. P. Lovecraft, un Akira Toriyama o un Todd Solondz.

Natural de Villarrobledo, provincia de Albacete, al tiempo que regentaba un ultramarinos fue el alma mater de dos grupos de glam pop tan sui generis como Terry IV y Federico y Terry. Si en estas fantasías animadas Alfonso nunca llegó a cantar, en el único disco de Meteoro sí lo hizo, al parecer por la negativa del otro miembro del grupo, su hermano Dioni, a coger el micro. El resultado fue Chitty Chitty Big Bang (Discos Spicnic, 1994), una alucinante ópera de rockabilly digital donde, a caballo entre los Silicon Teens, los Payasos de la Tele y la Super Nintendo, el artista condensa un multiverso habitado por entomólogos alienígenas, coches vivientes y pasteles mágicos. Bajo su apariencia de juguete infantil, Chitty… es un poliédrico y pixelado microcosmos que, no pudiendo contenerse a sí mismo, termina por explotar: en el apocalíptico fin de fiesta, Alfonso transforma el «Is this the future?» de Sigue Sigue Sputnik en un canto a la soledad del outsider que se adelanta a su tiempo: «La guitarra que usaba el Rey me gustaba y la repliqué. Y ahora toco “Space Oditty” donde nadie me puede oír. En el futuro».

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Roger de Flor

En sangue e bágoas espertei, baleira e morna e doce e limpa a nave na que naufraguei. (Roger de Flor)

Aunque vive en Ferrol, ciudad maldita donde las haya, Rogelio Arias Sanmartín nació en 1977 en Limodre, una diminuta parroquia del concello de Fene. Tras robarle el nombre a un caballero templario, este trovador vocacional y jardinero de oficio se puso a cultivar un fértil sonido que a veces se abona con lluvia galaica, y otras parece tostado por el sol de California. En la enjuta figura de Roger caben Ray Davies y Andrés do Barro, el pop, el rock y el swing, la retranca y la saudade. Medianamente popular en la comarca ferrolana, es un perfecto desconocido para el gran público. A él tanto le da y, como buen artesano, sigue actuando en cafetines y chamizos, componiendo en viejas casas de piedra, cantando en gallego, italiano, ferrolano o inglés, temas propios y adaptaciones de Mancini, Stevens, Dylan, Blake… Editados en sellos locales, sus cinco discos dibujan una trayectoria tan coherente como anómala, e íntimamente unida a la parte más oscura del casco urbano: ese Ferrol Vello lleno de bares vacíos, casas en ruinas tomadas por la vegetación, y la inevitable humedad que pudre el pulso de una ciudad perdida donde la naturaleza empieza a ganarle la partida a la humanidad.

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Ray Heredia

Solo quiero estar, solo caminar, yo solo. (Ray Heredia)

Como Prince, José «Ray» Heredia (Madrid, 1963) componía, cantaba, tocaba tropecientos instrumentos y gastaba camisas de chorreras. Perteneciente a una prestigiosa dinastía gitana de bailaores flamencos, a Ray le dio por el cante y creó el grupo Ketama para abandonarlo en el segundo disco y montárselo por su cuenta. Solo tuvo tiempo de grabar el álbum Quien no corre, vuela (1991), que en su día fue celebrado por la crítica como piedra fundacional del «nuevo flamenco». Ciertamente, Ray logró suavizar el quejío e integrarlo en el pop con una naturalidad pasmosa. Pero su galopante adicción al caballo lo quitó de en medio a los veintiocho años, sin darle apenas tiempo a promocionar su disco. Una obra cuyo efecto narcótico permanece intacto gracias a maravillas como «Cobarde», «Dos hermanos» o «Lo bueno y lo malo», y a unas letras agridulces, de cruda belleza, donde se masca su tragedia: «El infierno de tu gloria ha pasao por mí». La gloria le llegaría a Ray post mortem: hoy es reivindicado por artistas tan dispares como Alejandro Sanz, Rubén Blades, Estrella Morente, Fito Páez, Los Planetas, Chambao o Kaydy Cain.

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Alberto Bourbon

A pesar de lo que bebo, es tan triste lo que siento que me matan los recuerdos. (Alberto Bourbon)

Crooner melódico de voz profunda como el mar, Alberto Bourbon (Madrid, 1944) era primo de Juan Carlos de Borbón, con quien guardaba un razonable parecido. Sin embargo, en su carrera musical no llegó ni a vizconde. Nadie recuerda el puñado de singles que sacó en los sesenta con títulos tan atinados como En un mechón de la noche, ni sus dos únicos elepés, Años de amor (1974) y Estoy aquí (1975). Su pecado fue ser un cantautor romántico y apolítico en una época en la que tocaba ponerse trenca y entonar panfletos. Alberto era demasiado elegante y mujeriego como para tomar partido, pero capaz de crear canciones tan extraordinarias como «Antes de ti no hubo antes». Humilde y realista, comprendió pronto que como cantante no se comería un colín y optó por pasar a un segundo plano, centrándose en componer y producir para estrellas como Rocío Jurado, Mocedades o Massiel.

Truhán, señor, bohemio y soñador hasta la médula, quemó sus últimos años en antros de jazz donde tragaba whisky y chupaba cigarrillos hasta el amanecer. Así le sorprendió, en 2001, la muerte. Persisten sus canciones, para consuelo de todos los que aún pensamos que el optimismo es cobardía.

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Juan Antonio Canta

Mi alma es una canica. (Juan Antonio Canta)

Empezó su carrera a mediados de los ochenta en el seno del combo de pop guasón Pabellón Psiquiátrico. Amén de aportar alguna pieza al grupo, Juan Antonio Castillo Patuchas (Córdoba, 1966) escribía cuentos, teatro y canciones más personales.

En 1996 grabó su primer y último disco en solitario en el garaje de su casa, Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta. Un puñado de canciones de retorcida sensibilidad y humor lunático, con títulos como «Copla del viudo submarino», «Catherine Deneuve», «Gigi en su senectud» o «Bella di Napoli». Pepe Navarro le vio potencial como freak televisivo y lo metió con calzador en su programa Esta noche cruzamos el Mississippi. Contra todo pronóstico, sonó la flauta y la dadaísta «Danza de los cuarenta limones» se convirtió en hit nacional. Juan Antonio no supo encajar el éxito y se vino abajo: «Yo no he compuesto la canción del verano, otros se han encargado de etiquetarla», sentenció. Tuvo más galas que nunca, pero el público solo pedía «la de los limones». La perspectiva de un segundo disco, con el peso de su personaje sobre los hombros, le resultó insufrible. A finales de 1996, un pariente lo encontró ahorcado en el trastero de su casa de Córdoba. «Pasarán los guitarrazos y el caos y quedará la belleza», le escribió a su amiga Martirio en su última carta.

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Charlie Mysterio

Fijo mi pensamiento en ti, en tu dulce aislamiento. Odias el mundo tanto como yo. (Charlie Mysterio)

La vida y la obra de este fantasmal neodandy son tan esquivas, fértiles y erráticas que haría falta un mapa para seguirlas. Nacido en Madrid en fecha ignota, Carlos Fernández Prida es maldito adrede: «Nunca he intentado nada, siempre he estado al margen de la industria», presume.

Se estrenó en el año 2002 con una deliciosa recopilación de maquetas titulada Los caramelos de Charlie Mysterio 1988-1999, que publicó Spicnic con portada torera. Ya dijo Fernando Márquez el Zurdo, compañero de fatigas en el grupo La Ruleta China, que «Charlie es un Dominguín musical, el hijo que al matador le hubiera gustado tener y no el que, por desgracia, le salió».

Noctívago impenitente y obsesivo melómano, pasa la vida viajando, seduciendo, pinchando y grabando canciones que muy pocos han logrado escuchar, bajo seudónimos como Nebulosa, Capitoné, Les Samourais o Los Peregrinus. Y en 2014, así, de repente, vuelve a las andadas con el álbum Esconde tus alas en la torre fantasma (Discos Walden), donde un Mysterio más curtido y crepuscular susurra gemas como «Tejido de un instante», «Los escudos soñados» o «Visite a su abuela». El suyo es pop tal como lo entendían Lawrence, Zulueta, Chilton o los Beatles del álbum blanco. Hermoso y luciferino, divino y poshumano. Solo para estetas.

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Cecilio G

Los macarras ya no gustan, hacer reír no se lleva ya. Como un hombre en el desierto, un hombre de verdad. (Cecilio G)

Aunque parezca mentira, Juan Cecilia Ruiz (Bogatell, 1994), más conocido como Cecilio G, viene de clase acomodada: se le nota en cierta elegancia sepultada bajo decenas de tatuajes. Al morir su padre, que era médico, se echó a la calle a pintar, rapear y hacer el mal. En 2012 se convirtió en pionero del trap español, violenta mezcla de gangsta rap y música electrónica, pero sobre todo una forma de vida al límite. El propio Ceci me contó en el parking de una discoteca que «he vendío droga, he estado de vagabundo, he estado en prisiones, he estado en psiquiátricos, me han dao pastillas y gotas que me han dejao to zumbao… He sufrido alucinaciones… Me han diagnosticado de todo, esos asesinos de neuronas». De tamañas andanzas emanan unas descacharrantes óperas trap que derrochan carisma y punkitud, vía casete, YouTube, CD o Bandcamp.

A mediados de 2015, tras «Gucci Shanna», hit en el que dispara con tino a todos sus coetáneos, Ceci se tatuó una cruz en la frente. Y como si se hubiera trepanado el cráneo, sus temas y sus vídeos derivaron hacia formas más abstractas y humores más absurdos. Para entendernos: arte contemporáneo.

Sí, Ceci está loco y es peligroso. Pero esa locura y ese peligro lo sitúan en el Olimpo de los malditos, esa dimensión desconocida por la que pululan Iosu Expósito, Charles Manson, Ken Kesey, el Jaro, French Montana o Leopoldo María Panero.

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Rodrigo García

Ya soy desconfiado, ácrata, reflexivo, con la salud dudosa y la palabra larga. (Rodrigo García)

Multiinstrumentista capaz de tocar con maestría guitarras, bajos, violines, teclados y lo que le echen, Rodrigo García Blanca (Sevilla, 1947) cofundó los grupos Solera y Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, pertenecientes, como Cecilia, Sisa o Don Franciso y José Luis, a esa «tercera vía» del pop donde se funden bellas melodías y letras incisivas. En estos proyectos de escasa fortuna comercial, Rodrigo ya despuntó como retratista sarcástico: ahí están la incestuosa «Linda prima», el melifluo modisto de «Una singular debilidad», o una «Señora azul», que no criticaba a los censores franquistas, como se dijo, sino a los críticos seniles. Su único éxito fue «Solo pienso en ti», versionada hasta por Amistades Peligrosas y Miguel Bosé.

Su carrera como cantautor pasó aún más desapercibida para las masas, pese a contar con al menos tres obras mayúsculas: Canciones de amor y sátira (1975), Rodrigo (1980) y Solera reservada (1987). En ellas, Rodrigo exorciza con timbre dylaniano, rima promiscua y anárquica virilidad un desfile de espíritus casi siempre femeninos y con nombre propio: Ana, Laura, Luisa, Pilar…

Debido a su falta de éxito comercial, Rodrigo se vio obligado a ejercer de músico mercenario. Como él mismo me confesó años ha ante una grabadora, «no soy rico por mi casa ni tengo propiedades y, por prosaico que parezca, los compositores que escribimos metáforas tenemos que ir al supermercado y pagar en caja».

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Ana D

No sé cómo vivir sin suerte, porque quizá mi muerte sea el comienzo de mi vida. (Ana D)

Diletantes empedernidos, Ana Díaz y su novio Pito entraron en la movida madrileña por la puerta de atrás, como fans y mánagers de grupos varios, huyendo de un Gijón que se les caía encima. Con el tiempo, Ana intervendría de forma ocasional en la composición de canciones de Gabinete Caligari o Dinarama, grupo del que fue vocalista hasta la llegada de Alaska.

Sin necesidades económicas, se arrimó después a los hell’s angels de la revista El Canto de la Tripulación, ennoviándose con el músico y poeta Javier Corcobado, que la invitó a acompañarlo en varios temas de su disco Arco iris de lágrimas. Sulibellada por la experiencia, en 1997 Ana se animó a grabar un álbum de pop cósmico, llamado Satélite 99, con ayuda del propio Corcobado e Ibon Errazkin, alma mater de los indies Le Mans. Pero si el disco resplandece es por la fuerte personalidad de Ana, que canta como un Gainsbourg transexuado y resacoso en un karaoke terminal. Junto a inspiradas composiciones propias como «Galaxia», «Va el amor», «Carnaval» o «Los amantes», unas cuantas versiones de artistas tan dispares como Los Chunguitos o Betty Missiego que Ana regurgita con uterina austeridad.

Poco antes de retirarse, llegó a dar algún concierto, e incluso a telonear al grupo inglés Stereolab. Hoy descansa en su hogar gijonés con vistas al mar, pero sus susurros de sirena agonizante aún seducen a todo aquel que desempolva su disco.

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Benito Moreno

Ya no firmo mis cartas, ya las juego, sabiendo que ganar es perder todo. (Benito Moreno)

Benito Moreno (Sevilla, 1940), es un cantautor oscuro, espeso y apocalíptico cuyos tres mejores discos son la banda sonora ideal para la decadencia celtibérica: Romances del Lute y otras canciones (1975), Ellos y ellos y ellos… y ella (1976) y Mis sombras completas (1978). Crudas y cabales, las canciones de Moreno nos transportan a una Andalucía yerma, turbia y caciquil. Ya pedía a Dios en un tema de su primer disco: «Hazme sevillano bueno, hondo sevillano hondo, no me hagas sevillanito señorito y sabihondo». Una actitud que, al parecer, no gustó mucho a sus paisanos: lo más parecido que tuvo a un éxito fue «Ra, ra, ra», sátira antifutbolera que, paradójicamente, fue elegida como sintonía del programa El larguero.

Tras vomitar toda su amargura en Mis sombras completas (su disco más lúgubre y redondo, con títulos como «Cuando todos se caen» o «Cristo de las sombras»), se encerró en su casa a pintar. Aún recaería en la música otras tres o cuatro veces pero, como él mismo me confesó por correo electrónico, «no creo que mis últimos discos hayan atravesado Despeñaperros».

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Josetxo Bicho

Estoy viviendo en un recuerdo, en otro sitio, en otros tiempos. Estrellados como el cielo, estrellados contra el suelo. (Josetxo Bicho)

Atrapado en el reino de la calderilla y el sablazo, Josetxo Ezponda fue la quintaesencia del loser rockero, pero también del bohemio español. Su carismática estética glammie no tenía nada que envidiar a la de estrellonas guiris tipo Johnny Thunders, pero Josetxo era pobre como una rata y vivía en Burlada, provincia de Navarra, cuando la movida ya había muerto y el indie aún estaba en la incubadora.

Tras varias peripecias musicales, en 1987 formó el grupo Los Bichos y dos años después parió su primer disco, Color Hits, que incluía «Verano muerto», a la postre su canción más popular. Acto seguido, Bitter Pink (1992), un doble elepé cantado íntegramente en inglés, cosa que mermó sus posibilidades de éxito, pero que no quita hierro a sus veintisiete temazos: del ginecológico erotismo de «I’m Inside Her» al romanticismo misógino de «If You Cry Now She’ll Be Glad».

Después, llegó la cuesta abajo, aunque Josetxo aún entregaría un par de discos potables en solitario. Pero su empeño en cantar en la lengua de Iggy Pop y cierto divismo aderezado con vino y Valium hicieron que perdiera el último tren hacia la fama: mal que le pesara, Julio Iglesias nunca haría una versión de «Marina».

Murió desdentado y miserable, con cincuenta años cumplidos, y hasta el final se lamentó de su mala pata: «No me hicieron ni puto caso, eso es todo».

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Monjas cartujas de Benifasar

Quia meliora sunt ubera Dei vino consolationis mundi. Venite, venite. (Monjas cartujas de Benifasar)

Dice Juan Manuel de Prada que, con la contracultura totalmente asimilada por el establishment, «maldito no es hoy el que se complace en invocar a los demonios, sino el que se atreve a rezar a los santos». Por ello, me permito la licencia de cerrar esta lista de heterodoxos con un grupo de religiosas cartujanas que poco tienen que ver con las monjitas yeyé que salen por la tele. Se trata de auténticas místicas, eremitas, malditas por vivir de espaldas al mundo, sin consumir, sin producir, sin reproducirse, entregadas a un arte tradicional ajeno al mercado donde no hay ego, ni firma, ni tiene peso alguno el binomio éxito-fracaso.

La Orden Cartuja nació en 1084 como extensión de las prácticas meditativas de san Bruno, si bien su rama femenina no apareció hasta varias décadas después. Llegó a España en 1967, cuando un grupo de monjas se estableció en Santa María de Benifasar, un remoto monasterio castellonense, para practicar el «amor a Dios en el desierto».

En un monasterio cartujano no se permite hablar; la palabra solo se utiliza para el canto. Es por ello que ese canto posee una resonancia celestial e inconmensurable: porque nace del alma y se usa como única forma de expresión. Pese a todo, ha tenido un fuerte impacto en el devenir de la música occidental, desde el Medievo hasta el pop: no hay más que escuchar ciertas canciones de los Happy Mondays o de Vainica Doble.

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23 comentarios

  1. Praw!

  2. Siento decirlo, pero Juan Manuel de Prada tiene razón.

  3. Pingback: Trece malditos de la música española – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  4. Gracias!

  5. Falta Malcolm Scarpa

  6. Muy generoso con Ana D: su disco era absolutamente insoportable, precisamente por las limitaciones más que evidentes de ella delante del micrófono.

  7. Quizá un poco alejado del rock and roll que se respira en esta listame falta Migue Benitez, fundador de Los Delinqüentes. Aunque si está Ray Heredia,el Migue anda cerca.

    • Gustos. Para mí es uno de los discos más especiales y mágicos que conozco, y gran parte de su encanto está en la quebradiza voz de Ana.

  8. Espectacular artículo. Voy a tardar mucho tiempo en desentrañarlo a fondo. Auténticas joyas aderezadas con una prosa precisa y preciosa….

    Gracias

  9. Genial artículo. Todos los q mencionas son únicos en su especie y esa es su grandeza.

  10. Excelente artículo. Otro maldito que merece la pena descubrir es Ángel Álvarez de los malogrados Escaparates. Su disco “Polvo de Ángel”, grabado poco antes de morir, es magnífoco.

  11. …y Pep Laguarda?

  12. Tanto a la definición como a los ejemplos de ‘malditismo’ les falta algo: verdadero valor,calidad, si así lo prefieren.
    ¿Por qué hoy en día reconocemos la excelencia de los poetas malditos o de Panero, por ejemplo? Porque pasado el tiempo, se les ha reconocido su verdadero genio en su campo.
    Algunos de los ejemplos que ha puesto han recibido ya unas cuantas lluvias y, en cambio, pocos reconocimientos, más allá de contados casos en celebridades que así saldan su cuenta con todos aquellos que se gastaron lo que no generaron.
    Y esto es lo objetivo, porque ya desde mi opinión le repito que la calidad artística y musical de casi todos los ejemplos es pésima.
    Drogatas hay muchos; drogatas que hacen ‘música’, también; drogatas que hacen ‘música’ y no se les hace ni caso, también; pero, todo eso acompañado de un verdadero talento en alguna de las aptitudes necesarias para el éxito…
    Lo siento, pero si el negocio no les tocó, a muchos de ellos quizás fuera porque no eran lo suficientemente buenos como para intentarlo.
    Por último, quería decir que la idea del artículo es muy buena y le invito a no dejarse llevar por su gusto ni por una media verdad como es la de que aquello que es maldito no es mainstream. Puede ser, sí, pero no todo lo que no es mainstream es maldito.

    • Comentario desafortunado de un peinaovellas en babia elevada…

      Un artículo como el que aquí se marca Dildo de Congost no es cuestionable, básicamente por la propia naturaleza del tema a tratar..

      • The Hoff, lo que ha querido decir el colega de arriba es que hay una delgada línea entre malditismo y freak show, y lo que marca la diferencia es el talento. Y por supuesto que todo es cuestionable, salvo las torrijas de mi abuela.

  13. Un Adriá Puntí no habría sobrado. Aunque rozó el éxito con Umpah Pah (en críticas, no en ventas)….
    Queremos una segunda parte yaaaa¡¡¡¡

  14. Otro maravilloso “maldito” es el cantautor sevillano José María Maldonado, que después de componer algunos temas maravillosos en los 80 como “la barra americana” o “la luna llena” fue derivando hasta terminar componiendo terribles temas para peregrinos a Santiago de Compostela. Una pena.

  15. Supongo que A. Vega, Manolo Tena y Enrique Urquijo no habrán entrado porque esto es JotDown :P

    pero vaya, la ausencia del Migué de Los Delinquëntes (como apuntan un poco más arriba) es delito. Si hasta versionó a Silvio en uno de los discos!

  16. Gracias por darme a conocer a Juan Antonio Canta. He escuchado la canción ” Te quiero” más de diez veces desde que salió este artículo, y digo con pleno convencimiento que es una obra maestra.

  17. Quizás el malditismo no tenga que ver con el fracaso, ni siquiera con un éxito indeseado. Y puede que tampoco tenga nada que ver con el talento, aunque los únicos malditos que valen la pena son los que lo poseen. Puede que sea algo más cercano a la necesidad de hacerlo, de contar su historia, aunque al resto del mundo le importe un carajo. Conociendo a algunos del artículo, debo decir que el único que me ha impactado es Cecilio G, hay algo hipnótico en él

  18. Música maldita y bendita
    http://www.tomatenegro.wordpress.com

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