Jot Down Cultural Magazine – José Emilio Amavisca: «Zamorano y yo tenemos mucho que agradecerle a Valdano»

José Emilio Amavisca: «Zamorano y yo tenemos mucho que agradecerle a Valdano»

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Fotografía: Oscar Larzabal

José Emilio Amavisca (Laredo, 1971) espera en el bar del Club Deportivo San Agustín, junto al estadio de fútbol de El Sardinero, en Santander. Es una mañana de domingo típicamente cántabra, con su lluvia sin frío y sus nubes y claros. Lo primero que sorprende del exjugador de Valladolid, Lleida, Real Madrid, Racing, Deportivo y Espanyol es su aspecto físico: está exactamente igual que cuando marcaba goles a las órdenes de Valdano y los celebraba rodilla en tierra con un dedo señalando al cielo. El mismo pelo largo sin apenas canas, la misma cara afilada, el mismo cuerpo de deportista y la misma mirada de seriedad competitiva.

Tiene cuarenta y seis años, pero, desde luego, no los aparenta. Nacido en Laredo, Amavisca consiguió ser durante años una especie de Zelig del fútbol español: puede que nunca fuera una gran estrella, pero vivió de cerca varios de los momentos clave de los noventa y de principios del siglo XXI. Fue campeón olímpico entrando en la convocatoria desde segunda división, pieza clave en la famosa liga del 5-0 al Barcelona, internacional con Javier Clemente, campeón de liga con Capello y de Europa con Heynckes. Se peleó con Hiddink y volvió a su patria chica con veintisiete años, cuando muchos le daban por retirado, pero aún tuvo tiempo de jugar la Champions con el Deportivo, participar de refilón en el «Centenariazo» y retirarse clasificando al Espanyol para la UEFA.

Entre sus entrenadores destacan Maturana, Miera, Valdano, Capello, Clemente, Heynckes, Hiddink, Nando Yosu, Irureta y Lotina. Entre sus compañeros, ni más ni menos que Caminero, Onésimo, Redondo, Laudrup, Mijatovic, Raúl, Roberto Carlos, Djalminha, Valerón, Fran o Iván de la Peña.

Amavisca es como parece, es decir, serio, muy cántabro en ese sentido. Desconfía de quien va de amigo nada más conocerte. Sabe a quién quiere cerca y a quién no, y tarda un tiempo en soltarse. Nada calculado, en cualquier caso. Presume de normalidad y de sentido común. De trabajo y orden. Se quedó sin los cuatro meniscos y aún sigue dando guerra con los veteranos del Real Madrid, el Racing y la selección española. La suya fue una carrera de ensueño, pero él la cuenta como cualquier cosa, como si en realidad nada se hubiera salido de lo normal.

Estamos aquí al lado de El Sardinero y me gustaría saber cómo era el Amavisca aficionado, antes de ser jugador profesional. ¿Venías aquí a ver los partidos?

No, no. Yo de Laredo no salía. Antes todo era distinto. Los chavales de Santander eran del Racing, pero los de los pueblos, no. A mí el Racing no me interesaba demasiado, solo quería jugar y como mucho me iba a ver algún partido del C. D. Laredo, pero ya está. No veía ni los partidos de la tele, y eso que antes echaban solo uno a la semana y era como un acontecimiento. Cogía el balón y me iba con mi hermano a jugar a la Alameda o a la playa y estábamos todo el día jugando al fútbol.

Entiendo entonces que la pasión vino de dentro, de la familia.

Sí, lo mamamos en casa. Mi padre era futbolista y llegó a jugar un año en Primera División en el Pontevedra. Desde pequeño, lo que recuerdo es estar jugando todo el rato al fútbol con mi hermano. Fútbol, fútbol y fútbol. No como algo impuesto, ¿eh? Pero, de ver jugar a mi padre y tal, nos aficionamos.

Lo curioso es que, estando tan encerrado en tu círculo de Laredo, empezaras tu carrera en Valladolid.

Porque en Santander no me querían…

Hiciste pruebas aquí y no te cogieron.

No, no. Ni pruebas. Yo estaba en el Laredo, y cuando acabó la liga nacional de juveniles me mandaron con el equipo de tercera división, al que le quedaban todavía diez partidos o así. Tenía diecisiete años y en esos partidos acabé de máximo goleador del equipo. Me vinieron a ver del Sporting, del Valladolid… pero del Racing ni uno. Solo cuando ya firmé con el Valladolid, la gente del Racing se puso en contacto con mi padre, pero ya no había vuelta atrás. En Valladolid, además, me ofrecían hacer la pretemporada con el primer equipo y compaginar en ocasiones el Valladolid Promesas con algún partido de Primera.

¿Cómo fue la experiencia personal de cambiar Laredo por Valladolid, donde no conocías a nadie?

Pues al principio quería irme. Siempre he sido muy casero, de estar con mis padres, con mi hermano, con mis amigos. Ahí tenía que vivir con una familia que no era la mía, teníamos que ir a comer a un bar en cierto sitio en Valladolid. Fue duro, claro, pero te vas acostumbrando. Lo que quieres es jugar y punto.

Debutas con dieciocho años en Primera.

Sí, fue en Vigo, me acuerdo perfectamente: me tuvieron que dejar un traje para ir. Yo no tenía ni corbata, ni americana, ni nada, y un compañero del Valladolid Promesas me tuvo que dejar una especie de traje. De eso me acuerdo mucho. Luego, del partido, me acuerdo de que me sacaron una tarjeta por meter un palo [risas]. A ver, aquello era la Primera División y a mí me decían que tenía que ser agresivo, así que nada más entrar le di a uno del Celta.

De hecho, en tus primeras temporadas tienes bastantes tarjetas, incluso un par de expulsiones.

Bueno, eso fue más adelante, con el Valladolid también, pero en Segunda. Me expulsaron dos veces. De una no me acuerdo, pero la otra fue por meter la mano cuando no debía, nada grave. A ver, yo no era violento. Por ejemplo, en Primera no me han expulsado nunca.

En tu segundo año llega Maturana, que por entonces era uno de los grandes gurús de los banquillos, a la altura casi de Sacchi y su achique de espacios.

Para mí fue una mala experiencia. Muy mala. Según él llegó, me apartó del primer equipo y llegó a decir que yo no iba a ser futbolista… no sé por qué, no me conocía de nada, pero se ve que vio a un chaval así, delgado, y pensó: «¿Este adónde va?». No me dio ni oportunidades, ni confianza, ni nada por el estilo. Al segundo año me mandó cedido al Lleida y se me dio muy bien, hice muchos goles. Cada vez que metía un gol, lo ponían en el marcador del Zorrilla y la gente aplaudía: el Valladolid perdiendo con Maturana y yo ganando con el Lleida, no lo entendían. Al Betis le metí tres goles y la gente silbaba al entrenador… al final bajaron a Segunda División y todo.

Y tú casi asciendes con el Lleida.

Pues sí, metí trece goles, quedé tercer máximo goleador de la liga, me trataron de maravilla. La Segunda División era dura, siempre lo ha sido. Era una competición con mucha agresividad, de gente ya veterana que no quiere que le quiten el sitio los jóvenes. Lo bueno del Lleida es que era un equipo muy joven mezclado con gente que llevaba muchos años allí, por eso la cosa salió tan bien… y tan divertida, hubo muchos partidos que jugamos muy bien, venía mucha gente a vernos. Lo pasé muy bien, me trataron de maravilla, aunque también ayudó que mis abuelos vinieron a vivir conmigo para ayudarme con la comida y que no me sintiera tan solo [risas].

Al final de aquella temporada, Vicente Miera te llama para la convocatoria de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Pues sí, pasamos cuarenta días concentrados en un parador. Además, yo estaba haciendo la mili: dos días en el cuartel, dos días entrenando. Aquello era una locura. A ver, yo tengo claro que, si fui a esos Juegos, fue gracias a Miera, que era cántabro y confiaba mucho en mí, porque era complicado poder rendir bien entrenando la mitad de los días.

Visto en perspectiva, el nombre de Amavisca no desentona entre los de Guardiola, Luis Enrique, Kiko, Abelardo, Ferrer, Toni, Cañizares… pero en aquel momento tú venías de jugar en Segunda División y otros venían de ser campeones de Europa jugando como titulares en su equipo.

Pues sí, pero hicimos un grupo buenísimo. Estaban los jugadores top y luego estábamos cuatro o cinco que veníamos de Segunda División, pero no había diferencia ninguna. Ellos se portaron como uno más, fueron gente muy madura, teníamos un objetivo común y no permitieron que los de Segunda nos sintiéramos cohibidos en ningún momento.

En el mundo del fútbol, los Juegos siempre han sido una competición menor. Nadie sueña con ser campeón olímpico, sino con ser campeón del mundo… pero, con los años, ¿no te impresiona saber que tienes ahí una medalla de oro olímpica, en tu casa?

A ver, si me preguntas cuál es el título que más ilusión me ha hecho, es difícil no decir la Copa de Europa, además por la que fue, la famosa «séptima», que llevaba el club treinta y cinco años o así sin ganarla, era una obsesión… pero todo aquello fue muy especial por muchas cosas: la edad, que el campeonato se disputara en casa, la concentración de cuarenta días, que al principio la Federación no nos daba ni bola… nos tenían ahí en Valencia muertos de asco. Nos hizo mucha ilusión. Además, luego ves que ahora hay jugadores como Messi o los brasileños que dicen «Oye, yo quiero jugar unos Juegos porque quiero ser campeón olímpico», y te das cuenta de que no es un torneo tan menor y empiezas a valorarlo más.

La cosa empezó mal con la Federación ya desde la inauguración, porque no os dejaban ir.

Bueno, es que tuvimos directamente que decirles que si no nos llevaban no íbamos a competir. Estar en unos Juegos y que no te lleven ni a la inauguración… ¡Eso no podía ser, hombre! Nosotros debutamos el día de antes y nos decían: «Claro, es que así no vais a recuperar, estaréis cansados, el autobús…», y nosotros pensábamos: «Joder, pues poned un avión y no un autobús, así no nos cansamos». Al final nos lo pusieron y nos lo pasamos de maravilla ahí.

¿Algún recuerdo especial de la final?

De entrada, el Camp Nou, que estaba absolutamente abarrotado. Lleno de banderas de España, que eso no se vuelve a repetir en la historia, con el rey ahí… empezamos perdiendo, luego ganando, luego nos empatan… fue muy emocionante y además me tocó salir en la segunda parte, cuando empezamos a jugar mejor y remontamos.

Y del oro olímpico, de vuelta a Segunda.

Pues sí, y en Valladolid se tomaron mal que yo hubiera dicho que en los Juegos yo representaba al Lleida, pero es que era así: ellos me habían dado la oportunidad, era lógico agradecérselo. El principio fue duro, con mucha tensión, pero luego empezamos a ganar partidos y acabamos ascendiendo. Con el Lleida, por cierto… ¡y con el Racing!

En aquel Valladolid estaba Caminero.

Era un jugador de lo más polivalente. Venía de ser extremo derecho en el Castilla, luego pasó a central, medio libre… en el Atleti le pusieron de media punta. Era impresionante, jugó a un nivel increíble. En la Eurocopa del 96 compartimos habitación, nos llevábamos muy bien, un tío muy campechano. Es verdad que cuando llegó a Valladolid no era maduro, porque venía del Castilla y los filiales son un poco una burbuja. Cuesta un poco más madurar, estás rodeado de chavales como tú y es más difícil.

Y Onésimo.

[Se ríe] Onésimo era un crack. De los últimos regateadores. Ahora ves más una pared o un desborde por potencia o por velocidad que un regate puro y duro. El tío se iba a la banda, empezaba a regatear y luego volvía regateando otra vez. Llegó a jugar en el Barcelona y todo. En Valladolid era un dios. Seguimos teniendo relación porque los dos comentamos en Radio Nacional de España y nos llevamos muy bien. Fíjate que en aquella delantera estábamos Alberto, Onésimo y yo. Veía un balón cada tres partidos. Si la cogía Onésimo ya no la veías más, si la cogía Alberto solo chutaba… yo tocaba un balón cada tres partidos, pero Onésimo me dice siempre: «Fíjate qué bien lo hice que te vendí al Madrid». Era puro espectáculo, lo que pasa es que luego llegaba a posiciones de remate y, como tenía los pies tan pequeños, no conseguía meter un gol.

Nada más subir a Primera, te lesionas.

Sí, me perdí los cinco o seis primeros partidos de liga, incluido el que le ganamos al Madrid en el Bernabéu jugando con diez. En la presentación del equipo me choqué con César Sánchez, me hice polvo los tobillos y empecé con mis problemas en los meniscos. Aquello fue un horror, porque cuando no empiezas la temporada tienes la sensación de que ya no vas a jugar en todo el año.

Un año complicado hasta el final. Incluido el famoso empate a cero con el Celta en el que los dos jugabais a no pasar ni del medio del campo porque os valía el resultado. El Mundo de Valladolid sacó la crónica en blanco.

Sí, sí, me acuerdo. A ver, fue jodido, pero seamos claros: si a mí me vale un punto y a ti te vale un punto, no me voy a poner a hacer el idiota y a intentar ganar el partido para que en una contra me cojas y me mandes a Segunda. Yo no quiero atacarte, tú no me quieres atacar a mí… ¿eso cómo lo evitas? A ver, es duro, porque escuchar a tu propia afición gritar «Que se besen, que se besen» es duro, pero, claro, vete para adelante, que te marquen a la contra y a ver qué te dice esa misma afición. No te dejan salir ni del estadio.

Esas cosas se hablan en el campo, antes del partido…

Pero ¿qué vas a hablar? No hace falta hablar. Arriesgar cero y ya está. La gente dice: «Es que es una falta de respeto a los rivales». No, no. Yo he estado todo el año peleando para poder llegar al último partido y que me pase esto. Si los otros equipos hubieran ganado un partido más, pues tendríamos que haber salido a ganar.

¿Y no hubo nadie que no se «enterara», es decir, que saliera como loco a ganar y le tuvierais que decir «eh, tranquilo…»?

A ver, durante la semana ya estás diciendo: «Eh, que nos vale un punto». En noventa minutos, te juegas un año entero, te juegas volver a Segunda después de solo un año en Primera, así que lo repites mil veces: «Mentalizado todo el mundo: esto es un punto». Que hay una ocasión clarísima, que lo ves seguro y tal… bffff, bueno, vale, pero, si no, todos aquí juntitos en nuestro campo y que ni se acerquen a nuestra portería. ¡Es que es lo normal!

La cosa no mejora cuando vais a la promoción a Toledo y palmáis 1-0.

Imagínate. Jugamos fatal. Perdimos 1-0 y pudimos haber perdido de mucho más, pero, no sé por qué, estábamos convencidos de que íbamos a pasar. Mira que jugamos rematadamente mal, horrible, y que con que nos hubieran hecho un gol ya nos complicaban mucho la vida, pero al final ganamos 4-0 la vuelta y nos quedamos en Primera. Yo metí dos goles, incluso uno con la derecha [risas]. Fue un sabor agridulce, porque me despedía de Valladolid con goles pero después de una temporada infame, porque no había equipo para haber sufrido tanto.

¿Cómo fue el fichaje por el Madrid? ¿Quién fue el que se puso en contacto contigo: Mendoza, Sanz, Floro, Del Bosque…?

Mendoza, Mendoza… Fue una opción de compra, ni siquiera un fichaje. Lo que sí me acuerdo es de que se hizo efectiva el último día y la gente me decía: «¿Estás preocupado?». Hombre, preocupado no, lo peor que me podía pasar es que siguiera en el Valladolid, que estaba bien. Me decían de hacerme fotos con la camiseta del Madrid y tal, pero yo pasaba, a ver si luego no iban a hacer efectiva la opción e iba a quedar en ridículo. Ni siquiera hubo una presentación individual, me dijeron qué día empezaba la concentración y punto. Además, al principio me querían enviar cedido y yo no tenía ningún problema en irme cedido, siempre que fuera donde yo quisiera y no donde quisieran ellos. Yo quería ir al Zaragoza, que iba a jugar UEFA, pero ellos me decían que igual allí tampoco jugaba… imagínate la confianza que tenían en mí. Ellos querían mandarme cedido al Racing, pero, claro, para irme cedido al Racing, me quedaba en el Valladolid, con mis antiguos compañeros, sin empezar de cero. Como no hubo acuerdo, pues me quedé a hacer la pretemporada.

¿Cómo era Mendoza?

Un dandy. Siempre iba bien vestido y siempre pedía tabaco a la gente. No sé por qué, pero él nunca llevaba, lo pedía a los demás, y mira que fumaba el tío. Estaba todo el rato «dame un cigarro, dame un cigarro». Las dos o tres veces que hablé con él me pareció muy cercano, muy cariñoso… luego en la tele se le veía de otra manera: un poco prepotente, un poco estirado, a lo mejor. No necesitaba montar un gran número para que supieras que el que mandaba era él.

Empiezas la pretemporada aunque Valdano no cuenta contigo.

Sí, tuvimos una reunión y me dijo que le parecía un jugador interesante, pero que con solo un año de experiencia en Primera no creía que estuviera todavía para el Real Madrid. Yo le dije que quería luchar por un puesto y me arriesgué, al menos en la pretemporada. Tuve la suerte, además, de que Zamorano estaba en una posición parecida, porque Valdano había dicho que con él iba a ser el quinto extranjero, que no iba a jugar… Pero, a ver, yo le estoy superagradecido a Valdano: un tío que es el entrenador del Real Madrid, que se puede permitir los lujos que le den la gana, si me dice que no voy a jugar nunca, le basta con no ponerme y ya está. La gente dice: «Es que le hicisteis cambiar de opinión». Vale, pero porque era él, con otro entrenador igual ni te pone en pretemporada, o te saca cinco minutos. Él empezó a hacernos jugar juntos porque en principio no contábamos y fue una combinación genial: un extremo zurdo que las ponía al área y un delantero que lo remataba todo. Hicimos muy buena amistad desde el principio y nos lo curramos, pero Zamorano y yo tenemos mucho que agradecerle a Valdano, porque, si él no da su brazo a torcer, estamos los dos fuera del Madrid.

Un Valdano que le había quitado dos ligas al Madrid con el Tenerife. ¿Se hablaba de eso en el vestuario?

No, qué va. Cuando llegué, recuerdo que había mucha ilusión. Hicimos la presentación en el Bernabéu y prácticamente se llenó. La gente estaba volcada, se habían hecho muy buenos fichajes: Laudrup, Redondo… Me acuerdo de que a mí me dijeron: «Tú te sientas aquí», y empecé a ver pasar a Míchel, a Butragueño, a Sanchís, a Laudrup, a todos estos… y, claro, alucinaba. Pasé de verles en la tele a jugar con ellos en dos años. Alucinante.

Pero ¿cómo lo llevaban ellos? ¿Cómo llevaba la Quinta del Buitre lo de ya no ser los ídolos pop que fueron en los ochenta?

Butragueño se fue al Celaya ese año y Míchel al siguiente. Martín Vázquez empezó jugando por la izquierda ese año y luego ya le sustituí yo. Ahora bien, como compañeros, lo único que querían era ayudar. Supongo que llegaron a un momento de su carrera en el que asumieron que ya no estaban como antes, porque era imposible, que había gente nueva, y de lo que se preocuparon fue de que esa gente nueva tuviera una buena entrada en el equipo y ellos tuvieran una buena salida. Durante diez años lo fueron todo en el Real Madrid, todavía cuando vas a Madrid, al estadio, te siguen hablando de la Quinta del Buitre. En el fútbol español no se podía ser más que ellos. Hay gente que se rebela contra ese paso del tiempo, que pretende seguir de titular o aguantar un año más, pero ellos no, ellos nos ayudaron mucho. Lo llevaron con mucha naturalidad, asumiendo que era ley de vida. Me tranquilizaba mucho hablar con ellos, porque, imagínate, acabas de llegar, te metes en el Bernabéu y nada más mirar para arriba ya ves que eso no se acaba nunca… intimida.

Al poco de empezar la temporada Valdano convoca a Raúl, le pide calma, que no le siga el juego a la prensa… y a los pocos días aparece en la portada del Marca subido en un elefante de colores. ¿Cómo llevaste todo el circo mediático que rodea a un club así?

Es que yo no hacía esas cosas. No lo hacía nunca, sigue sin gustarme. Yo en el Madrid llevaba una vida completamente normal: no llevaba traje ni corbata, solo cuando me obligaban; me iba con mi mujer al cine a La Vaguada, hacíamos cola ahí como todo el mundo… Y en mi relación con la prensa, igual. A ver, si quieres una entrevista, sí, pero a mí hacer el tonto no me gusta. Eso lo he llevado siempre a rajatabla. De hecho, hubo una vez que un periodista nos hizo una foto a Zamorano y a mí tirando de un balón que estaba roto, cada uno de un lado. Nos hicimos la foto y al día siguiente salió esa foto en la portada de un periódico, pero estábamos Zamorano y yo tirando… ¡de un escudo del Barça! Le dije de todo al periodista, creo que no volví a hablar con él en la vida, aunque nos pidió perdón. Yo no les veo como el enemigo, tanto como eso no, pero siempre me ha gustado mantener un poquito las distancias.

¿Qué recuerdas de aquellos chavales: Raúl, Guti, Sandro, Rivera, Álvaro…?

Cuando llegaron, lo primero que pensé fue: «Joder, a mí en pretemporada me habían dicho que no me podía quedar porque solo tenía un año de experiencia en Primera… y algunos de estos no han jugado ni en Segunda». Algo no me cuadraba. Pero, claro, luego cuando los ves y ves la calidad que tienen, el desparpajo que tienen, pues te lo explicas. Eran un pedazo de jugadores todos, impresionantes. Raúl era impresionante. Las cosas que hacía con diecisiete añitos, es que le daba igual el central que le marcara, aunque fuera un tío consolidado de treinta y dos años, él no tenía ningún respeto ni nada, le daba absolutamente igual. Yo lo vivía como en la sombra, en plan: estos chicos van a marcar una época en el Real Madrid. Fíjate luego los años que han estado ahí.

Siempre me ha dado la sensación de que Raúl era ese tipo de jugador al que le valoran más los no madridistas, es decir, los que lo sufren. 

A ver, es que Raúl no era un diez en nada, pero llegaba el partido importante y te la clavaba. El mérito que tiene él, desde que llegó con diecisiete años, es que era muy ambicioso: quiero jugar todo, quiero meter más goles. Un poco como Cristiano pero sin sus cualidades físicas. Eso es lo que le ha hecho ser tan bueno y marcar diferencias. No se acomodaba nunca. Parecía que no hacía nada, pero es que acababa el año con treinta goles, veinte asistencias… y doscientos balones robados, ojo.

Volvamos a tu primera temporada: el año empieza muy bien, os ponéis líderes casi desde el principio… y justo antes de terminar la primera vuelta llega el partido del Bernabéu contra el Barcelona, un año después de haber perdido ahí 5-0. ¿Cómo se vivió la previa de ese partido?  

Pues imagínate, no fue cosa de una semana, sino que desde dos o tres semanas antes la gente nos paraba y nos decía: «Hay que devolverles la manita, hay que devolverles la manita»… y nosotros estábamos convencidos de que les íbamos a ganar y les íbamos a ganar bien. Chendo hizo ahí un trabajo de capitán fantástico, mentalizándonos. Es más, viendo el partido luego, te das cuenta de que metemos el quinto y bajamos los brazos… si queremos meter siete u ocho, los metemos, pero el asunto era meter cinco.

Quizá habría sido distinto todo, quizá fue más humillante precisamente repetir el mismo resultado. 

Es que tuvimos casi media hora para seguir marcando goles, pero no sé por qué no fuimos ahí asesinos, no fuimos a buscar sangre, y cuando me preguntan por qué pues no sé qué decir, es que el objetivo era marcar cinco.

Y tú marcaste tu golito, también.

Fue impresionante. Es que hay gente que veinte años después aún me recuerda solo por ese gol.

Para Laudrup sería un partido importante…

Pues supongo que sí, pero era un tío muy nórdico. No exteriorizaba demasiado sus sensaciones: hacía su trabajo, que era pura fantasía, pero no era de exteriorizar mucho. Yo creo que él veía normal lo que hacía. Yo lo veía como una locura, pero para él era normal. En Madrid se le quiere muchísimo, igual que a Redondo, y eso que aquel año se lesionó y jugó muchos partidos Luis Milla. Fue una temporada mágica en ese sentido, que se juntó todo.

Una temporada que acaba con un partido contra el Deportivo, vuestro rival todo el año. Ganáis 2-1 en casa, con un gol tuyo y otro de Zamorano. ¿Justicia poética?

Pues fue una casualidad, pero que se te queda grabada. Me acuerdo de que en mi gol me da el pase Fernando Redondo y en el de Zamorano le doy el pase yo. Así nos pasamos toda la temporada: yo metía el centro y Zamorano marcaba gol, incluso en el último partido. Aquel Depor tenía un equipazo también, con Mauro Silva, Bebeto, Fran, Donato… nos lo pusieron muy complicado.

Y de la euforia de aquel primer año y aquella primera liga después de cuatro fracasos se pasa al desastre de la temporada 1995/96. ¿Qué demonios pasó para pasar del todo a la nada? ¿Cómo se descompuso así ese equipo? 

Mi opinión personal es que el entrenador se equivocó. Vio que había Copa de Europa y empezó a hacer dos equipos casi desde el principio de pretemporada. En toda la pretemporada no jugué ni un solo partido con Zamorano y eso fue una tara importante. No salió bien desde el principio. Además, justo el día que a él le echan, que perdemos contra el Rayo en casa, yo me rompo el menisco —mi primer menisco— y me caen tres meses de baja. Desastre total de año, vaya. Y fue una pena, porque con lo increíble que había sido el año anterior cagarla de esa manera con prácticamente la misma plantilla no nos entraba en la cabeza a nadie.

La sensación desde fuera era de guerra total: Mendoza se tiene que ir, le sucede Lorenzo Sanz, luego le dedica un libro a su sucesor poniéndole verde… Valdano y Cappa no se llevaban bien con nadie de la directiva y les acusaban de atacar al equipo. No era el mejor ambiente.

Sí, sí, un desastre total, pero yo creo que el problema deportivo fue el error de dividir los equipos en dos en vez de ir metiendo cambios poco a poco. Era gente con las cosas muy claras, sobre todo Cappa: muchos de los entrenamientos consistían en que Valdano se metía a jugar los rondos con nosotros y Cappa era el que cogía a los jugadores y daba las órdenes. Era un tío muy curioso por su manera de hablar, parecía que estaba haciendo poesía en vez de hablarte, pero la verdad es que era un tío que con el jugador siempre se llevaba bien.

La rotura del menisco te fastidió la Copa de Europa de aquel año, ya sin Valdano. ¿Cómo fue la entrada de Arsenio Iglesias a esas alturas?

Pues Arsenio llegó al Real Madrid y lo único que hizo fue sufrir. Él pensaría que era una ocasión única y que tenía que cogerlo, pero al poco de venir ya se dio cuenta de que se había equivocado. Yo creo que en los dos primeros meses de lesión, ni le vi. No se pasaba nunca por el servicio médico a vernos, y cuando empecé a entrenar en el campo fue cuando hablamos por primera vez. Aparte, tenía unas costumbres que en el Deportivo funcionarían bien, pero que en el Madrid, con esos jugadores que son medio dioses, pues es lógico que no funcionaran tan bien…

¿Por ejemplo?

Pues lo de tener la llave puesta en la habitación para que él pudiera entrar cuando quisiera, o que fuera sirviéndote él el vino porque solo se podía tomar una copa, o darte un trozo de pan porque solo se podía comer un trozo de pan. Eso en el Real Madrid no lo habían visto nunca y a la mayoría de los jugadores no les gustaba.

Con Raúl la tuvo, o eso ha dicho siempre García Remón…

Sí, pero es que es complicado en general. A Arsenio le vino todo muy grande, no se adaptó desde el primer momento, pero es que, aparte, tampoco fue una opción muy meditada, sino de urgencia. Yo creo que ni el que le fichó estaba convencido de que podía entrenar al Real Madrid.

Llegas muy justo a la Eurocopa de aquel año en Inglaterra, pese a haber contado durante toda la clasificación. ¿Hubo un momento en el que dijeras «Uy, ni de coña, no me llama Clemente»?

Claro que lo pensé, pero fíjate la confianza que tenía conmigo que en el 98, que había Mundial y me volví a romper otro menisco —tengo rotos los cuatro—, estuve preseleccionado después de haber jugado solo los dos últimos partidos. Lo que pasa es que se tenían que quedar dos fuera y, lógicamente, uno de los dos fui yo porque no estaba al nivel de los demás, me costaba mucho recuperarme. Normalmente, a uno le operan del menisco y sale andando del hospital, yo tenía que pasarme dos semanas con muletas, sin apoyar…

Psicológicamente, ¿cómo afecta el miedo constante a una lesión recurrente?

Te mata, te mata por completo. Además, así: un año, uno; al año siguiente, otro… y al año siguiente, el tercero. Ya te pasas la temporada pensando: «Me romperé hoy, me romperé mañana, me romperé pasado… pero me voy a romper seguro». Lo que pasa es que yo he sido muy burro siempre, me metía en enero en el mar, que me pasaban las olas por encima. Mi padre se asustaba y todo: «Te va a llevar el mar», me decía, y quería atarme con una cuerda. Siempre he tenido mucha mentalidad para tirar adelante. Nunca he tenido miedo a lesionarme otra vez porque, si tienes miedo, mejor que dejes de jugar.

Volvamos a la selección y a la Eurocopa, ¿cómo era trabajar con Clemente?

Clemente, con los jugadores, era de diez. Él asumía que le iban a dar hostias hasta en el carné de identidad sabiendo que a los jugadores les iban a dejar tranquilos. Me acuerdo del partido contra Rumanía, que ganamos 2-1 con gol de Amor, y nos cayeron palos por todos lados. Él tuvo una polémica del copón con un periodista, Jesús Gallego, y de nosotros ya se olvidaron. Ya no se volvió a hablar de si los jugadores fatal o el equipo fatal; ya era todo «Clemente, Clemente, Clemente…», y nosotros ya tranquilos. Esto es lo que hacía él por el jugador: comerse un marrón para que te dejaran en paz. Joder, un tío que hace eso por ti te obliga a estar a muerte con él.

Debió de ser curioso estar trabajando a la vez para él y para Valdano, ¿no?

De la noche al día. A ver, ellos te piden y tú haces, no hay otra historia. Igual que cuando llegó luego Capello, que yo no había defendido tanto en mi vida. En el Valladolid era delantero, y con Capello el extremo era Roberto Carlos y yo le tenía que guardar siempre la espalda. Es otra manera de ver el fútbol, pero eso te enriquece también. Yo pensé que no podría defender y correr lo que hice luego con Capello, y él hizo que pudiera.

Parte de las hostias que se llevó Clemente en aquella Eurocopa fue por no llevar a Raúl y a De la Peña. 

Es igual. Si hubiera sido por otros dos, le habrían dado igual, porque aquello era una guerra. No era una relación normal periodistas-seleccionador, eran granadas de mano, morteros… una guerra, vaya.

Y perdéis en los cuartos de final en los penaltis, ante Inglaterra y en el viejo Wembley.

El mejor partido con diferencia. En aquella época la selección era así: el mejor partido que jugaba, que normalmente era en cuartos de final, se iba a la calle. No sé en cuántas Eurocopas y Mundiales nos ha pasado. Jugabas fatal toda la competición y justo el partido que jugabas bien lo palmabas. Hasta que ha llegado esta generación y logró pasar de los cuartos y ser campeones, esa maldición se daba por asumida. Porque, hasta entonces, siempre que llegaba un torneo de esos nos ponían como favoritos, pero yo creo que si te ponías a mirar nombres y equipos no éramos favoritos para nada, era solo porque éramos España. Ahora sí, ahora van a los campeonatos de Europa o del Mundo y son favoritos justos. A nosotros nos metían, pero no llegábamos a tener ese salto de calidad para ganar un Mundial, aunque siempre estuviéramos en las quinielas. Mirando al equipo, desde dentro y desde fuera, decía: «Hostia, favoritos, favoritos… tampoco lo veo yo demasiado».

¿Volviste a jugar con la selección?

Sí, mi último partido fue de lateral izquierdo contra la República Checa, en Valladolid, además.

¿Por qué te puso Clemente de lateral?

Pues no sé, supongo que porque ellos tenían a un lateral derecho que subía muchísimo, Latal, que era muy fuerte, jugaba en Alemania… y yo en aquella época corría más para atrás que para adelante. Había aprendido que había que sacrificarse en defensa y tal para parar sus subidas.

Vamos con el año de Capello, que fue el primero de la Ley Bosman. Cuando llegan todos los fichajes de ese año: Illgner, Secretario, Roberto Carlos, Seedorf, Suker, Mijatovic, además de Raúl y al principio Alfonso, ¿cómo ves la cosa?

Pues sabes que lo tienes muy complicado para jugar, pero yo lo que siempre he hecho es pelear. No lo he tenido fácil nunca. He llegado a los sitios y me ha costado empezar y ha sido a base de trabajo y esfuerzo. Aquí pensé: «Hay que volver a meter caña, si hay que correr para atrás, se corre para atrás… si hay que dar alguna patada, se da…». Además, es que se veía que era un gran equipo y era una satisfacción hacerse un huequecito entre tanta estrella. Y eso que me lesioné otra vez el menisco, pero jugué unos veinticinco partidos aquel año.

¿Qué pasó con Capello, cómo tuvo tan claro a mitad de temporada que él se iba de ahí?

Capello tenía una personalidad increíble… y no le gustaba que le impusieran nada. Ni siquiera que se lo dejaran caer. Hubo en los periódicos, en las radios, situaciones complicadas en cuanto a declaraciones del presidente, que si no era demasiado vistoso el fútbol, que si ganábamos pero… que si tal jugador… y eso a este no le gustaba. Berlusconi tenía su circo fuera, pero dentro le dejaba trabajar. Lorenzo Sanz, no. Nosotros, a nuestra defensa, la veíamos una vez cada dos semanas: se cogía la defensa, se la llevaba al otro campo y venga, y venga, y venga… y luego llamaba a siete delanteros y les decía: «Vamos, a atacar esta defensa», y, claro, era imposible meterles un gol. Era todo perfeccionamiento. Un tío muy metódico que lo tenía muy claro.

Aquel iba a ser el año de Cañizares y le trajeron a Illgner porque era más alto.

A ver, es que cuando estás en el Madrid es lo que hay. Sabes que casi seguro te van a traer a alguien de talla mundial para luchar contigo. Ahora, por ejemplo, Cristiano y Benzema están teniendo mucha continuidad, pero tampoco es lo normal. Ocho años de titulares en el Real Madrid, eso no es habitual. Ahí estás dos, tres años… pero en cuanto ven que bajas un poquito, traen a alguien de talla mundial que te está discutiendo el puesto. Además, con la Ley Bosman, antes tenías de rivales a los mejores de España y a tres de los mejores del mundo, y de repente pasabas a tener a diez de los mejores del mundo, directamente.

Al año siguiente llega Heynckes y la liga queda en un segundo plano frente a la obsesión por «la séptima».

Totalmente. Pero no queda en segundo plano porque nuestro objetivo fuera la Champions, sino porque empezamos mal. El equipo estaba mal, mal, mal… y sin embargo, no sé por qué, cuando tocaba jugar en Europa todo cambiaba y ganábamos bien. Aquella liga fue un desastre, ni nos clasificamos para la siguiente Champions. En semifinales nos tocó el campeón de Europa y en la final, el más favorito de todos. Por nosotros no daba ni un duro nadie en la final. Ni un duro. Y era normal, con el año que habíamos tenido… pero al final, mira, campeones de Europa. Y no solo campeones de Europa, sino la mítica «séptima», que llegarán a catorce o a quince y la gente se acordará todavía de la séptima. Treinta y pico años llevaba el Madrid sin ganar la Champions. Pasamos del blanco y negro al color, que estaban todo el rato dando la coña con eso.

¿Qué recuerdas de los días previos al partido? Aquella era la Juventus de Zidane, de Lippi, de Del Piero…

Me acuerdo de que tuvimos una reunión en la habitación de Hierro o de Mijatovic, eso no estoy seguro, y, todavía no me explico por qué, estábamos convencidos de que íbamos a ganar. Si leías los partidos, la Juve no tenía ni que presentarse para ganar, pero nosotros sabíamos que íbamos a ser campeones. Nadie se puso nervioso, estuvimos concentrados en la ciudad deportiva de la selección holandesa, todo fue como si estuviéramos preparando un partido normal. Estaba todo el mundo relajado, con muy buen ambiente. Pensabas: «Joder, a ver si al final va a ser verdad y vamos a ganar» [risas]. Yo hablaba con mi mujer y le decía: «Cariño, que vamos a ganar»… estábamos convencidos por completo, y mira que han pasado casi veinte años y aún no entiendo por qué, no me lo explico.

¿Puede que sin esa Copa de Europa no se entiendan las cinco siguientes en estas dos décadas y sobre todo el hecho de que el Madrid no haya perdido ni una sola final?

Sin duda. Desde aquella final de 1980 con el Liverpool no ha vuelto a perder ninguna. El otro día sacaron la estadística de que el Madrid había ganado las últimas quince finales o así, igual me estoy equivocando porque hablo de memoria, pero es una barbaridad. La verdad es que cuando llegas al Real Madrid se te contagia esa mentalidad ganadora… aunque también será que ellos no son tontos y fichan a los jugadores que saben que van a tener esa mentalidad. Fíjate el gol de Ramos en el 93, eso solo le puede pasar al Real Madrid… es como una marca de la casa.

Tú saliste en el descuento.

Sí, sí, juego un minuto. Siempre bromeo con mis amigos: «Jugué un minuto y robé un balón, si llego a jugar noventa minutos, soy el MVP de la final con diferencia» [risas]. Además, fíjate, en esa final tuvo dudas Heynckes de si ponerme a mí o poner a uno de los de delante. De hecho, Suker también salió de suplente. A mí Heynckes siempre me trató muy bien, incluso cuando me fui me llamó desde Alemania para decirme que creía que el Madrid había sido injusto conmigo. Hostia, yo estaba en Laredo, veo un número raro y era Juup Heynckes [risas]. Yo creo que a él le daba un poco de pena, que pensó que podía haber jugado de titular aquella final. Ojo, que por mí, perfecto: jugar un minuto y ser campeón, perfecto.

Ahora no le damos importancia porque sabemos cómo acabó el partido, pero, en el momento, ¿no piensas algo parecido a: «Joder, vamos ganando, es el descuento, como justo nos empaten nada más salir yo…»? ¿No da algo de vértigo? 

¡No, vértigo no, para nada, es todo lo contrario! Es lo que has soñado durante toda tu puñetera vida. Cuando mi mujer era mi novia, yo le decía: «Cariño, te quiero mucho, pero te cambiaba por jugar una final de la Copa de Europa», y se cabreaba muchísimo, se tiraba sin hablarme dos semanas. Cuando seguimos saliendo y tal, le dije: «Cariño, de verdad, ya no te cambiaba por jugar una final… te cambiaba por ganarla». Pues mira, al final me casé con mi mujer y gané la Copa de Europa, no hubo que elegir.

Al año siguiente, llega Hiddink y no te da ni una oportunidad.

Eso es lo que hablábamos antes de Valdano. Hiddink me dio cero oportunidades. Tú le puedes decir que no a un jugador y, si luego ves que va, cambiar de opinión. Yo era el mejor entrenando. Como sabía que no iba a ir ni convocado, los entrenamientos eran finales. Los compañeros decían: «No entendemos nada», y el tío: «Búscate otro equipo, que conmigo no vas a jugar». Él siempre llevaba a dieciocho convocados y hubo un día en el que, por lesiones y tal, estábamos diecisiete y yo. Pues llevó a diecisiete.

¿Por qué crees que fue eso?

Nunca me dio una explicación. No lo sé. Yo tenía una edad para jugar, no para ver cómo jugaban los demás. Mucha gente me dice que tuve poca paciencia, que tendría que haber esperado, porque a Hiddink lo largaron en seguida. De hecho, Karanka se quedó y luego se quedó tres o cuatro años más, y jugando bastante. Yo no soportaba eso. El Real Madrid no es el único equipo del mundo. Víctor se fue al empezar la liga y yo me fui en diciembre.

Al Racing, que estaba plagado de exmadridistas: Magallanes, Jaime, el propio Víctor…

Sí, y luego vino Ramis también. La gente no lo creía, pero yo siempre había querido jugar en el Racing porque es mi tierra, así que, cuando me hicieron la oferta, no me lo pensé más, aunque siempre estuvieran coqueteando con los puestos de abajo. Mi padre, por ejemplo, me decía que no, que estaba para un equipo más grande, pero yo quería volver a casa otra vez. Mi intención era acabar aquí mi carrera, lo que pasa es que descendimos a Segunda División y me tuve que ir al Depor.

¿Llegaste a coincidir con Nando Yosu, una leyenda en Santander?

Sí, Nando nos estuvo entrenando unos partidos. Él sabía muy bien cómo tratar a los jugadores. No tenía una varita mágica que te hiciera jugar bien: él era de relación con el jugador, te hacía ganar confianza. Tú le veías y llevaba las medias por encima del chándal, todo como hace cincuenta años, muy antiguo, con su chubasquero… y sin embargo hablaba contigo y te convencía de que podías hacer las cosas. Siempre cogía al equipo desahuciado y lo levantaba. Es normal que se le tenga ese cariño, porque los jugadores se lo tenían, nos animaba muchísimo.

¿Cómo fue la readaptación a lo pequeño?

¡Si era lo mismo! Para mí, al menos, era lo mismo: jugar al fútbol. Empecé en lo pequeño y tampoco me tuve que adaptar al Real Madrid. Iba a entrenar y jugaba, punto. La vida con mi mujer era la misma: íbamos a casa, veíamos una película. Yo no era de discotecas ni presentación de no sé qué joya o no sé qué reloj. A ver, yo soy de Laredo, tío. Soy un tío normal y cuando volví a Santander me sentí genial. Además, jugué a un buen nivel, yo creo, porque habría quien pensara: «Este se ha ido del Madrid porque está tieso y quiere sacar aquí unos duros». Fíjate si jugué a buen nivel que me fui al Depor a jugar otra vez la Champions.

¿Sentiste que se te exigía más por ser «de la casa»?

No, sentía que se me exigía más por venir de donde venía. Hacía poco que había sido campeón de Europa y aquí al poco de llegar me hicieron capitán, que tampoco es lo normal. Notas que te exigen por eso. Yo creo que sorprendí a mucha gente aquí que pensaba que venía a pasar el rato y, cuando me vieron ahí dentro luchando y peleando y haciendo las cosas bien, se dieron cuenta de que de verdad había venido aquí porque quería jugar en el equipo de mi tierra. A ver, que yo siempre había tenido problemas en Santander: cuando venía con el Lleida me pitaba todo el estadio, cuando venía con el Valladolid me pitaba todo el estadio… La gente seguía pensando que no había querido jugar en el Racing en su momento, a saber lo que habrían dicho de mí.

Si el Racing no hubiera descendido en 2001, te habrías quedado, decías antes.

Fue un año raro. Al Barça le metimos 4-0 en casa, pero las cosas no salían. Aguanté hasta el final. Solo cuando bajamos tuve una conversación con el presidente y me dijo: «Mira, nosotros te hemos fichado para estar en Primera. En Segunda, imposible». Y yo pensaba lo mismo, la verdad. Entonces llegó la oferta del Deportivo. Les pagaron lo mismo que ellos habían pagado al Real Madrid y me fui a Coruña.

¿Aquel Depor era mejor que el del 94 o el 95?

Pues yo creo que sí. Es que aquí había campeones del mundo, ¿eh? Estaba Molina, Manuel Pablo en su mejor momento, Djalminha, Donato, Mauro Silva, Valerón, Diego Tristán, Pandiani, Makaay… era una locura. Hablamos de un semifinalista de la Champions. En los tres años que estuve, quedamos las tres veces entre los tres primeros y fuimos campeones de Copa.

¿Cómo fue lo de competir por la banda izquierda con Fran?

Pues imagínate. Fran, que ahí era un auténtico ídolo, que no se fue a equipos más grandes —en teoría— porque no quiso… Pues, nada, lo que había hecho toda mi vida, a pelear. Era un tipo callado, por entonces. Me acuerdo de la primera vez que vino a jugar luego con los veteranos de la selección, que le dije: «Hijoputa, he hablado más contigo en una tarde que en tres años en el Depor» [risas]. Ahora que está ya relajado le tienes que decir: «Oye, Fran, calla un poquito, monstruo». Pero, en esos años, lo mismo hablé cinco veces con él.

El jugador más llamativo de aquel equipo era Djalminha…

Era brasileño total. Pura fantasía. Pura intermitencia. Si estaba motivado, era increíble. Si no, parecía que le daba pereza hasta jugar… Contra el Madrid hacía unos partidazos brutales, jugaba cuando quería, tenía una calidad tremenda. Mauro Silva y Donato tenían una mentalidad más europea, pero este era brasileño por completo. Donato estaba todo el rato con el «si Dios quiere», que daban ganas de decirle: «Joder, vamos a poner nosotros también un poquito de nuestra parte» [risas].

Son años enormes del Deportivo en Europa.

Sí, sí, es que fue un equipo que surgió casi de la nada. Fíjate luego el agujero económico que quedó ahí, porque es imposible en una ciudad así, con un estadio de veinte mil personas, pero, claro, ellos dirán «que nos quiten lo bailao». ¡Los jugadores que pasaron por ahí esos años! La mayoría de los equipos del mundo no podrían ni soñarlo, pero es que ni soñarlo.

¿Qué tal Irureta?

Pues campeón de liga con el Depor, semifinalista de Champions. En Santander, hasta que vino Marcelino, el mejor puesto histórico en liga. En el Celta, UEFA. En el Oviedo, UEFA también. Ha sido un hombre que ha sacado siempre mucho rendimiento. Y eso que era un tío muy normal, que tampoco hacía nada especial, pero no sé por qué, sacaba petróleo siempre.

Tú jugaste bastantes partidos con él.

Sobre todo el primer año, que Fran estuvo lesionado del tobillo mucho tiempo. Entré yo en el equipo y, claro, con todos esos… a poco que hicieras las cosas bien, se notaba. Todo el mundo me decía lo rápido que me había adaptado al equipo, pero ¡cómo no me iba a adaptar! Lo raro sería no adaptarse a esos tíos. La gente no se acababa de creer que estuviera bien, que hubiera ido al Racing porque había querido y punto. Se habló incluso de volver a la selección. Tengo muy buen recuerdo de Coruña, una ciudad muy parecida a Santander. Mi hija nació allí. Estuve muy bien, muy a gusto.

Te perdiste, eso sí, el «Centenariazo».

Pues, fíjate, lo vi con Munitis, que estaba por entonces en el Madrid. Llegamos al estadio para jugar la final y de repente nos dicen que los que no van convocados no van a ir al palco, sino que se van con los aficionados. A mí me chocó muchísimo. ¿Cómo te vas a meter con los aficionados a ver el partido? El caso es que no fui. Me dije: «Bah, yo me conozco muy bien el estadio, sé dónde se puede ver», y cuando vi a Munitis se lo dije y nos fuimos a verlo juntos. Era una movida del Depor, para animar a nuestra afición o algo así. Estás cabreado porque no vas convocado y encima eso. Lo fui a ver con Pedro, a la carpa que tenían para los jugadores y sus familias, y ahí estuvimos hasta que ya le dije: «Pedro, lo siento, me voy a recoger mi trofeo» [risas].

Aunque lo vivieras un poco desde fuera, tuvo que ser la leche.

Imagínate la fiesta. El día del centenario del Madrid, en el Bernabéu, todo preparado para ellos… pero es que el Deportivo tenía un equipazo. ¿Que te podía ganar el Madrid? Claro. ¿Que podías ganarle tú? También. Era muy fácil ir motivado a ese partido: les han preparado una fiesta, ¿no? Pues lo único que tenemos que hacer es ir ahí y reventar esa fiesta, ese era el objetivo. La verdad es que no estaba tan convencido como en la final de Champions, pero sí estábamos motivados. Es que nos habían faltado al respeto, ¡habían hecho una fiesta para que celebraran solo ellos!

¿Cómo lo llevó Munitis?

Estaba jodido, pero no por perder un título sino por estar fuera. El deporte es de los pocos trabajos en que te enfadas si no te dejan trabajar. Todos queremos jugar. Tengo cuarenta y seis años, sigo jugando con los veteranos y es igual: quiero jugar siempre, y quiero ganar, y quiero meter gol… esto es así. Fíjate que yo estuve tres meses en el Real Madrid sin jugar y salí corriendo. ¿Para qué te sirve estar en el Real Madrid o en el Bayern de Múnich si no vas a jugar? A Pedro le pasó eso.

Vas jugando menos con los años y supongo que hay un momento en el que tienes claro que no vas a seguir en el Deportivo.

Sí, claro, pero yo me veía aún bien para jugar en Primera, así que cuando llegó la oferta del Espanyol me alegró mucho. Era un equipo que llevaba ya unos años que no andaba muy allá, estaba Lotina de entrenador y me apetecía trabajar con él. Fui al Espanyol y jugué casi treinta partidos. Empezó jugando Serrano, que luego estuvo aquí en el Racing y empezó como un avión, pero acabé jugando yo. Además, el equipo acabó en puestos de UEFA. Barcelona es una ciudad para vivir, preciosa, con el mar al lado. Hicimos muy buenos amigos allí: Martín Posse, Dani García Lara… Estuvimos muy bien. Tan bien que nos quedamos un año más allí a vivir. Yo ya me retiré, pero nos quedamos. Teníamos dos críos, y mi hija ya lo había pasado mal yendo a Barcelona y no quería que eso se volviera a repetir yéndome a otro lado, así que o renovaba por el Espanyol o me iba a Santander si salía el Racing, pero no salió.

¿El Espanyol no te ofreció renovación?

No, porque ficharon a Riera, del Mallorca, que hizo un muy buen año. Mi objetivo era dejar yo el fútbol, no que el fútbol me dejara a mí, que tuviera que soportar a la gente gritándome: «¡Eh, vete ya, que estás viejo!». Yo, eso, no lo puedo soportar. Me retiré sabiendo que podía haber seguido un poco más en algún otro lado, pero no quería que mi familia siguiera dando vueltas. Fíjate que incluso ahora me dice la gente «Tú podrías jugar en Segunda B». ¡Joder, si yo no podría jugar ni con los cadetes ya! Eso es porque su último recuerdo de mí como jugador es que estaba bien y ese es el que queda.

¿No te dio rabia meter al equipo en la UEFA y no jugarla?

Te da rabia no poder jugar al fútbol, pero ya se me iba haciendo duro. Las pretemporadas se me hacían duras, por ejemplo. No ya el correr, porque estaba muy en forma, sino el mes fuera de casa sin ver a la mujer, a los hijos… Te das cuenta de que es mejor dedicarte a otra cosa.

Te preguntaba antes por Djalminha y es inevitable recordar a otro fantasista como De la Peña, con el que coincidiste en el Espanyol.

Era un jugador diferente, en aquella época no había un jugador como él, con su talento, con esos pases verticales que daba… Él tenía ya un grupo hecho ahí de amigos, como Pocchetino, y la verdad es que tuvimos poca relación personal, solo de compañeros. Hablábamos en el vestuario y tal, pero de salir con nuestras mujeres, pues no.

¿Cómo viviste el vacío de después de la retirada, el fin de la rutina diaria?

¿El vacío? Yo nunca me he aburrido. Siempre he tenido cosas que hacer. Me gusta mucho hacer deporte, por ejemplo. El año que estuve en Barcelona iba todos los días al gimnasio; luego me enganché con los veteranos del Real Madrid, de la selección, del Racing… De hecho, acabamos de jugar el memorial de Grosso, que lo organiza su hijo, y en unos días voy a jugar a León otro partido. Creo que en diciembre tenemos un partido en Perú…

¿Quiénes están en los veteranos del Madrid?

Pues, si jugamos en España, viene Tote, viene Velasco… Sin embargo, cuando jugamos el partido del Bernabéu que se juega todos los años, viene Zidane, viene Ronaldo, viene Roberto Carlos, Makelele, McManaman… todos. A mí me encanta. Me encanta jugar con ellos. Además, ahora no es como antes: por ejemplo, si jugamos en Shanghái, pues jugamos el partido pero de paso conozco Shanghái y conozco las dos o tres mejores discotecas de Shanghai [risas]. Nos tomamos unas cervezas, disfrutamos de los partidos, es otra historia.

¿Qué grandes amistades te has llevado tú del fútbol?

Es que mi pandilla de amigos de Laredo, de cuando tenía diez años, ya era del fútbol, de cuando éramos alevines. A primer nivel, amigos no haces muchos. A lo mejor haces alguno, pero es complicado. Mis grandes amigos siguen siendo los de la infancia. Sigo teniendo muy buena relación con Zamorano, que está viviendo en Miami comentando partidos, con Víctor Sánchez del Amo, con Colsa, con Munitis… Incluso cuando voy con la selección me reencuentro con gente a la que casi no conocía, que como mucho había jugado en contra de ellos y con los que ahora me llevo de puta madre

¿Nunca pensaste en entrenar?

No. Nunca me gustó entrenar. Fíjate que ahora está de moda, pero creo que lo mejor del fútbol es jugar, sin ninguna duda. Entrenar es como cambiar una tableta de chocolate por un buen polvo. No lo cambias: echas el polvo, ¿no? No tiene nada que ver una cosa con otra. Además, pienso que para ser entrenador a veces tienes que ser injusto y mirar por el bien del conjunto aunque sepas que vas a joder a alguien… y yo no valgo para eso. Sí me gusta lo de comentar, por eso estoy en Tablero Deportivo, pero es que eso lo puedo hacer en casa, con mi cervecita, mis patatas, mis aceitunas… Me pongo los cascos y me veo el partido con mis hijos, con mi mujer, con algunos amigos. Les pido que no hagan ruido y ya está. Estuve un año en la SER, pero no era lo mismo. Había demasiada publicidad, se hablaba muy poco de fútbol. Era todo un poco como teatro. «Hay que dar espectáculo», decían, pero a mí lo que me gusta es hablar de fútbol. No hay nada que me guste más que hablar de fútbol.

19 comentarios

  1. Me encantó tu entrevista. Qué gran tipo pareces; ojalá fuese común en nuestra sociedad esa sencillez y esa claridad de valores que transmites en tus palabras.

  2. Maravillosa entrevista. Uno de mis grandes ídolos de juventud.

  3. “Entrenar es como cambiar una tableta de chocolate por un buen polvo. No lo cambias: echas el polvo, ¿no?” Qué tío más majo. Inolvidables aquellas celebraciones apuntando al cielo, en recuerdo de su abuelo.

  4. Qué grande, José Emilio Amavisca Gárate!!
    Una buena alegría leer algo sobre ti!
    Viví en directo ese histórico 5-0 y también la séptima del Amsterdam Arena…
    Casi hubiera matado por una camiseta tuya, eh!!
    :o)
    Ahora daría la 1/4 parte de mi sueldo por tomarme unas cañejas contigo, leche!
    Un abrazo!!

    Enhorabuena a Guillermo por la entrevista y a Oscar por las fotos! Lo he disfrutado mucho!

  5. Un gustazo leer esta peazo entrevista y conocer mas a fondo a este señor FUTBOLISTA

  6. Genial entrevista y genial jugador, y mejor tipo.
    Buenos recuerdos.

  7. La mejor clasificación del racing es primero de la Liga profesional de foot-ball de antes de la Liga y subcampeón de liga tres años despúes….

  8. Pedazo de jugador, pedazo de futbolista y las celebraciones de gol más bonitas que he visto en mi vida. Grande Emilio

  9. Muy buena entrevista. Grande Emilio! Ojalá algún día te vea por Laredo. Aún recuerdo los goles que le metiste al Toledo y que tuve la suerte de presenciar.

    • La verdad Héctor es que de ese partido nos acordamos aún todos aquí en Toledo. Ellos tenían a Caminero y Amavisca.

  10. Buena entrevista, transmite mucha normalidad como persona.

    Ojo a la banda izquierda del depor de la temporada 2003/2004 Fran, Amavisca, Luque y Munitis compitiendo por un puesto.

  11. De las mejores entrevistas que he leído últimamente en la prensa deportiva.

    Recuerdo perfectamente el temporadón que se marcó Amavisca en la Liga del 94.

    Y se agradece un futbolista que sea una persona normal y corriente.

  12. Pingback: Amavisca recuerda su paso por el Deportivo y "la locura" de compañeros que tuvo | Riazor.org

  13. ¡Qué buen tipo, menuda diferencia con muchos jugadores normalitos de ahora que van de estrellas sin ser ni titulares!

  14. Es curioso, no recuerdo ningún árbitro que se llamara Valdano.

  15. puedo atestiguar la normalidad de su persona pese a lo lejos que llego y la pasta que gano … este verano me lo encontre en una barra de un bar en la previa del concierto de scorpions con su camiseta negra ,sus pulseras ,su melena ,su cachi de cerveza ,con un par de amigos y el tio sin un apice de notoriedad

  16. Y como juega al futbolin el tío!! Toda mi infancia con una foto suya con la camiseta de la selección en mi habitación y un día por casualidad, terminé echando un futbolin con él, en un bar de Santander el día de su cumpleaños. Muchas horas le ha metido jajajaja

  17. Muy, muy grande Amavisca. Cómo se agradecen estas entrevistas futboleras, y además el buen tino que demostráis siempre para encontrar personajes interesantes.

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