Cultura ambulante

Un lugar llamado Barbitania

MCM5865
Foto: Marcos Cebrián

Son malos tiempos para los afectos. También para la verdad de las cosas. Hay un vínculo natural e inevitable entre ambas cuestiones. De ahí que se ponga tanto empeño en destruir los afectos y en desconfiar de la verdad; tanto esfuerzo en aislarnos y acelerar los procesos deshumanizadores que precarizan el lenguaje del mundo. El daño al otro se vuelve complicado cuando frente a uno, frente a una, no aguarda una pantalla, sino que espera un cuerpo con sus ojos, brazos, manos y boca. Un cuerpo que atesora la incertidumbre del ser. La verdad posible que es todo ser humano.

Todo ha de ser apariencia de verdad. Todo ha de ser verdad representada. Fijémonos, por ejemplo, en todo ese mismo empeño que se pone, a diario, para que la verdad, sus ramificaciones y hallazgos, desaparezcan de nuestros actos cotidianos. Deberíamos desconfiar de quien nos susurra o grita que la verdad no es necesaria. Que la verdad tiene muchas caras. Que la verdad es él o ella mientras grita o susurra. Este planteamiento tan propio de las sociedades contemporáneas, cuya cartografía se basa en la hiperproducción del Yo que cada uno lleva dentro; un Yo, por otro lado, domesticado, similar a tantos otros; un Yo obsesionado y narcisista, predecible en sus anhelos, servil en sus acciones, no encuentra acomodo en el mundo de los cuerpos y las ideas, en el mundo donde el disenso debe ser catalizador desde el que construir mundos posibles basados en el diálogo plural. Personas posibles que se comprendan desde el disenso.

Lo verosímil funciona en las ficciones literarias y cinematográficas, pero no en la experiencia de la vida, al menos, tal como la entendíamos antes de tanto simulacro y vidas mediadas por pantallas. Solo hay que levantar la mirada del dispositivo que contemplamos para percibir esto que escribo. Pero que sean malos tiempos para los afectos y la verdad de las cosas no implica que no podamos mover esos tiempos del lugar que, actualmente, ocupan. Siempre quedan y quedarán personas capaces de convertirse en la esperanza que nuestro presente necesita para mantenernos en la vida, incluso cuando el hilo de la vida es frágil.

La filósofa Claire Marin, una de las pensadoras más interesantes de nuestro presente por cómo aborda los vínculos actuales entre las personas y, especialmente, desde dónde los aborda, ha reflexionado sobre habitar la vida a través de los lugares que, a su vez, habitamos. Cómo nos transforman y cómo los transformamos. Sus certezas son imprecisas, eso dota a su pensamiento de un vuelo alto y libre —realmente libre— y de un misterio que la palabra solicita para respirar y hacerse grande. Además, solo desde las certezas imprecisas podemos hacernos interrogantes desde los que, precisamente, poder mover(nos). Mover los lugares, mover los tiempos. Mover las ideas. (Con)Mover a las personas.

Barbastro: cultura pública, afecto y verdad

Hay lugares posibles que desvelarán algo inédito de nosotros. Que contarán algo inédito de nuestra biografía. Partes de nosotros se quedan en ellos como una memoria nueva. Un recordatorio, una nota al pie. Esas otras personas que podemos llegar a ser gracias al afecto y a la verdad de las cosas que esperan en esos lugares posibles. Marin, en Estar en su lugar (Anagrama, 2024), escribe que «el espacio que habitamos no es indiferente: deja su huella, abre surcos sutiles en nuestro interior». Estos surcos sutiles sobre los que escribe Marin, filósofa de lo íntimo y de la intimidad, están determinados por las personas que encontramos en esos lugares, por el afecto ofrecido y encontrado, por las ideas compartidas y la verdad que hay en todo ello.

En la pasada edición de Barbitania, uno de los mejores festivales literarios de nuestro país por cómo se piensa cada edición, por el cuidado y la elegancia en el desarrollo del programa, por las personas que lo conforman y le dan vida, encontré todo esto que he escrito. Un municipio que ha comprendido, como pocos, el poder transformador de la cultura pública en momentos donde el margen de la cultura se estrecha y se impone la programación a granel, de copia y pega, olvidando el latido de la tierra que la acoge. Un municipio que ha comprendido que la cultura pública solicita del afecto de sus gentes y del afecto del que viene de fuera para ser uno más durante unos días. Un municipio que sabe que la verdad de las cosas reside en no querer ser otro, sino ser Barbastro y punto. Mostrar al mundo esa manera tan única de ser.

La quinta edición de Barbitania se desarrolló bajo los distintos significados de la casa, en palabras de Mª Ángeles Naval, elegante coordinadora de los premios de novela, poesía y humor de Barbastro, y directora audaz de la programación de Barbitania hasta esta pasada edición, «porque la casa es el lugar de la identidad y de la intimidad y porque la literatura nos aloja y nos construye», convirtiendo, así, en resumidas cuentas, a Barbitania en la casa de la literatura, lo que le permitió ofrecer un programa en el que se abordaba, desde la práctica literaria y sus periferias, todos los encuentros y desencuentros, todas las presencias y ausencias, que la casa, su naturaleza y significado, ha encontrado en el ejercicio de la literatura.

Quizá por ello, de ausencias y presencias, de renuncias vitales y apegos feroces, uno de los platos fuertes de esta edición fue la conversación con la nicaragüense Gioconda Belli, en sus propias palabras, «fui animal político antes de ser escritora». Esta idea es el manantial del que surge la convicción que sostiene toda su obra, que el cuerpo de la mujer es un país en marcha, no un lugar donde nadie deba quedarse a esperar. Recordó el escándalo de sus primeros poemas, leídos en silencio por su familia en un almuerzo de domingo cuando ella tenía veinte años, y aquel silencio incómodo lo contó como quien recuerda una primera nevada. Habló del higo —no la manzana— que Eva mordió en una versión apócrifa rescatada de un libro casi clandestino. Defendió El país de las mujeres como una utopía posible, no como un sueño imposible, y describió su zigzag entre Nicaragua y la escritura, entre el Frente Sandinista y la página en blanco, entre la maternidad y la realización personal. Cuando le pregunté si llegaríamos alguna vez a ese país, dijo que sí, que era la salvación del mundo. Lo dijo sin solemnidad, casi con humor, como quien tira una piedra al agua para escuchar el sonido que hace al hundirse. Esa manera suya de moverse en zigzag —entre lo íntimo y lo político, entre el poema y la novela, entre la indignación y la celebración—.

Desde esta conversación, que fue precedida por la entrega de los premios del certamen literario de Barbastro, en las categorías de novela, poesía y humor, uno de los certámenes más prestigiosos de nuestro país, las conversaciones, talleres, coloquios, lecturas y encuentros se fueron entrelazando entre paseos por las calles de Barbastro y conversaciones con los vecinos con quienes te podías sentar a tomar un café o una cerveza. Barbitania ha logrado que los barbastrenses se sientan orgullosos de un festival como este, se les nota en el modo con el que te hablan, en los paseos entre los puestos del mercado para comprar cerezas y los tomates con DO. Libros que, igual están en el escaparate de la Librería Moisés, que en la mercería próxima a este espacio. La literatura llena las calles de una ilusión nueva.

He de escribir que jugaba con ventaja. Ya había una parte de mí que me esperaba en Barbastro gracias al afecto de una de sus vecinas más insignes, la escritora Inés Plana, autora de la magnífica Las espías y el enigma Aquiles (Espasa, 2026), amiga desde hace años con quien recorrí partes de sus calles y con quien pude contemplar la catedral a través del orgullo de quien ama su tierra y la lleva siempre en su corazón. El poeta Julio Espinosa Guerra nos acompañó en alguno de esos paseos, hombre elegante y padre orgulloso, autor de Secuoya, libro de una vida que ha sido muchas cosas salvo una vida a medias.

Nombraba antes a la librería Moisés, allí presentamos, en conversación con la autora, el libro Madonna no nació en Wisconsin, de la cineasta Natalia Moreno, debut en la narrativa que publica Galaxia y que está siendo uno de los títulos del año. Y ese libro, háganme caso, como su hermosa autora, se merece todo lo bueno que le suceda. Allí también se plantó Ángeles González Sinde para escucharnos. Allí también hablé con muchas mujeres lectoras listas, ágiles y vividas. Nos reímos y discrepamos. Recuerden lo del disenso amable. Y allí también me encontré, antes de que a él le tocara subir al escenario del salón de actos de la UNED, al siempre cálido Jorge Carrión acompañado por sus dos hijos. Allí también pude conversar con la poeta, traductora y novelista Corina Oproae. Allí también, Natalia Moreno y servidora le pasamos el testigo a Antón Castro y Berna González Harbour. Barbitania fue, durante esos días, nuestra casa. Ya lo he dicho, ¿verdad?

Fueron muchos los escritores y periodistas que dieron vida a esta quinta edición. Todos llevaban un propósito a cuestas y todos quisieron dejar parte de ellos en Barbastro, una suerte de faro al que mirar para poder regresar. Un propósito como la casa que invade parte de las obras de Louise Bourgeois. Una casa es tener un propósito en la vida. Una intención. Esto lo saben en Barbitania. Lo sabe el Ayuntamiento de Barbastro que, con sabiduría, ha hecho del certamen y del festival el buque insignia de su programación cultural hasta posicionarlo dentro del circuito nacional. Lo sabe Naval, la que ha sido su directora hasta esta edición. Lo saben Javi, Cristina y Ana, técnicos que saben que la cultura no siempre se puede cifrar, que guarda un material sensible que nos permite comprender la complejidad del mundo. Pero, sobre todo, y lo más importante, lo saben los barbastrenses que se muestran orgullosos por tener un festival que modifica el paisaje cotidiano con la promesa de un mundo posible gracias al afecto y la verdad de las cosas.

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