
Cuando mi familia y yo salimos de España en 2021, no solo dejamos un país; dejamos un futuro que ya no podíamos recuperar y un pasado tejido de sueños ibéricos, encuentros entre culturas y amistades que ya eran familia.
Decir que fue una pérdida dolorosa sería quedarse corto, y volveré sobre ello más adelante. Al menos habíamos tenido la oportunidad de conocer y vivir plenamente la cultura española. Como dijo el poeta Alfred Lord Tennyson: «Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca». Una década después del referéndum del Brexit, temo que muchos de mis compatriotas aún no sean conscientes de lo que hemos perdido. Lo digo desde mi propia experiencia: la libertad de circulación fue un pasaporte a otra vida.
La primera vez que conocí España fue gracias a mi padre. Era abogado inglés especializado en derecho marítimo, representaba a Astilleros Españoles y contaba a sus clientes entre sus mejores amigos. Por lo general, hablaba un castellano terrible (aunque dominaba el vocabulario gastronómico). Aun así, me contagió su profunda afición por el país.
Me llevó a Sevilla en 1991. La Expo estaba a punto de comenzar (y la ciudad me impactó desde el primer momento: su belleza, su albero, el olor a azahar, su gente, su calor). Tenía trece años y recuerdo conocer a unas niñas de mi edad vestidas de flamenca en las orillas del Guadalquivir. Eran muy graciosas y me frustró no poder comunicarme bien con ellas. Tomé nota: «Algún día tendré que aprender español».
Era cosa de niños: al volver a Londres se me olvidó casi por completo. Pero diez años después me hice profesor de inglés para extranjeros (TEFL) y, en enero de 2001, aprovechando la libertad de circulación, me fui a Sevilla un poco al azar. Tenía veintitrés años y conocía una sola frase en español, un verso de Buena Vista Social Club: «El cariño que te tengo, yo no lo puedo negar». A las dos semanas de estar allí, se lo solté a una pobre chica en la plaza de la Alfalfa. No creo que me entendiera, pero nunca miré atrás. Conseguí un trabajo como profesor en un colegio de inglés y por las tardes y noches me las daba de sevillano.
Desde Sevilla bajé a conocer Cádiz, su luz y su mar, y de allí me fui a pasar el resto del viaje en Granada. Antes de ir a España me había licenciado en Derecho y me habían ofrecido un puesto en un bufete de abogados en Londres. Iba a incorporarme ese mismo año, pero, embrujado por el Albaicín, pedí aplazar la incorporación un año más «por motivos formativos», lo que me permitió seguir viviendo en España. Pura euforia.
Ya me había enamorado de la lengua, del flamenco y de la poesía de la Generación del 27 (verá usted, era el típico «guiri flipado»). Quería profundizar en todo aquello, así que me fui a Salamanca a estudiar. Existía un programa especial que me permitió matricularme en Filología Hispánica durante un año. Al mismo tiempo, tuve la oportunidad de obtener el DELE Superior.
Salamanca me marcó: me metí de lleno y mis nuevos amigos no se perdieron ninguna oportunidad de tomarme el pelo, con cosas como «¡Pasad del Tomatito ese!» —ya tocaba la guitarra flamenca (fatal)—, «¡Ese está de Hemingway!», «¡Ya viene el inglé-andalú!», etcétera. Vista en perspectiva, aquella etapa profundizó mi amor por el lenguaje y me hizo pensar, por primera vez, que algún día podría convertirme en escritor.
A finales de 2003 volví a Londres para empezar a trabajar como abogado mercantil. No me encajaba, así que me hice barrister (abogado de tribunales) y empecé a dedicarme al derecho de los derechos humanos y de la inmigración. Siempre que podía me escapaba a España —claro—, hasta que mis amigos del sur empezaron a llamarme «el embajador de Andalucía».
Cuando conocí a mi esposa, Sarra, la llevaba de vacaciones a Cádiz y, a finales de 2016 —unos meses después del referéndum del Brexit—, compramos una casita a medias con mi padre en Vejer de la Frontera; cada uno aportó el 50 % del precio. La idea, sobre todo, era vincularnos más con aquella tierra que tanto nos atraía.
Por motivos similares, Sarra y yo decidimos casarnos en Vejer, ya que, por su historia y sus vistas del Estrecho, era una especie de punto medio entre el mundo de sus antepasados sudaneses y el de los míos británicos.
En 2017, Sarra dio a luz a nuestra primera hija, Yasmín, y en 2018, cuando estaba de baja por maternidad, nos fuimos a vivir a Vejer. Iban a ser un par de meses. Sin embargo, mientras estábamos allí, le surgió un puesto de pediatra en Gibraltar y, en parte por el miedo al Brexit —a no poder volver a tener una oportunidad similar nunca más—, tomamos la decisión de quedarnos a vivir en España. La idea era intentar sacar la residencia permanente y, con el tiempo, la ciudadanía española.
Poco a poco fui reduciendo mi trabajo como abogado. Dejé de asumir tantos casos a distancia y, en su lugar, me dediqué a cuidar de nuestra hija mientras Sarra desempeñaba su nuevo trabajo. También me puse a escribir una novela sobre el mundo de los refugiados y —¿cómo no?— sobre el sur de España. Me complace decir que se publicó el año pasado. Se llama Sanctuary («Santuario»), una referencia a la Costa de la Luz.
Empezamos a reorganizar nuestras vidas de forma radical. Nuestra ilusión era que las niñas se criaran con una identidad fundada en la fusión de los dos mundos de nuestras familias —el mundo árabe y el mundo cristiano—, y para eso no había mejor lugar que Andalucía.
Fueron tres años magníficos. Queríamos vivir en España a largo plazo, así que nos registramos, pagamos la Seguridad Social y gestionamos todos los trámites para poder, algún día, nacionalizarnos. Sin exagerar, a mí me parecía que la cultura española —que tanto nos había fascinado a mi padre, a mí y a Sarra— era el mayor regalo que podíamos darles a nuestras hijas.
Nuestra segunda hija, Lucía Azahar, nació en Puerto Real en mayo de 2020 —en plena pandemia— y, a pesar de todo, fue una experiencia maravillosa. Sin embargo, todo estaba a punto de cambiar. En 2021, el Reino Unido salió de la Unión Europea (UE) y pasó a ser un tercer país: entre otras cosas, los británicos dejaron de beneficiarse de la libertad de circulación dentro de la UE, el derecho del que mi familia y yo nos habíamos beneficiado durante tantos años.
En principio, estábamos protegidos de los efectos del Brexit por haber estado en España ejerciendo nuestro derecho de libre circulación cuando el Reino Unido abandonó la UE. Sin embargo, por varias razones, no fue así.
Desgraciadamente, el equipo pediátrico de Gibraltar en el que trabajaba mi esposa cambió radicalmente y dos de sus colegas dejaron sus puestos, con lo cual su situación laboral dejó de parecerle sostenible. Todo fue muy precipitado.
Mientras tanto, a mi padre le diagnosticaron un cáncer terminal, así que en 2021 tomamos la dolorosa decisión de volver al norte. A mi mujer le salió un buen puesto aquí, en Guernsey —una isla del canal de la Mancha, entre Gran Bretaña y Francia, con buenas conexiones de transporte—, y desde entonces aquí nos hemos quedado.
Conste que no teníamos ninguna gana de salir de España. Lo más difícil era saber que, por el Brexit, al marcharnos no solo dejábamos el país, sino una vida allí y todo lo que nos quedaba por delante, sobre todo para nuestras hijas. Nos faltaban menos de dos años para obtener la residencia permanente. Después de todo el camino recorrido, comprendimos que, por mucho que quisiéramos volver algún día, ya no podríamos establecernos en España de la misma forma.
La ventana se había cerrado.
Y todo por una decisión llamada «Brexit», que hasta hoy parece carecer de inteligibilidad y que se consiguió, al menos en parte, a través de grandes mentiras. Como señaló Stephan Lewandowsky, investigador especializado en desinformación de la Universidad de Bristol, en un artículo publicado el 4 de julio de 2016 en New Scientist: «Nunca antes en la historia se había desenmascarado tanto engaño tan rápido y con tan poca vergüenza».
Sonará dramático —así es la pasión—, pero, cuando me reuní con mi familia en Inglaterra por primera vez, recuerdo que me sentí totalmente despistado. Mi gran consuelo era que estábamos vivos y sanos, a diferencia de mi querido padre, que se nos estaba muriendo (murió a finales de 2023). Nosotros habíamos tenido que despedirnos de una vida española; mi padre, de la vida entera.
Si fuera posible —es decir, si ya no existiera el Brexit y no tuviéramos que cumplir con los estrictos requisitos de inmigración que actualmente se nos aplican—, no sé si hoy volveríamos a vivir en España. Durante cinco años no nos hemos permitido pensar así. Es más, nos han acogido muy bien aquí, en Guernsey, a las niñas les gusta mucho su isla y hemos echado nuevas raíces aquí. Todo cambia; quizás sea agua pasada.
Lo que sí puedo decir es que no pasa ni un día en el que no piense en España. Mi mujer y yo la tenemos muy presente. Y ojalá un día nuestras niñas puedan beneficiarse de la libertad de circulación que hizo posible todo lo anterior.






