Política y Economía

La democracia que no se mira al espejo

Multitud en la avenida Chang’an antes de la celebración del 70º aniversario de la República Popular China. Foto 南山南人 (CC) democracia
Multitud en la avenida Chang’an antes de la celebración del 70º aniversario de la República Popular China. Foto 南山南人 (CC)

1. Introducción

Cuando Alexis de Tocqueville viajó a Estados Unidos en 1831, no trataba de confirmar sus prejuicios, sino de comprender una forma de organización política distinta de la europea. La democracia en América no es un panfleto; es un ejercicio de observación, comparación y análisis. Tocqueville no partió de la certeza de que Europa era superior ni juzgó a Estados Unidos con los ojos de Francia; intentó entenderlo en sus propios términos.

Dos siglos después, Occidente parece haber perdido esa curiosidad. Hoy miramos a China no para tratar de comprenderla, sino para criticarla, confirmar nuestros prejuicios y demostrar que nuestra forma de organizar la sociedad sigue siendo la única válida. Muchos de los artículos que leemos, de los contenidos que circulan por las redes sociales y de los reportajes publicados por los grandes medios parten de esa premisa incuestionable.

La creencia se ha naturalizado hasta tal punto que apenas necesita defenderse: simplemente se presupone. La democracia liberal no es una opción más; es la única digna de ser tenida en cuenta y el sistema desde el que deben juzgarse todos los demás.

Hace un tiempo, esta revista publicó un artículo muy crítico con el sistema político chino. El artículo planteaba preguntas legítimas: es obvio que ningún sistema político es intocable; pero lo obvio, a veces, hay que repetirlo. Y la crítica, para ser honesta, debe ser simétrica, aplicarse con el mismo rigor a todos los sistemas, incluido el «nuestro». Y ahí es donde el análisis occidental suele fallar.

Precisamente por eso propongo ahora el ejercicio contrario: someter a la actual democracia liberal al mismo examen con el que juzgamos a los demás. Para ello, hay que desprenderse del privilegio que Occidente se ha concedido a sí mismo durante siglos: ser el único criterio válido para juzgar a los demás países y civilizaciones. Durante décadas hemos comparado a China con nosotros, utilizando nuestras categorías políticas, nuestra historia y nuestros criterios de legitimidad. La crítica se ha convertido así en un ritual previsible: se enumeran sus carencias, se denuncian sus excesos y se anticipa su fracaso.

Quizá haya llegado el momento de hacer el ejercicio inverso y preguntarnos qué veríamos si observáramos nuestras propias instituciones con la misma exigencia con la que examinamos las suyas.

2. La pregunta clave

Antes de decidir cuál es el mejor sistema político, conviene recuperar una pregunta mucho más básica que, creo, hemos dejado de lado: ¿para qué sirve un gobierno?

Su respuesta exige apartar la mirada de ideologías, preferencias partidistas y grandes discursos morales. Si analizamos la política desde una perspectiva funcional, si nos fijamos en los problemas que resuelve, descubrimos que los gobiernos no surgieron para representar ideas abstractas, sino para satisfacer una necesidad muy concreta: hacer posible la supervivencia y la continuidad de las comunidades humanas.

Toda sociedad, por el simple hecho de existir, se enfrenta a dos grandes riesgos. El primero es externo. Guerras, hambrunas, epidemias, catástrofes naturales o crisis económicas exigen algún grado de coordinación colectiva si una comunidad quiere sobrevivir. Ninguna persona puede afrontar esos desafíos por su cuenta.

La segunda amenaza procede de nosotros mismos. Los seres humanos tendemos al conflicto, competimos por los recursos, buscamos posiciones de poder y, cuando no existen límites compartidos, el abuso acaba imponiéndose. La historia de nuestra especie ofrece ejemplos de sobra (la escena inicial de 2001, de Kubrick, muestra que esto viene incluso de antes).

Por eso existen los gobiernos. Su función más elemental no es encarnar un ideal político concreto, sino reducir la incertidumbre, contener la violencia y establecer unas reglas que permitan transformar el conflicto en una convivencia relativamente estable. Un gobierno es una herramienta que las sociedades han desarrollado para hacer posible la vida en común.

Si esta es la función de un gobierno, entonces cualquier sistema político debería evaluarse de acuerdo con dos criterios: qué resultados obtiene y cómo los obtiene. El eterno dilema entre el fin y los medios.

Un sistema político fracasa cuando no es capaz de asegurar las condiciones materiales que permiten a una sociedad sostenerse y prosperar: seguridad, vivienda, sanidad, educación, infraestructuras y un futuro para sus hijos.

El segundo criterio tiene que ver con la forma de gobernar. La historia demuestra que, cuando una autoridad carece de controles, tiende a expandirse en beneficio propio. Por eso las sociedades han desarrollado leyes e instituciones capaces de contener ese impulso: elecciones, separación de poderes, reglas claras, rendición de cuentas y procedimientos que permitan sustituir pacíficamente a quienes gobiernan.

El problema llega cuando el procedimiento deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo; entonces la política se preocupa por preservar las formas, mientras la sociedad se deteriora.

Ningún gobierno existe para garantizar la felicidad perfecta. Su función es mucho más modesta y, precisamente por ello, más importante: gestionar las amenazas externas y la inevitable imperfección de las sociedades humanas. Debe disponer de suficiente fuerza, autoridad y legitimidad para resolver los problemas colectivos, pero también de suficientes límites para impedir que esa misma fuerza acabe volviéndose contra quienes debe proteger.

Desde esta perspectiva, la cuestión ya no es si este sistema es legítimo en abstracto. La verdadera cuestión es otra: la democracia liberal, ¿es capaz de garantizar la supervivencia y el desarrollo de la sociedad y, al mismo tiempo, limitar eficazmente el poder y a quienes lo ejercen?

3. El problema de la democracia procedimental

Occidente suele evaluar los sistemas políticos de forma diferente. Para ello utiliza varias preguntas que funcionan como un test de diagnóstico rápido: ¿Hay elecciones? ¿Hay multipartidismo? ¿Hay separación de poderes? ¿Hay libertad de expresión? ¿Hay prensa libre? Si la respuesta es afirmativa, el sistema es democrático. Si no, es autoritario. No importa el contexto, la historia o la cultura. O los matices.

El test, diseñado no por casualidad por Occidente, es universal. Hay países que lo pasan y países que no.

Las elecciones periódicas, los contrapesos institucionales, la libertad de expresión y la competencia política son conquistas civilizatorias que costaron siglos. Pero se refieren al procedimiento, no al resultado: a cómo se llega al poder, no a qué se hace una vez en él; se pregunta si el ciudadano puede votar, no si su voto sirve para algo.

Esta obsesión por el procedimiento no es nueva: la democracia liberal nació como respuesta al absolutismo. Si el poder ya no podía justificarse por derecho divino, había que justificarlo de otra forma. El voto se convirtió en la principal fuente de legitimidad; el ciudadano, en quien la otorgaba; y las elecciones, en el mecanismo que permitía renovar o retirar ese consentimiento. Todo ello tenía sentido en el siglo XVIII, cuando el desafío era limitar el poder absoluto del monarca. Pero el mundo ha cambiado.

Con el tiempo, el procedimiento ha sustituido al contenido de la política. Cumple su promesa formal —elecciones, partidos, parlamentos— al tiempo que se vacía de su promesa material. Votamos, pero nuestro voto no cambia sustancialmente nuestra vida. Tenemos concejales, diputados y senadores, pero solo representan a su partido, convertido en una empresa que busca maximizar beneficios cada cuatro años. Elegimos gobiernos para que sirvan a los intereses de la ciudadanía, pero esos gobiernos obedecen a otras voces.

En realidad, el ciudadano se ha convertido en un suscriptor. Paga una cuota —sus impuestos y su voto— y recibe un servicio cada vez peor. Es un espectador que cada cuatro años vota al concursante más carismático del talent show (pues las elecciones son eso: un concurso de popularidad).

Y entonces ocurre lo inevitable: la gente deja de votar o vota a quienes prometen romper el sistema. El hastío es un síntoma de que la democracia se ha convertido en un procedimiento vacío en el que las decisiones que realmente afectan a la vida de la gente se toman en despachos, no en parlamentos. Aunque en el día a día se discuta por partidos y políticos como quien discute de fútbol, hemos asumido que un fondo de inversión extranjero pueda decidir el precio de la vivienda de una ciudad.

El problema no es la existencia de procedimientos. El problema es haber identificado con ellos la calidad de un sistema político. Hemos perfeccionado el cómo y hemos descuidado el qué.

Un sistema puede celebrar elecciones, contar con separación de poderes, etcétera y, aun así, ser incapaz de facilitar el acceso a la vivienda, planificar infraestructuras a largo plazo, mantener unos servicios públicos de calidad o proteger sectores estratégicos de inversores extranjeros.

Hoy la democracia es un fin en sí mismo. Y así ha perdido su razón de ser. Votar es un simple acto de fe en un sistema agotado.

4. ¿Quién gobierna realmente?

Llevamos años atrapados en una discusión constante sobre izquierda y derecha. El debate público se ha reducido a una batalla de siglas, líderes y guerras culturales que generan titulares y movilizan pasiones, pero no alteran las estructuras profundas de la sociedad. Esta polarización se sustenta sobre una premisa falsa: que los gobiernos realmente gobiernan y que el voto decide el rumbo de un país.

La realidad es que durante las últimas cuatro décadas el poder ha cambiado de sitio. Todo el engranaje institucional que considerábamos central —parlamentos, sedes de gobierno, prensa…— ha pasado a ser una ficción en la que todavía queremos creer.

El responsable, en buena medida, es el gran capital, que desde los años ochenta se ha extendido hasta devorar gran parte de lo que considerábamos sólido. El capital ya no conoce límites y ha convertido a las democracias de Occidente en sus sirvientes: nosotros, los ciudadanos, somos el menú.

Esta transformación se manifiesta de diferentes maneras e impacta en la vida de los ciudadanos.

En el ámbito de la comunicación, las plataformas tecnológicas, principalmente las de EE. UU., deciden qué información consumen miles de millones de personas y ninguna ley nacional es capaz de contenerlas.

Tras la crisis de 2008, la vivienda dejó de ser un lugar donde vivir para convertirse en un lugar donde invertir. Fondos de inversión como Blackstone o Cerberus entraron en muchos países y convirtieron miles de viviendas en meros activos financieros. Las decisiones sobre el precio de una vivienda comenzaron a tomarse en despachos situados a miles de kilómetros de esos barrios y ahora miles de personas viven en habitaciones de alquiler.

En el trabajo se ha consolidado el fenómeno de los «trabajadores pobres»: gente con trabajo que apenas tiene dinero para vivir. La sanidad pública padece listas de espera de meses, mientras los grandes grupos privados aumentan sus ingresos. La educación se vacía en busca de trabajadores sumisos y surgen cada año universidades privadas que prefieren vender títulos a transmitir conocimiento.

Debido a esta inestabilidad material, la posibilidad de tener hijos —indicador básico de confianza en el futuro— se desploma.

¿Y qué hacen las democracias liberales? Poca cosa. La capacidad de acción de los gobiernos nacionales se ha encogido. Pueden gestionar asuntos simbólicos o de memoria histórica, pero carecen de soberanía sobre las variables macroeconómicas esenciales: están bajo el chantaje de los mercados. No pueden fijar los tipos de interés ni frenar la globalización financiera ni evitar que el capital migre hacia paraísos fiscales.

La fiesta de la democracia es más bien un teatro. Los ciudadanos eligen gobiernos, pero los gobiernos no eligen cómo gobernar; ejecutan lo que deciden «los mercados». La gente cree vivir en democracia, pero al verdadero poder no se lo puede castigar en las urnas. Los gobernantes obedecen a la OTAN, a Washington, a Bruselas o a BlackRock. Y ningún español ha votado a Mark Rutte, Ursula von der Leyen o Larry Fink.

5. China hace preguntas distintas

¿Qué ocurre cuando un sistema político, en lugar de fijarse en el procedimiento, se obsesiona con los resultados?

China no responde a las preguntas que suele formular Occidente porque parte de un marco distinto. No acepta que el procedimiento sea el único criterio para juzgar un sistema político. La pregunta principal no es cómo se llega al poder, sino qué se hace después.

El politólogo Zhang Weiwei resume esta diferencia con claridad. A su juicio, la concepción occidental de la democracia se ha centrado cada vez más en el procedimiento, mientras que el pensamiento político chino concede mayor importancia a los resultados. Lo decisivo no es únicamente el mecanismo de legitimación, sino la capacidad del sistema para mejorar de forma efectiva las condiciones de vida de la población.

Este enfoque se apoya en dos principios que aparecen de forma recurrente en el pensamiento político chino contemporáneo. El primero podría resumirse en una expresión muy conocida en China: «buscar la verdad en los hechos». Las políticas no se consideran correctas por ajustarse a una doctrina previa, sino porque funcionan en la práctica. De ahí el recurso frecuente a proyectos piloto, evaluaciones periódicas y reformas graduales: aquello que produce buenos resultados se amplía; lo que fracasa se modifica o se abandona.

El segundo principio sitúa el bienestar material de la población en el centro de la acción política. La legitimidad del gobierno no depende únicamente de cómo ejerce el poder, sino de su capacidad para mejorar de forma tangible las condiciones de vida de la sociedad. Vivienda, infraestructuras, educación, reducción de la pobreza o desarrollo económico son indicadores del éxito del propio sistema político.

Desde esa lógica pueden entenderse algunas de las grandes prioridades de la China contemporánea. En las últimas décadas, el Estado ha impulsado uno de los mayores programas de vivienda pública del mundo, ha sacado de la pobreza extrema a cientos de millones de personas y ha realizado inversiones masivas en infraestructuras, educación e innovación tecnológica. No se trata de afirmar que el modelo carezca de problemas o contradicciones, sino de comprender que su legitimidad radica en la capacidad de producir este tipo de resultados.

Buena parte de estas políticas solo han sido posibles gracias a una planificación sostenida durante décadas. Los sistemas democráticos también pueden formular estrategias a largo plazo, pero los ciclos electorales, los cambios de gobierno y la lógica de la competencia política hacen mucho más difícil llevarlas a cabo, y cada ejecutivo trata de derribar lo construido por el anterior (la sucesión de leyes educativas en España es un buen ejemplo).

Esta diferencia, una de las diferencias más visibles entre ambos modelos, nos permite volver a la pregunta con la que comenzaba este artículo. Si China padeciera los mismos problemas de vivienda, desindustrialización, adicciones, desigualdad o pérdida de capacidad estratégica que hoy preocupan a muchas democracias occidentales, no dudaríamos en atribuirlos a su sistema político. ¿Por qué nos cuesta tanto aplicar ese mismo criterio y responsabilizar a la democracia liberal de estos problemas?

6. Volvamos a la pregunta fundamental

El diagnóstico está sobre la mesa. Hemos visto cómo Occidente ha confundido el procedimiento con el objetivo, cómo el poder se ha trasladado al capital y cómo China plantea una lógica distinta. Todo este recorrido nos devuelve a la pregunta con la que comenzaba este artículo: ¿para qué sirve un gobierno?

No es una pregunta retórica. Admite una respuesta concreta. Un gobierno sirve para resolver los problemas de la sociedad. Para garantizar que las personas tengan un techo, atención sanitaria, educación, trabajo digno y un futuro en el que puedan confiar. Un gobierno debe permitir que la gente planifique, en lugar de vivir al día; debe impedir que cualquier forma de poder —religiosa, política o económica— se imponga sobre el bienestar de su población. En definitiva, sirve para garantizar la estabilidad y continuidad del grupo, que es la función última de cualquier organización política.

Occidente ha olvidado esa función. Ha terminado identificando la democracia con sus procedimientos y ha perdido de vista su finalidad. La democracia no existe para que haya elecciones; existe para que las personas puedan vivir mejor. Y mientras los problemas se acumulan —vivienda, sanidad, trabajo, natalidad—, la política se convierte en un espectáculo en el que cada vez menos creen.

China, con todas sus limitaciones y contradicciones, ha mantenido una pregunta que Occidente parece haber relegado: ¿qué resultados produce un gobierno?

No hemos llegado al fin de la historia. La nuestra es una forma de organizar la sociedad tan imperfecta y tan criticable como cualquier otra y tenemos la obligación de reconsiderar nuestros propios criterios de evaluación y preguntarnos si existe una alternativa que nos permita una vida mejor.

Durante siglos, Occidente ha querido enseñar al mundo cómo se hacen las cosas. Quizá haya llegado el momento de aceptar que también puede aprender. Porque ninguna civilización puede seguir enseñando si ha dejado de hacerse la pregunta más importante de todas: ¿para qué sirve un gobierno?

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12 comentarios

  1. Como cualquier hijo de pueblo, sé poco y nada del concepto de sociedad y convivencia de los chinos, una cultura (que también desconozco en su totalidad) más que milenaria, y como tal merecedora de mi respeto, especialmente por los trágicos hechos socio económicos que desencadenó el tratado de Namkin sobre el uso y comercialización del opio allá por el 1800, pero este excelente artículo me ha traído a la memoria dos hechos que tocan de lleno el argumento de Don Raul. El primero, para nada personal y que tendría contingencia con la decisión política de los chinos de provar y decidir, y si no funciona descartarlo, tiene que ver con una noticia de hace no tantos años, no muy difundida por la prensa italiana (duró un dia o dos si mal no recuerdo) en el cual se informaba a occidente que un fondo de inversión chino dedicado a la especulacion sobre la vivienda (una sorpresa que exitieran estos fondos, en la “¡China comunista!”), estaba a punto, por sus dimensiones, de crear una burbuja especulativa y consecuente crisis como la del 2008, y debido al habitual silencio oficial del gobierno chino no se sabía más nada. No hubo crisis y empecé a “irme por las ramas” imaginando el destino del inventor, el manager, el Ceo de ese fondo. El otro, en este caso muy personal, sucedió por esa “libre y democrática” avidez que desembocó en la crisis del 2008 y que podía ser evitada, y siendo obrero tuve que aceptar sin culpa alguna una reducción de un tercio de mi sueldo pues los bancos ya no otorgaban más crédito a la fábrica donde he trabajado, a diez mil kilómetros de Wall Street. Clarísimo y razonado artículo, las pruebas están a la vista: Si equivocarse es humano, reincidir en el mismo error es de malvados. Todo lo mejor para Usted, Don Raul.

    • Ayer leí que le dieron cadena perpetua al fundador de esa entidad financiera. Era un simple esquema Ponzi a la base, pero la cantidad de dinero que movió es impresionante, tanto o más de la cifra que estafó Maddof, el único condenado, no así los gerentes de las otras entidades que continuarán a especular con productos financieros retorcidos que nos llevará de nuevo a una burbuja accionaria.

  2. Excelente artículo, me ha encantado la reflexión, que suscribo punto por punto.

  3. Lo comparto. Apenas sé nada de China, pero el artículo me llevará a investigar. ¡Gracias!

  4. Un buenísimo artículo,para pensar en todo lo escrito .

  5. Clonazepando Millenomis

    Felicito al autor por el artículo claro e interesante.
    Si además dicho autor es el exdiputado de Podemos, lo felicito doblemente, pues hace mucho tiempo que no leía algo provechoso de los populistas de izquierda.
    Salud

  6. Todo lo que dices es verdad, y a la vez mentira. Digo mentira, porque a mí me enseñaron que también se podía mentir por omisión.

    Me citaré, (¡como me gusta!):
    «—Actualmente la democracia no es un sistema adecuado para poner al mando de la cosa pública a los más preparados, sino a los que mejor quedan por televisión. Si me aprietas, este es un hecho desde Kennedy y podría extenderme sobre el tema, pero no me apetece ponerme a desgranar aquí su currículum y demostrar que era un imbécil picha brava. Lo que quiero dejar claro es que la democracia, si alguno de sus superpoderes ha conservado, es su avasalladora capacidad para sacar del gobierno a quien la cague en demasía».

    Añadiré, a vuela pluma: ni siquiera hace falta que sea muy gorda tu cagada; solo hace falta que molestes a uno más que a otro y te quedas sin donantes. Tu carrera termina. Casualmente, los que tiran de la manta son los de tu cuerda. No citaré nombres. Eso pasa aquí en España, en Francia, en Reino Unido y, después, de las mid terms, pasará en EEUU.

    Otra cosa: es mentira que la Democracia Occidental no se mire a sí misma. Los casos que comentas todos los partidos los señalan. Tú los señalas aquí. Prueba a hacerlo en China.

    Por otra parte es imposible traspasar sistemas de gobierno, estructuras políticas, de un país a otro. Pareces olvidar que para ser China hace falta: 1.º, ser bisagra en los roces de dos superpotencias; 2.º, que tu población, muy abundante, lleve siglos pasando hambre y a la vez sobreviviendo aterrorizada. 3.º, que tu gobierno esté en manos de un tirano virtuoso, un déspota ilustrado, o alguien que, ante todo, quiera parecer así.

    Estas son las circunstancias que basten el crecimiento de China, y con él esa reserva de esperanza ¡para unos pocos!, muy poca. Cualquiera que se haya pasado por allí lo sabe.
    La primera generación compró el huir del hambre. La siguiente la esperanza de un futuro mejor. Esta, la tercera, sometida al 996 y manejada por el miedo a nuevos miedos, igual deserta…

    ¿Futuro para China? La condición 1 ha desaparecido, ya nadie les va a dar chance y la 2 desaparecerá en breve -la población se desploma-. Puede que la 3 lo haga incluso antes. Vamos, que el modelo Chino era válido para China. Siempre y cuando no se le cobrasen impuestos a AliExpress.

    Y acabaré, igual que he empezado: citándome a mí mismo; una cita que de últimas suelto bastante:

    «—Hace un par de milenios, más o menos, Polibio presentó una teoría de la degeneración de los sistemas políticos, que puede que se la plagiara a Aristóteles, la llamó la Anaciclosis. En ella mantenía que todos los sistemas políticos tendían a corromperse y eran el humus fértil en que prendía la siguiente doctrina de gobierno. El viejo griego maricón decía que la monarquía tarde o temprano degeneraba en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en una cosa que llamó oclocracia, el corralito de los demagogos. Su teoría se ha quedado un pelo desfasada, pero menos de lo que te esperas. Resumiendo: según parece, el buen señor tenía poca fe en el pueblo, consideraba que darle capacidad de decisión era sinónimo de entregar los resortes del poder a los cantamañanas.»

    Te deseo suerte en tu tarea de refundar el PTE.

  7. Oiga, déjese de gobiernos. La soberanía popular reside en el pueblo y se expresa a través del parlamento haciendo leyes. El Estado de Derecho que llega con la Revolución francesa es una fórmula adecuada, aquí y en Sebastopol. No lo es tanto la negación de todo lo anterior por los impulsores de esta formulación, cegados por un protagonismo histórico un tanto delirante. El problema es la efectividad real de la fórmula que, desde el minuto cero, por definición, hace aguas ante un trilero don dinero, en realidad principal garante del progreso y que llega solo con las excelencias de la tecnología, de la ciencia, occidental, en manos de empresas y sus intereses. El beneficio, cuentas de resultados, las anuales sin ir más lejos, de las agrupaciones empresariales, anónimas, y de incontrolable ramificación, es un valor en realidad sagrado ante el que ceden todos los principios y que impide, en un proceso galopante, y sin salida, que los derechos humanos, o sea, la libertad, sean otra cosa que unas frases publicadas en boletines oficiales. No es bienestar, garantizado por los gobiernos, (demos dinero a la gente, proclama el primer mandatario mundial). Son derechos humanos.
    «Bienser». Centrar todo en dar dinero, bienestar, a la gente, es clave para que los derechos que tenemos las personas por el hecho de serlo, sean papel mojado. Derechos, no dinero, es lo que piden hombres y mujeres. Ese caramelo antes metálico nos hace olvidar que es el pueblo el que manda y que no quiere dinero, sino llevar a cabo su voluntad, sus propios proyectos. Democracia real, democracia formal. El deterioro parece cercano a lo terminal en las antiguas sedes de las viejas grandes potencias dado el inmenso y hasta ahora desconocido poder que ha ido acaparando el dinero, poder que se ramifica por el planeta. Los textos legales fundacionales, conteniendo el virus del beneficios económico empresarial, el bienestar como eje, con el etnocentrismo al que no se renuncia, hoy muestran de modo patente graves fisuras que hacen naufragar a la democracia, al Estado de Derecho.
    Yo así veo la cuestión que usted aborda.

    https://issuu.com/joseramondelamar/docs/foucault_1975_2025

    [email protected]

  8. Estamos ante un artículo que, con un repertorio de razones aburrido y recurrente, y al estilo de los más rutinarios propagandistas chinos que pululan por las redes, pretende ser a la vez piedra de escándalo y risa sardónica. Todos y cada uno de los argumentos que utiliza se pudieron emplear para la dictadura del general Franco y para algunos de los patriarcas latinoamericanos (a Pinochet y a Daniel Ortega le encantarían). Seguramente Putin, Núcleo Nacional y las Petromonarquías de Oriente Medio también lo comprarían íntegro (sentido común, resultados sobre principios, autoridad que se prolonga en el tiempo como agente de estabilidad, etc). Por mi parte, no puedo evitar pensar en esos desesperados sociales que, en la fabulosa república del éxito permanente y la euforia productiva, entran en los centros educativos de los niños de corta edad y se ponen a apuñalar a todo el que se les pone al alcance. O en aquellos que se lanzan con su coche contra personas desconocidas, tratando de atrapar a los que pueden. Parece que estas mezclas espantosas de Winston Smith y Tim MacVeigh pueden ser vigilados desde el exterior, pero los guardianes de la «estabilidad social» no han conseguido entrar en el interior del posible masacrador y hacer controlables las mezclas pirotécnicas que ha decantado su maravilloso modelo social. Tal vez los O´Brien chinos se han aburguesado y han empezado a confiar demasiado en la tecnología. Por lo visto, intentan triangularles en base a sus factores de riesgo y tienen una red de «sismógrafos» que identifiquen «las ocho pérdidas» o rasgos límite. El ataque define al actuante, pero también a su entorno, y a la forma en que éste le ha construido. Existe la posibilidad de que los únicos rasgos de humanidad que queden dentro del engranaje solo puedan expresarse a través de esos actos de violencia ciega… pero eso no es lo más llamativo; lo más curioso es el camino, las razones, las circunstancias que acompañan y que llevan al atroz resultado final: ese mundo tan tóxico como el de Estados Unidos pero mucho más rígido, opaco, corrupto y totalitario. Como muestra, la cabeza visible: Xi es tan obsceno y vanidoso como Trump… sólo que más taimado, y aunque carece, por el momento, de su fuerza militar, tiene un inmenso dispositivo para la represión interna. En resumen: es posible que vayamos hacia ellos; que su orden de cosas sea inevitable, pero no va a ser nunca una opción decente, ni tampoco creo que esté bien defenderla.

  9. Joserra de la Mar

    Agradezco enormemente su puntualización, querida TXH. El Estado de Derecho y China sería el viaje relámpago que he hecho just now. «Leyes chinas» en el neo Google nos dibuja tal que adí el sistema. Encabezado por «Constitución», muy coetánea a la nuestra, añado. Vértice de la pirámide, ordenamiento legal, Kelsen dixit. Albergado el texto en web chilena que goza de presunción de veracidad. El pueblo y los derechos humanos. La Ley. Ahí los tiene Vd. Ni Voltaire.
    Sí hay aspectos chocantes para nosotros y nosotras sobre propiedad del pueblo o planificación familiar. Pero libertad es también clave, como las elecciones, de un modo u otro, para los órganos representativos. Uno va a consumir al comercio o restaurante y aprende que usan el calendario lunar (más lógico y ancestral) y que los helados que comen son los mismos que los nuestros, este verano el Nuii de mango, vg. Igualmente somera indagación presupuestaria (deformación profesional mediante) me lleva a pensar, ya digo que con hilvanes, que su esfuerzo guerrero es moderado en comparación PIB y población y referido al yankee power. Que lo mismo puede decirse de la inversión en IA, esa cosa que, hasta ahora al menos, justificaba la fagocitación de nuestra intimidad, nuestros secretos, lo que combinado con el gasto en «defensa» parece piedra de toque del apocalíptico (y medido) esfuerzo guerrero de la 1ª potencia/2026.
    No sé si me explico. El presupuesto de China, a primera vista, no es pero que nada imperialista si lo comparamos con este a qué me acabo de referir. Las diferencias con nuestra Constitución, vg, ya digo que lo señalo sin el debido tiempo de estudio que otros y otras han podido dedicar, y solo por si a alguien sirve de algo. Las diferencias, decía, parecen más bien de estilo, ornamentales. Sí dudo que el beneficio empresarial como leit motif sea algo que ese texto haya dejado colarse. Otra cosa es el mercado, la globalización tan cacareada cuando nació, en realidad no con las autopistas de la comunicación, y el siglo XXI, sino en el funesto 1898 que padeciera Liliuokalani, primicia el golpe de los propietarios de la caña etc, no tanto como pionero el ejemplo de nuestra querida señora reina de Hawái. Liliuokalani le puso su hermano borrachín. Maravilloso ejemplo, aunque no se apreciara entonces, qué fue aquello. Pongan más cámaras, que los helados son los mismos aquí y en Beijing. Salvo honrosas excepciones que no es adecuado glosar en este foro. Toca pensar qué hacer, claro. Pero manda don dinero en todo el orbe y las constituciones ya pueden decir misa.

  10. El articulo es bastante bueno. Lo cual se agradece dentro la banalidad general reinante de un periodo de retroceso social. Parece que hablas desde las ciencias políticas y yo te haré un comentario desde la economía política socialista. Como dato clave de mi respuesta utilizo una fecha que das dos veces, no por casualidad aunque tu no conozcas la causa. Dices ‘’El responsable, en buena medida, es el gran capital, que desde los años ochenta se ha extendido hasta devorar gran parte de lo que considerábamos sólido’’ y ‘’durante las últimas cuatro décadas el poder ha cambiado de sitio’’. ¿Porque sucede esto, y suceden todas las consecuencias materiales derivadas tal como: peor trabajo: ingresos reales decrecientes, menor sanidad y educación publicas, etc… ¿Porque desde esa década y no desde antes o después?. La economía política que yo manejo y produzco, demuestra científicamente que es por que un ciclo de progreso económico-social empezó su retroceso exactamente en la década de los 80. Lo que subía y crecía a favor de la clase dominada (hoy los trabajadores) empezó a bajar desde esa fecha. Nada sucede si no hay un sujeto/s detrás, claro. Esos sujetos que hiciéron y hacen retroceder la fase progresista del movimiento son los integrantes, claro, de tu gran capital, la clase capitalista. ¿De donde les salió ese poder? De dos causas: a) su propiedad mayoritaria del capital mundial y b) de su pérdida del miedo a perderlo. ¿Porque perderían su capital, además de, algunos, perder su vida? Por una revolución. ¿De cual revolución en el siglo XX?. De la socialista rusa de 1917. Evento desde el cual todos los indicadores económicos favorables para los trabajadores empezaron a crecer hasta los años 80. En toda Europa especialmente, pero incluso, ¡asombrate¡, en una dictadura como la española. Tal es la potencia de una revolución. El fenómeno de las revoluciones y sus ciclos de progreso y regresión sucede desde siempre. Desde el Esclavismo (Egipto, Roma, etc.). Y seguirán sucediendo hasta que desaparezcan la sociedad de clases y su desigualdad económica. La próxima revolución, de carácter socialista, sucederá en el período 2035-2045 según cálculos científicos válidos. Y sucederá, precisa y exclusivamente, porque el retroceso socio-económico desde los 80 continua. China merece un comentario aparte y largo que no haré. Solo te diré que ese cierto que el retroceso del Socialismo en China, que es real en las variables económicas de los trabajadores, va más lento que en el resto de países socialistas, gracias, tal como dices, a su uso de la Planificación Central. Y, probablemente, porque su clase política (PCCH) aprendió la lección de la vuelta instantánea y salvaje de Rusia al Capitalismo que le haría perder sus puestos de gobierno. China esta regresando al Capitalismo, pero lo hace lentamente. En libro de próxima publicación saldrá mi investigación sobre este tema. Tema que puede llevar este titulo: los CER (ciclos económicos revolucionarios).
    Saludos,

  11. Oscar Perez Martin

    «Votamos, pero nuestro voto no cambia sustancialmente nuestra vida» es el momento en el que he dejado de leer. Iluso de mi, esperaba un minimo de rigor intelectual en el artículo en vez de encontrarme la bobada irritante y estúpida de la antipolitica del «todos son iguales» que tan buen trabajo hace por los ultras y los autoritarios

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