Limpiar la India

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Fotografía: Anindito Mukherjee / Cordon.

Un ruido metálico me despierta. Hace cuarenta y ocho horas que salí de España y he llegado a la India agotada. El tintineo de metal sigue, clin, clin, clin, y se acerca —hay alguien en mi habitación, ¿no estaba cerrada la puerta?—. Abro un ojo y veo una silueta adulta y encogida que se mete debajo de mi cama antes de que pueda decir nada. Cuando abro el otro, la figura humana se convierte en una mujer envuelta en un sari de colores que barre mi habitación en cuclillas, tan agachada que su cabeza queda a la altura del somier. El tintineo viene de sus pulseras, que chocan con cada sacudida de escoba. Se incorpora y su cara queda a la altura de la mía, y yo, súbitamente sorprendida como si fuera culpable de espiarla indebidamente, me hago la dormida. ¿Por qué esta mujer limpia mi cuarto ahora?

Luego sabré que es la señora de la limpieza de la casa que voy a compartir en Ahmedabad con un grupo de siete extranjeros y varios indios hasta que alquile la mía. Aparecerá cada mañana con una trenza negra y larga, el abdomen al aire debajo del sari, los ojos claros de gato. No solo es la mirada: se mueve con sigilo felino mientras entra y sale en cuclillas de cada habitación para barrer el suelo con una escoba corta hecha de paja. Después lo friega con un trapo húmedo, siempre agachada, y a veces pone el culo en pompa cuando intenta alcanzar los rincones difíciles. Pienso en Manuel Jalón, el inventor español que patentó la fregona y el cubo escurridor en los años cincuenta: consiguió que las mujeres aliviasen su espalda encorvada y sus manos dañadas por la lejía, y también las hizo visibles. Las limpiadoras suelen trabajar como fantasmas translúcidos en casas y oficinas. Si están agachadas, se vuelven transparentes.

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Barcelona. Inmobiliaria de un barrio del Eixample días antes de mi viaje. Devuelvo las llaves del piso que tengo en alquiler.

—¿Has encontrado un piso mejor?

—No, es que me marcho a trabajar fuera.

—¡Anda, enhorabuena! —dice la mujer que durante dos años se ha encargado de que las persianas de mi casa no se atasquen, de cambiar mi horno, de las grietas de la terraza. Su sonrisa es amplia y sus ojos se arrugan en las comisuras. Puedo imaginar qué ideas corren por su cabeza: expatriados, futuro brillante, bienestar nórdico—. ¿Y dónde vas?

—A la India.

Desaparece la sonrisa amplia y las arrugas se le mudan al ceño.

—¡Ay, Dios mío! ¡No me iba ni de vacaciones! —no me hace falta imaginar lo que pasa por su cabeza porque me lo dice—. ¡Si no hay más que miseria! ¿Estás segura?

Miseria, dice. Es decir: pocas oportunidades.

Miseria, dice también, o sea: suciedad. Aunque, en realidad, para salir adelante, los indios se dejan el cuerpo limpiando lo que está manchado.

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Fotografía: Navesh Chitrakar / Cordon.

La India es el país donde más gente usa la calle como si fuera un cuarto de baño porque faltan retretes. En un informe fechado en 2016, Unicef calcula que cada día aparecen cien mil toneladas de boñigas humanas frescas repartidas detrás de los matorrales o a la vuelta de las esquinas más escondidas; sumada, la mierda equivale al bien visible peso de diez torres Eiffel, incluido el de los restaurantes y museos que tiene encima. La gestión de la basura de las ciudades también falla: los plásticos rasgados forman islotes en cualquier calle junto a jirones de telas mugrientas y alimentos podridos que se comen las vacas para aliviar de forma espontánea la saturación de algunas zonas. A veces, las bolsas de desperdicios sí llegan a los vertederos, aunque el organismo gubernamental competente, llamado Central Pollution Control Board, explica en sus informes que el crecimiento de la población en las ciudades ha desbordado la capacidad de las plantas donde se tratan los residuos. Son pocas y funcionan mal, así que se limitan a amontonar las toneladas de desechos en recintos que se llenan y revientan como granos hinchados.

La India es, también, el país donde uno debe descalzarse para no manchar el interior de los templos, la consulta del médico, las joyerías donde se compra oro y plata, las tiendas y, por supuesto, las casas, donde el suelo está tan limpio que muchas familias comen en él, junto a las patas de sus mesas. La India es la voluntad de mantener aseados lugares acechados por un polvo fiero capaz de cubrir una habitación en dos semanas con una capa de grosor arqueológico. En el país se limpia con la paciencia del barrendero de la estación central de Bombay en el que me fijo mientras espero para comprar unos billetes. Un hombre solo ante una nave de tamaño industrial y paredes altas con ventanas que iluminan el polvo del ambiente. A veces usa su escoba de pajas atadas para acumular la basura en un montón, otras para espantar a los perros que merodean y amenazan con desparramárselo.

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Una amiga india ofrece una cena en su casa. En la cocina hay despliegue de platos y platitos, cazuelas, bandejas, fuentes con labrados en el borde y boles con formas delicadas. Mientras ella ultima los guisos, me ofrezco para hacer de pinche con las tareas fáciles —por ejemplo, cortar un pepino en tiras—. Cuando hay suficientes cacharros sucios acumulados en la pila, cojo el estropajo para fregar y mostrar mi agradecimiento por tanto esmero.

—¡No! —dice, seca.

Podría ser uno de esos noes que en realidad significan tranquila, no es necesario, eres mi invitada. Pero este dice otra cosa, es demasiado fuerte para querer decir gracias, amiga, no hace falta que te molestes.

—Una mujer limpia los platos.

No entiendo del todo pero suelto el estropajo. Cuando casi hemos acabado de cocinar llaman a la puerta y entra una señora que se descalza y va directa a la pila de fregar. Detrás va su hija, que se le enreda vergonzosa entre los pliegues del sari. En la cena me cuentan que esa mujer lava los platos, hace la colada y limpia la casa. Tiene otra hija y otro hijo mayores, se separó de su pareja, y trabaja para pagar los estudios de los tres. Tiene, también, un plan de ahorro concertado con el banco, por eso cada mes ingresa dinero con el que planea pagar la boda de sus dos niñas sin tener que recurrir a un prestamista. Está, además, involucrada en un grupo local que pide a las autoridades que instalen  en su barrio aseos que ayudarán a mejorar las estadísticas que luego publica Unicef.

Cuando termina la cena ayudo a llevar los cacharros al fregadero y, consciente de las reglas, los dejo apilados en delicado equilibrio. En España, tener una cocina grande en la que quepa un lavavajillas es una aspiración, un síntoma de progreso familiar. En la India, prosperar es tener a alguien que te lave los platos que has ensuciado.

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Fotografía: Saumya Khandelwal / Cordon.

Antes de que la burbuja inmobiliaria reventase en Europa, las variantes regionales del programa de televisión Madrileños por el mundo llevaron a los salones de España la imagen feliz del expatriado de luxe —buena casa, mejor salario—. El programa se mantuvo cuando llegó la crisis, pero los espectadores cada vez tenían más ejemplos a mano para comparar. A partir de entonces, los salones españoles se llenaron de conversaciones a través de Skype en las que padres y madres hablaban con sus hijos emigrados, cuyas habitaciones, y vidas, eran muy diferentes a las que se veían en la tele.

Después de pasar varias semanas en la casa con otros extranjeros y los indios, consigo una nueva vivienda. El piso al que me mudo es luminoso. Lo demás son renuncias a cambio de un precio ajustado: hay dos habitaciones y un salón de paredes mal pintadas; la cocina tiene las tuberías a la vista; las juntas de las baldosas del suelo están negras y las ventanas, que no ajustan, dejan que se cuele el polvo cada vez que hace aire. La mujer de los ojos de gato que limpiaba mi casa anterior se ha quedado allí, y la falta de presupuesto me ahorra la decisión incómoda de contratar a otra que recoja agachada la mugre que produzco. De modo que la primera mañana la dedico a rascar y enjuagar suelos, a fregar muebles y a baldear baños con esmero hasta que deja de salir agua de los grifos. Los abro, los cierro, nada: unas gotas rácanas. Llamo al intermediario con el que he tramitado el alquiler del piso, que parece sorprendido de mi problema.

—¿Has llenado el tanque esta mañana?

El tanque es la medida de agua que puedo gastar al día, la reserva de mi hogar, una caja grande de plástico subida en un altillo que debo llenar cada mañana aprovechando las dos horas de caudal que tienen las tuberías. A partir de ese momento, cada vez que me duche, cada vez que use el retrete, cada vez que lave una manzana, veré menguar el nivel de mi tanque. Es una característica demasiado relevante de mi hogar como para descubrirla en ese momento, por eso inicio una discusión airada con él y le acuso de estafador. Durante un rato grito y protesto, porque una casa sin agua corriente es una casa incompleta. Quien se enfada es mi vida española, mi cotidianidad europea acostumbrada a infraestructuras tan eficientes que parecen invisibles. Mi pasado inmediato de disponibilidad de casi todo no entiende este presente indio donde uno repara en los mecanismos que hay detrás de los servicios, precisamente, porque faltan. Mi intermediario trata de explicarme que los pisos sin agua corriente son comunes. Que mis expectativas no coincidan con la realidad no es, exactamente, culpa suya.

(Datos del último censo: ochenta y dos millones y medio de hogares indios, el 33%, tiene una bomba de mano como principal fuente para conseguir agua. Mirado así, mis tuberías me sitúan del lado estadístico de los afortunados).

—Haz las tareas que necesiten mucha agua temprano, mientras aún corre por las tuberías, así no se gasta el tanque —me aconseja mi intermediario cuando estoy calmada. Si quiero tener mi casa limpia, debo usar el método indio: donde no llega la infraestructura está la voluntad.

Fotografía: Rupak De Chowdhuri / Cordon.

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Los paquetes de dieciséis rollos de papel higiénico son demasiado grandes para ocultarlos en una bolsa de la compra, por eso cada vez que vuelvo a mi casa india con uno agarrado del asa de plástico siento que estoy exhibiendo un hábito que requeriría mayor disimulo. Los indios se lavan el culo con agua después de hacer sus necesidades. Los baños más sencillos tienen un grifo y una jarrita con un mango largo; los más sofisticados, una manguera metálica para apuntar con precisión. «Progresar es blanquearte», dice el escritor peruano Marco Avilés a propósito del color de la piel y de las experiencias asociadas al racismo. «La pobreza tiene color: es marrón, es negra». Pero en el país de los culos oscuros, el gesto más íntimo y frecuente termina con ellos recién duchados. En el modelo que yo exhibo cuando vuelvo del supermercado, el de restregar un papel hasta que emerge blanco, la tarea se nos queda a medias.

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No comparto idioma con el propietario del piso en el que vivo, por eso mi intermediario del tanque de agua suele hacer de traductor, aunque no siempre tiene tiempo para ayudarnos. Una mañana, mi casero se presenta solo para supervisar el trabajo del fontanero que va a cambiar la cisterna del baño. Le invito a pasar y le pido con gestos que no se descalce, que acostumbro a tener los zapatos puestos, que mi suelo no cumple el código de limpieza de las casas indias. Él no hace caso. Deja sus chanclas en la puerta y avanza aplastando arenilla con los pies desnudos.

Ronda los ochenta, viste un pantalón planchado con raya y una camisa blanca de cuyo bolsillo asoman una libreta y un boli. Luce un bigotillo fino —un trazo recién afeitado bajo la nariz—, gafas de carey y el pelo blanco ordenado con fijador y peine. Nos quedamos en silencio, él en un sillón y yo enfrente, detrás de una mesa donde tengo el ordenador, mientras el fontanero hace su trabajo. Al principio el abuelo observa la casa, luego se queda dormido. Yo también me relajo y me concentro en la pantalla. De pronto, un eructo:

—¡Uuuuugh!

El abuelo se revuelve en mi sillón, adormilado. Se despereza y coge una cerilla para quitarse la cera de una oreja. Cuando se queda satisfecho se mete el dedo en la nariz, donde rasca, busca y encuentra. El moco no lo veo pero lo intuyo: amasa algo entre los dedos y después lo lanza hacia el suelo con desdén. Me pregunto si estamos librando una batalla higiénico-cultural. ¿Es el gesto un desplante con el que se venga del polvillo que tiene mi suelo?

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—¡Papeeeeeeer!

Así gritan los indios que empujan por las calles un carro con una báscula para anunciar que compran al peso periódicos viejos, folios o cartones. Tres centímetros extra en las costuras es lo que suelen dejar los sastres indios —que cosen un traje por menos de lo que pagas en un centro comercial— para dar holgura a las prendas si los dueños engordan en el futuro. Los zapateros no se sorprenden cuando pides que te arreglen la tira de una chancleta de plástico, aunque un par nuevo sea el calzado más económico de las tiendas, y hay mujeres que guardan en el congelador la nata de la leche para convertirla en una mantequilla líquida que llaman ghee. También están las que conservan los posos del café para oscurecer el tinte del pelo y quienes recortan los vaqueros viejos en tiras rectangulares que después usan como bandas para depilarse con cera.

Por su cultura del aprovechamiento, podría decirse que en la India se recicla mucho, pero nadie lo dice.

Es un gesto tan extendido en el mundo: alargar la vida de los productos para que un bien escaso dure más tiempo. Cuando lo escaso es el dinero, en un lugar como la India, se dice que son prácticas de subsistencia, el ingenio de los pobres, microeconomía de un país en desarrollo. Cuando el bien que se agota es la salud del medio ambiente y la preocupación se siente en España —donde no se toman medidas por necesidad urgente sino por ética, por altruismo en beneficio de las generaciones futuras—, lo llamamos reciclaje. Pero hay tantos ejemplos que desbaratan el razonamiento. ¿Por qué usamos la misma palabra para nombrar el acto de abandonar un objeto que aún funciona —en el contenedor correspondiente, claro— porque hemos comprado una versión nueva?

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Fotografía: Danish Siddiqui / Cordon.

Sándalo y pachuli, jazmín sutil, especias intensas: las edulcoradas publicidades turísticas dicen que la India huele a estas cosas. Pisar el país implica abrirse a más fragancias que no se publicitan, pero que también están, como los olores agrios que recuerdan a la ropa de segunda mano o las vaporadas intermitentes que emanan de los residuos recalentados al sol del verano.

Debajo de mi terraza se acumula la basura desde hace dos días porque el camión que suele llevársela no ha pasado, así que las bolsas de todos los vecinos están expuestas para que los gatos y los perros las destripen. El primer día me preocupo porque pienso que el olor va a subir hasta mi ventana; el segundo me inquieto porque imagino que de ahí saldrán bichos que treparán por la fachada hasta colarse en la cocina. Al tercer día, aparece ella.

Oigo ruidos, me asomo al balcón pensando que voy a encontrar un gato y descubro que hay una mujer joven agachada entre los desperdicios. Las bolsas que seguían enteras están en un camión, pero aún quedan restos desparramados que ella agrupa con las palmas de las manos como si fueran montoncitos de arena en una playa. Lleva un sari de colores, un collar dorado y un brillante en la nariz, y recoge sin miramientos los puñados de basura con las manos desnudas. Mi necesidad profiláctica cortocircuita con su manera de agarrar sin guantes la masa pringosa. Cuando acaba, le ofrezco un cubo con agua para que se lave las manos y yo la incomodidad. Mi terraza queda limpia. Ella ha hecho su trabajo. Aquí, muchos servicios se prestan con literal trato humano.

***

Leo un titular del periódico The Times of India: «El curioso caso de los cocodrilos de agua dulce residual». Dice la noticia: «Si por algo destaca el río Vishwamitri […] es por su colonia de cocodrilos de agua dulce que vive en aguas residuales. Es lamentable que no hayamos conseguido crear un entorno adecuado para esta especie amenazada. Más bien se ha adaptado a nuestros desechos tóxicos. Los cocodrilos se han acostumbrado tanto a los vertidos que una colonia de solo setenta ejemplares en los alrededores del municipio de Vadodara ha crecido hasta doscientos cinco [en seis años]».

A la ciudad sagrada de Benarés se le acumulan los visitantes como cocodrilos al sol en una orilla. La atraviesa el río Ganges, que es el centro espiritual del hinduismo, y acoge cada semana a miles de peregrinos que viajan hasta allí para sumergirse en el agua y limpiar sus pecados. La madre Ganga brota de un glaciar en la cordillera del Himalaya que se deshace en una corriente fría y limpia. Dos mil quinientos kilómetros después, cuando desemboca en la bahía de Bengala tras recorrer el norte de la India y el centro de Bangladés, el Ganges puntúa como el segundo río del mundo que más plásticos vierte al mar, dice un estudio de la organización holandesa The Ocean Cleanup.

Para bañarse en Benarés algunos alejan de un manotazo las bolsas que flotan en el agua, las flores abandonadas y las velas que navegan después de las ofrendas. También es conveniente buscar una zona alejada de los rebaños de búfalos que se refrescan en el río y de las piras funerarias donde se incineran cuerpos que se ofrecen a la corriente para liberar al muerto del ciclo de las reencarnaciones. A partir de aquí opera la fe: la creencia de las abuelas y los niños, los hombres y las mujeres que hunden los tobillos, medio cuerpo o todo entero para que el río divino disuelva sus pecados. La confianza ciega en que esa agua no puede dañarlos aunque cargue cantidades peligrosas de residuos fecales, basura urbana, vertidos agrícolas y efluentes de industrias diversas, entre ellas las curtidurías que abocan al río el zumo envenenado sobrante después de tratar las pieles.

Los bañistas no pueden verlo, pero hay quien sí: abundan los estudios y las mediciones de un agua en la que tantos confían. Hay personas que frotan la ropa con jabón en la orilla, que se lavan el pelo con champú o que se cepillan los dientes con dentífrico. Todos se enjuagan con un agua que Gobiernos sucesivos han prometido desintoxicar, pero ninguno lo ha conseguido. Mientras tanto, sigue la paradoja: quien quiera lavar su cuerpo o su espíritu lo hará a cambio de cargar con una manta de bacterias.

***

Fotografía: Danish Siddiqui / Cordon.

Mi vecina del piso de arriba tiene unos saris multicolores que ondean como banderolas desde muy temprano. Los cinco metros de tela colgados en su cuerda de tender caen a mi terraza como una cortina húmeda. Antes los ha lavado tramo por tramo con un cepillo y los ha aclarado uno a uno. No es que sean delicados, es que no tiene lavadora.

Las máquinas de lavar ropa todavía son el futuro prometedor de la clase media india. Mis habilidades europeas me capacitan para operar con un aparato: puedo programar con criterio un ciclo corto o uno largo según el tipo de prendas y decidir la temperatura más adecuada o la fuerza del centrifugado. Sin embargo, cuando me enfrento a la actividad en crudo, el lavado a mano, el resultado es un desastre: de tanto frotar a las bravas, acabo con los nudillos en carne viva y con la ropa sucia —lo sé porque saco una camiseta limpia del armario, me la pongo y aún huele a sudor—. Es mi vecina quien me acompaña en el aprendizaje de un oficio antiguo. Se necesita un cepillo para frotar, una superficie plana para estirar la prenda, paciencia en las zonas críticas y un par de baldes para mojar y aclarar sin desperdiciar agua. Lavar cansa, consume mucho tiempo y hay que aplicar bien el método. Lo que yo estaba haciendo era un teatro.

Las ropas del presidente del Gobierno indio —chaleco y pantalón blanco, camisola azul pastel— lucían bien lavadas el 2 de octubre de 2014 cuando apareció en todos los telediarios impoluto y con una escoba en la mano. Ese día, Narendra Modi puso en marcha un plan ambicioso llamado Swachh Bharat Abhiyan («Misión limpiar la India») que se presentó en Nueva Delhi con mucha pompa. Su objetivo es conseguir un país más limpio, en abstracto, con más retretes y con el río Ganges saneado, en concreto, en un plazo de cinco años. Se cumplirá el 2 de octubre de 2019, cuando se celebre el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Mahatma Gandhi, cuyas icónicas gafas redondas hacen de logotipo oficial del programa.

La presentación de Nueva Delhi se organizó con vocación mediática: se estrenaron páginas web, perfiles en las redes sociales y el presidente se subió a un escenario al aire libre frente a cientos de personas, donde había niños con globos y reporteros de televisión en primera fila. Antes hizo tres cosas importantes: visitó el memorial de Gandhi para que el proyecto hundiera sus raíces en el terreno del mito y después apareció en dos lugares de la ciudad acompañado de cámaras. Las imágenes llegaron primero a los informativos y después saltaron a YouTube, donde siguen.

Vídeo 1: parada en la comisaría de policía Mandir Marg para agarrar una escoba de mango largo y barrer la calle. La estampa es contradictoria por el cargo que ocupa (previsto), por su ropa pulcra (previsto) y por sus ademanes (imprevisto). El presidente del Gobierno mueve la escoba de la misma manera que yo frotaba con los nudillos, pura pantomima en una zona donde lo que hay es basura convenientemente apartada en los bordes de la carretera. Cuando él se marchó, fueron los policías quienes retiraron de verdad los desperdicios.

Vídeo 2: repite después en un barrio conocido como colonia Valmiki, en medio de un corrillo de guardaespaldas, personal elegante y señoras de la limpieza vestidas como señoras de la limpieza: un peto reflectante, guantes de goma y un pañuelo para proteger el pelo y la boca sujeto bajo una gorra. Él, ellas y algunos más empuñan escobas demasiado blancas, parecieran de estreno, con las que pelean por menear delante de las cámaras un puñado generoso de hojas secas de árbol, parecieran dispuestas a propósito. Por último, alguien acerca un recogedor que Narendra Modi utiliza para levantarlas ayudándose con la mano, como haría un jubilado que retira las cuatro ramitas desprendidas de los tiestos de su terraza.

«Cuando es pertinente, hay que decir la verdad, por desagradable que pueda ser», dejó escrito Gandhi, y solo la presencia de las señoras la dice. La rotundidad de su traje desmiente la escena feliz en la que se combaten cuatro desperdicios rebeldes. En un país donde tantos limpian empeñando el cuerpo —agachados, manos desnudas, la piel expuesta—, el presidente indio bailó una música equivocada en la fiesta de estreno.

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5 comentarios

  1. ¡Me pica todo!

  2. galahat

    Con una India tan idealizada en su presentación por sus antiguos colonizadores, se agradecen reportajes más cercanos a la realidad, aunque se hagan desde un punto de vista occidental.

  3. scriptorama

    Gracias por el libro,buen fin de semana

  4. Karelia

    Gran reportaje. Serio y ameno, sin artificios ni condescendencia. Se agradece esta visión tan objetiva de un país tan complejo.

  5. Varuni

    Muy interesante artículo mostrando las realidades que no conocemos de la India, quienes no hemos tenido la oportunidad de viajar, lo hacemos à través de la lectura. Gracias

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