Sucker punch

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Emily Browning: estilismo de muñeca hinchableSucker Punch (2011). Imagen: Warner Bros. / Legendary Pictures / Cruel & Unusual Films / Lennox House Films
Emily Browning: estilismo de muñeca hinchable. Sucker Punch (2011). Imagen: Warner Bros. / Legendary Pictures / Cruel & Unusual Films / Lennox House Films

Esto es lo que pasa cuando anuncias sus películas con la coletilla «Del visionario director de 300»: el hombre acaba por creérselo y el estudio le concede carta blanca para filmar un espectacular zurullo. Vale que Zack Snyder no es un director del que la gente esperaría una película de actores en bruto (viene de trabajar con espartanos y lechuzas), sino más bien un moldeador de blockbusters, pero eso es una cosa y otra muy distinta es que su gran proyecto parezca una película ideada por el imaginario de un adolescente: tías buenas, faldas cortas (se ve que los pantalones escaseaban en Vestuario), samuráis, nazis-zombies, robots, explosiones, slow-motion, über-slow-motion, infografía, ametralladoras, mechwarriors, katanas…

Lo peor es que no muestra pudor  alguno fotocopiando descaradamente el videojuego (ítems que obtener en cada nivel, enemigos calcando al Killzone), el cine reciente (El señor de los anillos) o las realidades paralelas que han explotado otros (Origen, Matrix).

Protagoniza Emily Browning con estilismos de muñeca hinchable interpretando a una joven internada en un psiquiátrico que planea escapar utilizando dos niveles más de realidad: uno a lo Moulin Rouge que se desarrolla en un cabaret (y donde se ha esquivado mostrar siquiera una coreografía mediante excusas visuales), y otro en secuencias de acción con mil filtros de Photoshop, lógica absurda, nula conexión narrativa con la historia y refritos de todo lo fotocopiado.

Y ahí está el problema: Snyder no crea un ambiente, no se molesta en otorgar de espíritu a la historia. Simplemente grita: «¡Es un castillo! ¡Hay un dragón! ¡Tenéis que matarlo!» y te lo tira a la cara. Sin lubricar. Sin gracia. Sin razón. Una y otra vez. Hasta que nos suelta escenas como esa pelea contra robots en los vagones de un tren y durante lo interminable de la misma le concede al espectador tiempo suficiente para pararse a pensar en el increíble despliegue de medios y la falta de huevos (ni una gota de sangre para justificar el PG-13) con que han envuelto esta espléndida, tremenda y fastuosa cantidad de nada.

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