Pablo Mediavilla Costa: Desamor automático

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El pasado viernes John Carlin publicó unas notas de viaje sobre Nueva York para contarles a sus lectores de El País que volvió a España «reafirmado». Un ejercicio intelectual que, dado el ulular del viento en la meseta, sólo puede ser una exhibición gratuita y estival de ignorancia —muy de la casa del Tentaciones— o, en su versión solemne, una erupción de prejuicios añejos y humillaciones privadas camuflada bajo formas pseudoperiodísticas. Es el síndrome del periodismo ciudadano, según el cual, no es que el personal pase ahora los fines de semana cotejando los valores del Nasdaq, sino más bien que algunos periodistas —¡por fin!, ¡por fin!— se han tirado a la arena como espontáneos en la corrida del año.

Carlin quiere matar a Nueva York, pero no puede (entiéndase la hipérbole) porque esta ciudad desde la que escribo es, como ya dijera Camba, automática. Nueva York no tiene corazón para los desamores de los que se pasean nueve días Quinta Avenida arriba y SoHo abajo, sólo tiene electricidad para iluminar el camino de los que quieran invertir sus ahorros en los mejores platos, conciertos, exposiciones y demás zarandajas de esta civilización norteamericana tan decadente, bárbara y antagónica a la nuestra del viva la muerte.

El mito de Carlin es el del humilde patio español lleno de moscas a la fresca en el que la vida es esa cosa viscosa, caliente e invisible que uno, al parecer, está obligado a disfrutar sin camisa ni freno. Siempre he sospechado de los débiles sentimentales que reparten sonrisas en la barriada para luego venir a mentar el sucio dinero en la ciudad donde se fabrica. Ah, el dinero, qué placer, qué gran desenmascarador, esa cosa metafísica de la que hablaba Dalí que deja a Carlin a las puertas de Seseña proclamando: «Nunca seremos tan ricos como ellos, pero somos más felices —y más dignos».

No hay nada personal en todo esto, tratándose de un Carlin y un Mediavilla Costa no puede haberlo, pero me admira que el buen hombre utilice el asunto de la propina «en el mejor restaurante de la ciudad» —enunciación imposible y pueblerina— para calibrar el grado de civilización de la capital del mundo. No hay nada personal, repito, yo mismo odio esta ciudad de muy diversas maneras, pero trato de sintetizarlo en proposiciones lógicas y contrastables antes de tender mis vergüenzas al sol.

En el fondo, ahora que la noche refresca, da igual que a Carlin le hayan timado 30 veces en el cinco estrellas Hotel Pierre, que en su diatriba todo sea «muy sencillo» o que le parezca que la sociedad-spanish-way-of-life es «más civilizada». Hasta la familia catalana cargada con bolsas Levi’s y abuelo en un diner infecto de Times Square, junto a la monstruosa tienda de M&M’s, sabe que nada de lo que dice Carlin en su pirueta transatlántica tiene una micra de verdad. Lo sabe —por bajar a la arena carliniana— cuando les sirven un vaso de agua antes de pedir la orden, cuando pagan una tarifa fija de taxi desde el JFK hasta el centro y cuando se paran a preguntar algo en la calle a uno de esos seres autóctonos que «desfilan por las calles frenéticos, la mirada fija, con un único y terrible objetivo: sobrevivir». Entiendo que para el autor de un artículo como el que me ocupa, la visión de gente de todo el planeta que va o viene de una cosa llamada trabajo pueda parecer una lucha a muerte por la supervivencia estilo sabana africana. «El animal hispano está en una fase de evolución superior al animal neoyorquino. Hemos salido de la jungla y aprendido el valor de saber vivir». Lo entiendo y ya me rindo.

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6 comentarios

  1. Yolanda

    Excelente reflexión, excelente periodismo.

  2. Andrés

    Reflexionar sobre el espejismo niuyorquino para hacer poesía es tentador, atravesarlo desde la complejidad requiere voluntad y talento. Gran artículo.

    • Gracias Andrés, no creo que me haya acercado mucho a la complejidad de Nueva York, pero bueno, desde que dejamos el mar para habitar la tierra nada «es muy sencillo». Un abrazo.

  3. la meseta uber alles

    la culpa la tiene Mouriño que lo enmierda todo.
    Sin él Nueva York, sería tan humana como Cádiz. Tacita de plata.

    Me dijeron que los jueves por la tarde quedáis los españoles de allá a jugar al tute. ¿Qué tal con Elvira y Muñón?. Son gente muy cercana y accesible. A que sí.

    Cuídate. Y ojo con los negros y los pasos de cebra. Que nos conocemos.

    hala mandril!

  4. Belén

    He podido disfrutar de patios en barriadas y pueblos y de New York en un par de ocasiones, además de Chicago, donde he mezclao las dos sensaciones y me mola más…Qué triste limitarse, las ciudades las hacen humanas las personas con quien las compartes, y si tienes ganas de compartirlas.

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