Antonio J. Rodríguez: ¿Quién quiere ser Pulitzer?

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Despidos, tentativas de censura previa, precariedad, malas praxis… Tristemente, es en el momento en que más información precisamos —una información que sirva como escudo ante las agresiones de la crisis— cuando nadie en su sano juicio desearía ser periodista. Cierto es que en las últimas décadas ya se daban por clausurados los tiempos en los que la prensa podía llegar a ser una industria generadora de beneficios gracias a la publicidad, instalándose luego como herramienta de influencia sobre la opinión pública desde distintos grupos de poder. Pero la situación se ha desvelado aún más insostenible si cabe, con un panorama económico negativo que agrava la inevitable crisis en el modelo de negocio, ahora que se produce la lenta aunque definitiva migración hacia el formato digital.

Acerca de cualquier industria que implique una imprenta, quedan ya pocos inconscientes que no hayan aceptado la inminente destrucción creativa. Sabemos desde luego de los terremotos, pero no así de cómo volver a construir sobre las ruinas. Todo ello hace escalofriante regresar a la lectura de Joseph Pulitzer (1847 – 1911), cuando el mes próximo se cumplirán cien años de su muerte.

Pulitzer es el mayor icono de los mejores años de la prensa, antes de que ésta tuviese que competir con la radio y la televisión. Cierto es que cuando él llegó al New York World, Estados Unidos ya disfrutaba de un buen número de cabeceras importantes, pero es él quien se inventó la prensa ética sensacionalista, basada en el impacto formal y la concepción del periodismo como servicio público a disposición de las masas. Aparte de fundar los premios que llevan su nombre, Pulitzer fue también el responsable de la Escuela de Periodismo en la Universidad de Columbia. Sobre el oficio y su enseñanza —dos cuestiones cuya discusión no es nada baladí en estos días— reflexionó en el pequeño libro que lleva por título Sobre el periodismo (Gallo Nero Ediciones).

Mientras asistimos al desmantelamiento de la prensa tal como la conocíamos, y los posgrados ofertados por instituciones privadas ganan cada vez más espacio en la formación de periodistas, cabe preguntarse qué está haciendo la universidad pública como laboratorio de ideas, de qué manera afrontan sus planes de estudio las mencionadas mutaciones, cuál es la clase de docente que hoy se necesita y cómo habrán de gestionarse los recursos económicos. Ciertamente, la mayoría de periodistas que conozco conciben su profesión como un oficio de carácter artesanal, cuyo aprendizaje solo puede ser resuelto en las redacciones. Con todo, la principal disyuntiva que atrae la situación de la enseñanza del periodismo es si verdaderamente aspiramos al pragmatismo del llamado capital humano, como comentan los defensores de la universidad privada, justo ahora que los recortes presupuestarios hacen que la educación como servicio público se tambalee.

Pulitzer aspiró a un razonable justo medio. Defendió la enseñanza superior del periodismo (recordaba él que en tiempos pasados también los abogados y médicos carecían de estudios especializados), aunque a la vez comprendiese que «un tonto que arrastre una retahíla de títulos tras su nombre seguirá siendo un tonto, y un genio, si se ve en la necesidad, inventará su propia universidad.» El responsable del New York World aceptó la dicotomía entre los «inteligentes hombres de periódico que no saben nada de universidades» y viceversa. Y frente a aquellos que creen que las facultades de periodismo crearán diferencias de clase, él apoyaba «una diferenciación entre los aptos y los ineptos», y la idea del trabajo para la comunidad.

De lo que no cabe duda es que la herencia de Pulitzer, ya sea en lo que concierne al oficio como a su formación, se halla en fase terminal. A la prensa en papel parece no haberle quedado más alternativa que la de ocupar posiciones defensivas, fidelizar a un lector útil y rentable, desertar en la búsqueda de nuevos públicos y seguir investigando en los cada vez más angostos senderos que ofrece la publicidad. Lo cual no parece pasar por la acción más democrática, y pone de relieve la urgencia a la hora de encontrar soluciones verdaderas. O como bien comentaba Jordi Costa en su obituario sobre el suplemento EP3, publicado en su página de Facebook: «la revolución digital de la prensa escrita se ha traducido, indefectiblemente, en la división de mis honorarios a la justa mitad.» De más está decir que, en efecto, ésta no es la mejor forma de promocionar la migración a la red.

¿Queda lugar para el optimismo? Eso defienden algunos, pues pese a que Internet siempre se ha mostrado como el imperio de lo gratuito, Jesús Eijo recordaba en un artículo publicado el pasado domingo que la red está creando nuevas prácticas laborales que exigen nuevos perfiles profesionales, para lo cual «la universidad pública tiene que adaptarse a un ritmo de cambios al que no estaba acostumbrada». Falta saber ahora cómo rentabilizar la información ante tales oportunidades.

En tiempos de Wikileaks y redes sociales, cuando la información se construye de manera colectiva en Internet y Twitter se desvela como arma de movilización popular, asumiéndose como un nuevo cuarto poder; retomar las investigaciones sobre el correcto destino del periodismo debería ser una tarea primordial. Si las viejas glorias y emblemas de la profesión resisten conscientes de su imparable precipitación al abismo, tal vez sea el momento de preguntarnos qué podemos hacer nosotros por el periodismo, en lugar de invertir la cuestión. Crucemos los dedos para una pronta resurrección de Pulitzer, mientras procuramos salvar la dignidad del oficio.

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4 comentarios

  1. Abdullah, prueba a escribir un artículo sin pagar favores, ni citar a Costa, Mora o Wallace. Sabemos que es duro. Pero te sentirás más aliviado.

  2. si bien es cierto que pulitzer pueda considerarse icono, no creo que lo sea de los «mejores» años del periodismo ni que se le pueda reivindicar como referente ético, sino que más bien habría que encuadrarlo en la forja de este periodismo actual, prisionero de corporaciones, que ha derivado en una competitividad económica brutal no exenta de servicios al poder, cuyo caso paradigamtico podemos encontrarlo en la guerra de Cuba, en la que se exacerba la competencia con Hearts a través de noticias en las que no hay asomo de contrastación y verificación de los hechos y que más bien se encaminan a la formación de una opinión pública acritica, que fagocita noticias en busca de su dosis de sangre, morbo y miedo,
    de modo que nos podemos encontrar con alguien que sale de una de las escuelas fundadas por él cargado de un buenintencionalismo ético y que cuando empieza a trabajar tiene que justificar, so pena de despido, por ejemplo, los bombardeos de la OTANo el hundimiento del Maine,

  3. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Antonio J. Rodríguez: ¿A favor del urbanismo 2.0.?

  4. También yo tenía entendido por la universidad que Pulitzer no era tan ético, claro que a la vera de Hearst lo podría parecer.
    Tal vez habría que mirar otras formas de ingresar que no fueran publicitarias, es muy difícil pero está el ejemplo de ProPública. O el de Periodismo Humano.
    Debe de haber más. Solo hay que mirar los cantantes o películas: un proyecto millonario pero se sufraga con millones de personas (aunque también con publicidad). Tal vez también sea hora de dar un precio a la información (ética y veraz por favor).

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