Despidos, tentativas de censura previa, precariedad, malas praxis… Tristemente, es en el momento en que más información precisamos —una información que sirva como escudo ante las agresiones de la crisis— cuando nadie en su sano juicio desearía ser periodista. Cierto es que en las últimas décadas ya se daban por clausurados los tiempos en los que la prensa podía llegar a ser una industria generadora de beneficios gracias a la publicidad, instalándose luego como herramienta de influencia sobre la opinión pública desde distintos grupos de poder. Pero la situación se ha desvelado aún más insostenible si cabe, con un panorama económico negativo que agrava la inevitable crisis en el modelo de negocio, ahora que se produce la lenta aunque definitiva migración hacia el formato digital.
Acerca de cualquier industria que implique una imprenta, quedan ya pocos inconscientes que no hayan aceptado la inminente destrucción creativa. Sabemos desde luego de los terremotos, pero no así de cómo volver a construir sobre las ruinas. Todo ello hace escalofriante regresar a la lectura de Joseph Pulitzer (1847 – 1911), cuando el mes próximo se cumplirán cien años de su muerte.
Pulitzer es el mayor icono de los mejores años de la prensa, antes de que ésta tuviese que competir con la radio y la televisión. Cierto es que cuando él llegó al New York World, Estados Unidos ya disfrutaba de un buen número de cabeceras importantes, pero es él quien se inventó la prensa ética sensacionalista, basada en el impacto formal y la concepción del periodismo como servicio público a disposición de las masas. Aparte de fundar los premios que llevan su nombre, Pulitzer fue también el responsable de la Escuela de Periodismo en la Universidad de Columbia. Sobre el oficio y su enseñanza —dos cuestiones cuya discusión no es nada baladí en estos días— reflexionó en el pequeño libro que lleva por título Sobre el periodismo (Gallo Nero Ediciones).
Mientras asistimos al desmantelamiento de la prensa tal como la conocíamos, y los posgrados ofertados por instituciones privadas ganan cada vez más espacio en la formación de periodistas, cabe preguntarse qué está haciendo la universidad pública como laboratorio de ideas, de qué manera afrontan sus planes de estudio las mencionadas mutaciones, cuál es la clase de docente que hoy se necesita y cómo habrán de gestionarse los recursos económicos. Ciertamente, la mayoría de periodistas que conozco conciben su profesión como un oficio de carácter artesanal, cuyo aprendizaje solo puede ser resuelto en las redacciones. Con todo, la principal disyuntiva que atrae la situación de la enseñanza del periodismo es si verdaderamente aspiramos al pragmatismo del llamado capital humano, como comentan los defensores de la universidad privada, justo ahora que los recortes presupuestarios hacen que la educación como servicio público se tambalee.
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Abdullah, prueba a escribir un artículo sin pagar favores, ni citar a Costa, Mora o Wallace. Sabemos que es duro. Pero te sentirás más aliviado.
si bien es cierto que pulitzer pueda considerarse icono, no creo que lo sea de los «mejores» años del periodismo ni que se le pueda reivindicar como referente ético, sino que más bien habría que encuadrarlo en la forja de este periodismo actual, prisionero de corporaciones, que ha derivado en una competitividad económica brutal no exenta de servicios al poder, cuyo caso paradigamtico podemos encontrarlo en la guerra de Cuba, en la que se exacerba la competencia con Hearts a través de noticias en las que no hay asomo de contrastación y verificación de los hechos y que más bien se encaminan a la formación de una opinión pública acritica, que fagocita noticias en busca de su dosis de sangre, morbo y miedo,
de modo que nos podemos encontrar con alguien que sale de una de las escuelas fundadas por él cargado de un buenintencionalismo ético y que cuando empieza a trabajar tiene que justificar, so pena de despido, por ejemplo, los bombardeos de la OTANo el hundimiento del Maine,
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También yo tenía entendido por la universidad que Pulitzer no era tan ético, claro que a la vera de Hearst lo podría parecer.
Tal vez habría que mirar otras formas de ingresar que no fueran publicitarias, es muy difícil pero está el ejemplo de ProPública. O el de Periodismo Humano.
Debe de haber más. Solo hay que mirar los cantantes o películas: un proyecto millonario pero se sufraga con millones de personas (aunque también con publicidad). Tal vez también sea hora de dar un precio a la información (ética y veraz por favor).