Pablo Mediavilla Costa: Largo adiós

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Cuatro cajas con la biblioteca neoyorquina; los Salter, Cheever, Filkins, Camba, Sontag, Malcolm y demás surcan el Atlántico en un carguero chino de nombre impronunciable. Dentro de poco reposarán en una estantería cerca del Paseo del Prado y al lado colgaré unas postales con portadas de The New Yorker para recordarme que una vez repasaba su agenda y luego me iba a beber gintonics al Small’s. La maleta anda por el salón, vacía y rebelde. Las paredes de la habitación lucen blancas y sin inteligencia. La casa está en silencio y todas las canciones saben que no están a la altura. El momento ha llegado. Vuelvo. Maldita sea.

El problema es que uno nunca domina del todo el arte de la despedida y los últimos días se llenan de decisiones extrañísimas como pasear por el Central Park de noche, meterse en un bar horrendo con pósters de Marilyn, Babe Ruth y Sinatra o plantarse como un faro, entre la niebla y los jubilados, en mitad de las atracciones cerradas de Coney Island. He sido otro últimamente. ¿Qué desastre es éste? Pareciera que un guionista fracasado hubiera acometido su penúltimo engendro y ahora ya fuera demasiado tarde para todo lo importante. La hamburguesa del Corner Bistro, un cocktail Vesper en el Bar & Books, sentarme en las escaleras de Grand Central, una noche más de taxis locos entre Manhattan y Brooklyn. Qué tragedia no poder despedirme de un perfecto desconocido en el metro con un «take it easy». Menos mal que no soy mucho de echar de menos, porque si no estaría muerto. He grabado muchas horas de película en estas semanas, pero no guardan ni el aire, ni la luz de diamante, ni el olor a comida barata de las esquinas.

De alguna forma sabía que esto iba a pasar. Siempre he tenido mucho miedo a irme de Nueva York. Antes incluso de llegar por primera vez a la ciudad, si eso esto fuera posible. El miedo a que acabaré recordándolo todo como un sueño. ¿Quién me convencerá dentro de unos años de que estuve a un pasito de la voz de Tony Bennett, del traje cruzado de Gay Talese o de las manos de leñador de Claude Lanzmann? ¿Cómo evocar con exactitud el punto de fuga frente a la Metropolitan Opera? Será terrible creer que no pasó o que fue otra persona. Si algún día las cosas se enderezan y gano lo que es mío, podré volver para darme cuenta de que ya no queda nadie a quien llamar. Mis bares habrán cerrado y la plaga de Times Square habrá colonizado todo el norte de Manhattan hasta la calle 14, la única frontera razonable de este mundo. Aún así será Nueva York y a mí me gustará. Esto es un amor incondicional y, como todos, tiene algo de inmortal.

Fotografía: José Guerrero

 

 


 

 

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