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Los falsificadores (11): James Frey, adicto a la exageración

James Frey en el programa de Oprah Winfrey.
James Frey en el programa de Oprah Winfrey.

¿Las exageraciones son falsificaciones? Depende, claro: cuando se dice de alguien que es más pesado que un bocata de escombros, ahí no hay falsificación, pero ¡la de currículums en los que andan confesando niveles nativos de inglés quienes a duras penas podrían mantener una conversación en la parada del bus con alguien que les preguntara si llevan mucho esperando! Si te quedaste en tercero de Periodismo pero en tu currículum dices que te doctoraste con una tesis sobre Reportaje sensacional, la película de 1931, ¿exageras o falsificas? Parece claro que en la falsificación se da siempre una ganancia mensurable y, en cualquier caso, un verificador podría echar por tierra los datos que sustentan una información —cosa que en opiniones particulares no sucede: si dices que Un millón de muertos es la mejor novela que se haya escrito en español sobre la Guerra Civil, puede que sepas que estás exagerando, pueden probarte que no te has leído todas las novelas sobre el tema y por lo tanto tu opinión tiene escaso rigor, pero no estarás falsificando nada, es cosa tuya—. Ahora bien, si resulta que eres librero y se lo dices con intención de venderle una primera edición para alzarle el precio y colocárselo, con su sobrecubierta y todo, a una persona poco informada en el tema que te ha preguntado porque quiere hacer un regalo que sobrecoja a quien lo reciba… quién sabe, igual ahí sí da la exageración el paso para falsificar tu propia opinión y monetizarla.

En cualquier caso, fue la exageración lo que condenó al escritor James Frey cuando escribió una memoir acerca de sus desventuras como drogadicto ingresado en un centro de curación y las penalidades por las que tuvo que pasar hasta alcanzar la luminosa redención, poniendo a prueba voluntad y bolsillo, y lograr vencer unas dependencias que lo arrastraban velozmente a la tumba. El libro se tituló En mil pedazos, salió en 2003, recibió unas cuantas palmaditas en la espalda, algunas reseñas encomiásticas y vamos a otra cosa. Pero, cuando menos se lo esperaba, dos años después de salir la edición original, llega a manos de Oprah Winfrey la edición de bolsillo.

A principios de milenio, además de estrella de la televisión, Oprah Winfrey se convirtió en la crítica literaria más influyente del mundo gracias a un club de lectura que insertó en su programa de audiencia apabullante: cada libro que escogía vendía miles de ejemplares a la mañana siguiente de emitida su recomendación. El sellito de «Club de lectura de Oprah Winfrey» se convirtió en el anhelo de todo autor que quisiera salir de pobre. Dos millones de ejemplares vendió el libro de Frey después de que la presentadora, con lágrimas asomadas a los ojos, lo exaltara como uno de los testimonios más conmovedores que hubiera leído nunca del triunfo de la voluntad humana contra los venenos que estaban asolando la juventud norteamericana. El libro, decía, ayudaría más que una terapia tanto a adictos al alcohol o a las drogas como a sus familiares, pues en la prosa de Frey, en la que no había un átomo de grasa, era seca, decidida, sustancial, unos y otros podrían encontrar un camino, una ayuda, un aliento. El domingo de esa semana Frey se desayunó con su libro en el primer puesto de la lista de libros más vendidos del NYT. Allí se quedaría unos cuantos meses. Las ventas subirían aún más hasta alcanzar los tres millones de ejemplares. Los contratos de traducción llenaban varios cajones del escritorio de su agente. Por lo visto había mucha gente queriendo desengancharse del alcohol y de las drogas, y aunque Frey quería hacer literatura, ser un autor de la estirpe de Hemingway, de prosa económica y diálogos cortantes, no vio en ningún momento, ante aquel alud de celebridad, motivo alguno para hacerle ascos a que su libro se convirtiera en el Es fácil dejar de fumar si sabes cómo de otras adicciones. Había escrito una novela, sí, que la considerasen obra maestra de la autoayuda no era cosa suya.

Pero Estados Unidos está lleno de gente desconfiada a la que además se le da bastante bien desconfiar. Por eso en los medios principales tienen un equipo de verificación dedicado a amargar a reporteros y cronistas, por eso se obliga a los periodistas y escritores de no ficción a guardar sus grabaciones y sus cuadernos de notas, que deben ser entregados si el equipo de verificación los requiere para confirmar cualquier renglón (y hacen bien porque eso es mejor que quien los requiera sea un juez: más de un periodista ha sido condenado, junto a su medio, porque lo que publicó no se correspondía con lo que había anotado en su cuaderno o registrado en su grabadora). La visibilidad apabullante que le dio a Frey el club de lectura de Oprah habría de volverse contra él.

The Smoking Gun, fundado en 1997, es un medio sin parangón: se dedica a la verificación y al amarillismo a la vez, por decirlo mal. Buscan incansablemente en fuentes oficiales y solo oficiales —archivos de la policía, del ejército, de los ayuntamientos…— y si no es con documentación oficial apoyando lo que publican, sencillamente no lo publican. Ahora bien, tienen una fijación con el famoseo. Si a un famoso lo pillan saltándose un semáforo en rojo y es detenido y le hacen las fotos policiales y pasa un par de horas detenido mientras su gente reúne la fianza, The Smoking Gun encontrará esas fotos y las publicará y un incidente de tráfico lanzará a los leones al incauto conductor, porque en el periódico aparecerán las fotos policiales del detenido y solo al final del texto se enterará el lector del motivo de la detención.

Frey se había vuelto famoso después de lo de Oprah: The Smoking Gun iba a repasar una por una las páginas de su libro y comprobar en los archivos de los lugares que describía si el autor se había atenido a la verdad de lo sucedido o se había venido arriba con la fiebre de la exageración para dramatizar su singladura. No tardaron mucho en frotarse las manos. En menos de una semana ya tenían material suficiente para talar el bestseller de Frey: lo que había hecho llorar a Oprah era una sarta de exageraciones, una dramatización desaforada de hechos con los que lo relatado en el libro solo tenía el parecido que tiene un reloj de arena con el Sahara.

La investigación de The Smoking Gun era incontestable. Las fechas de internamiento en el centro de desintoxicación no coincidían con las del libro. Los tratamientos de choque habían sido convenientemente violentados para dramatizar la situación del muchacho protagonista. El capítulo en el que soporta una intervención odontológica sin anestesia fue reprobado y tomado como una fantasía por la Asociación de Odontólogos. Los meses de cárcel que penaba en el libro el muchacho alcohólico y cocainómano fueron en realidad cuatro horas de calabozo. En la muerte de la novieta de la que se autoinculpaba el protagonista del libro —y esa culpa lo arrojaba al deseo de autodestruirse— no había tenido participación alguna. Y así decenas de exageraciones más que falsificaban, por las magias de la memoria y los trucos de la ficción, la experiencia verdadera del adicto. Así que el libro tenía un gran problema con una sola palabra: la palabra memoir. Si hubiera salido a la luz pública presentándose como una ficción, nada que reprochar. Pero Frey había hecho una gira santificándose como apóstol de la voluntad humana, había hecho pasar por verdaderos capítulos en los que había hinchado anécdotas y recuerdos para llevar a lo insoportable situaciones que estaban muy lejos de ser tan agónicas como se presentaban en el libro.

Oprah no estaba dispuesta a que le tomaran el pelo, y después del informe de The Smoking Gun llevó a su programa a Frey. Las lágrimas en los ojos no eran ahora por la experiencia narrada en el libro, sino por haberse tragado el cuento. Su primera pregunta quería ser también la última: ¿Por qué lo has hecho?

Antes de esa entrevista, la editorial forzó al autor a incorporar a las nuevas reimpresiones de su libro —ya no iba a haber muchas más— un texto en el que reconociera que, para dotar a su narración de fuerza dramática, había exagerado algunas de las experiencias que había vivido. Reconocía que para él había sido muy emocionante encontrarse con tantos miles de lectores que le agradecían la valentía de su testimonio y nada le desgarraba el alma más que saber que todas esas personas ahora sintieran que se les había tomado el pelo. Insistía en que había sido un adicto durante años, si bien era verdad que se había dejado arrebatar por la ficción a la hora de recordar la muerte de su amiga, con la que nada tuvo que ver aunque eso no significara que la culpa no sembrase en su interior una semilla carnívora. Igualmente confesaba haber extendido mucho el parpadeo de tiempo que pasó en un calabozo —no, nunca había llegado a entrar en prisión—. La editora, por su parte —Nan Talese, esposa del famoso pope del periodismo norteamericano—, confesaba su decepción pero defendía la calidad del texto y su fuerza subyugante. Solo le faltaba preguntar qué más daba que se correspondiese con la verdad de unos hechos. La edición española que sigue viva, en una nueva impresión de 2021, aun reconociendo que el autor se pasa en el arte de exagerar experiencias, defiende la fuerza narrativa de En mil pedazos con un blurb de The Boston Globe que clama: «El relato más lacerante sobre la adicción a las drogas desde el Yonqui de Burroughs», y estas líneas: «Sigue siendo una lectura hipnótica e iluminadora sobre un hombre cuyo furioso impulso de autodestrucción solo es comparable a su inagotable deseo de sobrevivir».

A diferencia de la «antipoesía» de Nicanor Parra, que opera como una expansión estética de la propia poesía, o de los no lugares de Marc Augé, que amplían la geografía humana, a diferencia del antiteatro, que sigue siendo teatro, y de la «no intervención», que es un modo de intervenir, la no ficción funciona bajo una lógica de exclusión absoluta. Es un estado de asimetría similar al de la asepsia médica: se pueden verter todos los elementos de la realidad que se precisen dentro de una novela de ficción sin que esta pierda su naturaleza, pero una sola gota de invención en un texto de no ficción destruye el contrato de lectura por completo. En el caso de James Frey, En mil pedazos no expandió las fronteras del género; cometió una contaminación lógica irreversible.

Ello no obsta para reconocer que el libro, ciertamente, es poderoso y adictivo. Está magistralmente confeccionado para agarrar a sus lectores desde la primera escena y a través de un bosque de escenas punzantes, breves, dramáticas, mayormente expresadas con encomiable frialdad, meternos en el mismo infierno por el que transita su protagonista. Pero que este se llame James Frey y no declarase cuando pudo hacerlo que su texto estaba basado en hechos reales pero se tomaba las licencias que había creído convenientes para inyectarle la emoción que los hechos guardaban en su memoria —tan fantasiosa— lo hubiera librado de poner su libro a los pies de los caballos de la verificación. Claro que en ese caso Oprah no hubiese asomado a sus ojos unas lágrimas emocionadas al ocuparse del libro, seguramente ni siquiera se habría ocupado del libro: no estaba alabando a un escritor que la había hecho sentir que pasaba por el infierno de una clínica y recuperar el amor por la vida, sino a un náufrago que había conseguido sobrevivir. Enterarse de que el náufrago era inventado la hacía sentir idiota: «Ha sido una de las decepciones más grandes de mi vida», dijo literalmente cuando se descubrieron las exageraciones de Frey.

Veinte años se cumplen del escándalo. Y lo cierto es que el libro conserva intacto su impactante brío.

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