Pepe Albert de Paco: Caídos

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La mayoría de las fotos de la concentración contra la impunidad que publicaron los periódicos eran falsas. Planos cortos, encuadres ceñidos, profundidad de campo ‘ad infinitum’… Bastaba con abrir el marco para percartarse de que a pocos metros de los manifestantes que cerraban el tumulto no había más que monte y culebras. Tan falsas eran las fotos que, cuando aún no había concluido el acto, El Mundo ha resuelto suprimir la pestaña ‘Vea las fotos’, ese jirón melancólico. No en vano, y tras el click, aparecían, debidamente museificadas, las imágenes a las que el jueves puso pie José María Aznar, esto es, las de una victoria cuya expresión, lejos de ser jubilosa, guardaba cierto parentesco con la sintaxis de todas las derrotas que en el mundo han sido. Los textos que daban cuenta de la concentración no eran más halagüeños: «Miles de personas se han concentrado hoy en Madrid…». ‘Miles de personas’, como sabrán, es uno de los grandes sintagmas periodísticos de la ocultación; unas veces pretende camuflar a cincuenta mil indeseables y otras, como en el caso que nos ocupa, la niebla se cierne sobre dos mil parias. Sea como sea, es obvio que estamos ante una mala noticia. Sobre todo, porque la concentración lo fue en su más tétrica literalidad: se anunciaba un acto de solidaridad con las víctimas y, para no faltar al reclamo, no asistieron más que víctimas. Así, el lugar que habían de ocupar los ciudadanos lo fueron copando las banderas, o lo que es lo mismo, la sinécdoque de los caídos. La propia Ketty Garat, presentadora del acto, llevó ese mismo grito al cielo antes de que sonara La muerte no es el final. He de decir que yo, tras la sedicente conferencia de la paz, anuncié en Twitter que las víctimas eran eso mismo, caídos. Soy un hombre barroco, qué le vamos a hacer, y esa fue mi forma de lamentar que el All Stars de la paz intergaláctica hubiera proclamado que en el #conflicto había #dosbandos. Dos bandos, sí; el del tiro y el de la nuca. Pero volvamos a la concentración: caídos por España, La muerte no es el final, unos cientos de jubilados portando rojigualdas y el verso funesto y extemporáneo de Garrido Hernando: «Inmolarse por Dios fue su destino». Un bando ínfimo, si se quiere, pero bando al fin y al cabo; el mismo, por cierto, que fabularon los apóstoles del #conflicto para que, acaso en 2020, los autores de los libros de ESO encapsulen el contencioso en ámbar. Como corresponde, dígase, a un país de mierda, a un país que ha dejado en manos de las víctimas un mandato cívico que debería ir a lomos de la ciudadanía. Bien es cierto que en España no hay ciudadanía. Hay indignados, sindicalistas, asociaciones de vecinos y okupas. Extensiones neuronales de un antifranquismo déjà vu que, en Cataluña, por ejemplo, la última vez que salió a la calle para manifestarse contra el terrorismo, acabó agrediendo a los dirigentes del Partido Popular. Por lo demás, habrá que irse habituando a la dulficación del mal, a esa gramática parda por la que ETA, en realidad, fue… a ver, Rodríguez, qué fue ETA:

-ETA, señor, fue la expresión armada de la insatisfacción del pueblo vasco respecto al encaje de Euskadi en el mundo.

-Bien, Rodríguez, bien, pero procure hablar un poquitín más alto.

 

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