Hace unos meses me cambié de casa. Algo de experiencia tengo, ya que es la cuarta vez que paso por el trance, sin incluir mudanzas de negocio, así que soy un pequeño conocedor del asunto. Tampoco es que sirva para mucho; los expertos en catástrofes, al final, sólo se diferencian de los demás por dos rasgos: que empiezan a correr antes y no se quedan a grabar la ola, y que repiten con insistencia y determinación “ya lo dije”. Así que, por si no lo saben, ya estoy yo para insistir en que la exclusión de las mudanzas de la cobertura de los seguros debería producirse al lado de otras catástrofes como inundaciones, caída de rayo o desastre nuclear.
No se preocupen, no les daré ningún consejo acerca de cómo sobrellevar mejor una mudanza. Si lo he mencionado es por otra razón. Al “diseñar” las habitaciones de mis “vástagas” me di cuenta de que necesitaba, cada una de ellas, más conexiones eléctricas que un concierto de Iron Maiden, y eso descontando la inexistente televisión: todos los cables de un ordenador con su conexión internetera, incluyendo algunos aparatejos asociados, el cable para los altavoces de sus ipods, para cargar sus teléfonos, para sus aparatos de música (sí, lo sé), para recargar ese aparato con el que juegan y que no es su ordenador, las mascotas de Pixar …
En mi habitación de niño había una luz en el techo y se acabó. Como la casa era una solución habitacional y seis en la familia, a la hora de estudiar nos repartíamos el espacio de manera imaginativa. Yo solía ocupar la cocina, y creo que parte de mi éxito en los estudios se debió al consumo diario de los aromas que salían de las cazuelas y las sartenes de mi madre. Los tiempos han cambiado, me digo, y así lo reafirma diariamente la cara de choteo de mis hijas cuando les menciono algo de esto. Lo verdaderamente sorprendente, para mí, es que no aparezca, entre mis recuerdos infantiles, la sensación de haber pasado alguna privación. Teníamos muy cerca a los que sí las habían pasado putas de verdad y ese conocimiento se filtraba, no a través de historias moralizantes, sino de pequeños detalles cotidianos, haciéndolo más real que cualquier afirmación expresada con gravedad.
Viajé en avión, por primera vez, cuando tenía dieciséis años. Y la primera vez que salí de España —de verdad— casi había cumplido los treinta. Mis primeras veinticinco mil pesetas las conseguí con un premio literario que recuerdo con gratitud porque vino acompañado de un gran cenicero de filiación talaverana que aún conservo. Para abrir el primer negocio, le pedí a mi padre mil doscientos euros que no le devolví y dos meses más tarde obtuve el primer beneficio, noventa euros, que fueron utilizados en una comilona en Aranda de Duero.
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“En mi habitación de niño había una luz en el techo y se acabó.”
Genial retrato de nuestra generación y la de nuestras hijas. La solución a su última frase es comprarse un perro. Siempre aplaude al llegar a casa. Pero no se crea que lo cuidarán ellas, aunque se lo hayan jurado sobre lágrimas, le tocará a usted.
Decididamente es Usted todo un líder, Tse. Estas Navidades, por fin liquidadas ya y plenamente, han dado para pocas risas, y menos después del viernes pasado, así que se agradece empezar el año echándose unas risas con la (puta) realidad.
Cante un órdago y diga que se va, por fin, al Reform Club donde un Sij guardará la biblioteca común y que sólo les escribirá alguna carta de vez en cuando. A ver qué hacen. (Los míos ni se han inmutando, le adelanto.)
La mejores parábolas son las que cuentan las cosas como son. Le entiendo muy bien, D. Tse, aunque le llevo casi quince años de adelanto con la progenie. Los mios, chica y chico, ya no me piden que los lleve a Budapest o a Berlín: se limitan a pedirme la pasta que les falta y se van solos. Menos mal que me queda el perro y que he decidido no volver a mudarme nunca más.
cuánta verdad sobre el cargo y la carga
entorno gineceo, como mi caso
es la vida replicante, qué le vamos a hacer
pero compartirlo es generoso, tsevan