ACTO PRIMERO
(BOLONIA. 1815. CUARTEL GENERAL AUSTRÍACO) Tras la huida de Elba, Napoleón retoma el poder. Son los cien días que terminarán con la derrota de Waterloo. La noticia llega a Italia, que se subleva y llama a Murat. Los austríacos son expulsados. Rossini escribe un entusiástico Himno a la independencia de Italia. Por desgracia para los insurrectos, los austríacos regresan. Bolonia la toma un ejército austríaco al mando del general Stephanini y lo primero que hace es buscar a los desafectos. Uno de ellos es Rosinni.
Rosinni es famoso en Europa, pero no las tiene todas consigo. Así que se viste y pide audiencia al general. ¿Qué puede ofrecer? Música, claro. Ha compuesto una obra a la mayor gloria del Emperador Francisco I. Stephanini está encantado con el regalo que puede hacer a su amo y le concede salvoconducto al compositor. Cuando Rossini está fuera de su alcance y el general busca quien interprete la obra descubre, para rechifla general, que Rossini ha hecho algo muy propio de él: ha utilizado música vieja, cambiando sólo el texto. Lo que indigna al general no es eso. Lo que le indigna es que haya usado la música del Himno a la Independencia de Italia.
Esta anécdota ha sobrevivido al músico, a pesar de que él mismo negase su autenticidad, afirmando que, además, no estaba en Bolonia. Así es Rossini. Siempre quitándose importancia, siempre generoso y siempre burlón. Sí estaba en Bolonia. Y la anécdota ha triunfado porque coincide perfectamente con la imagen que todo el mundo tiene de él.
El problema con Rossini es el de la extrema claridad que nos confunde. Todo en su vida y en su obra parece sencillo y comprensible. Sin embargo, en cuanto miras con un poco de atención, todo se difumina. ¿Quién es? ¿Era ese tipo indolente que escribía un nuevo dúo porque la partitura del anterior se le había caído y no quería levantarse de la cama a recogerla o eso es propaganda? ¿Cuál es el valor de su música? ¿Por qué abandonó tan joven, en el momento de mayor fama, la composición de óperas?
¡Vayamos a los hechos! La broma comienza con su fecha de nacimiento, el 29 de febrero de 1792. No pudo evitarlo: en 1864 Rossini celebra su decimoctavo cumpleaños. Se hace músico “gracias” a los franceses y al Papa. Su padre, funcionario municipal en Pésaro y músico aficionado, termina preso por sus veleidades republicanas y la madre tiene que dedicarse a cantar para mantener a la familia. Cuando es liberado no le queda otro camino que el de la música para subsistir, tocando en la misma orquesta en la que canta su mujer. El niño recibe una educación musical completa y ya entonces recibe el apodo de Tedeschino por su afición a Bach, Haydn y Mozart.
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Qué extraordinario artículo, señor mío. Me ha alegrado usted la mañana.
ilustrativa y placentera lectura
Maravilloso, simplemente maravilloso. Para los profanos como yo, cualquier píldora de sabiduría como la que usted nos regala es un auténtico goce. Por no hablar de lo ilustrativo que es a la hora de las tertulias de café.
Muchas gracias, un saludo cordial.
¡Fantástico artículo! Me han encantado las anecdotas. Gracias.
Muy buen artículo para un incomprendido Rossini al que no se sabe quien ha hecho más daño si los revisionistas que le quieren serio o los que se pasan de graciosos. En cualquier caso su música llena de «Una grazia, un certo incanto» está hoy en día en manos de unos músicos con tanto talento que consiguen que una «Italiana en Argel» sea plúmbea e interminable. O que la Angelina de Cenerentola sea una petarda en lugar de un complejo personaje de una profundidad casi mozartiana. Así nos va a los Rossinianos…
Tan solo y, con todo el respeto y sin acritud como dicen los cursis, discrepo en dos puntos. Para mí Italiana es superior a Barbero aunque, es cierto, esta es la opera más famosa de Rossini. Pero Italiana tiene una frescura, una alegría de vivir «Un soave non so che» que me resulta irresistible. Segundo punto de discordia: escoger la Angelina de Bartoli para ejemplo….
Pero enhorabuena otra vez. Gracias
Un artículo muy completo. Felicidades.
En cuanto a cuál es la mejor obra de Rossini… todo es cuestión de gustos. Si nos ceñimos a sus ópera bufas, yo creo que el primer acto del Barbero es genial, pero el segundo no tanto (cosas que pasan cuando hay componer una ópera en menos de tres semanas). Sospecho que bastantes rossinianos coincidirán conmigo cuando opino que La Cenerentola, por ejemplo, es más redonda, al igual que L’italiana (que la supera, además, en comicidad). Personalmente también prefiero escuchar Il Turco (de quien tomo el nick) o Il Viaggio a Reims antes que el Barbero (que, quiero dejar claro, me gusta muchísimo).
Rossini no es el compositor más grande de la historia, pero es el mío, porque su música es, sin duda, la que más placer me ha hecho sentir… Y es que… ¿qué es un crescendo rossiniano sino un gran polvo hecho música?