Ricardo Cantalapiedra: Economía de las palabras

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Siendo joven se me ocurrió escribir una novela. Ya tenía el título: Autobiografía de un jamón. La frase inicial del relato era esta: “Yo era un cerdo, pero me curé”. Siete palabras, un guarismo de resonancias bíblicas. Quedé perplejo porque comprendí que no había más que decir y que la novela estaba concluida. Esto me produjo satisfacción y melancolía. Satisfacción, porque me pareció una obra redonda, aunque lacónica. Melancolía, porque comprendí al instante que ninguna editorial en su sano juicio me iba a publicar una novela tan escueta. Intenté convencer a varios editores con una razón inapelable: podría ser la única novela que hasta los niños sabrían de memoria. Incluso podía gustar a los que nunca leen porque les da pereza. Pero mi alegato no cuajó y quedé soltero y sin compromiso.

Sin embargo, una inolvidable mañana de junio de 1985 tuve el inmenso placer de charlar ampliamente con Jorge Luis Borges y hacerle una entrevista para Radio El País en el hotel Palace de Madrid. Estaba aquí con María Kodama para presentar su última obra, un libro de poemas: Los conjurados. Ya me tenía fascinado el argentino universal hacía unos lustros. Un año después de aquel encuentro, el 14 de junio de 1986, Borges moría en Ginebra a los 87 años.

La conversación con el gran escritor de Buenos Aires fue amena y distendida. En cierto momento, hablando de que él jamás había escrito una novela, me olvidé del pudor y le confesé tímidamente: “Señor Borges, yo escribí de joven una novela que nadie quiso publicar. Se la puedo contar a usted porque me la sé de memoria”.  Al ver que el maestro se mostraba interesado, se la recité de cabo a rabo. Borges y María Kodama la comprendieron bien. Rieron educadamente, pero con ganas. Borges me felicitó con amabilidad y yo me lo creí. Me sugirió que reuniera unos cuantos relatos de ese estilo, y que con toda seguridad los publicarían. El maestro, mi maestro, me había dado el visto bueno, aunque era ciego. Me ensoberbecí fugaz y humildemente. Le prometí que seguiría su consejo. Y en eso estoy. Hasta el momento no he logrado escribir algo tan sencillamente perfecto. Sé que moriré pensando que algún día lo conseguiré al fin, nada más que por darle una alegría al viejo allá donde se encuentre.

Un periodista francés ya fallecido recibió un anónimo en la redacción, creo, de Le Monde: “Hijo de puta”. Al día siguiente contestó así desde su columna: “He recibido muchas cartas sin firma; esta es la primera vez que recibo una firma sin carta”. Algunas novelas de ese tenor me gustaría firmar, pero no acaban de salir de la mollera.

Estuvimos hablando un rato sobre la economía de las palabras. Me habló de un artículo con ese título en el Diccionario Filosófico de Voltaire. Hizo un elogio moderado del enciclopedista francés y un elogio casi apasionado de la austeridad en el uso de la palabra. Afirmó incluso que “a veces estoy un día entero buscando el adjetivo adecuado de un vocablo, porque todas las palabras tienen un adjetivo esencial que engloba a todos los demás; lo difícil es dar con ese adjetivo para evitar la redundancia, característica bastante normal en casi todas las novelas”. A continuación, añadió: “He dicho con frecuencia que lo que más admiro en los demás es la ironía, la capacidad de verse desde lejos, de no tomarse en serio. Las mejores ironías son muy breves, casi monosilábicas… Uno no sabe qué es la identidad, pero uno lo siente, desde luego”.

Le pregunté: “¿Quién es Jorge Luís Borges? ¿Me puede dar usted alguna pista, señor Borges?”. Y contestó: “Hace 85 años que sigue persiguiéndome. Yo querría ser otro ahora, pero, a fin de cuentas, creo que el hecho de ser un escritor es un destino como cualquier otro; y un destino, en suma, grato, ya que consiste en sentir todas las emociones de los hombres, y luego, mediante ese torpe instrumento, el lenguaje, transmutarlas de algún modo en belleza. Mi destino es ese. He sido desdichado algunas veces, sobre todo cuando era joven, pero ahora sé que todo eso es como un material, como una arcilla para la obra literaria… En general, el arte salió de la desdicha”.

No puedo resistirme a compartir con los lectores algunas frases del autor de Historia de la eternidad aquella mañana en el Palace: “Cuando era joven, no era fácilmente feliz, pero sí fácil y frecuentemente sereno; y eso ya es mucho… Yo quería ser Hamlet o Raskolnikoff, o quizá Byron o Poe o algún personaje atormentado. Pero ahora no; ahora he dejado que la vida se encargue de esas cosas. Y busco y encuentro la serenidad”. “Yo creo que los dos idiomas de porvenir más inmediato van a ser el castellano y el inglés; el francés ha declinado, desgraciadamente, y el ruso es demasiado difícil. Aprendí alemán para leer a Schopenhauer, y pude leerlo, pero me doy cuenta de que es un idioma muy, muy complicado”. “Nunca pensé en ser famoso, en ser conocido y en que se tomara tan en serio lo que escribo, porque ni yo mismo estoy seguro de tomarlo en serio”.

Yo siempre te tomaré en serio, maestro.

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3 comentarios

  1. Grande. Muy grande.

  2. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Tsevan Rabtan: El Sur

  3. Kirill

    Como fiel seguidor de este ilustre columnista, debo reconocer que sus palabras no le preceden. Ricardo Cantalapiedra procede de sus palabras, sin palabras no hay nombre y tampoco no hay nombre sin palabras. Dejo libre elección en esa meditación.
    Degusto por fín la exquisitez de cada palabra y el sabor que produce cada frase. No perdiste en absoluto tu destreza viejo amigo.

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