Juan José Gómez Cadenas: Una princesa en Marte (I)

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Marte visto desde el Viking 1. En la foto puede apreciarse le enorme estructura geológica denominada Valles Marineris. Comparada con esta, el gran cañón del Colorado es un barranco sin importancia.

Parece que el John Carter de Disney ha sido un fracaso. Un pinchazo estrepitoso e inesperado de taquilla. Después de ver la película este fin de semana, creo entender en parte por qué.

Y eso que para nosotros la experiencia no pudo ser más agradable. Hubo un tiempo, allá por mi adolescencia, en que iba al cine todos los sábados por la tarde, el cine OMA de puerto de Sagunto, largo tiempo ya extinto, en el que nos pasaban dos películas por el precio de una. Cualquiera que ronde el medio siglo sabe a qué me refiero. Operación Dragón con Bruce Lee repartiendo leña a todo lo que se movía, o Clint Eastwood, cuando aún no era Clint Eastwood sino un simple galán de cine, despachando malos a balazos, impasible el ademán. Éramos tan jóvenes, que incluso si venían las chicas y se nos sentaban al lado, no se nos ocurría otra cosa que invitarla a pipas.

En los Kinépolis de Valencia no se comen pipas, pero las palomitas también valen y la sensación de felicidad es la misma, sobre todo cuando uno se sienta —día afortunado— con sus hijos a la izquierda y su padre a la derecha. Siete, once, cincuenta y uno, ochenta y nueve años. No sé cual de los cuatro se lo pasó mejor.

A pesar de ello, el problema de John Carter, creo, es que otra película, infinitamente taquillera, acaba de contar la misma historia. Me refiero a Avatar, por supuesto. El argumento es idéntico. Una de indios y vaqueros como los espagueti western de mi adolescencia, en la que los indios (los Na’vi de Pandora, o los Tharks de Marte) se alían con los vaqueros buenos (los científicos de Avatar y los habitantes de Helium en Marte), contra los vaqueros malos (los mineros en Avatar y los Thern de Marte). Ambas películas tienen guapísima princesa, un héroe con superpoderes recién estrenados, unos malos mala sombra, mucha acción, mucho colorido y mucha más ficción que ciencia. El Marte de Burroughs, pasado por el agua de Disney, no es más creíble que la Pandora de Cameron con sus montañas flotantes.

¿Por qué Avatar es entonces un éxito rotundo y John Carter un rotundo fracaso? Porque Avatar apela a la estética y a la nostalgia de millones de personas atrapadas en un planeta sobrepoblado, recalentado y en crisis, millones de personas que también querrían (querríamos) ser Jake Sully y poder liberarnos de la silla de ruedas —o el paro, el mileurismo, la crisis, los atascos, la prensa canalla, la televisión vil, los best-seller insípidos, los políticos charlatanes y el bocadillo de sardinas— para ser transportados a un mundo de dragones multicolor e iluminadas selvas nocturnas. Inverosímil o no, la belleza de Avatar sobrecoge y predispone incluso a los científicos escépticos (recuerdo que una amiga mía de la época de la carrera, estudiante de filósofa y letras, solía llamarme así) a ese estado de beatífica credulidad en el que también el espectador puede volar y besar a la princesa.

John Carter, en cambio, sólo produce ese efecto entre los más jóvenes —mi hijo Héctor y mi sobrino Diego, desde luego, salieron del cine capitaneando las naves de Helium—. No es tanto que se note el cartón piedra —los efectos especiales son bastante decentes— sino que se notan los años que tiene la historia. La novela, o mejor dicho la serie de novelas, fueron escritas hace ahora un siglo por el mismo Edgar R. Burroughs que dio vida al inolvidable Tarzán. Y por la misma razón que sería muy difícil rescatar hoy en día el cliché del hombre mono del mundo de los dibujos animados y la imaginación de los más pequeños, Carter se las ve y se las desea para que el espectador adulto, e incluso los adolescentes, se lo tomen en serio.

Quizá el guionista debería haber repasado la filmografía reciente sobre Tarzán para caer en la cuenta de que el último intento serio (y aceptablemente exitoso) de recrear el personaje fue la película Greystoke, de 1984, en la que un esmirriado Christopher Lambert convencía mucho más que el musculoso Taylor Kitsch. La razón, me parece, es que Lambert encarna una lectura del héroe que consigue salirse del manido cliché y con ello evocar, por enésima vez, nuestra sensibilidad.

El problema del John Carter de Disney, me temo, es que los guionistas se han complicado poquísimo la vida. Siguen, de manera bastante literal, un guión que tiene la friolera de cien años. Es una pena, porque el guión es bueno. Recuerdo haber leído las novelas de Carter y las de Tarzán (no menos de 20 libracos, más o menos a 10 tomos por héroe), durante un verano en Cartagena. Yo andaría por los 13 años y la edición que cayó en mis manos debía ser de 1950. Era el tiempo en que los libros olían a libros. Aquel verano me lo pasé viajando entre la selva de África que imaginó el buen Edgar Rice (leones incluidos, mal que los leones sean a la selva africana lo que la Sardana a Sevilla) y su no menos increíble Barsoom. Pero en 1973 aún faltaban cuatro años para La Guerra de las Galaxias. No se puede hacer una película sobre Marte en 2012 como si no hubieran pasado por la pantalla Lucas y Spielberg, Cameron y Ridley Scott.

Pandora es a 2012 lo que Marte a 1912, Sulley harto más creíble que Carter (y eso que los dos son unos tíos mazas que hacen cosas prodigiosas), la princesa Dejah no nos atrae, a pesar de sus preciosos ojos azules, tanto como la princesa Neytiri y los Thern dan más risa que miedo. Los guionistas de Disney han perdido la oportunidad de reinventar el planeta rojo. Y no es que no haya una historia que contar. Pero a estas alturas del acogotado siglo XXI, hubiera sido más inteligente, me parece, darle vida cinematográfica a la odisea que imaginó hace un par de décadas Kim Stanely Robinson. Terraformar Marte todavía no está al alcance nuestra tecnología, pero sí de nuestros sueños.

 

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10 comentarios

  1. ideas las hay desde luego. Tenemos las Crónicas Marcianas de Bradbury que seguro darían para una mini serie

    • Pedro Torrijos

      De hecho, ya se hizo una miniserie en los 80 con Rock Hudson. Lírica y un poco camp, pero muy chula.

  2. placebodelbo

    Tal vez no sea taquillera, comercial, de masas, pero es una excelente película.
    Un amigo me preguntó por qué me gustaba tanto y le respondí:
    1. Es plena de detalles.
    2. Hay que verla con ojos de niño.

  3. Carlos

    Si de Marte hablamos, me gustaría ver una adaptación de los libros de Kim Stanley Robinson Marte rojo, Marte verde y Marte azul. Política, acción y, para mi gusto, buena ciencia ficción.

    Un saludo y enhorabuena por la excelente revista.

  4. Completamente de acuerdo con todos vuestros comentarios. Con ojos de niños vimos la película los seis niños (de 6,7,35,44,51 y 89 años) que nos juntamos el otros día (mi sobrino Diego, mi hijo Héctor, mis hermanos Toni y Aurelio, yo y mi padre. La vimos y la disfrutamos. Imprescindibles las crónicas marcianas y aún más la serie de los tres colores de Marte.

  5. Mark V

    Hola Juan José, escuché tu intervención en el programa Partiendo de Cero, y quería ponerme en contacto contigo. He intentado encontrar tu email por todas partes pero no lo he encontrado, donde puedo encontrarlo?

    Saludos.

  6. Pingback: Una princesa en Marte (I)

  7. Miguel

    Pues mira, no tenía pensado verla y ahora me muero de ganas por hacerlo.

  8. Hola Miguel, esa era la idea de escribir la entrada… yo disfruté como un niño…

  9. Gándalf

    Leer que hay algo más imprescindible que Crónicas Marcianas me espanta (en el buen sentido). Lector escéptico soy yo en esta ocasión pero probaré esa colorida trilogía de Marte.

    No he visto John Carter, aunque mi padre me habló de la historia, y sus experiencias son similares a las tuyas, es de tu quinta y de tus gustos y así he salido yo, claro. En mi caso Avatar casi me durmió, después de ver por quinta vez los paisajes de neon, me cansé y ni el mazas paralítico ni los gigantes azulones me decían nada de nada. No sé cómo será JC pero seguro que algo más de alma y pasion que los personajes de Avatar tendrá, no es difícil.

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