Destiempos Opinión

Ricardo Cantalapiedra: El sonido del silencio

ruido

Soy bastante aficionado al fútbol, incluso voy al estadio de vez en cuando, aunque me tenga hasta más abajo del ombligo el fundamentalismo balompédico. Hay gran número de forofos que son fundamentalistas y dogmáticos de su equipo, lo cual les resta aptitudes para disfrutar como es debido de este deporte magnífico que encandila al mundo. Tiene su encanto ir al estadio y gozar del ambiente extasiado propenso a la cólera y al desatino. El campo de fútbol es una ejemplar academia de escarnios, vituperios y exabruptos. Hace un par de meses tenía a mi lado en el Bernabéu a dos entusiastas chavales de no más de 10 años. Cuando el trencilla dejó de pitar algo que parecía penalti, las dos criaturas gritaron a coro: “¡Árbitro, valiente, valiente, valiente hijo de puta!” Conozco a un réfere de segunda división con un sentido del humor finísimo. Cuando la plebe brama llamándole hijo de tal, él se hace la siguiente reflexión: “Vamos a ver, Juan Pablo, para empezar sé que mi madre no es puta. Por tanto, estos desventurados no se están refiriendo a mí”. Y entonces mira serenamente a cada uno de los jugadores y jueces de línea intuyendo que el recado va para alguno de ellos o para algún extraterrestre. Logra permanecer impávido cuando escucha insultos de ese tenor y además se divierte por dentro intentando adivinar quién es el agredido.

Normalmente se ve mejor un partido por la televisión, pero con un hándicap insufrible: la perenne verborrea de los comentaristas; parece que les pagan por palabra emitida. Acabas la retransmisión expulsando vocablos hasta por vía anal y con la cabeza convertida en nido de grillos alborotados. Esos señores y señoras no acaban de comprender que no están retransmitiendo por radio y que es un insulto para el espectador la cantidad de obviedades que lanzan por su lengua desatada. Tanto ellos como la mayoría de los contertulios televisivos no hacen más que crisparnos y aburrirnos. A pesar de todo, los locutores balompédicos están creando vicios irreparables: cada vez se ve más gente en los estadios para quienes no es suficiente el constante clamor de las gradas y ven el encuentro con una oreja enganchada al radiocasete.

Al igual que sucede con los comentaristas deportivos, hay muchas personas que no conciben una conversación sin tener quieta la lengua: sin pensarlo dos veces, sueltan por esa boquita todo lo que les viene al pensamiento aunque nada tenga que ver con lo que se está hablando, sin tener jamás en cuenta que lo que dices ya no lo puedes callar, y lo que callas siempre lo podrás decir cuando te convenga. Dan ganas de graparles los labios para frenar su cansina locuacidad. No les entra en la cabeza estar un segundo callados. No comprenden que, lo mismo que en la música, los silencios son fundamentales. Omiten el silencio con insensateces que a nadie interesan y que provocan la huida a la francesa de los interlocutores. Es perfecta la observación de Hemingway: “Hacen falta dos años para aprender a hablar y 60 para aprender a callar”. Lo había detectado mucho antes Shakespeare: “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”.

El silencio es un tesoro dilapidado por los lenguaraces y los loros. Además, esos individuos acostumbrar a no escuchar más que a sí mismos. Borges considera envidiables a esos amigos ingleses que pasean sin abrir la boca; se comprenden con la mirada y el silencio sonoro. Los que derrochan palabras malgastan el idioma y provocan una burbuja semántica tan peligrosa como la del ladrillo. Debieran ser intervenidos por las autoridades económicas europeas, como los bancos.

Seguirá siempre sublime el pensamiento de Erasmo: “La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno”. Ionesco es más radical: “¡Oh, palabras, cuántos crímenes se han cometido en vuestro nombre!”. Y ahora, como con esto de la crisis la gente no tiene dinero, malgasta palabras para satisfacer su adicción consumista. Siendo un país tan católico hacemos caso omiso del Evangelio: “En el mucho hablar no faltará pecado”. En España hablamos mucho y muy alto, casi tanto como los italianos. Hacemos mucho ruido, que, como definen los ingenieros acústicos, es todo sonido no deseado. Pero también callamos cuando hay que hablar. Pero “la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio” (Cicerón). Unamuno lo dijo así: “A veces el silencio es peor que la mentira”. Estos son los extremos crispantes del vicio secular español: hablamos mucho y callamos demasiado. Así nos va. Deberíamos pasar todos por una cartuja para aprender a hablar en silencio.

 

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4 Comentarios

  1. Existe un magnífico proverbio bíblico que se refiere a lo que mencionas: «Aun el necio, si calla, pasará por sabio,
    y por prudente si cierra sus labios». (Proverbios 17:28)

    Qué bien vendría una buena lección de prudencia a según qué individuos.

    Excelente artículo.

  2. Según me dicta la experiencia, el 99% de las veces es mejor callarse.

  3. Clemente (VII)

    Ni idea de futbol oiga. Teclear muy bien.

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