México DF: La ciudad alebrije

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México DF: la ciudad donde no temen que el cielo se caiga sobre uno, sino que el temblor del suelo la resquebraje. De la atmósfera lo que más se teme son las partículas contaminantes y, a veces, las cenizas de su volcán vecino: el impronunciable Popocatépetl. Aquí los taxis son una suerte de ruleta rusa y el beber agua de grifo una condena segura con cumplimiento en el cuarto de baño. Esta urbe peca además de superpoblación desbordando incluso al concepto de Ciudad de México. ¿Qué tiene esta megalópolis para seguir siendo alimentada por personas pese a parecer un escenario de películas apocalípticas de Hollywood? Irónicamente: la supervivencia.

El Distrito Federal es la capital de México. Es un gigante que perdura a pesar de sus pies de barro. Colocar el centro geográfico real en una urbe en constante crecimiento es imposible. Por ello se señala el antiguo lago, luego plaza de armas y ahora Zócalo como el kilómetro cero de la ciudad. El sincretismo del país se sintetiza en este punto: las ruinas templo mayor azteca y los danzarines con atuendos precolombinos inmersos en incienso junto a la catedral metropolitana y la escultura a Juan Pablo II; la plaza denominada originalmente como de la Constitución (de Cádiz) y cuyos edificios se construyeron con rojiza piedra volcánica se hunden en las desecadas aguas de Tenochtitlán como su pausada venganza de Moctezuma. Y frente al McDonalds ubicado en el portal occidental de la plaza, el mástil que sostiene la bandera de los Estados Unidos Mexicanos y que llegó a lucir casi por dos años la de su vecino del norte, espejo político y protagonista de una terna y tensa relación de amor odio.

La sobria plancha del Zócalo tiene una pequeña abertura: la estación de metro. Sin señales para no romper la estética, dicen. Si en la superficie de la ciudad hay tráfico y un mar de personas, en el Distrito Federal Subterráneo gastan su tiempo cuatro millones de personas diariamente.

La estética del metro concuerda con el ambiente que se vive dentro de él: tonos mustios en las placas de la falsa pared, y un suelo gris. Los vagones naranjas perdieron el calor de su gama cromática y las tenues luces de centro comercial. La alienación y el tedio predominan en los viajes en el sistema de transporte público. Pero las entrañas de la ciudad también han sido lugar de alumbramientos. También caídas voluntarias en las vías para llegar antes a la muerte, que en México siempre ríe. Y el suicidio diario de los 4 millones de personas que soportan el lento y vacuo transcurrir de más de una hora, a veces hasta dos o más, en cada sentido para ir desde el periférico hogar al centro de trabajo. Tiempo perdido, olvidado, una suerte de muerte diaria.

Se podría vivir bajo tierra en México. En los lúgubres pasillos y en los espacios más abiertos se pueden encontrar academias, oficinas de gobierno federal y local, puestos de comida, cafeterías, tienda de ropa, farmacias, laboratorio de análisis médicos, servicios, cibercafés gratuitos… y hasta calmar las necesidades religiosas el 28 de cada mes con la inundación de esculturas de San Judas Tadeo. El patrón de lo imposible no multiplica panes o peces, que también haría falta, pero hace el milagro del “siempre cabe uno más” dentro de los vagones del metro que desafía a las soberanas leyes de la física y de los Derechos Humanos.

Pero el Sistema de Transporte Colectivo crece a un ritmo menor que la mancha urbana. El perfecto ejemplo es la imposibilidad de que los trenes lleguen a una de las zonas más importantes del país financiera y corporativamente: Santa Fe. Un nombre espiritual para el terreno de los negocios.

Aquí México crece hacia arriba en una auténtica dictadura del metro cuadrado, de secuoyas de cristal. De edificios ciberpunks diseñado por arquitectos que buscan destacar frente al eterno futuro edificio más alto y conforman un paisaje sin ninguna aparente estética colectiva que contrastan fuertemente con la armoniosa imagen de los edificios centenarios y coloniales de vivos colores de Coyoacán construidos en tres plantas máximas debido a la fuerte actividad sísmica.

Gran parte de la población de Santa Fe nunca pisó Iztapalapa, la zona con mayor vecinos de México. Una delegación en la que el turismo solo aparece el Viernes Santo con una procesión a la que acuden un millón de personas. Tampoco gran parte de los casi dos millones de personas que viven en esta ciudad dentro del DF han pisado Santa Fe. Sin embargo la separación socioeconómica encuentra un nexo de unión para la ecúmene chilanga en el taco.

Las calles de México huelen a tortilla. Aunque las grandes cadenas norteamericanas de comida rápida se encuentran en todo el país, las taquerías siguen resistiendo en cualquier zona del país y de esta ciudad estado. Es lo único que no tiene distinción en México: esté ubicada en la zona de negocios rodeada de edificios impersonales o en las alternativas de La Roma y La Condesa con su estilo californiano y sus hipsters. También en el embarcadero del lago de Xochimilco, superviviente a la desecación, o en Indios Verdes donde el DF se comienza a fundir en escala de edificios grises con el Estado de México. Todos están dominados por establecimientos insignificantes para un negocio de comida. La capacidad de las tres paredes, porque la puerta está siempre abierta para los clientes, está prácticamente ocupada por la cocina. El humo sale, emborracha e impregna sus metros cuadrados, pero también es un capital de la taquería ya que el olor hipnotiza a los viandantes.

Los puestos fungen como espacio democrático mexicano: los tacos se comen de pie y alrededor de los comercios o de los puestos ambulantes. Allí se reúnen hombres de negocios nacionales y extranjeros junto a estudiantes, comerciales, desempleados o cualquier otra persona. Todos llegan atraídos por el sazón y la fama del puesto. Taco de de cabeza, de lengua, de suadero, de arrachera, de maciza, de chorizo, de longaniza, mixto, de escamoles, con chapulines, con queso, sin queso, con salsa verde, con salsa roja, sin salsa pero con limón… pero el rey del taco, el que acaba con los Goliath del hambre y de la gula, tiene un nombre humilde: taco al pastor.

La Ciudad de México es una megalópolis surgida de un cóctel entre Mad Max, el colonialismo español, el urbanismo francés del siglo XIX tan apreciado por el perpetuo presidente Porfirio Díaz y arrabales de bajas casas grises ordenadas por perpendiculares y paralelas. Pero además de la gastronomía queda lugar para el otro gran sentimiento común y nacional de México: la música mariachi.

Pese a su fama, la Plaza de Garibaldi es tranquila, especialmente si entramos en el Tenampa. Un salón, una cantina restaurante cuya fama viene dada por los propios mariachis más famosos como Vicente Fernández o Jose Alfredo Jiménez que han homenajeado ad infinitum el lugar donde se ahogan las penas sin horarios.

El aire respira sostenidos en violines y vihuelas para acompañar al tequila de calidad, el que se toma pausadamente con la sangrita. Al extranjero se le conoce por intentar desperdiciar el líquido del magüey de un trago. El tequila en México se disfruta. Fluye al mismo tiempo que la idiosincracia mexicana cuya sentencia más famosa es breve pero densa:ahorita. Sentado, uno apenas besa los labios, dejar entrar el aire en los pulmones y sacarlos para cantar junto a los marichis y sus trompetas el México Lindo y Querido. Entonces… entonces uno no tiene más remedio que aferrarse a esta ciudad fundada dos veces y destinada a resistir contra la naturaleza y contra sus propios habitantes.

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5 comentarios

  1. EmiLiO

    Bonito texto. Una buena descripción del D.F. Sin embargo, creo que el metro no es siempre un lugar donde «predomina el tedio» pues siempre rompen la monotonía los del «en está ocasión les venimos a ofrecer». Genial la última foto!

  2. ¡Enhorabuena!
    El título describe perfectamente lo que es no sólo la ciudad, si no México en sí. Un alebrije está hecho mediante la técnica denominada cartonnage o papel mache que es unir trozo sde papel- uno a uno- para lograr algo más grande- ya sea una piñata o un ser fantástico que existe sólo en los sueños. Esa superyuxtaposición de clases sociales, de culturas, de mestizajes es mi lugar de nacimiento.
    Por el apellido, dudo que el autor sea mexicano lo cual me gusta más pues quiere decir que sea ha dejado «emborrachar por el ahorita» y disfrutar ese no tiempo que constituye el presente continúo de mi Patria.

  3. Buen texto, me ha hecho acordarme mucho del tiempo que viví en el DF. Nada más llegar me dio la impresión de ciudad gris, sucia e inabarcable. Luego la fui descubriendo y me enamoré para siempre.

  4. Juan Uribe

    Quien escribió «El título describe perfectamente lo que es no sólo la ciudad, si no México en sí…» realmente cree en el dicho chilango: «Fuera de México todo es Cuautitlán». El país es un abigarrado mosaico de diferencias unidas por la argamasa del omnipotente centro: México Distrito Federal. México contiene muchos méxicos.

  5. Muy buena la descripción de mi país y me siento halagado que la imagen de mi alebrije monumental del 2011 ilustre tu artículo. Les dejo el link de mi página de facebook donde tengo más fotos de estos seres extraordinarios.
    https://www.facebook.com/mibodesign

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