Sam Peckinpah: Caída al abismo en ralentí

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El infierno en las venas y el cielo en la mirada”. Gonzalo Suárez, a propósito de Sam Peckinpah

Pocos cineastas han mostrado una predisposición tan fatalista y vehemente por la autoinmolación artística y vital como Sam Peckinpah. Perteneciente a la raza de los autodestructivos, Peckinpah hizo del individualismo salvaje una enseña justificativa de su feroz enfrentamiento contra el mundo y, en particular, contra los almidonados burócratas del gran espectáculo de Hollywood. Ese tipo que juntó a una camarilla de buenos amigos para realizar películas, que dio la cara por alguno de ellos y que podía ser etiquetado fácilmente de leal y generoso, llegó a convertirse en un paranoico intratable, atrabiliario y agresivo. Cantidades ingentes de alcohol y coca. Sin pretender hacer psicología barata, las criaturas de ficción del creador no parecen estar muy lejos de sus angustias y miedos. Concibiendo un mundo agreste y voraz, violento y caótico, la sensibilidad del artista sólo encuentra subsistencia en el caparazón bronco del broncas intratable y del que aguanta las inclemencias consuetudinarias de la vida con una mezcla de resignación y furia. En sus films siempre hay una verdad suprema: la muerte no entiende de moral ni de códigos de conducta. Sin embargo, no por la aceptación de la derrota, sus personajes dejan de hacer lo que es debido, lo que les parece justo o lo que creen beneficioso para ellos.

Se ha dicho y se ha repetido que Peckinpah lleva el crepúsculo del western hasta el ocaso último. Claro que urgió la rectificación cuando Clint Eastwood se puso detrás de la cámara. En cualquier caso, el realizador de Grupo Salvaje se inscribe en una tradición clásica que había ido oscureciéndose con el paso de los años. Si antes de la II Guerra Mundial el género había sido eminentemente épico y forjador de raíces nacionales, después de la contienda bélica adopta tintes mucho más vitriólicos, elegíacos y autorreferenciales. No sólo los pioneros del western (Walsh, Wellman, Hawks, Ford, Stevens…) y los exiliados europeos (Curtiz, De Toth, Lang…) ahondan en las complejidades psicológicas de los personajes y escogen un tono más lírico y reflexivo, sino que la nueva hornada de cineastas (Boetticher, Mann, Huston, Sturges, Ray, Fuller, Brooks, Aldrich, Siegel…) contribuye con nuevos enfoques y una mirada más descarnada y escéptica. A ellos se suma Sam Peckinpah, que, como algunos de los cineastas de Hollywood, participó en la guerra como Marine. Bien es cierto que no estuvo precisamente en primera línea. Sus años de soldado, sin embargo, supusieron un punto de inflexión vital.

Educado en la libertad rural de Fresno (California), su infancia fue el verdadero paraíso perdido. Poco espacio para la paz quedó en la vida de aquel que rehuyó la felicidad sistemáticamente. Después de la guerra, y contraviniendo los consejos familiares, que recomendaban los estudios de derecho, Peckinpah opta por la farándula y la literatura. Empieza en el cine a la vieja usanza. En trabajos variopintos y en algún papel de actor. Aparece en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) de Don Siegel. Es así como se introduce en la televisión y realiza algunas series del Lejano Oeste. Después de un frustrante y poco prometedor bautizo en la dirección cinematográfica con Compañeros Mortales (1961), Peckinpah rueda su primer gran western: Duelo en la Alta Sierra (1962). Protagonizado por dos actores veteranos en el arte de desenfundar rápido el revólver (Randolph Scott y Joel McCrea), el film es considerado uno de los hitos de la evolución del género y anticipa los temas principales que imperaran en la filmografía del director. La nostalgia por un pasado más auténtico, la amistad y la traición, la redención y el fatalismo final de la muerte. El reencuentro de dos viejos amigos sirve de inicio de una historia itinerante que supone el último viaje de los achacosos forajidos. Al igual que en Patt Garret y Billy The Kid (1973), los años han situado a los antiguos camaradas en dos bandos opuestos. Las ley frente a la delincuencia. Sin embargo, en esta ocasión, los dos pistoleros se encaminan juntos a un destino marcado por la violencia. El final de Duelo en la Alta Sierra posee los ingredientes del mejor Peckinpah. Dignidad en la derrota, una tensión catártica que deja paso al reposo último, una mirada (como la de Joel McCrean) al lejano paisaje justo antes de caer lentamente por el extremo del plano.

En este Peckinpah late la esencia primeriza del western. Una belleza poética cuya nostalgia aún no ha sido contaminada por el agrio desencanto.

El inconformista frente al Sistema

Nunca fue Peckinpah un buen capeador de adversidades ni de negociaciones. Sus enfrentamientos con los productores y los responsables de estudio fueron antológicos. Para el temperamento ácrata del cineasta no había nada más odioso que “el sistema”. El Sistema era Hollywood, empeñado en retocar sus montajes hasta la monstruosidad irreconocible y el comercialismo voraz. Eran las estrellas caprichosas que querían imponer sus veleidades y demandas en los rodajes. Con Mayor Dundee (1965) consiguió ingresar en la lista de directores problemáticos y poco fiables. No era tanto por su tendencia a la farra, las peleas y el puterío, puesto que, dentro de lo que cabe, cumplía los compromisos contractuales, sino por un enfrentamiento constante con el equipo de rodaje y los estudios. La diplomacia difícilmente puede formar parte del diccionario portátil del autodestructivo. Así fue como, por ejemplo, se le retiró del proyecto El rey del juego, que finalmente dirigió en 1965 Norman Jewison. Durante la producción de Mayor Dundee se empecinó en cabrear a Charlton Heston y a despedir a todo aquel que osara discutirle media decisión. El montaje del film, por su parte, no llevó mejor camino. Controlado por la Columbia, Peckinpah se desentendió del proceso y abominó del resultado en todas y cada una de las supuestas entrevistas promocionales. Pese a todo, la rúbrica de Peckinpah permanece indeleble en la película. Este grupo de marginados fantasmagóricos que persigue obsesivamente a los indios anticipa una de las obras más aclamadas, polémicas (y sobrevaloradas) del realizador: Grupo salvaje (1969). Y encorseto el calificativo sobrevalorado entre paréntesis, ya que han sido los seguidores de la estilización de la violencia los que han afectado/afeado su importancia en el film. A partir del tiroteo final de Grupo Salvaje, nos hemos cansado de asistir en el cine a atronadoras y ralentizadas secuencias de tiroteos delirantes, cansinos e irrisorios que las más de las veces sólo demostraban una carencia posmoderna por llevar a buen puerto la trama narrativa. Sin embargo, el film de marras es algo más. Como escribió Gonzalo Suárez, en funciones de escribidor de cine:

La obtusa inercia de quienes homologan modas y suscriben opiniones gregarias, anticipando tarantineces postmodernas, reduce el cine de Peckinpah al efectismo más obvio y superfluo, en detrimento de sumás profunda y verdadera dimensión. El tergiversador será para siempre tergiversado.

Grupo salvaje es algo más que un western violento. Es, ante todo, cine. Excediendo el género, que toma como papel pautado, nos remite a un ejercicio fílmico en el que la cámara no se limita a retratar una historia, sino que la interpreta emocionalmente. Su pulsión poemática desaforada, a través del montaje y de las actitudes actorales, nos trae reminiscencias épicas de canción de gesta. No importa demasiado quién persigue a quién, ni a dónde van ni de dónde vienen, la vivencia mítica es acontecer y cobrar intensidad en pantalla”.

Efectivamente, el grupo que da título al film no tiene más objetivo que morir matando, y para ello se vale de un macguffin emocional: la venganza.

En este y en sucesivos films el nihilismo y una consideración pesimista del género humano se muestran desentrañados. Grupo salvaje, en homenaje buñueliano, se abre con una pandilla de chavales echando a un escorpión a la hormigas hambrientas antes de prender fuego a éstas. La metáfora no puede ser más bestia. La violencia, pues, no respeta ni a la supuesta edad de la inocencia. De esta manera, no extraña el bucle violento de la narración, centrada en las (des)venturas de una panda de forajidos en la última vuelta del camino. A este respecto, el reparto no pudo ser más acertado. Por aquel entonces, William Holden estaba ya lejos de ser aquel guapo actor de sonrisa ladeada que encandilaba tanto a madres como a hijas. Para muestra, el célebre baile que se marca en Picnic (1955) que despierta miradas derretidas de todo el personal femenino presente (de la niña hasta la anciana). Holden había empezado a usar la botella para superar terribles problemas de timidez en un oficio de sociabilidades incesantes. Cuando cayó en sus manos el guión del film de Peckinpah, ya sólo sociabilizaba con un litro de ginebra en el cuerpo. En cualquier caso, el director, que al principio se mostraba renuente a la participación de Holden, supo que la elección no podía haber sido más acertada. A Peckinpah le gustaban los actores que estaban fuera de “El Sistema”, que no se daban ínfulas con el Método actoral y que interpretaban a la vieja usanza. Además, la mayoría de actores que trabajaba con el realizador compartía su gusto por las farras y por llevar vidas inusuales en el Star-System: James Coburn, Steve McQueen, Warren Oates, Kris Kristofferson, Jason Robards… Sin embargo, el realizador también se granjeó enemistades entre los “tipos duros” de la interpretación. Mítica la frase de Gene Hackman: “La vida es demasiado corta como para malgastar dos meses rodando con Sam Peckinpah”. Parte importante, pues, de la grandeza de Grupo salvaje reside en unos actores macerados por la vida y, en algunos casos, por sus excesos: Robert Ryan, Ernst Borgnine, Ben Johnson, Edmond O’Brien, Strother Martin, L.Q. Jones

Párrafo propio merce la participación de Emilio Fernández en la película. El “Indio” Fernández no sólo fue uno de los realizadores cruciales de la época dorada del cine mexicano, sino que también ejerció de “embajador” en México de dos fronterizos incurables: Jonh Ford y el propio Peckinpah. Ambos buscaban en tierras sureñas algo más que el tópico de la fiesta y las borracheras desfasadas lejos del hogar y sus obligaciones. Aunque aquellas escapadas tenían su punto de turismo dipomaniaco, los realizadores encontraron en tierras mexicanas las huellas próximas de un mundo perdido. Allí, todavía estaban recientes los restos de las luchas coloniales y las trifulcas territoriales. De hecho Fernández había participado en la Revolución mexicana. Así pues, más allá del obligado tequila, Peckinpah cedió el personaje del cabrón Mapache al viejo colega. Un homenaje a otro outsider salvaje.

Perdedores sin épica

Todavía estaba por estrenar Grupo Salvaje y Peckinpah ya estaba trabajando en otro film. Para mí, La balada de Cable Hogue (1970), junto a Patt Garret y Billy The Kid, Quiero la cabeza de Alfredo García (1974) y la infravalorada La cruz de hierro (1977), conforman un cuarteto imprescindible. No queda espacio para la épica en el retrato de los perdedores. Se ha escrito sobre la condición de alter-ego del personaje de Cable Hogue (Jason Robards) en el film. Evidentemente, se trata de un tipo que se lleva mal con el presente y sus progresos. Esta desubicación constante, además, propicia al desenlace irónico de su muerte al ser atropellado por un automóvil. Tal vez sea esta combinación de humor y amargura, de desesperación un tanto enloquecida y jovial la que proporciona a la película un tono de proximidad entrañable. Claro está que el público esperaba tiroteos a mansalva después de Grupo salvaje y se encontró con esta triste y lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). En estas condiciones paradójicas nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de la pérdida de la épica, de los tiempos míticos (y mitificados) en los que ésta era posible.

Sin embargo, en Patt Garret y Billy The Kid, el tratamiento del mito adopta perspectivas mucho más arriesgadas y fascinantes. La mirada hacia atrás de un género en vías de extinción (a mí entender el spaghetti western es poco más que un capricho europeo que nada nuevo aporta a la evolución del género, pese a que su iconografía polvorienta y húmeda haya influido posteriormente a un buen número de cineastas) permite a Peckinpah un distanciamiento reflexivo idóneo para la demolición definitiva del mito. Otra vez nos encontramos a dos amigos enfrentados. El viaje de Patt Garret, su última misión antes de instalarse en una vejez acomodaticia, se alterna con las andanzas de Billy The Kid y su grupo. Patt Garret, pues, va más en busca de su propio recuerdo que de Billy The Kid. De hecho, Billy no es otra cosa que su pasado. La vida salvaje del forajido. La juventud irremediablemente perdida. De ahí que después de asesinar a Billy, Patt Garret se contemple un instante en el espejo y dispare a su reflejo en un suicido simbólico. En un acto menos de redención que de autodio, de autoaniquilación.

Ayuda a crear esta elegía de espectros del pasado, la impresionante banda sonora de Bob Dylan , quien además interpreta a un pícaro lacónico y de moral ambigua. Se aprecia que el músico no tuvo que hacer demasiados esfuerzos para encarnar al personaje. En cualquier caso, la poética de Peckinpah, su extraña mezcla de furia y sensibilidad, de violencia abrupta y suave lirismo, merecía una banda sonora de tal calibre.

El retrato de los grandes perdedores de Peckinpah se cierra con dos tipos desarrapados. Quiero la cabeza de Alfredo García y La Cruz de Hierro. A esta nómina podría añadirse el Steve McQueen de Junior Bonner (1972), un film sobre caducos cowboys de rodeos que debe mucho, en la crónica melancólica de un universo agónico, a Vidas Rebeldes (1962) de John Huston.

Quiero la cabeza de Alfredo García supone el Peckinpah más puro ya que tuvo un control abosluto sobre el proceso de realización. Es la única vez que el cineasta controló el montaje de la película. Así que se puede hablar de la película que más se acerca a su concepción artística. Por su parte, La Cruz de hierro revisita la II guerra mundial desde el más absoluto desencanto. Tanto es así que Orson Welles la consideró la película antibelicista más lograda. En el relato de un batallón alemán en tierras rusas justo antes de la desbandada nazi, el cineasta vuelca todo su odio hacia las jerarquías y estamentos sociales. La incompetencia de los gerifaltes. En los dos films, se trata de personajes abocados a su última misión, a la lucidez final que nos los redimirá, sino que les demostrará simplemente la gran mentira de la vida. O su única verdad. El primer plano de James Coburn descojonándose solo en medio del hundimiento absoluto en La Cruz de hierro fue premonitorio.

La violencia del miedo

Aparte del thriller psicológico Perros de paja (1971), el director no rodó ninguna otra película de calado. Realizó una adaptación lisérgica y confusa de La Huida, novela negra de Jim Thompson, y tres films con buenas intenciones pero de resultados discretos: Los aristócratas del crimen, (1975) Convoy (1978) y Clave: Omega (1983). Al año siguiente de rodar su último film, Peckinpah murió de un paro cardiaco. No había cumplido aún los sesenta años. Su existencia excesiva fue una caída constante al abismo. Lenta pero inevitable, como en las escenas ralentizadas tan utilizadas en sus películas y tan imitadas después. Se ha dicho que se trataba de un proceso de estilización de la violencia. Tal vez sea verdad. Sin embargo, más allá de la pirotecnica visual, interesa el tratamiento psicológico del desencadenante de dicha violencia. Y siempre se encuentra el miedo. El miedo que se canaliza y se controla. El miedo a la muerte que directamente se vence y que termina en los tiroteos finales que no son más que un suicidio liberador.

El suicidio de Peckinpah fue mucho más lento. Podría decirse que a lo largo de su vida logró vencerlo con un puñado de películas (grandiosas, regulares, fallidas) que retrataban a hombres con miedo, perdedores (como lo somos todos cuando vencemos la vanidad y aceptamos nuestra misérrima condición) capaces de su última grandeza y añorantes de aquellos tiempos fáciles (y falaces) donde se podía ser bueno o malo sin necesidad de vivir en una constante duda moral. Tipos en el purgatorio. Allí también pasó su vida Peckinpah, siempre rehuyendo la felicidad, haciendo todo lo posible para herir a los amigos y para echar a perder sus películas. Mantuvo, en cualquier caso, una integridad artística que tampoco le dio todos los resultados que el esperaba. Quiso volcar todo lo mejor de él en las películas, sin ser consciente de que también incluía todo lo peor. Belleza, sensibilidad, piedad, dignidad, lealtad, rebeldía, furia, traición, miedo, deseperación, crueldad, violencia. Muerte. El infierno en las venas y el cielo en la mirada.

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37 comentarios

  1. Gran artículo!

  2. carlos

    La verdad es que su cine es bastante particular y películas las tiene de todos los gustos,sin quererlo ha hecho bastante daño por la cantidad de malos imitadores utilizando el ralentí en las escenas de acción.Yo sigo alucinando con el final de Grupo Salvaje.

  3. Melchor G

    ¿Grupo salvaje , sobrevalorada? Lo que hay que leer….

    • pike69

      es que debe ser muy moderno-cool, decir que una de las mas grandes peliculas de la historia esta sobrevalorada. un dia tendrian que explicar que significa «sobrevalorada». Unicamente considero ese comentario como polemista y para remover a cinefilos.
      sin fundamento.

  4. fueradejuego

    Ian Curtis en formato western,así que,¿qué más se puede añadir?

  5. El artículo es genial, me ha gustado leerlo, pero me ha sorprendido que Perros de Paja apenas se mencione y no se le dediquen al menos un par de líneas a una de las mejores películas de Sam y en la que Dustin Hoffman probablemente interpreta el papel de su carrera… No es de tu agrado esta película? Xq sinceramente siendo tan sumamente buena, me sorprende que apenas se mencione.

    • Jordi Bernal

      Muchas gracias. «Perros de paja» me parece un soberbio thriller psicológico. No le he dedicado más espacio (y merece incluso artículo completo) ya que quería centrarme en las obras que me parecen más representativas de la personalidad y cosmovisión de Peckinpah.

      Abrazos.

      • duch69

        me gustaria que argumentaras tu expresion: ¿ grupo salvaje esta sobrevalorada?

        • Jordi Bernal

          Gracias por el interés. Creí explicarlo en el párrafo en cuestión: «Y encorseto el calificativo sobrevalorado entre paréntesis, ya que han sido los seguidores de la estilización de la violencia los que han afectado/afeado su importancia en el film».
          Esto es: pienso que hay una serie de cinestas que han imitado aquello más superficial de la violencia visual de Peckinpah. De ahí que hayan «sobrevalorado» su repercusión.
          Espero que ahora me haya explicado mejor.
          Abrazos.

      • Gracias Jordi, aclarado el tema y comprendo ahora tu decisión de mencionarla y aprovechar líneas para el resto de su filmografía :) eso si, te ánimo a que realices el articulo de Perros de paja xDDD

      • carlos medina

        La foto a pie del articulo,me podria decir el nombre de la actriz,,la conozco pero no me acuerdo del nombre.Gracias

    • Totalmente de acuerdo, «Perros de Paja» merecía al menos un párrafo. Un Western en pleno Reino Unido, es algo jamás hecho.

      A mi en cambio, » … Alfredo García», me decepcionó. Eso sí, la escena de Warren Oates cantando Guantanemera en un agujero del DF, es inolvidable.

      Peckinpah es irrepetible.

      Saludos a todos.

      • Jordi Bernal

        No repetiré la argumentación sobre «Perros de Paja». En cualquier caso, no, no es un western. ¡Hasta aquí podíamos llegar!

        Abrazos.

  6. Iñigo

    ¿Autoinmolación?

    ¿Con inmolarse no basta o qué?
    Si la aportación de Dylan al film se hubiera limitado a la banda sonora mejor para todos, por cierto.

    Más Peckinpahs es lo que necesita el cine. Ahora más que nunca.

    • Jordi Bernal

      Sí, redundante estoy.

      No, más Peckinpahs no, por favor. Podría ser un infierno.

      Abrazos.

  7. Grandiosa úlitma foto.

  8. ultimolunes

    En no se que revista del tiempo de los porros (creo que Star ( de comics)) leí que durante el rodaje de Duelo en la Alta Sierra, Sam P. y el que acabaría siendo el pope de la Asoc. Nacional Del Rifle se iban de putas en México y les decían «ven aquí, perra latina». Creo que era J. Ordovás quien lo contaba.

    Randolf Scot sale muy tangencialemtne en uno de los tres tochos de la trilogía, creo que Seis de los Grandes, del autor de la Dalia Negra y L.A. Confidencial (no me viene el nombre al coco) y le presenta de forma muy críptica y entrecortada como violador de emigrantes latinos en la redadas que hacía un cherif especialmene nazi de la frontera con méxico…

    Y toda la violencia nada ralentizada y si muy poética y depresiva de Grupo Slavaje está en las sonrisas finales, antes del gran tiroteo, de Ernst Borgine…

    • viejotrueno

      Primero, acordarse de Charlton Heston por la asociación del rifle me parece de una estrechez mental acongojante. Pero aquí cada cual gestiona sus prejuicios como le parece. Está claro.
      Segundo, a Ordovás no vale la pena hacerle mucho caso, es sabido que se inventa mucho las cosas.

  9. ultimolunes

    Rectifico sobre un recuerdo de hace más de treinta años: Era durante el rodaje de Mayor Dundee no en Duelo en la Alta Sierra.
    Otra curiosidad. Stella Stevens la actriz de la Balada de C… H.. se presentó a no se que elección, presidencia de Usa o gobernadora de California, por un partido de sexo libre y maria para todos. No ganó. Veinte años antes que Cicciolina.
    Y Quiero la cabeza de A.G. a mi personalmente me pareció muy floja. No logró encenderme.

    ¿es cierto eso que decían entonces sus devotos de que era medio indio (native american)?

  10. Andrés

    A mí Grupo Salvaje tampoco me parece sobrevalorada, y creo que Tarantino y cía han copiado más a Leone que a él, pero bueno.
    Y creo que su final supera ampliamente el «macguffin emocional» de la venganza. Muestra el peculiar sistema de valores del Grupo, para el que la dignidad y la amistad de su colega eran más importantes que el dinero. Y por lo tanto, de nihilista, muy poco.
    Por lo demás, enhorabuena por el artículo.

  11. Fantástico artículo sobre este auténtico animal del cine empeñado en glorificar la imagen del perdedor con historias repletas de autenticidad y desgarro emocional. En mi retina siempre quedarán la violenta belleza de películas como la «sobrevalorada» Grupo Salvaje o La huída.

    Saludos

  12. hermanolobo

    Como nota de interes, comentar que este realizador tiene un guion escrito a medias con un director español …… del que Sam P. decia que era un genio.

  13. viejotrueno

    También quiero decir que Grupo Salvaje no cuenta una historia de venganza… no me parece que la motivación del grandioso y último tiroteo sea esa. Sería un poco cutre. Sería como Tarantino. Y Peckimpah era más complejo.
    El tiroteo final se hace porque se tiene que hacer, y porque va unido a la idea de redención, que es algo que en el artículo no se ha dicho, y que me parece importante, porque Peckimpah participaba de ese tipo de moral católica. Es decir, el deber y la redención y la muerte como gran expiación, como forma de pago por los pecados de haber llevado una vida irresponsable. En ese sentido creo que Peckimpah es todo lo contrario de un nihilista individualista. Y de hecho en sus películas siempre hay momentos de comunión. Por otro lado los protagonistas siempre son unos canallas. Quiero decir, que se presentan como verdaderos sinvergüenzas que han hecho cosas malas y que buscan redimirse, buscan el perdón de la vida. Lo que sucede es que, como bien sabía Peckimpah, no existe el perdón auténtico, más que con la muerte

    • J. Bernal

      Querido, en ningún momento creo haber dicho que Peckinpah (que no Peckimpah) cuente una historia de venganza.

      Abrazos.

      • Ernesto

        Impecable. Admiro a Peckinpah, fue el mayor Poeta de la Violencia en el Cine. Tanto que Orson Welles lo bañó de elogios. Alfredo García es otra joya del cine. Que en paz descanses, Sammy.

  14. maricarmen

    Un pequeño dato….la factura del bar durante el rodaje de La balada de Cable Hogue, lo contó Stella Stevens en una entrevista: 70.000 dólares ( dos semanas en el año 1970).
    Seguro que a todos los que estamos aquí nos habría encantado tomarnos un trago en esa barra.

    A que si???

  15. Solo por la música de Ennio Morricone, el Spaghetti western ya merece un respeto.

  16. Vonnegut

    Creo que el redactor de este artículo tiene una visión muy concreta del director, algunos análisis bastante reduccionistas y en contraposición a esta doctrina filosófica, algunas afirmaciones son bastante vacuas. De SAM PECKINPAH (lo escribo correctamente para evitar correcciones, como las que te has permitido hacer a un usuario que ha comentado tu artículo), has «argumentado» aspectos de sus cinematografía obvios para los cinéfilos amantes de este director. Y siento decirte, que eres muy anfibológico, y en algunos momentos desconozco qué interpretar de tus soberbios juicios de valor. Padeces lo que le sucede a muchos periodistas o pseudo-críticos, que opinan por encima de su conocimiento. Y conste que esto no es una diatriba contra los periodistas o críticos, que los hay extraordinariamente buenos.

    • J. Bernal

      Querido, no escribo para «cinéfilos» que desconocen las básicas normas de puntuación del castellano. Escribo para amigos.

      Saludos,

      • Vonnegut

        Querido, gracias por darme la razón. En lugar de refutar mis argumentos, me insultas. Me has demostrado que eres una persona insegura con la nula capacidad para objetar racionalmente, que se refugia en el insulto para protegerse de su propia ignorancia. De nuevo, gracias por demostrarme que no me había equivocado contigo.
        Cuídate mucho y un abrazo enorme amigo!

        • J. Bernal

          ¿Insultar? ¡Por Dios! Suerte que está registrada nuestra conversación para saber que no es así y valorar mis escuetos argumentos. La sintaxis, un valor moral. De ahí que yo escriba siempre con y en mi nombre.

          Saludos.

  17. Abate Marchena

    Hola Jordi……He recaído en esta página tras la ayuda del Twiter…
    Este pedazo de realizador del Cine…..es un monstruo del celuloide con sus descripciones en la pantalla.

  18. Pingback: Knocking on the Wild West’s Door | Day To Day

  19. Ernesto

    Peckinpah fue un Genio, un Poeta de la violencia, de rostros cansados de tanto vagabundear, de los atardeceres crepusculares. The Wild Bunch, La Cruz de Hierro y Alfredo García son films memorables, Tarantino se ha cansado de copiarlo pero no tiene su poesía. Un genio. R.I.P.

  20. Pingback: La cruz de hierro (1977) dirigida por Sam Peckinpah

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