El síndrome de Hamlet

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«¡Oh, si esta carne mía tan sólida se derritiera hasta convertirse en rocío! ¡Oh, si el suicidio no estuviera terminantemente prohibido por las leyes divinas! ¡Qué mercenario, qué insulso y caduco me parece todo! El mundo es un jardín repleto de ortigas, invadido por la inmundicia y la putrefacción. Lo grosero y lo hediondo se extiende por todas partes, propagando el olor a podrido. Solamente hace dos meses que murió; no, ni siquiera dos meses. Un rey tan admirable comparado con éste… y tan amoroso con mi madre. Y ella, que le abrazaba con apetito siempre insatisfecho, en menos de un mes… No quiero ni pensarlo. Inconstancia: tienes nombre de mujer. ¡En menos de un mes! Antes de que se le pudieran manchar los zapatos que se puso para el funeral, cuando toda llorosa… ¡Dios! Un animal irracional hubiera llorado su muerte durante más tiempo ¡Y con mi tío! ¡Casada con el hermano de mi padre! Aunque se parece tanto a mi padre como yo a un dios del Olimpo. En menos de un mes, sin tiempo de que se le secaran las simuladas lágrimas, vuelve a casarse y a meterse con prontitud en una cama incestuosa. No está bien hecho, ni puede traer bien alguno; mas aunque el corazón se me rompa en pedazos, he de callar y aceptarlo».

Conversaba el otro día con un amigo y nos preguntábamos por el estado de angustiado estupor en el que, a nuestro juicio al menos, parece sumida la población española ante la crisis. La protesta pública se antoja limitada, o como mínimo sorprende su insuficiente magnitud dada la gravedad del estado de ánimo general y dado el despertar de esa población ante la realidad de las condiciones en que se desarrolla su existencia, o ante la improbable posibilidad de que esa existencia tenga lugar bajo otros parámetros más justos y bondadosos. Cierto es que la protesta privada es, esta sí, omnipresente; pero como dicta precisamente ese carácter privado, su efecto audible no va más allá del rumor sordo de una suma de pataleos inconexos. No es que en nuestra conversación estuviésemos maquinando una revolución; las revoluciones rara vez traen más que un cambio de mano de las riendas cuando será el mismo caballo el que seguirá ejerciendo de tiro.

La tensa inacción de una sociedad en descomposición no dejaba de recordarnos a la parálisis de la presa ante el depredador, o a la res que, temblorosa, entra en el matadero sin saber muy bien lo que le espera pero sospechando que ya nunca saldrá de allí. Entremezclando la situación de nuestro país con diversas referencias literarias, caí en que no necesariamente son las ficciones de tinte social o popular las que más acertadamente captan el estado de letargo de una ciudadanía convencida de haber despertado pero que continúa sin ejercer influencia alguna sobre el devenir de su propio presente y futuro. Rápidamente me vino a la cabeza uno de los grandes arquetipos universales: el protagonista de La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, la obra más célebre del ya de por sí celebérrimo William Shakespeare.

Imagino que cualquiera tiene una noción general del argumento de la famosa obra: el príncipe Hamlet, apenado por la reciente muerte de su padre, el otrora rey, se escandaliza cuando su tío y la reina contraen matrimonio. Contemplar a su madre (Gertrudis) y al hermano de su padre (Claudio) compartiendo lecho y trono le asquea; ese asco se transforma en ira y deseos de venganza cuando —a través precisamente del fantasma de su padre— descubre que el anterior rey fue envenenado por Claudio, el mismo que ahora usurpa a su viuda y a su reino. A partir de ahí, Hamlet se sumerge en un vendaval de sentimientos encontrados; en lugar de buscar una rápida y pronta solución —que en la obra, siendo como es una tragedia, se presentaría en forma de venganza— inicia un proceso de duda y paralización que lo atormenta y está a punto incluso de conducirlo al suicidio. El atribulado príncipe se deshace una y otra vez en protestas, aunque siempre en privado, especialmente cuando se confiesa con su amigo Horacio. Por contra, aplaza o disfraza la protesta pública. Primero oculta sus sentimientos tras una fingida locura que según él servirá para desprevenir al nuevo rey, pero que en realidad le evita tener que actuar según sus formulados deseos de justicia. Después camufla su acusación poniéndola en boca de una compañía de actores, quienes representan una obra en la que se reproduce casi exactamente el complot contra su difunto padre; de hecho, su tío Claudio se siente tan turbado por lo que está contemplando en el escenario que interrumpe el visionado de la función, dando los claros indicios de su culpabilidad que Hamlet necesita para comprobar que sus sospechas eran ciertas. Aun así, el príncipe seguirá sumido en la inacción hasta que sea demasiado tarde.

Una buena parte de la pieza maestra de Shakespeare está dedicada a la atormentada reflexión de Hamlet sobre sí mismo; sufre lo indecible a causa de la corrupción que lo rodea, pero aún sufre más por la incapacidad de vengar efectivamente a su padre, de hacer honor a su sentido de la rectitud y de dar un definitivo golpe de mano para desenmascarar y poner fin a esa corrupción. Es tal el entumecimiento que, consciente de su estado de parálisis, Hamlet le da vueltas a la idea de quitarse definitivamente de en medio. Es el momento de la depresión, del hundimiento espiritual ante lo que está viviendo, y lo expresa con palabras inmortales en el más conocido de sus monólogos:

«Ser o no ser. Esa es la cuestión. ¿Qué es más noble? ¿Permanecer impasible ante los avatares de una fortuna adversa o afrontar los peligros de un turbulento mar y, desafiándolos, terminar con todo de una vez? Morir es dormir, nada más. Y durmiendo se acaban la ansiedad y la angustia y los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos. Es una deseable consumación: morir, dormir, tal vez soñar. Ah, ahí está la dificultad. Es el miedo a los sueños que podamos tener al abandonar este breve hospedaje lo que nos hace titubear, pues a través de ellos podrían prolongarse indefinidamente las desdichas de esta vida. Si pudiésemos estar absolutamente seguros de que un certero golpe de daga terminaría con todo, ¿quién soportaría los azotes y desdenes del mundo, la injusticia de los opresores, los desprecios del arrogante, el dolor del amor no correspondido, la desidia de la justicia, la insolencia de los ministros, y los palos inmerecidamente recibidos? ¿Quién arrastraría, gimiendo y sudando, las cargas de esta vida, si no fuese por el temor de que haya algo después de la muerte, ese país inexplorado del que nadie ha logrado regresar? Es lo que inmoviliza la voluntad y nos hace concluir que mejor es el mal que padecemos que el mal que está por venir. La duda nos convierte en cobardes y nos desvía de nuestro racional curso de acción».

Estancado y prisionero de la duda, decíamos que Hamlet habla de su necesidad de poner fin al estado de las cosas, de actuar, cuando conversa con Horacio. Pero en su fuero interno solo se ve capaz de decidir entre la inacción y la muerte. En el momento de pronunciar el monólogo anterior, el “ser o no ser”, para Hamlet todos los caminos conducen a la no reacción, a la nada. Y aún se pregunta cuál de las dos opciones —abstención o muerte, igualmente inefectivas ambas— es la más noble, sabiendo perfectamente que la respuesta es que ninguna de ellas lo es. Considerándose pues innoble a causa de su incapacidad para poner en marcha su plan de impartir justicia, sintiéndose un cobarde, entra en un círculo vicioso de autodesprecio y autodestrucción. Esa autodestrucción no toma finalmente el camino del suicidio, por más que el príncipe fantasee con un final que lo libere de sus cargas. Su manera de autodestruirse es otra: se niega a sí mismo. Hamlet se finge loco, miente, oculta, disimula y esconde. Acepta lo inaceptable y se engaña afirmando que su actitud forma en realidad parte de un plan de venganza. Pero tal plan es un pretexto para esconder el hecho de que no quiere o no puede actuar. El autoengaño es inútil; aunque los demás creen en su locura, aunque Horacio cree —o quiere creer— en su determinación de vengarse, es Hamlet quien no se cree a sí mismo. Es perfectamente consciente del lodazal moral en que se ha metido al buscar cualquier excusa para no desenmascarar la trama que ha corrompido a su familia y al reino.

La rabia ante la injusticia, sumada a esa torturante incapacidad para actuar, termina conduciendo a Hamlet a la apatía. El peso de la realidad recae sobre él; cuando ve los más sagrados valores siendo traicionados por los demás y hasta por sí mismo, le abandona todo aprecio por la vida. Incluso Ofelia, su amada, parece volverse inmaterial ante sus ojos y su corazón; Hamlet la usa como parte de su inefectivo plan, fingiendo un caso severo de locura romántica causada por su amor por ella, síntoma que contribuya a hacer más creíble su disfraz de demente. Pero, en el fondo, la desidia se ha apoderado también de la pasión que Hamlet sentía por Ofelia. De lo contrario, el amor le hubiese impedido utilizarla como a una pieza más en una urdimbre de simulaciones, y más sabiéndola inocente de toda culpa. Él se da cuenta de que su autoengaño le está llevando hasta el punto de traicionar no solo sus valores, sino de dañar sus propios sentimientos hacia los demás. Así pues, las cosas pierden su valor y las personas se alejan del corazón de Hamlet. Su idealismo, sin duda superior al de casi todos quienes lo rodean, no encuentra un mecanismo para plasmarse en actos, para convertirse en una lucha efectiva por la persecución de esos ideales. Como consecuencia, ese idealismo se desmorona. El propio Hamlet no comprende cómo aquello que más estima, la pureza del espíritu y la altura de los principios, sucumbe tan torpemente ante la turbia realidad:

«Últimamente, y sin saber por qué, he perdido toda la alegría y el deseo de ocuparme de las tareas cotidianas. Tengo tal pesadumbre en la mente que esta gran fábrica, la Tierra, me parece un promontorio yermo; y esa bóveda cristalina, ese firmamento majestuoso tachonado de fuego áureo, solo me recuerda una infecta y nauseabunda licuefacción de vapores. ¡Qué obra de arte es el ser humano! Sus poderes de raciocinio le ennoblecen; sus facultades son infinitas; la forma de su cuerpo, su soltura y agilidad son dignas de admiración; su capacidad intelectual le acerca a los ángeles, ¡a los mismos dioses! Es lo más bello del mundo, el más perfecto de todos los animales y, sin embargo, no puedo deleitarme en la contemplación de lo que finalmente será tierra, polvo, sombra, nada».

Una vez más habla sobre sí mismo. No obstante, la inacción no es exclusiva del príncipe. Todos en la corte callan y aceptan. Probablemente censuren también la corrupción en privado, pero nada dicen en público y nada hacen tampoco por mejorar la situación. Hamlet forma parte de un sistema y ese sistema se ha adaptado a los recientes cambios sin rechistar, aunque estos cambios vengan teñidos de ignominia. Algunos optan por emigrar, como Laertes (hermano de Ofelia), en una medida que tal vez nos recuerde a lo que sucede ahora mismo en España: cuando algo no tiene solución, una buena opción es la de marcharse y buscar la propia fortuna en un entorno más propicio. Lo primero que Laertes solicita tras la coronación del nuevo e incestuoso monarca es que se autorice su regreso a Francia; él, como todos, quiere lavarse las manos ante el problema. Cree que el cuidado de su propia vida es lo primero; el cuidado del reino es pues un afán idealista que no va con él.

Por su parte, Horacio condena privadamente lo sucedido, pero deja la ejecución de la justicia en manos de otro, en este caso de Hamlet. Horacio cede la iniciativa al príncipe para descargarse de un trabajo que, piensa él, no le corresponde. Desatiende su propia responsabilidad personal como súbdito, o diríamos hoy, como ciudadano. Quizá porque así se libera de la pesada carga de luchar en solitario contra la injusticia, lo cual contradice el afán pragmático de mirar primero por el propio interés, como ha hecho Laertes. Horacio, como los guardias del castillo y como el propio Hamlet, puede ver al espectro del antiguo rey —espectro que es invisible para los culpables de la situación, así que en cierta manera representa el desagrado moral ante esa injusticia— y no niega la obviedad que el príncipe dice haber escuchado del fantasma: “Me ha dicho que no hay villano en toda Dinamarca que no sea un sinvergüenza redomado”. Sí, el reino está gobernado ahora por corruptos, aunque la citada frase acusa al aire, sin señalar, sin nombrar y sin comprometerse. Horacio acepta esta verdad como evidente, sin embargo no se da por aludido como parte de la solución. No considera que sea también su papel, y no únicamente de Hamlet, el desenmascarar a esos sinvergüenzas. Horacio se limita a sentenciar airadamente “¡Huele a podrido en el reino de Dinamarca!”. Una sentencia que, por otra parte, todos saben cierta pero que nadie osa repetir ante quienes realmente deberían oírlo.

La madre de Hamlet, la reina Gertrudis, también se engaña a sí misma para no admitir su fracción de culpa en el contubernio que ha mancillado el reino. Ante el pesar de Hamlet por la muerte de su marido, le espeta:

«Querido Hamlet, desecha ese melancólico humor. No sigas cabizbajo buscando a tu noble padre en el polvo. Ya sabes que es ley natural que todo lo que vive ha de morir, pasando de aquí a la eternidad».

La ley natural, ese pretexto abstracto usado para camuflar la perversión de la ley de los hombres. Como si la ley natural de que todo muere bastase para justificar cualquier manera y momento de morir. Como si esa ley natural convirtiese el luto en un sentimiento inapropiado, como si uno debiera guardarse las lágrimas ante lo inevitable… cuando no era tan inevitable. No en ese momento y no de ese modo. Gertrudis afea el visible luto de su hijo como innecesario, como si no fuese su marido el que acaba de morir. Solo cuando Hamlet —incapaz de contenerse más— la cubre de reproches, se sentirá ella lastimada e incapaz de procesar las verdades que su hijo vuelca sin contemplaciones sobre ella. Hamlet la considera poco menos que una puta y a su tío Claudio un usurpador, pero Gertrudis quisiera no tener que oírlo: ruega a su hijo que detenga sus acusaciones. Por su parte, el nuevo rey Claudio acepta de buen grado la —fingida, recordemos— condición de locura de Hamlet, quizá porque el dar esa locura por verdadera le ayuda a desestimar la visible incomodidad de su sobrino, como si ese desasosiego moral de Hamlet fuese simplemente un efecto más de su trastorno mental y no producto de los sucios hechos que acaban de acaecer. El nuevo rey, como la reina, también ha afeado el visible luto de Hamlet, nuevamente aludiendo a una ley natural contra la que supuestamente no se puede combatir, ni tampoco se debe pretenderlo:

«Hamlet, señal es de tu dulce y admirable naturaleza que cumplas tu deber llorando la muerte de tu padre. Pero has de recordar que tu padre perdió a su padre y que este padre perdió al suyo y que cada uno de los hijos sintió durante un tiempo la obligación de guardar luto. Pero perseverar con obstinación en el duelo, más es irreverencia que devoción. Y tampoco es cosa de hombres. Es contrario a los designios divinos, y señal de un corazón débil o una mente impaciente o un entendimiento inmaduro. Destierra ese dolor inoportuno y mírame como si fuese tu padre. Pues –y quiero que todo el mundo lo sepa– tú eres el más cercano a mi trono. Por ello me atrevo a decirte, con el más noble amor que el padre más afectuoso pueda mostrar hacia su propio hijo, que tu intención de regresar a la Universidad de Wittenberg es contraria a mis deseos. Te lo ruego. Quédate aquí con nosotros, alegrándome los ojos como mi más principal cortesano, mi sobrino y mi hijo».

Una vez más, al atribulado Hamlet se le dice que su luto es exagerado y producto de su ignorancia; ¿acaso no sabe el príncipe que así son las cosas? La crisis en el reino se ha producido porque resultaba inevitable. Un rey ha muerto, así que ha sido necesario buscar un rápido sustituto para casarlo con la enviudada reina. Quizá las medidas que se han tomado no agradan a Hamlet, como tampoco agradan al pueblo, pero ¿acaso no se sigue que a la situación planteada por la ley natural se le pone un remedio que también ha de ser considerado como natural e inevitable? La usurpación ha sido la medida de gobierno que se necesitaba, y a Hamlet le parece moralmente indigna porque no es capaz de pensar en términos pragmáticos. Su idealismo es considerado infantil.

El monarca usurpador no quiere sin embargo que Hamlet huya, que se marche a otro lugar, porque ello enviaría a todos en el reino una señal de anormalidad. Quiere que el príncipe se quede en la corte y que acepte, que calle, que consienta. Así, con la visible aquiescencia de Hamlet ante el incesto, toda Dinamarca será aquiescente también. Claudio le reprocha a Hamlet su manifestación pública de dolor, acusándole —con buenas palabras, eso sí— de hacerse la víctima y de incomodar a todos con su actitud. El nuevo rey presenta a sí mismo como un nuevo padre y declara un profundo afecto hacia el príncipe. Afecto que es, a todas luces, ficticio. La actitud del traidor Claudio es en realidad una actitud política: si el príncipe Hamlet desea conservar sus aspiraciones al trono, habrá de pasar por el aro y guardarse sus cuestionamientos de la moralidad del sistema. No sea que removiendo los trapos sucios, el sistema termine de caer y Hamlet pierda lo poco que aún conserva. Así, pareciera que es la pena de Hamlet lo inoportuno, lo indeseable, lo que está fuera de lugar; no el crimen y el matrimonio inmoral que ha conducido a Claudio al trono. Gertrudis y Claudio son unos hipócritas y como tales se conducen. En realidad, todo el reino vive bajo un nuevo manto de hipocresía; hay que callar para no perder lo mucho o poco que aún se tenga. Quien se queja es un débil, alguien que no comprende los dictados de la “ley natural” de las cosas, alguien que no ha sabido asegurarse un lugar por sí mismo.

Hamlet es el príncipe heredero pero, en realidad, representa también la voz del pueblo. Shakespeare nos recuerda que el príncipe es amado por la plebe. Sin duda los súbditos comparten su congoja y conmoción ante la extraña, inmoral y muy sospechosa maniobra de sucesión, que se mire por donde se mire está teñida de indignidad. La incomodidad de Hamlet ha de ser también la incomodidad del pueblo, aunque quizá haya también muchos en el pueblo que prefieran callar para que el sistema no se venga abajo del todo y terminen siendo despojados de lo suyo, sea mucho o poco. Pero decíamos que el príncipe, en un principio, falla en su misión de ejercer como paladín de esa voz de protesta. Se rinde ante el juego político de su tío, convenciéndose de que sus propios motivos no son políticos, sino que responden a un ideal: una mentira flagrante a la que se agarra para no dar el paso definitivo de destapar la conspiración ante todos los daneses, mostrando que además de incesto ha habido crimen, que la inmoralidad ha sido mucho mayor de lo que todos creían. Todo para no desestabilizar ese juego político del que él, piensa, tiene también algo que ganar, aunque de su boca solo salgan palabras de desprecio hacia dicho sistema. Es más, cuando tiene la ocasión de apuñalar al rey por la espalda, se retrae, prisionero del statu quo, cabizbajo ante ese juego político pero poniéndose excusas elevadas para justificar nuevamente su inacción. Mientras se aproxima en silencio al rey, daga en mano, reflexiona:

«Ahora puedo hacerlo… pero está rezando. Si lo hago ahora, irá derecho al cielo, ¿y qué venganza sería esa? ¡El infame mata a mi padre y yo, su único hijo, lo mando al cielo! ¡Al cielo! Eso sería recompensa y no venganza. Cometió pecado mortal asesinando a mi padre. Luego, perpetró tantas ofensas contra la religión como flores hay en el mes de mayo. Nadie, excepto Dios, conoce el verdadero estado de su alma; pero sus muchos pecados me hacen pensar que la balanza se ha inclinado en su contra. ¿Será entonces venganza matarlo cuando está purgando el alma, en estado inmejorable para embarcarse en su último viaje? No. Aguardaré una oportunidad más favorable. Cuando esté borracho, o dormido, o blasfemando destemplado por la ira, o yaciendo en los brazos del placer incestuoso. Cuando no tenga la más mínima posibilidad de salvarse. Entonces le pondré la zancadilla, y su alma maldita se precipitará a las tenebrosidades del infierno dando inútiles coces al cielo. El remedio que te receto es el de prolongar tu agonía».

Una vez más Hamlet se abstiene de ejercer la justicia que tanto dice ansiar. Intenta consolarse pensando que no castigar al culpable equivale a prolongar su agonía. Ya traerá castigo el más allá…Pero su inacción no durará siempre. Su espíritu y su cabeza son como una olla a presión que tarde o temprano ha de sufrir un reventón. Por más que se engañe, por más que se justifique, por más que se paralice, sus verdaderos sentimientos no desaparecen. Su ira y su repugnancia no se diluyen. Su conciencia no le permite descansar. Sabe que las cosas están mal y, aunque ha dejado pasar el tiempo, su malestar no ha disminuido. Finalmente se hace consciente de que su venganza no es ya simplemente un deseo, sino una imposición moral.

«HAMLET: ¿No crees que me incumbe ahora ponerme en acción? Este hombre ha asesinado a mi padre, prostituido a mi madre, usurpado la corona que me pertenece legalmente, y finalmente ha intentado con alevosía criminal quitarme la vida. ¿No puedo yo ahora, sin tener que rendir cuentas ante el tribunal de la conciencia, matarle con este brazo? ¿Y no seré para siempre maldito si permito que ese podrido engendro de la naturaleza humana siga haciendo maldades?
HORACIO: En mi opinión, no solo tenéis el derecho sino la obligación de actuar».

Horacio se lo recuerda: la búsqueda de la justicia no es solamente deseable, es imperativa. Pero tanto se ha acumulado la cólera en Hamlet, tanto se ha reprimido, que cuando finalmente reacciona lo hace a ciegas y a destiempo. Mientras está disparando reproches a su madre, nota que alguien está espiando detrás de una cortina. Pensando que se trata del rey, atraviesa la cortina con su espada… sin pararse a averiguar quién se oculta allí realmente. Y no es el rey quien lo espiaba, no es la vida de Claudio la que siega en ese mismo momento, sino la de Polonio, chambelán del reino y padre de su amada Ofelia. Llevado por el ímpetu, Hamlet ejecuta mal su largamente pospuesta venganza e inicia una revolución irreflexiva, escogiendo la víctima equivocada. Su venganza no ha sido producto de su muy discutido pero inoperante plan, sino de un arranque, de un momento de violencia incontrolada, de una descarga producto de la atormentante frustración. Por tanto es una venganza mal ejecutada, una injusticia en pago por otra injusticia anterior. Se llevará dos vidas inocentes en el trance: la de Polonio y la de Ofelia, que enloquece a causa del asesinato de su padre y termina ahogándose en un estanque. El no haber afrontado la situación a tiempo ha provocado que cuando Hamlet finalmente abandona su parálisis y decide tomar cartas en el asunto, el resultado sea un desastre. Aun sin saber todavía que Ofelia ha muerto, pero sabiéndose ya asesino de Polonio, Hamlet es consciente de que su repentina revolución no ha servido para nada. En vano ha sido su acto, pues ha sido producto del afán de sangre más que del afán de justicia serena. Reflexiona nuevamente sobre la futilidad de la vida cuando contempla cómo el sepulturero prepara una nueva tumba, dejando rodar una vieja calavera que había por allí:

«¡Ahí va otra calavera! Esa podría ser la calavera de un abogado. ¿Qué se han hecho de sus pleitos, cláusulas, estipulaciones, ardides y marrullerías? ¿Cómo puede tolerar que este ganapán le golpee la cabeza con una pala sucia? ¿Por qué no manda que lo arresten por asalto grave? Quizás en vida se especializara en derecho agrario con sus contratos, fianzas, préstamos, hipotecas dobles y litigios. Ahora solo tiene barro en la cabeza y todos los papeles que firmó no cabrían en su fosa. Esta es toda la tierra que ha heredado». 

Así es, en efecto: cuando pudiendo cambiar lo que está mal no se cambia, ¿de qué sirven los oficios, de qué la corona y el trono, de qué las propias ideas, si al final se deja por todo rastro la nada? ¿De qué le sirve Hamlet a su pueblo si no ha sabido cómo enderezar las cosas? Y, por qué no, ¿de qué le sirve el pueblo a Hamlet si ese pueblo no toma también partido en su propio destino? Al final, la sangría resulta inevitable: Laertes regresa de Francia para vengar la muerte de su padre y hermana, muertes que le han informado han sido causadas por el ciego arrebato de Hamlet. No acaba ahí el acelerado proceso de descomposición del reino: el propio Hamlet descubre un complot de su tío el rey para asesinarlo en el momento en que llegue a Inglaterra, donde Claudio había decidido enviar a Hamlet en vista de su aparente locura (el príncipe regresa a mitad de camino informando de que su barco ha sido atacado por piratas). Por no actuar desde un principio de acuerdo a lo que sabe, a lo que siente y a lo que desea, a Hamlet se le ha hecho imposible aplicar serenamente justicia de acuerdo a un plan premeditado y racional que minimice lo que hoy llamaríamos cínicamente “daños colaterales”. Por no detener la corrupción en su preciso momento, esa corrupción se ha disparado: los complots y la violencia se multiplican. Hamlet ha contribuido a desencadenar un desenlace trágico, un baño de sangre innecesario del que él mismo será una víctima más.

Al final, el tan necesario cambio en la corte proviene del exterior, en forma de invasión, cuando el rebelde príncipe Fortimbrás entra en palacio al frente del populacho para encontrarse con una sangría. Fortimbrás será legitimado por el agonizante Hamlet. A su vez, Fortimbrás rendirá honores al príncipe como si éste hubiese sido el mártir de la revolución, pero el daño que la constante duda de Hamlet ha causado en el reino ya está hecho. Su silencio ha ayudado a extender la injusticia; su repentina y mal planeada explosión ha terminado de sembrar el caos. La moraleja: Hamlet debió actuar en su momento, no en un arranque súbito tras un prolongado festival de dudas. No debió ceder nunca al juego político. Debió actuar en cuanto supo que las cosas estaban mal, y debió haberlo hecho de frente, erigiéndose como líder de ese cambio en el que tanto creía. Debió atajar de raíz aquello que no funcionaba, buscando provocar el descrédito de los traidores y reclamando abiertamente el apoyo de quienes permanecían fieles a sus ideales. Debió intentar no hacer pagar al prójimo inocente por sus dudas, por su dolor y por su constante debate entre el “ser o no ser”, entre el hacer y el no hacer. Debió actuar con serenidad pero con firmeza, sin revoluciones espontáneas de final incierto. Debió levantar la alfombra, destapar toda la basura del reino y perder el miedo a las últimas consecuencias, aun cuando esas consecuencias pudieran significar perder lo que tenía o lo que aspiraba a tener. La justicia no acude por sí sola al mundo, hay que traerla de la mano e imponerla ante quienes la traicionan y mancillan. Eso puede y debe hacerse sin sangre, pero no puede ni debe hacerse con pusilanimidad, ni siquiera con dilación. Los culpables deben pagar en la medida de sus culpas, no más, pero tampoco menos. Además hay que localizarlos, juzgarlos y tener la seguridad de que se imparte justicia y no se da espadazos a ciegas a través de una cortina. Los inocentes deben ser igualmente defendidos en virtud de su inocencia. Hamlet no reaccionó a tiempo y en el entretanto su inacción solo hizo por empeorar las cosas, complicando lo que de por sí ya se había complicado más que suficiente. Dejó hacer a quienes habían empezado a pudrir Dinamarca, y así Dinamarca terminó completamente consumida por la putrefacción. A Hamlet, como a casi todos en el reino, le aterrorizó pensar en lo que se necesitaba hacer; preguntarse el qué, el cómo y el cuándo debía hacerse, le sumía en el estupor y la preocupación. Su rendición ante el juego de la política, ante el statu quo, ante ese deseo de conservar lo que tenía, solo terminaron causando la pérdida de aquello que amaba y que aún hubiera podido conservar de haber actuado a tiempo. La tragedia de Hamlet es la tragedia de las épocas, de los países y de los pueblos; la tragedia de quienes se abandonan a lo que creen inevitable —quizá porque alguien les ha dicho que era inevitable— cuando, como el propio príncipe Hamlet sabe, únicamente la muerte es inevitable y definitiva. Lo demás, todo lo demás, está en nuestras manos.

«¿No es increíble que ese actor, fingiendo una emoción, con pasión imaginada, ponga tanta alma y vida en su ejecución que su rostro palidezca, se le salten las lágrimas, su expresión refleje inmenso dolor, la voz se le estrangule y su figura toda se amolde tan perfectamente al papel? Y todo ello… sin motivo alguno.  (…) ¿Qué no haría este actor si tuviese la razón y el motivo que yo tengo para dejarse llevar por la emoción? Anegaría el tablado con su llanto y escandalizaría los oídos del público con un discurso que causaría horror y admiración: el culpable enloquecería de remordimiento, el inocente se espantaría y el ignorante quedaría atónito. Yo, por el contrario, lerdo y débil de espíritu, solo sé lamentarme, como indolente soñador, incapaz de comprometerme en mi causa, sin nada que decir. No, ni siquiera a favor de un rey como fue mi padre, a quien alevosamente robaron vida y reino. ¿Es que soy un cobarde? ¿Quién me llama villano? ¿Quién me da un bofetón o me tira de la barba o de la nariz o me da con un mentís que se me clave en lo más profundo de las entrañas? ¿Quién se atreve a hacerlo? ¿Nadie? Pues probablemente se lo toleraría. Porque tengo hígado de gallina y me faltan agallas para arrancar estas cadenas que me queman el alma. Si no fuese así, ya habría cebado las aves rapaces de estos lugares con las tripas de ese maldito, traidor, grosero, desvergonzado, lujurioso y desnaturalizado ladrón. Pero ¡qué necio soy! ¡Ah, bravo! Asesinan a mi padre, el cielo y el infierno me espolean para que tome venganza y todo lo que hago es quejarme y lloriquear como una Magdalena, y maldecir mi suerte como una puta, como un siervo. ¡Vergüenza debe darme! ¡Vergüenza de mí mismo!»

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6 comentarios

  1. Excelente análisis de Hamlet. Cada vez que leo la obra o la veo representada saltan frases lapidarias que me hacen pensar una y otra vez.
    Una de mis posesiones más preciadas es la edición de The Penguin Shakespeare, con la portada diseñada por Jan Tschichold (genio sobre genio). Pero también guardo como oro en paño una traducción de Moratín, otra de Borges y (cómo no) la de Astrana Marín.

    Y a mí que siempre que quedó la duda de qué es lo que había pasado con Rosencrantz y Guilderstern. Para mí que Hamlet se los cargó sin remordimiento. ¡Pobrecillos! Suerte que Tom Stoppard se acordó de ellos.

    He disfrutado muchísimo leyendo el artículo.
    Un saludo.

  2. Muy buen artículo!

    Ha estado muy bien rememorar la obra y, más, con esta visión de la actualidad.

  3. Pingback: Corazón tan negro: de la maldad en Shakespeare | Mediavelada

  4. Amparoprol

    buenisimo ensayo ,me a aclarado cosas .

  5. Pingback: El síndrome de Hamlet | estudosteatrais20152016

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