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El síndrome de Hamlet

Hamlet Hz 2


«¡Oh, si esta carne mía tan sólida se derritiera hasta convertirse en rocío! ¡Oh, si el suicidio no estuviera terminantemente prohibido por las leyes divinas! ¡Qué mercenario, qué insulso y caduco me parece todo! El mundo es un jardín repleto de ortigas, invadido por la inmundicia y la putrefacción. Lo grosero y lo hediondo se extiende por todas partes, propagando el olor a podrido. Solamente hace dos meses que murió; no, ni siquiera dos meses. Un rey tan admirable comparado con éste… y tan amoroso con mi madre. Y ella, que le abrazaba con apetito siempre insatisfecho, en menos de un mes… No quiero ni pensarlo. Inconstancia: tienes nombre de mujer. ¡En menos de un mes! Antes de que se le pudieran manchar los zapatos que se puso para el funeral, cuando toda llorosa… ¡Dios! Un animal irracional hubiera llorado su muerte durante más tiempo ¡Y con mi tío! ¡Casada con el hermano de mi padre! Aunque se parece tanto a mi padre como yo a un dios del Olimpo. En menos de un mes, sin tiempo de que se le secaran las simuladas lágrimas, vuelve a casarse y a meterse con prontitud en una cama incestuosa. No está bien hecho, ni puede traer bien alguno; mas aunque el corazón se me rompa en pedazos, he de callar y aceptarlo».

Conversaba el otro día con un amigo y nos preguntábamos por el estado de angustiado estupor en el que, a nuestro juicio al menos, parece sumida la población española ante la crisis. La protesta pública se antoja limitada, o como mínimo sorprende su insuficiente magnitud dada la gravedad del estado de ánimo general y dado el despertar de esa población ante la realidad de las condiciones en que se desarrolla su existencia, o ante la improbable posibilidad de que esa existencia tenga lugar bajo otros parámetros más justos y bondadosos. Cierto es que la protesta privada es, esta sí, omnipresente; pero como dicta precisamente ese carácter privado, su efecto audible no va más allá del rumor sordo de una suma de pataleos inconexos. No es que en nuestra conversación estuviésemos maquinando una revolución; las revoluciones rara vez traen más que un cambio de mano de las riendas cuando será el mismo caballo el que seguirá ejerciendo de tiro.

La tensa inacción de una sociedad en descomposición no dejaba de recordarnos a la parálisis de la presa ante el depredador, o a la res que, temblorosa, entra en el matadero sin saber muy bien lo que le espera pero sospechando que ya nunca saldrá de allí. Entremezclando la situación de nuestro país con diversas referencias literarias, caí en que no necesariamente son las ficciones de tinte social o popular las que más acertadamente captan el estado de letargo de una ciudadanía convencida de haber despertado pero que continúa sin ejercer influencia alguna sobre el devenir de su propio presente y futuro. Rápidamente me vino a la cabeza uno de los grandes arquetipos universales: el protagonista de La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, la obra más célebre del ya de por sí celebérrimo William Shakespeare.

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6 comentarios

  1. Excelente análisis de Hamlet. Cada vez que leo la obra o la veo representada saltan frases lapidarias que me hacen pensar una y otra vez.
    Una de mis posesiones más preciadas es la edición de The Penguin Shakespeare, con la portada diseñada por Jan Tschichold (genio sobre genio). Pero también guardo como oro en paño una traducción de Moratín, otra de Borges y (cómo no) la de Astrana Marín.

    Y a mí que siempre que quedó la duda de qué es lo que había pasado con Rosencrantz y Guilderstern. Para mí que Hamlet se los cargó sin remordimiento. ¡Pobrecillos! Suerte que Tom Stoppard se acordó de ellos.

    He disfrutado muchísimo leyendo el artículo.
    Un saludo.

  2. Muy buen artículo!

    Ha estado muy bien rememorar la obra y, más, con esta visión de la actualidad.

  3. Pingback: Corazón tan negro: de la maldad en Shakespeare | Mediavelada

  4. buenisimo ensayo ,me a aclarado cosas .

  5. Pingback: El síndrome de Hamlet | estudosteatrais20152016

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