
Cuando le preguntamos a Javier cómo ha sido el asociarse con los empleados, siendo entonces como era él jefe, nos espeta; “eso es mentira, yo ni era jefe ni ná. (…) Además, que yo llegué el último, y por un tema informático. Iba allí a ver a mis padres (entonces el dueño era Antonio Luque), y veía cómo nos acercábamos peligrosamente al año 2.000 y no tenían casi que ningún ordenador. Ni mi padre ni mi hermana estaban por la labor… Me ocupé de este tema, contacté con un informático, y así empecé. Pero de jefe nada. Yo uno más. O menos” No fue hasta el año 2.000, al cerrar la librería de la calle Gondomar (han estado en varias ubicaciones, «siempre en torno a la Plaza de las Tendillas), cuando entra en el negocio familiar más de lleno. Y en el año 2.009, al liquidarse la empresa familiar, “fue una conmoción en Córdoba, imagínate”, fue cuando los trabajadores, “los cinco que estamos, los que somos los socios ahora, nos liamos la manta a la cabeza y montamos Luque. Tienen ellos más de Luque que yo; son ellos los que llevan aquí toda la vida trabajando”. Lo dice de verdad.
Juan nos presenta a la única empleada, “un buen fichaje, más que Cristiano y Messi”, nos dice el cliente y amigo que se ha acercado hasta la trastienda, el centro de operaciones de Juan, donde se reciben todas las publicaciones y se organiza todo el papel que entra y sale de Luque. “Llevo yo aquí, pues imagínate, desde los 14 años y ya tengo más de 50. Empecé con el tio de Javier, como siempre se empieza, de repartidor. Por aquel entonces los pedidos se enviaban a las casas. Hoy alguno también, pero no, ya no se estila como entonces”
Rafael también empezó como repartidor, “se reparten libros, se limpian papeleras, se quita el polvo…” Es, nos han dicho antes, “el león de la librería; se lo lee todo”. Al preguntarle sobre lo que le gusta a él, no ya como librero, como lector, nos dice lo que no, “que acabamos antes. A mí lo que no me gusta es el libro que te maltrata la cabeza. Yo lo que quiero es pasarlo bien leyendo. Leerme las memorias de Bono, o de Churchill… pues no” (“Churchill tenía su qué”, le decimos; “Que no, que no. Ése se fumaba sus buenos puros, y ya”) Nos dice que en una tarde se leyó La noche en que Frankenstein leýo El Quijote, de Santiago Posteguillo. “Es un libro muy sencillo, y tengo intención de recomendarlo como apoyo en literatura para un nivel de 3º o 4º de ESO; son anécdotas de escritores y libros a lo largo de la historia” Le gustó también una novelita de José Luis Rodriguez del Corral, Blues de Trafalgar; “este hombre fue librero, y se dedicó a la escritura. La historia se desarrolla en Cádiz. Yo en algún momento me sentí reflejado porque la época durante la que se desarrolla yo tenía más o menos la edad de los personajes. La trama además se va hilvanando, desarrollando de tal forma… que cuando lo acabas te sorprende. Es un relato que está basado en hechos reales. Muy muy bien escrito”
«Saludad a Lola de nuestra parte», les decimos, ya saliendo por la puerta, con la sensación de haber asistido a algo así como a una transición pacífica a lo largo de una parte de nuestra historia, del dueño librero a los empleados de toda la vida, en plan la tierra para el que la trabaja, pero de verdad, con sentido común, con ganas de seguir adelante. Si se hicieran así de bien más a menudo este tipo de cosas.









Mi librería favorita desde siempre.
Me alegré mucho de que la mantuvieran abierta.
Ha sido un triunfo para la ciudad.
La mejor librería de Córdoba, que yo sepa…
Yo estuve trabajando en esta Librería desde los 14 años hasta los 33 que me marche a trabajar a una empresa farmacéutica y me siento muy orgulloso de haber trabajo en ella y haber sido compañero con estos fenómenos que la regenta ahora,asimismo me gustaría enviar de aquí un fuerte abrazo a D.Antonio Luque que fue un gran y es una gran persona , a D. Antonio Osuna que fue nuestro gran encargado y un bellasima persona,os deseo de corazón que sigáis triunfando
Pingback: La Librería Luque, una librería con encanto
Además de librería con encanto es de las últimas librerías tradicionales que quedan en Córdoba, al margen de librerías especializadas, de viejo o pertenecientes a cadenas (bien de librerías, bien de grandes almacenes). Echaré de menos el local de Cruz Conde, donde ya de pequeño iba a por los libros que había que leer en el colegio.
Lástima que cerrasen la dos librerías de la plaza de la Compapañía, Anaquel y La Compañía, ambas con el «espíritu libreresco» de siempre.