Un refugio rojo burdel

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Le Sully
13 rue du Faubourg Saint-Denis
75010 París

Le Sully me acunó durante más de un año, mañana y tarde, en el difícil aterrizaje parisino. Fue la primera puerta abierta, palabra cálida en un laberinto de cerrojos sordos. El acoplamiento a la ciudad gris no es fácil. Como un novio que te da mala vida pero a la vez te enreda en su madeja imposible, uno trata inconscientemente de mantener el pulso entre la fascinación de la ciudad hechicera y los roces de la convivencia. Quizá a París hay que tenerla como amante, no como marido. Pero yo dormía con el culpable de los desvelos y en mi trapecio particular Le Sully ancló los puntos de equilibrio necesarios para evitar que cayera al vacío. Todos los días, al alba, acudía a buscar con avidez café caliente y periódicos o el vino reparador del crepúsculo. Era mi ritual.

Le Sully es un bar especial, una tasca con ratones y bastante poco glamour, un Palentino de espejos dorados y sillones rojo burdel. Está en un barrio popular, el décimo distrito de París, entre tiendas de Todo a cien regentadas por argelinos, puestos de fast-food turca y portales de prostíbulos. Por la mañana los abuelos calientan para jugar su larga jornada de barra. Toman Ricard o cerveza. El alba cae para las prostitutas de la vecina rue Saint Denis, que acaban su servicio con un shot de anestesia tardía. Junto a ellos los intelectuales desenredan Le Monde o Le Figaro, inmensos como pergaminos. Comentan la última de Sarko o de DSK. Huele a tartine (pan atiborrado de mantequilla) y suena indie francés, Brel, Johnny Cash y hasta Diego el Cigala. El barman sabe lo que hace.

Jean-Claude, una especie de Corleone con aire francés, organiza el cotarro. De maneras rudas, corta pan con una paciencia mecánica y administra la prensa, que esconde bajo la barra para evitar sustracciones o peleas entre clientes. No es raro ver de vez en cuando a una habitual gritar histérica porque un despistado se llevó el journal de la barra sin saber que esta no lo había aún devorado.

Si por la mañana Le Sully sabe a croissant, a partir de las cinco se llena de jóvenes, modernos, burgueses, parisinos típicos o de segunda generación, exiliados y de vez en cuanto algún turista al que el aroma a humano hizo desviarse del paseo. Porque si algo es Le Sully es un café humano, con sus mesas imperfectas llenas de cáscaras de cacahuete, sus ratoncillos correteando por los bajos de los sofás, sus camareros gritones, sus clientes mirones. Pura vida.

Lou, francés de 31 años con aspiraciones cineastas, discute con el judío que le pone las copas (Jean Claude descansa la soirée). Esta casado, pero flirtea con la niña bien que paga 5 euros por una botella de agua con gas. Olivier, el amigo feo pero simpático del aprendiz de realizador, escucha a sobrios y ebrios, como en su confesionario particular, mientras los jubilados siguen con su ritual alcohólico.

Durante meses observé a unos y a otros, tratando quizá de conocer mejor el alma francesa, la humana en definitiva. A veces los retrataba. Uno de los jubilados a los que inmortalicé murió semanas después de un infarto. La última vez que lo vi le entregué una copia de la foto y me dijo que se la daría a su hija. Quizá la huérfana aún conserve el retrato de su padre sentado en uno de los sobados sillones.

Me gusta Le Sully porque es la vida misma, con sus virtudes, pero sobre todo con sus defectos, los de los borrachos de barra que no matarían ni a una mosca. Tampoco los pijos tienen maldad. Lo sé porque tararean a Camarón. Nadie carece de alma si puede sentir a José Monge sin haberlo nacido. En Le Sully nunca me sentí extranjera ni extraña. Yo era una más. Te puedes acurrucar en uno de sus sillones, solo o en compañía, vocear, leer o escribir, tararear a Piaf, recitar a Biolay o llorar lágrimas negras. Es uno de los pocos sitios donde puedes desnudarte. Y nadie te mira porque los demás, como tú, también están desnudos. Le Sully fue mi primer refugio en París. Cada mañana, cada tarde, me mecía en sus sillones rojo burdel y me cantaba su dulce nana.

Fotografía: Raquel Villaécija

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7 comentarios

  1. javiPrimo

    existe un Le sully en todo alma pero contésteme quien pueda.: ¿dónde está el mío?

  2. Estupendo artículo, Raquel.

  3. Antonio Lucas

    Raquel, me tienes que enseñar ese París cuando Vaya a París.

  4. magnífico artículo. Qué siga esta brújula de París. Queremos leer más.

  5. Jose_Granizo

    Qué bueno, Raquel! Ya tienes un maravilloso escenario en el Sully, ahora, a bailar todas esas historias…y con fotos, sí? ,)

  6. Álvaro Marín

    Benditos sean los bares y su amparo.

  7. ahora entiendo porque los articulos en El Mundo Y Expansion firmados por Raquel Villaecija parecen escrito con 3 gramos de alcohol en la sangre….les escribe en un bar de la rue St Denis.

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