La visibilidad de Lana Wachowski

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Larry-Lana, una ilustración de Paola Szkudlarek Larry/Lana, una ilustración de Paola Szkudlarek.

La cosa es que Lana Wachowski estaba hace poco en la peluquería, podemos imaginar que haciéndose las rastas esas que lleva, y le comentó a su peluquero como quien no quiere la cosa que la Human Rights Campaign le acababa de conceder un premio y que tenía que ir a recogerlo a una gala en San Francisco.

Anda —contestó el peluquero. Y un premio por qué.

Pues no lo sé muy bien —dijo ella. Pero si me lo han dado a mí, debe de ser el premio a ser yo.

Lana, que es estadounidense y de Chicago, dijo aquí “for being myself”, que normalmente se traduciría como “por ser yo misma” para enfatizar la afirmación repipi de la propia autenticidad, pero como no es el caso ni esto una serie de Disney Channel, pongamos que en español normal habría dicho “a ser yo” o “por ser yo”. El peluquero escrutó su incomprensible pelo y finalmente anunció:

—Bueno, te lo mereces. Seguramente eres la mejor siendo tú.

Ya —contestó ella. Tampoco es que hubiera mucha competencia

—Eso es cierto. Imagina que le hubieran dado a otra persona el premio a ser tú. Qué drama.

Es una reconstrucción algo libre de la anécdota con la que la propia Wachowski abrió su discurso de aceptación al recoger en octubre de 2012 el premio en cuestión, el HRC Visibility Award, excusando la licencia en que era la segunda vez en toda su vida que tenía que dar un discurso y que la anterior, de hecho, fue en el colegio.

La pobre estaba nerviosa no, nerviosísima, y tenía buenas razones. Los hermanos Wachowski, tanto Andy como ella, renunciaron a practicar una vida pública hace 12 años, cuando se estrenó Matrix y se desató en torno a sus dos directores una tormenta de flashes como ha habido pocas en la historia del cine reciente. Experimentaron la repentina “contracción” de sus vidas, según la propia Lana explicó al comenzar este mismo discurso, y se dieron cuenta del valor precioso del anonimato, que ella define a efectos pedagógicos como una forma de virginidad. Es algo, dice, que “solo se pierde una vez”.

Así que en pleno boom de Matrix, habiendo concedido solo unas pocas entrevistas y viendo lo que se les venía encima, los Wachowski se negaron a comparecer más ante la prensa. Hicieron lo propio al negociar sus siguientes producciones y cuando las majors de Hollywood les dijeron que no podía ser, se negaron simplemente a hacer las películas. Por eso los dos directores más aclamados de la ciencia ficción de los últimos tiempos han dirigido tan pocas y por eso la prensa y quienes leemos la prensa sabemos tan poco de ellos.

Pero la invisibilidad, sin embargo, está unida a la visibilidad hasta el punto de que una y otra se trasforman en la misma cosa. Esto que la propia Lana afirmó en su discurso y que parece en principio una tontería tan gorda es particularmente real para aquellos, como ella, cuya desaparición es la propia noticia y cuya ausencia se convierte en el personaje. Cuando Lana Wachowski comenzó su progresiva transformación física, los mentideros de Hollywood y su reverberación torrencial en Internet se vieron alimentados por su silencio inmutable e hirvieron con especulaciones groseras sobre el asunto, para empezar porque sí y para continuar porque Lana mantenía y mantiene una relación, hoy matrimonio, con una mujer, lo que hacía más enrevesada aún su atípica historia. Una de estas especulaciones, y por cierto no la menos cacareada, es que el travestismo tímido que parecía practicar Larry Wachoski formaba parte de un juego de dominación sexual.

Por esta razón, porque a veces ausentarse no es tan literal como suena, no hay tanta contradicción como podría parecer a simple vista entre aceptar un premio a la visibilidad después de haber pasado 12 años siendo invisible. En su intervención de San Francisco Lana hizo además la paradoja más acuciante al anunciar, poco después de empezar con su historia del peluquero, que sí, que iba a hablar públicamente de sí misma por primera vez en su vida y que no, que no le gustaba ni un pelo tener que hacerlo. “Me he pasado la mayor parte de los últimos diez años hablando con mi familia, con mi mujer y con mi terapeuta sobre este preciso momento”, remató señalando con el dedo el atril desde el que habla y después, a la propia concurrencia. “Sabía que en algún momento tendría que hacerlo, pero también sabía que tendría un precio”.

La última vez que Lana se vio en un atril similar fue a los 13 años, cuando aún se llamaba Larry y acababa de finalizar el octavo grado como valedictorian, es decir, con las mejores notas de su clase. Su profesor, un tal señor Henderson, le dijo que, como tal, le correspondía dar un discurso durante la ceremonia de graduación, a lo que Larry se negó sugiriendo que entonces dejase a otra persona ser el valedictorian. “Esto no funciona así”, contestó el profesor. “A nadie le gusta dar discursos, pero a veces no hay que pensar solo en nosotros mismos. Tienes que hablar por tu clase y por tus padres, que estarán muy orgullosos de ti. Hay cosas que hacemos por nosotros, pero hay cosas que hacemos por los demás”.

Lana aseguró que escribió aquel discurso hace 30 años igual que escribió el mismo en el que contaba todo esto: la noche anterior, muerta de miedo y con mariposas en el estómago. Lo hizo llevando puesto el pijama de chica que había robado a su hermana y en él habló sobre las propiedades materiales que adquiere el conocimiento, no muy distintas, usando sus propias palabras, “de la materialidad de una escalera que puede darnos acceso a mundos que antes no podríamos imaginar”. Después de dar ese discurso en la ceremonia de graduación se escondió en el baño del colegio y se puso a llorar sintiendo, dice, el pijama que aún llevaba bajo la ropa. Se dio cuenta de que era estúpida, una impostora mentirosa incapaz de poner en práctica lo que decía en sus palabras de aliento intelectual porque era incapaz de imaginar un mundo en el que su propia persona encajase.

Suena triste, ¿verdad? En realidad no lo es tanto, o Lana Wachoski consigue diluir la tragedia en el tiempo y que así no lo parezca, que en realidad es lo mismo. De hecho, la directora levantó las risas constantes de auditorio de San Francisco con la sucesión de dramas que empezó a contar en su discurso, que se convierten con su genio en la mejor de las comedias —las que tienen un regusto triste y verdadero— o si se prefiere, la más divertida de las tragedias. La nota de suicidio que escribió en un Burger King cercano a su instituto poco después del discurso acabó, por ejemplo, con los aplausos de los oyentes cuando Lana aclaró que la redactó llorando sola en una mesa pero que nadie le dijo nada —“los del Burger King son inmunes, lo han visto todo”— y que esta nota acabó convirtiéndose en cuatro páginas de cháchara —viniendo de alguien que, para llegar a este punto de la narración ha invertido casi 25 minutos de discurso.

Cuando esa tarde se quiso quitar la vida tirándose a las vías del tren un hombre mayor apareció en el andén solitario llevando unas gafas como las que solía llevar su abuela. “Me miró del modo con el que los animales se miran entre sí”, confiesa Wachowski. “No sé por qué no dejó de mirarme, solo sé que no lo hizo y que gracias a eso estoy hoy aquí”.

Aquí por allí, en San Francisco, donde Lana formalizó en octubre y con estas mismas palabras litúrgicas su reentrada en el mundo sin que nadie se explicase muy bien por qué. Su primera aparición física, en realidad, había ocurrido junto a la de su hermano ya unas semanas antes, durante la promoción de El atlas de las nubes, su última película y la primera de su carrera en la que hacían promoción. Los hubo con mala baba arguyendo que si Lana lo había hecho así, reapareciendo 12 años después y tras acometer secretamente un cambio de sexo, fue para concentrar súbitamente el interés mediático e impulsar con él la taquilla de la película. Los bienintencionados, que a veces tienen peor baba incluso que los de la mala, concluyeron por su parte que la reclusión de ambos hermanos fuera del mundo obedeció a la intención de Lana, pobrecita, de permanecer escondida hasta convertirse físicamente en mujer. Ella niega ambos extremos y aporta en su lugar un argumento pragmático, que es como decir que se deja de tanta leche, asegurando que la película y su promoción, esa sobreexposición al flash que antes temía, se convirtieron en este caso particular en un escudo protector contra la violencia de algo que, por otra parte, era inevitable. “No sabía cómo iba a aparecer públicamente —sostuvo durante el discurso— pero lo que sí tenía claro es que, cuando ocurriera, no quería que el todo girase en torno a mi aparición”.

Lana Wachowski

Inevitablemente el estreno del El atlas de las nubes fue también sobre su reaparición, aunque lo más probable es que Lana consiguiera su objetivo de amortiguar el shock mediático. Su primera comparecencia ante la prensa —hubo una primera aparición pública, pero grabada— ocurrió en la presentación de la película en el Toronto International Film Festival y se saldó con un periodista abnegado de la causa LGTB que decidió que aquel era un buen momento para preguntarle que por qué se había transformado en mujer. Lana salió del paso como pudo y su hermano no cumplió la promesa que había hecho unos momentos antes de empezar la ronda de preguntas: “Dejemos clara una cosa”, había anunciado Andy Wachowski, que son 100 kilos de mostrenco rapado al cero. “Si alguien pregunta o dice algo de mi hermana que no me guste, le voy a romper una botella en la cabeza”.

Lo que Lana quería, sin embargo, era tener la ocasión de explayarse porque su caso, para comprenderse, requiere una buena explicación, y por eso quiso esperar hasta recoger el HRC Visibility Award en San Francisco, donde tenía el micrófono garantizado tantos minutos como quisiera. Esta dificultad no radica en su condición sexual, por supuesto, por más que a la mayoría de nosotros nos resulte exótica la idea de un transexual femenino que le profesa amor a una misma mujer antes y después de su transición, quizá porque le gustan las mujeres, quizá porque el amor y el sexo son cosas más complicadas. Sobre este particular Lana solo afirmó —más un guiño a la audiencia que otra cosa— que le resultaba complicado usar el propio término “transición” por su encaje necesario en una concepción binaria del sexo y criticó “la patología de una sociedad que se niega a admitir el espectro del género del mismo modo ciego que se niega a ver la raza y la sexualidad como un espectro”, enunciando bien la primera palabra de la oración para dejar clarito, por si acaso lo duda alguien, quién sufre aquí una patología y quién no.

No. El itinerario fundamental de Lana Wachowski es uno de naturaleza intelectual que tiene a su propia persona por protagonista. Lana aceptó dar en San Francisco el segundo discurso de su vida para enmendar la hipocresía del primero, aquel en el que animó a usar la materialidad del conocimiento para alcanzar “mundos antes inimaginables” y que acabó con ella llorando por faltarle a esa verdad llevando bajo la ropa un pijama de niña. “Estoy aquí porque el señor Henderson me enseñó que hay cosas que hacemos por nosotros mismos y hay cosas que hacemos por los demás”, dijo al final de su intervención a punto de sucumbir a la emoción. “Estoy aquí porque cuando era joven quería ser escritora y quería ser cineasta, pero no pude encontrar a nadie como yo que lo fuera antes y vi que mis sueños se veían fulminados porque mi género era menos típico que el de los demás. Si puedo ser esa persona para alguien más, entonces el sacrificio de mi vida cívica y privada tiene algún valor”.

Y necesitaba hacerlo. Se lo debía a sí misma, hubiera dicho ella con más simpleza de no tener una inteligencia tan brillante y si esto fuera, como al principio decíamos que no es, una serie de Disney Channel. En un mundo hecho a su imagen y semejanza, la honestidad es a fin de cuentas una opción para el común de los mortales, pero para aquellos que se repugnan tanto a sí mismos como para acabar una noche en el andén de una estación, la creencia en una verdad alternativa a la que presenta el mundo y el trabajo sincero por alcanzarla son, literalmente, su única tabla de salvación. La verdad, como el género, no existe en términos absolutos, sino que se crea pensada en primer lugar, invocada después por el verbo y materializada finalmente por aquellos que están dispuestos a hacerlo, aunque sea a costa de renunciar a un anonimato que se pierde como la virginidad, tener que hablar en público y pasar un mal trago. Lana no encajaba en el mundo y sigue sin hacerlo, pero ha decidido que si ella ha cambiado materialmente, el mundo también puede hacerlo. “Estoy hablando hoy aquí para ofrecer mi materialidad a proyectos como este, de la Human Rights Campaign”, aseguró cerrando el discurso sobre su premiada visibilidad ella, invisible por vocación. “Para que este mundo que imaginamos nosotros, los que estamos reunidos en esta sala, sea usado para acceder a otras salas y otros mundos que antes no podíamos siquiera imaginar”.

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21 comentarios

  1. Gran artículo. Enhorabuena.

  2. Antonio

    Aplausos, ovaciones y hurras para ella y para ti, Rubén.

  3. nfdghyio

    Muy buen artículo. No soy capaz de ponerle ninguna pega.

    Aunque no tengo nada en contra ni a favor de ‘Disney’, la explicación de que se lo debía a sí misma es más que suficiente.

  4. Vonmood

    Aqui tenéis un enlace al discurso de Lana subtitulado en español. Merece la pena verlo
    https://www.youtube.com/watch?v=K2SN31i1EE8

  5. Fulgencio Barrado

    Me ha gustado mucho el artículo. Hay varios casos conocidos de transexuales femeninos que tienen pareja igualmente femenina.
    En el fondo creo que más que un «problema» de sexualidad, que es lo que la mayoría de las personas, al parecer, piensan, lo es de identidad. Y también comparto la opinión del espectro de género, eso si, polarizado en los extremos dominantes. En el mundo cabemos todos, a poco que nos dejemos sitio unos a otros.

  6. manuel

    Artículo fácil para ganarse los aplausos. Oh, qué tolerante eres Ruben

    • Kike_el Barbas

      Respuesta fácil para quedar como un cínico sabelotodo, superior moral e intelectualmente al resto de la raza humana. Oh, que aburrido y típico eres manuel.

  7. La verdad que podria dedicarse a hacer mejores peliculas que poco me importa como se viste y con quien se acuesta.

    • Jeremías

      Totalmente.

    • El garrulo atómico

      Lo triste es que hay mucha más gente que le pueda importar como se vista o con quien se acueste que lo contrario. Y ahí está el problema.

  8. Javier

    Increíble cómo se expresa, cómo escribe y cómo se maneja delante de un público la Lana. Qué lista la tía

  9. elcalifa07

    Aquí no se habla de sus películas,se habla de su vida y su particular género. Y mira que tengo muchos prejuicios,concretamente cuando me enteré de la «transición»de Lana lo primero que pensé es que estaba loca,que se le puede pasar a esa gente por la cabeza para hacer eso,pero después de escuchar su discurso, me he tenido que callar y me he dado cuenta que lo primero que hay que hacer en esta vida es conocer realmente a las personas como son y no fijarse en el envoltorio.Ya sé que suena muy obvio ,muy bonito y es un topicazo. Pero desgraciadamente no lo cumplimos el 99% de la población. Y muy bien por Lana

  10. Sincero

    Hombre, eso de que el género no existe… No, el género existe, lo que pasa es que en ocasiones tu identidad no va en consonancia con el cuerpo que te toca. Es algo natural, tan natural como que un hombre es físicamente un hombre y una mujer es físicamente una mujer. Ergo, el género existe y de forma clara y diferenciada respecto al otro.

    • Fulgencio Barrado

      ¿Donde colocamos entonces a los intersexuales o a los que padecen hipogonadismo?.
      Claro que el género existe, pero entre ambos polos macho-hembra existe todo un espectro.
      Hay transexuales que no rechazan sus genitales, los que si los rechazan…. Hay muchas posiciones intermedias en las que unos u otros se sienten «cómodos».
      ¿Hay que negar su existencia?

    • Imanol

      «El sexo EXISTE» es lo que se podría decir un poco más alto. Hay personas con testículos, hay personas con ovarios y hay algunas personas (las menos, por suerte) que nacen con estructuras intermedias.

      El género, por su parte, es la CONSTRUCCIÓN SOCIAL que se articula sobre esa otra realidad biológica que es el sexo. Por tanto, como todas las demás construcciones sociales, el género es permeable a cambios y se ajusta más a una dimensión gradual que a una dicotómica. Y esto no es opinión, es que ES ASÍ.

      Lana mola tanto porque deja esto meridiano.

  11. Jeremías

    Lo que aquí no se cuenta es que la transformación de Larry/Lana viene precedida de una relación con una mujer, sí, pero una mujer que, además, es una de las más conocidas dominátrix de L.A. Lo que supone un ejemplo aún mayor de las complejidades del cuerpo y del alma humanas.

    • HermanoBrown

      yo solo tengo sitio en mi cabeza para Alaska y Mario…eso si que es un misterio.

  12. Imanol

    Artículos como este te reconcilian con la vida. Olé Lana, olé el autor y olé el morlaco de 100 kilos dispuesto a partir botellas en la cabeza a quien moleste a su hermana.

  13. Pingback: Una de cine: Mis diez películas de los 90 « INFOXICADO

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