Rubén Díaz Caviedes: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

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Hoy hablaremos de un libro exitoso que será película en breve y de una película fracasada que también fue libro en tiempos. El primero es El atlas de las nubes —Cloud Atlas, 2004—, un bestseller de David Mitchell que amenaza eclosión en blockbuster con el estreno, a finales de este año, de una versión cinematográfica dirigida por, agárrense, los hermanos Wachowski. La película es Millennium —Millenium, 1989, un perfecto pufo comercial firmado en su día por Michael Anderson y adaptada de un relato breve de John Varley que incorpora, entre otras virtudes, una mascletá memorable de peinados cardados, tecnofuror ochentón y efectos especiales salchicheros. Las dos obras, y por eso hablamos de ellas, constituyen un ejercicio de virtuosismo narrativo digno de tocho y gran panoplia expresiva, aunque estarse tranquilos: prometemos ser breves, intentar ser amenos y hasta poner diagramas de coloritos.

Al tiempo mediante el tiempo

Tanto El atlas de las nubes como Millenium son ciencia ficción, aunque no exactamente del mismo ramo. La primera es ciencia ficción futurista y la segunda, ciencia ficción sobre viajes en el tiempo. Poco importa la taxonomía, en todo caso, porque aquí lo sci-fi tiene mucho de pretexto: en ambos casos, los autores necesitaron una buena provisión de tiempo, dado que este sería su materia expresiva. Tiempo en cantidad y no tanto en cualidad. Necesitaban, en resumen, que su historia se dilatase en un lapso de cientos de años.

Y el porqué es sencillo y responde, en ambos ejemplos, a una misma intención; llegar al tema del tiempo histórico a través del tiempo narrativo. Hablar del tiempo y hacerlo sin poner en boca alguna —del narrador o los personajes, que son los actantes con boca— enunciaciones verbales sobre lo inexorable de su flujo, lo imbatible de su imperio y otras convenciones más o menos machaconas acerca lo cronológico. Tanto en El atlas de las nubes como en Millenium, el discurso es rigurosamente técnico y recurre —en exclusiva, el libro; en la mayoría de las ocasiones, la película— al ajuste preciso de elipsis, saltos, regresiones, flashforwards y continuidades. Algo que se ha hecho antes, por supuesto, y que seguramente se hará después, con mayor o menor alcance artístico, manierismo y o purismo técnico. Si aquí reseñamos estas dos es, sin más, por su alto grado de acierto.

El atlas de las nubes

Razones por las que deberían leerlo, dos puntos. Uno, porque fue finalista en su año en los premios Locus, en los Nébula y en los C. Clarke —aunque no se llevó ninguno, vaya por Dios— y gozarán ustedes cual gorrinas revolcándose afanosamente en un charco de barro. Dos, porque está narrado en mise en abyme, que es una figura retórica que a ustedes no sé, pero a mí me pone como una moto. Y tres, y ya más prosaicamente hablando, porque este año, como les decía, se estrena la versión cinematográfica del libro, rodada en Alemania, Escocia y Mallorca y dirigida por los hermanos Wachowski y TomTykwer. Con, apunten, Natalie Portman, Hugo Weaving, Tom Hanks, Jim Broadent, Halle Berry, Susan Sarandon, James McAvoy, la incorporación a última hora de Hugh Grant y la no confirmada ni desmentida —y eso que el rodaje ya ha acabado— de Ian McKellen.

Halle Berry, en una imagen del rodaje.

Habrá quien diga, a propósito de esta película, que experimentos con gaseosa, que Tom Hanks se está derritiendo y que los Wachowsky son unos sucios one-hit wonders con menos vergüenza que Alex Ubago, pero miren; hay que tener fe. Y si no quieren tenerla, siempre pueden optar por lo pedestre y leérselo para cuando el mondongo sea blockbuster, que lo será, y poder decir a papo lleno que ustedes, eh, se leyeron el libro cuando no lo conocía nadie gracias a una reseña en esa revista tan sesuda y underground que es Jot Down Magazine. Que es un ejercicio de superioridad intelectual totalmente absurdo, para qué nos vamos a engañar, pero se estila mucho. Ahora mismo es tendencia con Juego de Tronos, por ejemplo. Yo ahí lo dejo.

Una ilustración del arte conceptual de la película. Se trata de una imagen de Seúl en 2144.


El atlas de las nubes, entrando ya en harina, es en realidad una historia de seis historias y comprende un intervalo de tiempo que va desde mediados del siglo XIX hasta un lejano futuro postapocalíptico.

La primera de estas historias es El diario del Pacífico de Adam Ewing, escrito en primera persona por un notario que enferma misteriosamente durante una travesía por el Pacífico en 1850; la segunda es Cartas desde Zedelghem, la autobiografía epistolar de un músico de sexualidad distraída en la Bélgica de 1930; la tercera es Vidas a medias: el primer misterio de Luisa Rey, un pequeño thriller ambientado en 1975 en Buenas Yerbas, California —un trasunto de Yerba Buena, el nombre original de San Francisco—; la cuarta es El tremendo calvario de Timothy Canvendish, que cuenta la huida de un editor del asilo de ancianos al que ha sido confinado en el Reino Unido de hoy en día; la quinta, La antífona de Somni-451, acontece en el futuro y está protagonizada por un clon propiedad de una cadena de comida rápida —entre líneas, McDonald’s— que habita en Nea So Copros, un estado supercapitalista oriental que incluiría —de nuevo entre líneas— a Corea, Japón y China; la sexta y última es El cruce de Sloosha y toda la vaina, ambientada en un futuro postapocalíptico en Hawaii y protagonizada por Zachry, el miembro de una tribu que recibe la visita de una de las personas conocedoras —y custodias, en la medida de lo posible— del pasado tecnológico humano. Por complicado que parezca, todas las historias están conectadas.

Así las cosas, podríamos concluir que la novela tiene el siguiente esquema narrativo ­—donde el progreso vertical representaría al tiempo histórico y el horizontal, al interno o diegético, y donde cada historia aparece significada por un color distinto­:

Pues no, amiga. El atlas de las nubes es un viaje de ida y vuelta al futuro en el sentido más literal y obvio de la expresión. Cada uno de los capítulos, empezando por el del siglo XIX, se interrumpe a la mitad para dar paso al siguiente, que a su vez se interrumpe en su mitad para comenzar con el siguiente. Así ocurre hasta que llegamos al último —sexta historia, Hawaii, postapocaliptis, gente en taparrabos—, que progresa hasta la mitad sin que, de momento, se haya dado respuesta a ninguno de los grandes enigmas del libro. Acto seguido se cuenta la segunda mitad de esta sexta historia, y después de esta, la segunda mitad de la quinta, seguida de la de la cuarta y así, sucesivamente, hasta regresar al Pacífico y a 1850 . El verdadero esquema de la narración, pues, es el que sigue:

Maravilloso, a que sí. Solo después empezar en el pasado, progresar al futuro y regresar de nuevo deshaciendo sobre nuestros pasos los siglos andados, comprendemos los porqués fundamentales de una trama que dura centurias. Un rollo Las Horas, de Michael Cunningham, con aderezo en su background de Mad Max y 1984, entre otros, y se ha dicho que la influencia —no es que yo esté de acuerdo con esto, pero se ha dicho— de Murakami y Borges. El autor, David Mitchell, ha explicado que la verdadera deuda de El atlas de las nubes es con Si una noche de invierno un viajero, esa gamberrada genial de Italo Calvino con cuyo pretexto tantas otras gamberradas —con frecuencia no tan geniales— se han perpetrado. Y el título, por cierto, homenajea una pieza del músico Toshi Ichiyanagi, el primer marido de Yoko Ono.

La actriz surcoreana Bea Doo-na interpreta al clon Somni-451.

Millenium

Con todo lo que tiene mitchelliana, la película Millenium —Michael Anderson, 1989— fue un naufragio comercial de esos a los que solo sobreviven las cucarachas y Paul Verhoeven. Es casi seguro que haya hecho más dinero cediéndole la denominación comercial a la saga de Stieg Larsson que el que llegó a hacer sumando taquilla, merchandising y el mercado doméstico del VHS.

La cinta está basada en Air Raid, un relato breve de John Varley que concurrió a los premios Nébula y Hugo de 1978 —sin cosechar, una vez más, ni las gracias— y fue reconvertido en novela —ya así titulada, Millenium— en 1983. Al hacerse con las riendas de la preproducción, Michael Anderson procedió con la adaptación cinematográfica de Millenium de forma parecida a como lo hizo Stanley Kubrick con Arthur C. Clarke en 2001: Una odisea espacial, por citar una experiencia creativa conocida; pidiéndole al autor que ampliase el relato breve hasta convertirlo en un primer guión y reservándose para sí el final cut y la competencia del screenplay definitivo. Como ocurrió con la 2001 de Kubrick, Millenium superó ampliamente al relato breve que era su germen.

Kris Krostefferson y Cheryl Ladd, atracón de amor y manzanas con erótico resultado.

¿Qué tiene de fantástico Millenium, se estarán preguntando ya a estas alturas del tocho, aparte de a Cheryl Ladd en sus tiempos de gloria? Fundamentalmente, y de nuevo, la idea torera de que sea el espectador —en este caso, acompañando a los personajes— quien viaje a través del tiempo. Esto, que en principio parece una tontada tan gorda, permite, por poner ejemplo, que en la película los flashbacks no aparezcan convocados por el autor en su demiúrgico albedrío. En Millenium, viajamos física y personalmente hasta esos flashbacks.

Para que se hagan una idea; la película empieza en 1989 con Bill Smith —Kris Kristofferson—, un investigador de la National Transportation Safety Board especializado en siniestros aéreos y muy hacha en lo suyo debido a que fue, en su infancia, el superviviente único de uno de ellos —¡sorpresa, un hombre atormentado por su pasado!—. Smith acude a los restos de un accidente aéreo sin supervivientes para investigar las causas del siniestro y allí conoce a Louise Baltimore —Creryl Ladd­—, una azafata de tierra con quien emprende un idilio que le hace desatender sus obligaciones profesionales. Ella desaparece días después, no obstante, y él retoma su quehacer en la investigación forense del accidente, que por supuesto es más misteriosa con cada día que pasa. Acude al hangar donde se apilan los restos del fuselaje del Boeing 747 siniestrado y descubre allí un curioso aparato —de aspecto reveladoramente futurista— que emite una descarga eléctrica y lo deja semiiconsciente. Y entonces, bam: se abre a su lado una puerta del tiempo —la barrera— y aparece Cheryl Ladd vestida de mamarracha del futuro y dispuesta a recuperar ese aparatito, que denomina el disfuncionador. Él recobra brevemente la consciencia y la llama por su nombre. Ella, misteriously, no lo reconoce.

Cheryl Ladd y las otras dos de las Bangles encuentran a Kris Kristofferson en el hangar.

Y es que su historia, la de Louise, es bien distinta. Procede de un futuro lejano —mil años hacia delante, de ahí el título—, en el que forma parte de un escuadrón de féminas que hace escapadas hacia atrás en el tiempo para raptar a los pasajeros de aviones que se van a siniestrar. En este futuro, la raza humana ha perdido la capacidad de reproducirse, por lo que sus habitantes tienen que robar humanos fértiles del pasado para perpetuarse. La única manera de no alterar el pasado —y de evitar así una catastrófica paradoja que, cómo no, destruiría el universo— es raptando personas que iban a morir de todos modos, por lo que asaltan los aviones del pasado minutos antes de que se estrellen y cambian a sus pasajeros por réplicas biológicas ­—aunque ya muertas— de los mismos. Ellos se quedan con los vivos y en el periodo de tiempo original nadie nota el cambio.

La historia de Louise, por lo tanto, es bien distinta, y comienza más o menos así. Viaja atrás en el tiempo, a 1989, para la ejecución de una misión rutinaria en un avión a punto de estrellarse, pero pierde el disfuncionador dichoso y el avión colisiona con el aparatito en su interior. Para recuperarlo, vuelve a viajar atrás en el tiempo, al hangar donde los coetáneos han apilado los restos del fuselaje días más tarde, pero descubre al llegar que un hombre local, un tal Bill Smith, tiene el aparato en sus manos y ha quedado semiinconsciente, fruto de la descarga. Para su sorpresa, Smith dice su nombre, y ella comprende que ha tenido que conocerlo antes. Viaja de nuevo atrás en el tiempo, sólo a unos días previos, y se hace la encontradiza con él, que acaba de llegar para investigar el accidente. Intenta distraerlo simulando por él un genuino interés as a man y emprenden un idilio amoroso que no consigue, no obstante, disuadirlo de su intención de acudir al hangar. Comprendiendo que es inútil, Louise vuelve a abrir la barrera y regresa al futuro.

La barrera, un prodigio de los efectos especiales.

El esquema de la trama de la película quedaría, pues, del modo que sigue. En este caso, ilustramos la focalización en los personajes —Bill Smith en ocre y Louise Baltimore en azul— a través de sus itinerarios por el tiempo interno de la película ­—en la progresión horizontal— y el tiempo histórico —en la vertical.

Se observa, pues, que el progreso de Bill Smith a través de la historia es similar al de cualquiera que no sea inmune al universal imperio de las leyes físicas; empieza por el pasado —en este caso, el accidente aéreo durante su infancia, en 1963, del que es único superviviente—, sigue en el presente —la historia de la película— y prosigue hacia el futuro. El de ella, no obstante, empieza en el futuro, pasa al presente, luego al pasado, luego de nuevo al presente y de nuevo, finalmente, al futuro. Para que quede más claro:

El viaje de ella es, pues, uno de ida y vuelta al pasado, pasando en ambos casos por el presente. Un periplo poco frecuente en el cine o la literatura pero, claro está, no el primero ni el último. ¿Qué hace que la historia de Millenium difiera en fundamento de, por ejemplo, la de Regreso al Futuro II ­—que se estrenó en su mismo año, por cierto, y con la que se ha comparado en alguna ocasión—? La focalización. En Millenium no hay un Robert Zemeckis amable sembrando pistas evidentonas sobre lo que ocurre o deja de ocurrir en otro lapso temporal. Millenium es, poniéndolo en limpio, una historia cuyos dos protagonistas están a la vez, como por prodigio cuántico, en el mismo punto y en puntos diferentes de su progreso temporal.

Ha sido comparada, amén de con la mencionada, con Freejack e incluso Frequency, aunque mi opinión, caso de interesarles, es que el viaje en el tiempo es un pretexto en Millenium y la película tiene mucho más que ver con el cine y la literatura sobre realidades paralelas. Por aproximación en género y tradición, algunos de sus equivalentes más conocidos serían Desafío total y hasta Ubik, obras ambas, en mayor o menor grado, de Phillip K. Dick. Millenium cuenta incluso con un breve lapso lúdico acerca de la materia del viaje en el tiempo —que puede permitirse a partir de su segundo tercio, cuando el espectador ya ha comprendido el rollo o apagado el DVD, una de dos— que recuerda a aquellos a los que se abandonaba el maestro K. Dick a ratos alternos para ilustrar, con vigorosa guasa y escaso rigor científico, qué podría ocurrir si regresásemos al pasado. Relojes digitales que van para atrás, por ejemplo, esa terrible paradoja que tanta tendencia marcó en el gremio hasta casi el siglo XXI o una cosa muy divertida, ya verán, denominada timequake y traducido al español como cronoseísmo: un terremoto que no ocurre en el espacio, sino en el tiempo.

Millenium, en todo caso, está bastante olvidada entre los custodios del género y muy poco reivindicada por una parroquia moderna a la que, en principio, debería hacérsele el culo pepsi cola con tanto vestuario gaguiano, tanto cronoseísmo y tanto parecerse todo, en resumen, a los videoclips de Billy Idol. Esperemos que lo de hoy ayude a enmendarlo.

¿Es o no es la mejor película que han visto nunca?

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10 comentarios

  1. antonio1004

    ¿No podíais regalar la peli y el libro con la Jot Down? Ya me he quedao con las ganas…

  2. Alejandro

    ¿Por qué tu entrada y la de Félix de Azúa tienen el mismo nombre?

  3. Alejandro, esta entrada forma parte de una serie que estamos haciendo algunos redactores de Jot Down con ese mismo título: ‘El libro que leería durante la película que no puedo perderme’. Otros ejemplos, aparte del de Féliz de Azúa y el mío propio, los tienes en:

    http://www.jotdown.es/2012/06/rafael-vives-el-libro-que-leeria-durante-la-pelicula-que-no-puedo-perderme/

    http://www.jotdown.es/2012/06/jorge-bustos-el-libro-que-leeria-durante-la-pelicula-que-no-puedo-perderme/

    http://www.jotdown.es/2012/06/jose-antonio-montano-el-libro-que-leeria-durante-la-pelicula-que-no-puedo-perderme/

  4. *Félix, perdón. No Féliz.

  5. Xoán Galego

    Es ‘Millennium’ con dos enes, no con una.

  6. Pingback: El espectáculo de fuegos artificiales de ‘El atlas de las nubes’ - Fata Libelli

  7. Lo de ‘Atlas de las Nubes’ se me escapa completamente de las entendederas. Está bien ser ambicioso, en el sentido de pretender, pero si sólo se queda en eso, pues claro, tenemos lo de pretencioso. Es un desastre cinematográfico. No sé qué tendrían en la cabeza Tom Twyker y los Wachoski, pero esta historia de tintes ‘cuánticos’ no se coge por ningún lado: larga, tediosa, las historias al rato no interesan nada, infantiles… Uf, es que no tengo adjetivos. Tres horas, casi me puse por obligación acabarla, soportar esta tortura, era tal mi incredulidad. Y es que evidentemente había dinero, grandes actores, no sé de qué guión, sobre el famoso libro, partirían para acabar dándonos estos resultados. Indescriptible. Un saludo!!!

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