
Corruptissima
Hace pocos días el expresidente de la diputación de Castellón, Carlos Fabra, fue condenado por defraudar a Hacienda setecientos mil euros entre 1999 y 2003. Como quien activa un resorte, desde que se publicó la noticia hasta hoy hemos podido ver las reacciones de manual. Los unos que respetan la justicia pero entienden que no hay responsabilidad política que asumir. Los otros que alguien debe cargar con las culpas y hacerse responsable de que Fabra lo fuera todo en Castellón. Mientras, la ciudadanía ha reforzado su descrédito hacia los políticos, los tribunos han llamado a reestablecer la ética perdida y el gobierno ha presentado por enésima vez su plan para regenerar las instituciones. Eso sí, parece que nada cambia en el solar ibérico. Surge una noticia nueva y nos olvidamos del tema hasta el siguiente escándalo que, por otra parte, no tarda mucho en aparecer. Parece que este es nuestro destino inevitable; convivir con una corrupción que, como una lluvia fina, va calándonos hasta los huesos.
Basta con reflexionar someramente en algunas de las implicaciones que tiene la corrupción para constatar el precio que pagamos. Primero, la corrupción puede erosionar la legitimidad de todo un sistema político. Por ejemplo, cuando una democracia es joven tener altas tasas de corrupción política suele ser el preludio de su colapso y regresión autoritaria. Más aún, la corrupción generalizada suele llevar aparejada bajos índices de participación electoral, inestabilidad política, ausencia de competencia real entre partidos, reducción de la transparencia en la toma de decisiones, clientelismo… Toda una serie de patologías asociada a regímenes de baja calidad democrática. En la esfera económica (¡Hola Marca España!), la corrupción también tiene efectos claros. Es conocido que la corrupción implica un drenaje de la riqueza de un país. Solo a nivel microeconómico, de manera directa o indirecta, conlleva un incremento de los costes de transacción comercial y del precio de bienes y servicios. Ello a su vez implica que asumir prestaciones sociales sea más caro, lo que repercute en su peor calidad. La provisión de servicios se deteriora, se genera incentivos para levantar barreras artificiales a la competencia y, en suma, se empobrece a la población.
En un contexto de devaluación interna tras una burbuja inmobiliaria, tremendamente doloroso y que está repercutiendo sobre todo en las rentas del trabajo y precarios, la corrupción tiene un coste de oportunidad si cabe más sangrante. Y no solo en términos de ejemplaridad pública sino directamente a nivel presupuestario. Pero la corrupción va más allá de la esfera monetaria, erosionando el propio tejido social. Un ambiente de corrupción genera frustración y apatía, lo que se traduce en una sociedad civil débil. Menos asociaciones, ciudadanos menos participativos, menos intereses articulados que puedan traducir sus demandas en políticas y controlar a los poderes públicos. En contextos de corrupción extrema en los que sobornos sean lo habitual o la cercanía al poder político lo conveniente para hacer negocio, ello se traduce en una mayor desigualdad entre ricos y pobres. Por último, pero no menos importante, la corrupción también tiene un clarísimo impacto medioambiental. Para constatar sus efectos basta con pasearse por gran parte del litoral español.
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‘Por eso creo que podemos decir que hay una cierta infección en la cúpula dirigente pero no se ha extendido al conjunto del cuerpo.’
Lo dirá en broma, ¿no? La Casa Real, los principales partidos políticos, las cajas de ahorro, la Agencia Tributaria, la SGAE, la Iglesia, las administraciones de la Comunidades Autónomas, los ayuntamientos… No hay ni una sola institución en esta tierra de ladrones llamada España que no se haya visto salpicada en los últimos años por un escándalo de corrupción, ¿y no estamos tan mal como Italia porque nuestras mafias no están tan organizadas, o porque aquí la policía no cobra mordidas como en México? ¡Pues menudo consuelo!
Eso es precisamente lo que dice el autor: Que la corrupción no suele calar al funcionario, se queda en el político y su camarilla de asesores y cargos digitales.
Aquí no se paga a nadie de hacienda, ni a un policía…., por servicio alguno. No hay mordida funcionarial. Tenemos la «suerte» de que se queda en la política.
Un mejor titulo podría habe sido «Utopías Españolas»
Me ha gustado eso de «salvar la república». A este ritmo, dado el actual descrédito de la monarquía a la luz de su aquiescencia y complicidad con la cleptocracia reinante, Felipe VI se va a quedar con ganas de que lo llamen así.
¿Cuantas veces fue reelegido Fabra, sabiendo lo que sabía todo el mundo? ¿Con qué porcentaje de votos? ¿Dónde queda la responsabilidad de los que le votaban?
En su afán «reformista» este Gobierno se está llevando por delante buena parte de nuestros derechos sociales y civiles (lo de la ley de seguridad es para no creérselo.
Pero no ha tocado nada de la legislación que puede impedir los comportamientos que se comentan, eso que se hace incapié en que mejoraría la competitividad del país, erradicar la corrupción. Al contrario, se hacen purgas de funcionarios molestos, para impedir miradas indiscretas: la Agencia Tributaria por Montoro, la secretaria municipal de Gijón (es un caso sin precendentes en España) por la alcaldesa de Foro Asturias (una títere del nunca bien ponderado Paco Alvárez Cascos ,que como sabemos figura en las listas de Bárcenas),….
Y si se se blindan para seguir con sus tejemanejes, ¿cómo salvamos la república? No tenemos una roca Tarpeya… ¿Encargamos una guillotina?
La ley de protección ciudadana (tiene guasa el nombre) es coherente con lo que es el PP, un partido franquista.
El artículo me parece francamente interesante, porque enfoca el problema muy bien, con todas sus aristas y su complejidad. No es el típico panfleto histérico que se lee en la prensa.
Dicho eso, quisiera apuntar que me parece curiosa y simpática, aunque algo chocante, la obsesión de Jot Down con Valencia. Los dos únicos políticos que aparecen con su nombre son Fabra y Pons. Hay más corrupción en España. Por ejemplo, en Andalucía, tan importante para el PSOE, o, por qué no, en Cataluña. Entiendo que el caso de Valencia es interesante por su conexión, vía PP, con el actual gobierno del país, pero la (o las) corrupciones catalanas también han contagiado a todo el país por medio del papel que CiU o el PSC han jugado como sostén de los distintos gobiernos de España. La verdad es que Valencia es un caso periférico, secundario, eso sí, grotesco si se quiere (y Fabra y Pons, dos mindundis locales). Pero mucho más importantes, puestos a citar, son los otros dos ejemplos que he mencionado.
Creo que Valencia, en el imaginario colectivo, y no sólo en el de Jot Down, representa el arquetipo de corrupción de este país. Esa corrupción que creció hasta límites insospechados al calor de la burbuja inmobiliaria, por medio de una gestión urbanística fraudulenta y por un insaciable sector de la construcción que parecía dispuesto a hormigonar hasta el último centímetro de este país. Los póliticos y los empresarios de la construcción bien juntitos, guisándoselo y comiéndoselo tan a gusto.
Valencia, con las ruinosas obras de Calatrava y los kilómetros de litoral destruido por promociones de vivienda a cada cual más hortera, ofrece una imagen demasiado potente como para que no cale. Todo eso aderezado con Fabra y sus gafas de sol, Camps y sus trajes, el chulo de Pons y su pose de señorito perdonavidas, y el ya casi olvidado pero igual de importante Zaplana y su perenne bronceado, que prácticamente dió el pistoletazo de salida con Terra Mítica. Y, por si fuera poco, acompañado por una mayoría absoluta tras otra. Vamos, que Valencia lo tiene todo.
Y sí, tienes razón, en otras zonas de España (en casi todas, vaya) hay y ha habido corrupción, pero como imagen me temo que Valencia las eclipsa a todas. Por lo que me parece bastante comprensible que, por su potencia, se recurra a ella como ejemplo de la corrupción en este país.
Un saludo.
http://www.eldiario.es/politica/jovenes_0_205429973.html
Tenemos un problema enorme. Una población tremendamente envejecida y una juventud minoritaria.
No tenemos un sistema político asentado con unos mecanismos de control y una obligación de transparencia que obligue a que se justifique cada euro público gastado y que impida a a los corruptores y corrompidos actuar sin consecuencias.
Es imprescindible un cambio íntegro del sistema y de las reglas del juego, Y ese cambio no lo va a hacer ninguno de los que se benefician del actual. Solo un partido sin una base sólida de votantes, que se sintiera vigilado y pudiera perderlos tan rápido como los consiguiera se atrevería a impulsar cambios estructurales. ¿Y quién va a llevar a ese partido al poder? En el país del «atado y bien atado», con los herederos no solo del franquismo sino de Fernando VII campando a sus anchas desde hace siglos, ¿cuánto durarían esos cambios? ¿Qué tipo de presiones empezarían a ejercer los «sospechosos habituales»? El PSOE está K.O. Pero, a no ser que les toquen las pensiones de manera escandalosa, ¿alguien piensa que al nicho de votantes del PP le preocupa «el estado de la nación»? Perderán votos, pero seguirán ganando más que el resto. Con o sin alianzas, y aunque acabaran gobernando con el voto del 15% de la población, a día de hoy seguiría siendo el partido más votado. En una sociedad tan envejecida, y encantada de seguir expulsando jóvenes, los cambios a través de reformas desde dentro del sistema son casi entelequias.
Quizá cuando España se convierta efectivamente en la China de los 90 y la precariedad + desempleo afecte a una mayoría de ciudadanos, es decir, haya más precarios que estables, la balanza empiece a decantarse hacia el otro lado.
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De esos polvos estos lodos