Recuerdos del fin

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Ilustración de Antonio Tamez

Entre pandemias, terroristas, inestabilidad económica y políticas expansionistas, parecería que la monotonía de estar vivo podría caer en cualquier momento. Así como es propio de la especie creer que siempre vivimos en la mejor de las épocas —hoy día con nuestras tablets, wifi y otras maravillas efímeras—, también es válido pensar que vivimos en el fin de los tiempos. El reloj del Apocalipsis siempre está a algunos minutos de la media noche. En este momento está a solo tres, y si pudiéramos preguntar la opinión de alguien temeroso de Dios hace seiscientos años, seguro nos diría que el Juicio, como el diablo, siempre está cerca.

Hay algo atractivo, casi metafísico, en imaginar el fin. Y al fin le gusta vestirse con todo tipo de máscaras. En 1967 la revista If publicó No tengo boca y debo gritar, de Harlan Ellison, uno de los cuentos más reeditados en la tradición americana de lo fantástico. Ellison no lo sabía en ese momento, pero su monstruosa supercomputadora AM —del decreto cartesiano I think therefore I am  o «pienso luego existo»— serviría años después como inspiración para el sistema Skynet en la película Terminator de James Cameron, junto con otras piezas claves del guion tomadas sin permiso de otras ficciones de Ellison, quien hasta el día de hoy aún conserva su fama de justiciero agresivo. Después de un pago de sesenta y cinco mil dólares, se acordó que toda copia de la película incluyera un agradecimiento especial a sus talentos creativos.

Que la visión primitiva de su tecnología no nos engañe. No tengo boca… es una fábula de terror existencial que ya quisiera lograr la película de Cameron: En el centro del mundo, después de una guerra fría convertida en mundial y nuclear, una máquina divina preserva la vida de los últimos seis humanos, cinco hombres y una mujer, para gozar torturándoles eternamente como castigo por el odio que siente hacia sus creadores. Que Ellison fuera la voz de AM en la adaptación del cuento al juego de PC en 1995 dice mucho de su misantropía. Ellison siempre será AM.

No tengo boca… fue escrito sin descanso y con poco o nada de corrección en el transcurso de una noche. Fue una de esas visiones horribles que algunas veces ocurren de forma inconsciente, dejan esperando las primeras horas del sol, luchando contra algo indiscernible a medio camino entre la tráquea y las entrañas de la angustia. Estas noches oscuras del alma no discriminan, y desde que hay registro escrito han sido experimentadas por artistas, filósofos y profetas. ¿Por qué nos gusta imaginar estas cosas?

El Apocalipsis, como se entiende en nuestra cultura, es una tradición visionaria del judaísmo que comienza con Isaías 24, aunque su influencia no es exclusiva. Visiones del fin pueden encontrarse en otros lugares, desde Persia, India y Egipto hasta los pueblos de Escandinavia y América. Restando algunas excepciones, el escenario es el mismo: alguna batalla épica entre divinidades o una abundancia de destrucción de los elementos por decreto del cielo, seguido de un periodo de restauración y paz, algunas veces eterna. No es complicado ver la relación entre la mística de aquellos hombres, basada en ciclos astronómicos y devastación natural, con las realidades de un mundo desconocido previo al método científico.

Como género, el fin de los tiempos se volvió popular con los judíos de la antigüedad, pues entre sus tópicos se encuentra la salvación del pueblo por la mano de un dios justo con los suyos y vengativo con los idólatras. Gracias a la proliferación de sectas y las diversas persecuciones, existen distintas visiones del Fin, según los ojos abrahámicos que lo vean, muchas de ellas en documentos esparcidos por la región del Qumrán, de donde provienen los Manuscritos del Mar Muerto. Esta literatura visionaria se repitió durante los primeros años del cristianismo, que al ser una secta más del judaísmo, produciría el Apocalipsis de Juan, nuestro Fin más conocido, un documento que hoy en día es interpretado por algunos historiadores como la trama simbólica de la persecución cristiana por parte del emperador Nerón.

Apocalipsis significa «revelación» o «mostrar lo oculto». Una revelación puede ser cualquier cosa, desde lo trascendente a lo mundano, aunque del final uno esperaría todo menos lo último. Lo que queremos es drama y drama, que es lo que se nos da bien. Si el futuro parece terrible es porque nuestra percepción del presente no es demasiado diferente. el imaginario que compone la escatología se alimenta de la crisis y siempre han existido personas que al ver el estado del mundo han concluido que, realmente, este debe tratarse del Fin, tomando consuelo en la idea religiosa de un mundo pastoral y perfecto por venir. Fue una forma común de pensar en el Medievo, con su incontable cantidad de guerras, pestes y reformas religiosas, y continúa hoy, en nuestra época de supuesta sofisticación, donde el Fin cada vez se presenta de maneras más seculares: la guerra entre potencias, el colapso ambiental, la crisis de la banca, el terrorismo e incluso la devastación por parte de ciertas tecnologías. El Apocalipsis se ha vuelto Neuromancer de William Gibson, ¿y cuántos no quisiéramos estar en él?

Del cerebro primitivo al papel

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Ilustración de Antonio Tamez

La literatura apocalíptica cumple una función básica: dar un significado a la historia que someta la experiencia humana a un orden claro que fluye de principio a fin. El caos del mundo, visto desde ese registro, se vuelve una novela o película complicada, pero con estructura y sentido. La vida se hace narración y no un remolino moldeado por fenómenos naturales y sociales más allá de nuestro control.

Soy un hombre, y los hombres son animales que cuentan historias. Este es un regalo de Dios, que  con la palabra dio vida a la especie pero dejó el final de nuestra historia sin contar. Este misterio es atormentante. ¿De qué otra forma podría ser? Sin el final, pensamos, ¿cómo podemos sacar sentido de todo lo que ha ocurrido antes, es decir, de nuestras vidas? (Clive Barker).

¿Por qué el final es siempre destructivo y no plácido y aburrido? Si el futuro se vuelve una proyección de los problemas del presente, es difícil pensar que los días por venir serán diferentes. El mundo está lleno de riesgos e incertidumbre y nuestros cerebros están conectados de forma que cualquier peligro, qué importa lo minúsculo o inexistente que sea, ocupe nuestra atención. Esto lleva al miedo, que no es más que una herramienta de protección ideada por la naturaleza para la preservación del individuo y su material genético. También es una ayuda ideal para los ideólogos del Fin; no hay mejor forma de realzar las crisis de hoy que exagerando las de mañana.

El miedo está más allá de nuestras facultades intelectuales, administrado por un sistema límbico que no ha cambiado en millones de años. En el centro de este sistema se encuentran la amígdala, estructura pequeña que, entre otras funciones, alerta emocionalmente al organismo en caso de peligro. Este fue un sistema excelente para la supervivencia de los primeros hombres en los ambientes premodernos en los que cualquier movimiento o cambio de luz podía ser un depredador al acecho. Es un sistema tan bueno que incluso hoy día aún seguimos sometidos por él. ¿Testamento de nuestra inescapable parte animal?

Impulsado por la posibilidad tecnológica del Fin, el miedo primigenio hizo que la literatura apocalíptica viera un crecimiento en popularidad al terminar la Segunda Guerra Mundial. Lo sacro no puede existir sin lo profano. Robert Oppenheimer lo intuyó al parafrasear el Bhagavad Gita después de las bombas: «Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos».

El fin de la guerra iluminó todo un subgénero de la ficción en forma de novelas y películas: el Holocausto Nuclear y la Tercera Guerra Mundial, un conflicto que a pesar de haber tenido demasiadas excusas para ocurrir en los últimos setenta años no se ha dejado venir. Si se quiere leer como profecía, la literatura apocalíptica es un género con una razón de fallo del cien por cien. ¿Cuántas veces el mundo debió haber terminado ya?

Pero la destrucción de la civilización por fuego nuclear no fue la primera visión de un Apocalipsis secular. Más de cien años antes de las detonaciones sobre Hiroshima y Nagasaki, Mary Shelley escribió El último hombre, publicado en 1826 y enterrado por una crítica tan escandalizada que haría que no volviera a ver la luz de la imprenta hasta 1965. La novela, llena de las convenciones políticas de su época, presume de ser un texto verídico editado de material visionario encontrado por la misma Shelley en unas cuevas cerca de Nápoles. Cuenta la historia de Lionel Verney, el último hombre del título, y sus aventuras a finales del siglo XXI, cuando la Tierra ha sido devastada por una plaga desconocida.

Shelley no solo dio nacimiento a la novela apocalíptica moderna, sino también a otro subgénero del Fin: el posapocalipsis, las vidas de los desgraciados que sobreviven a la calamidad, historias que por ironía resultan muchas veces agradables y liberadoras, pues se nutren de nuestras fantasías anarquistas y supervivencialistas: ¿Cuántos no creemos que después del colapso seremos parte de ese cinco por ciento afortunado, libres de impuestos, trabajos de oficina y Gobiernos ineptos, viviendo a nuestra manera entre las ruinas y peleando contra pandilleros y vampiros mutantes, motocicleta lista y escopeta a la mano? ¿A quién le importa que muchos no sepamos preparar una sopa de microondas? ¡Sálvese quien pueda! Este es el salvaje Oeste visto desde los radares de algún búnker en Moscú.

Novelas como La carretera de Cormac McCarthy, a costa de su seriedad en el tono y drama humano, pueden llegar a parecer una alternativa preferible para algunas personas durante tiempos de crisis económica e incertidumbre política. Toda una rama del entretenimiento ha nacido exclusivamente para alimentar este razonamiento, desde películas y series de televisión hasta novelas, cómics y juegos de vídeo. Incluso actividades físicas como el Airsoft han desarrollado una subcultura de estética posapocalíptica. Es fácil olvidar que nuestra dependencia tecnológica ha atrofiado algunos talentos innatos de nuestra especie y cualquier colapso considerable de la frágil infraestructura en la que descansa el mundo moderno se volverá, en solo unos días, una búsqueda de alimento y no Fallout.

Y es que cuando el mundo se viene abajo, pensamos, todo es permisible. Una de las primeras novelas posapocalípticas del siglo XX, La nube púrpura de M. P. Shiel, muestra cómo Adam Jeffson, el único hombre que sobrevive al ataque de una nube tóxica y planetaria, va de país en país quemando capitales por diversión y construyendo palacios para la gloria de su locura. Finalmente conoce a una mujer en Constantinopla, la única otra superviviente, y con ella cumple su sueño bíblico de ser el patriarca de la nueva humanidad.

Hasta donde las fantasías lo permiten, la muerte de millones de personas por alguna catástrofe ha pasado de ser un miedo tangible a mediados de los cuarenta, a una forma de entretenimiento que algunas veces parece la cara siniestra del movimiento en pro del regreso a la naturaleza. Es como si las imágenes del Fin no quisieran conservar cualquier forma de seriedad excepto en memorials y días de luto.

Porque si el pensamiento apocalíptico no es solo entretenimiento, puede llegar a ser ofensivo.

Culturizando el Apocalipsis

En 1986 el editor y provocador americano Adam Parfrey fundó la editorial Amok Press (hoy desaparecida) como vehículo para la publicación de Apocalypse Culture, una colección de ensayos, entrevistas y documentos misceláneos que en una época previa a internet constituían lo más crudo y grosero de una subcultura demasiado alternativa incluso para el underground de la época, con joyas sobre las virtudes del canibalismo, la necrofilia, la admiración por los asesinos en serie, el fanatismo religioso y el misticismo paranoico.

Los ofendidos no tardaron en hacerse escuchar y el libro fue sometido a una caza de brujas por los guardianes de la moral y el buen gusto. Temerosas de Dios, pocas fueron las bibliotecas que se atrevieron a guardar alguna copia en su catálogo y la venta de ejemplares fue limitada a distribuidores especializados o por listas de correo. J. G. Ballard pontificó sobre el valor moral e intelectual del libro, que hoy día goza del prestigio de ser el primero en su tipo.

Que Apocalypse Culture se volviera un tomo prohibido es testimonio de su contenido y de las sensibilidades de una moral puritana y reprimida que con el tiempo daría paso en los medios a sus intereses ocultos. Hoy es común y poco escandaloso entrar en contacto con este material, ya sea en películas, libros, noticiarios o vídeos gore en la red. El lenguaje del Apocalipsis ya es cosa moderna y ubicua, de rápido acceso por móvil o tablet. Producto de siglos de fantasías y preocupaciones destructivas, las imágenes y textos en el libro de Parfrey no son diferentes a las visiones de los profetas bíblicos.

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Ilustración de Antonio Tamez

Las viejas inquietudes sacras no pueden evitar secularizarse. Uno de los textos más escatológicos de la colección es el que la cierra: Meditaciones sobre el átomo y el tiempo, en el que su autor, Dennis Stillings, concluye que la bomba atómica es la respuesta divina a las plegarias universales por la paz: si las cabezas nucleares aún no nos han devastado no es por lo refinado de la política exterior de las potencias, o la falta de pretexto, sino por que la sola idea de una guerra nuclear es demasiado monstruosa para llevarla a cabo.

Para Stillings, la imagen pastoral de un mundo sin conflicto en el que todos los hombres se dan la mano es ingenua como poco y peligrosa como mucho, y cree que una auténtica iconografía del pacifismo debería abarcar las complejidades del ser humano, con todas sus bondades y con sus conductas grotescas. Complejidades que se ven reflejadas en los procesos técnicos tras la construcción de La Bomba, esa reina terrible, en su opinión nuestro mejor estandarte. Tratemos de verla en la bandera de la ONU.

Meditaciones… está llena de Jung, hinduismo y escatología bíblica, demasiado místico para una exposición de terrores nucleares en una época en la que las nubes en forma de hongo eran comunes en televisores y periódicos, aunque hasta donde a imágenes monstruosas concierne cumple con su cometido. No por nada, junto a descripciones de las víctimas en Hiroshima y Nagasaki, Stillings compara pasajes del Antiguo Testamento en los que las similitudes físicas con lo ocurrido en Japón se vuelven incómodas. Recordemos de nuevo a Oppenheimer hablando sobre Vishnu.

El mundo se está acabando y yo estoy aquí durmiendo

La literatura apocalíptica se nutre de las crisis y en estos tiempos de wifi y acceso inmediato a la información, son precisamente las crisis las que sobran. Llegan como graffiti a nuestros muros y en cientos de tuits, veinticuatro horas, todos los días. Si el medio ambiente no se está colapsando, entonces lo hará la banca internacional, al mismo tiempo que el terrorismo amenaza con descabezar al mundo libre, siempre y cuando una pandemia y la degradación moral no nos lleven antes. Hasta en el mundillo de las promesas tecnológicas las cosas no parecen demasiado optimistas; Elon Musk y Stephen Hawking han hecho públicas sus opiniones sobre los peligros existenciales de una inteligencia artificial fuera de control. Incluso Bill Gates se les ha unido con la misma pancarta, ¿a quién le importa que aún no sepamos cuales son los mecanismos que rigen la inteligencia y la conciencia, ya no digamos replicarlos, cuando los profetas del Fin tienen semejantes credenciales y hacen buena prensa?

Sería lícito pensar que con estos y otros tantos peligros hoy podría ser el último día de nuestras vidas. Solo se necesitan entre cinco y diez minutos de noticieros y una dosis de entretenimiento basado en hechos reales para convencernos del terrible destino que cuelga sobre nosotros. ¡Cuidado!: Siria y Egipto están hechos ruinas, hay protestas en medio mundo por corrupción y mala economía y, hace solo algunos meses, el ébola se volvió la próxima gran amenaza gracias a la complicidad de la OMS y los medios, que al parecer quisieron ignorar que por la forma tan específica en que se da el contagio y su rápida mortalidad, existen más probabilidades de una devastación humana gracias a una pandemia repentina (e imposible) de diarrea que por un virus que se hizo famoso gracias a una mala película de 1995. Tampoco olvidemos que el Estado Islámico y el narcoterrorismo son amenazas para la estabilidad del mundo.

Y sin embargo, a pesar de todo esto, el sol sale todos los días. Incluso parecería como si las cosas no estuvieran tan mal. Contrariando el flujo de Apocalipsis que sale de las pantallas, para Steven Pinker esta es una de las épocas más tranquilas en la historia de la humanidad que parte de un declive en la violencia mundial causado por el éxito del Estado-nación, el comercio, la razón y la cultura. Según Pinker la aparente crisis mundial por la que pasamos es más producto de la prensa exagerada y opinión de expertos con claros intereses (cabecillas militares, jefes de policía, etc.) que una realidad. En una época donde la vida tiene un valor y existen oportunidades de desarrollo personal, lugares que visitar y gente por conocer, dice, uno se lo piensa dos veces antes de tomar las armas y acabar con el otro.

Y esto se puede ver en el entorno inmediato. Nuestra vida promedio aquí en esta latitud cultural es tan común y corriente que casi cualquiera de las experiencias crudas del mundo real las conocemos por lo que hemos visto o leído sobre ellas. Ya no hay bárbaros al otro lado de las murallas. Hoy día el hombre joven occidental promedio ve más guerra y matanza jugando a Call of Duty que en un auténtico teatro de batalla, donde además no existe un God mode que nos vuelva inmunes a las balas. Para Pinker los grandes terrores bélicos y humanitarios del presente ni siquiera pueden considerarse de gran magnitud si se los compara con los índices de guerra y homicidio de hace setenta años, ya no se diga durante épocas más pretéritas en las que el pensamiento apocalíptico era una realidad de todos los días.

Esto es bueno, ¿verdad? Tal vez somos afortunados en decir que el fin del mundo se ha vuelto insípido, un espectáculo más que ver por internet o una película de viernes por la noche. ¿O qué tal si encendemos la Playstation? Me han dicho que The Last of Us es bueno y he aprendido todo lo que debo saber para sobrevivir en el posapocalipsis viendo a Bear Grylls comer gusanos y babosas en el Amazonas.

De alguna forma esto es deprimente. ¿Dónde están los tanques, la guerra callejera, las pandemias, el fuego nuclear y redentor? Para J. G. Ballard, quien vivió la experiencia de los campos de prisioneros en la Segunda Guerra Mundial, la imagen del Fin no era un cuerpo calcinado en Nagasaki, o la extinción de la especie por alguna catástrofe cósmica. Era un suburbio en Düsseldorf; ordenado y anestesiado, libre de espontaneidad y políticamente correcto. El fin del mundo puede ser aburrido, y si eso pasa, entonces sería un fracaso de la imaginación.

A su manera, Ballard se volvió el escritor más apocalíptico de nuestro tiempo, tal vez más que Juan de Patmos, con sus historias de arquitectos y psicólogos narcotizados por una modernidad limpia y siniestra que saca a relucir impulsos aún codificados en un cerebro originado en la oscuridad del tiempo, cuando la Tierra era más dura y por ella caminaban monstruos. Quién hubiera pensado que la sofisticación tecnológica sacaría a relucir eso que llevamos ahí dentro.

Tal vez Pinker tiene razón en su análisis sobre la gradual pacificación de nuestra especie, tal vez la tradición apocalíptica no anuncia una catástrofe a la que nos dirigimos y solo sirve para dar sentido a una vida que no podemos evitar que se nos escape de las manos. Cada persona que muere vive su Apocalipsis.

Pero si Ballard estuvo en lo correcto, la plácida experiencia de estar vivo en un mundo tecnológico, ordenado y perfecto es solo una máscara que además de anunciar la muerte del espíritu esconde también algo turbio. Tal vez necesitamos de las crisis que nutren nuestras fantasías y temores destructivos. Las bestias también tienen su función. La fascinación de Ballard por los rascacielos, los centros comerciales, las plazas de estacionamiento vacías y otro iconos modernos son buenos comentarios para una época en la que la violencia se vuelve banal y es delegada más y más a sistemas tecnológicos que la transforman, así de fácil, en un nivel más de Call of Duty.

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7 comentarios

  1. Persona Espontánea

    “Las amígdalas” son estructuras de tejido linfático con fines de defensa del tracto nasofaríngeo. Creo que el redactor se refiere a “la” amígdala.

  2. Persona Espontánea

    Luego está el tema del pico del petróleo, que no es baladí. Hay un “apocalipsis” en ciernes –mejor, una deriva hacia el decrecimiento bastante “real”– pero está claro que todo el imaginario catastrofista no hace sino que muchos prefieran desviar la mirada hacia otro lado.

    Decir también que lo de Pinker se ha criticado también bastante. Desde luego no tengo los conocimientos necesarios para valorar tanto estas críticas como el trabajo de Pinker, pero vamos; se me vienen a la cabeza, así a bote pronto, las críticas que le han hecho Christopher Ryan o John Gray.

    • Antonio Tamez

      Si, pequeño desliz lo de la amígdala, ¡gracias por notarlo!

      Sobre Pinker, es cierto que peca de optimista, y posiblemente se trate de eso; mero optimismo ante la incertidumbre. Es una labor difícil recaudar tanta información a lo largo del tiempo (cuando la hay) y hacer “number crunching” sobre tantos datos para luego dar conclusiones sobre si nuestros tiempos son o no son más violentos. Podríamos acusarlo de sesgo de confirmación. Pero por otro lado también está la propensión a creer que las cosas siempre van a empeorar, que el futuro siempre será horrible y violento. Algo así como una variante planetaria sobre como las nuevas generaciones son cada vez peores. Cambiemos “nuevas generaciones” por “nuevos tiempos” y es lo mismo, además que los medios se encargan de fomentar esta opinión. (No necesariamente con intención. Aquí no hay una gran conspiración, solo se trata de la rápida difusión de información)

      Lo del petroleo es algo así como el gran elefante blanco en la habitación. Se habla mucho de energías alternativas, paneles solares, coches eléctricos y demás tecnologías que nos permitirán seguir en una línea de supuesto progreso sin depender de combustibles fósiles, pero la verdad, al menos yo, no tengo idea si esto pueda funcionar a largo plazo. Supongo que tendremos que esperar y ver.

  3. Pingback: Recuerdos del fin

  4. El fin como tal es parte de cualquier cultura, y ésto es consustanciala la condición humana por mucho que el intelecto luche contra ello, ya que nosotros mismos y todo a nuestro alrededor tiene un período de gestación, crecimiento, desarrollo y muerte. No hacemos sino trasladar lo empírico a la cultura, la religión, etc., a todas las construcciones humanas. Por eso nos resulta imposible asimilar que el universo existió y existirá. Las fronteras temporales son necesarias para no volvernos locos.

    http://casaquerida.com/2015/04/10/los-a-la-derecha-firmantes/

  5. “Las antiguas reglas ya no sirven, Hig. Han muerto, igual que los pájaros carpiteros. Desaparecieron con los glaciares y el gobierno. Vivimos en otro mundo. Otro mundo, otras reglas. No negocies nunca, jamás”, le repite Bangley antes de matar al penúltimo invasor en las primeras páginas de ‘La constelación del perro’ http://bit.ly/178PVsT No es una obra de arte, pero sí una novela apocalíptica muy entretenida donde la peor maldad parece gratuita. Un saludo cordial.

  6. Pingback: Recuerdos del fin (Jot Down) | Libréame

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