
Entre pandemias, terroristas, inestabilidad económica y políticas expansionistas, parecería que la monotonía de estar vivo podría caer en cualquier momento. Así como es propio de la especie creer que siempre vivimos en la mejor de las épocas —hoy día con nuestras tablets, wifi y otras maravillas efímeras—, también es válido pensar que vivimos en el fin de los tiempos. El reloj del Apocalipsis siempre está a algunos minutos de la media noche. En este momento está a solo tres, y si pudiéramos preguntar la opinión de alguien temeroso de Dios hace seiscientos años, seguro nos diría que el Juicio, como el diablo, siempre está cerca.
Hay algo atractivo, casi metafísico, en imaginar el fin. Y al fin le gusta vestirse con todo tipo de máscaras. En 1967 la revista If publicó No tengo boca y debo gritar, de Harlan Ellison, uno de los cuentos más reeditados en la tradición americana de lo fantástico. Ellison no lo sabía en ese momento, pero su monstruosa supercomputadora AM —del decreto cartesiano I think therefore I am o «pienso luego existo»— serviría años después como inspiración para el sistema Skynet en la película Terminator de James Cameron, junto con otras piezas claves del guion tomadas sin permiso de otras ficciones de Ellison, quien hasta el día de hoy aún conserva su fama de justiciero agresivo. Después de un pago de sesenta y cinco mil dólares, se acordó que toda copia de la película incluyera un agradecimiento especial a sus talentos creativos.
Que la visión primitiva de su tecnología no nos engañe. No tengo boca… es una fábula de terror existencial que ya quisiera lograr la película de Cameron: En el centro del mundo, después de una guerra fría convertida en mundial y nuclear, una máquina divina preserva la vida de los últimos seis humanos, cinco hombres y una mujer, para gozar torturándoles eternamente como castigo por el odio que siente hacia sus creadores. Que Ellison fuera la voz de AM en la adaptación del cuento al juego de PC en 1995 dice mucho de su misantropía. Ellison siempre será AM.
No tengo boca… fue escrito sin descanso y con poco o nada de corrección en el transcurso de una noche. Fue una de esas visiones horribles que algunas veces ocurren de forma inconsciente, dejan esperando las primeras horas del sol, luchando contra algo indiscernible a medio camino entre la tráquea y las entrañas de la angustia. Estas noches oscuras del alma no discriminan, y desde que hay registro escrito han sido experimentadas por artistas, filósofos y profetas. ¿Por qué nos gusta imaginar estas cosas?
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«Las amígdalas» son estructuras de tejido linfático con fines de defensa del tracto nasofaríngeo. Creo que el redactor se refiere a «la» amígdala.
Luego está el tema del pico del petróleo, que no es baladí. Hay un «apocalipsis» en ciernes –mejor, una deriva hacia el decrecimiento bastante «real»– pero está claro que todo el imaginario catastrofista no hace sino que muchos prefieran desviar la mirada hacia otro lado.
Decir también que lo de Pinker se ha criticado también bastante. Desde luego no tengo los conocimientos necesarios para valorar tanto estas críticas como el trabajo de Pinker, pero vamos; se me vienen a la cabeza, así a bote pronto, las críticas que le han hecho Christopher Ryan o John Gray.
Si, pequeño desliz lo de la amígdala, ¡gracias por notarlo!
Sobre Pinker, es cierto que peca de optimista, y posiblemente se trate de eso; mero optimismo ante la incertidumbre. Es una labor difícil recaudar tanta información a lo largo del tiempo (cuando la hay) y hacer «number crunching» sobre tantos datos para luego dar conclusiones sobre si nuestros tiempos son o no son más violentos. Podríamos acusarlo de sesgo de confirmación. Pero por otro lado también está la propensión a creer que las cosas siempre van a empeorar, que el futuro siempre será horrible y violento. Algo así como una variante planetaria sobre como las nuevas generaciones son cada vez peores. Cambiemos «nuevas generaciones» por «nuevos tiempos» y es lo mismo, además que los medios se encargan de fomentar esta opinión. (No necesariamente con intención. Aquí no hay una gran conspiración, solo se trata de la rápida difusión de información)
Lo del petroleo es algo así como el gran elefante blanco en la habitación. Se habla mucho de energías alternativas, paneles solares, coches eléctricos y demás tecnologías que nos permitirán seguir en una línea de supuesto progreso sin depender de combustibles fósiles, pero la verdad, al menos yo, no tengo idea si esto pueda funcionar a largo plazo. Supongo que tendremos que esperar y ver.
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El fin como tal es parte de cualquier cultura, y ésto es consustanciala la condición humana por mucho que el intelecto luche contra ello, ya que nosotros mismos y todo a nuestro alrededor tiene un período de gestación, crecimiento, desarrollo y muerte. No hacemos sino trasladar lo empírico a la cultura, la religión, etc., a todas las construcciones humanas. Por eso nos resulta imposible asimilar que el universo existió y existirá. Las fronteras temporales son necesarias para no volvernos locos.
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“Las antiguas reglas ya no sirven, Hig. Han muerto, igual que los pájaros carpiteros. Desaparecieron con los glaciares y el gobierno. Vivimos en otro mundo. Otro mundo, otras reglas. No negocies nunca, jamás”, le repite Bangley antes de matar al penúltimo invasor en las primeras páginas de ‘La constelación del perro’ http://bit.ly/178PVsT No es una obra de arte, pero sí una novela apocalíptica muy entretenida donde la peor maldad parece gratuita. Un saludo cordial.
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