Madrid a la fresca

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Jot Down para Manzana Mahou 330

Fotografía: Angel Javier Kodak.
Fotografía: Pedro Torrijos.

Eran otros tiempos. Eran edades antiguas cuyo discurrir se tallaba en sistemas y artefactos ya casi olvidados por el hombre. Rotativos impresos en grandes rectángulos de papel, cromadas bandas electromagnetofónicas y peculiares círculos de plástico negro atravesados por un microsurco infinito. Era 1984. No, en serio, era 1984, no la novela de Orwell sino el Año de Nuestro Señor cuando Santiago Auserón nos dijo que la calle arde al sol de poniente.

Cualquiera sabe si en Radio Futura querían articular una compleja metáfora entre la épica y el funk pero, para mí, «Escuela de calor» describe con extraordinaria precisión el brillo del atardecer veraniego reflejado en las fachadas de ladrillo visto de Madrid. Y el calor también, claro. No es de extrañar que las tribus se oculten cerca del río porque el sol pega de lo lindo en el verano de la capital.

Bienvenidos al viscoso cliché que nos recuerda cada año que Madrid en verano es un infierno. El asfalto quema, los coches polucionan, los termómetros baten el récord de salto con pértiga, los pajarillos cantan y a las nubes ni se las ve porque se han largado de la urbe como la mitad de los madrileños. ¿Pues saben lo que les digo? Que nos vamos a pasar el cliché por el forro del optimismo. Madrid es una formidable ciudad estival; solo hay que mirarla con los ojos limpios, pasearla con pies pausados —y con chanclas, no hagan caso a la opinión general de esta revista: las chanclas son cojonudas—, escucharla con las orejas desabrochadas y bebérsela en un par de cañas de Mahou. De veras, ni siquiera es necesario ser residente y tampoco hay que recorrerse todos los museos capitalinos en rumiantes rebaños turísticos. Cualquiera puede tomar unas cuantas decisiones para pasar un estupendo verano en Madrid.

Bañarse en la piscina (o en el río)

Piscinas de Las Presillas. Fotografía: BY-YOUR (CC).
Piscinas de Las Presillas. Fotografía: BY-YOUR (CC).

No, aquí no hay playa, pero detrás de las vallas tenemos una red de piscinas para olvidarnos del sempiterno viaje a Mallorca. Y sin esperar a los puentes. Así que pasen de la playa, no se olviden la toalla y hagan como Burt Lancaster en El nadador. Desde el sur hasta el norte, desde Aluche hasta las del parque Puerta de Hierro, que Francisco Asís Cabrero construyó en 1956 cuando se llamaba parque Sindical y que, con su sistema de vasos continuos y comunicados, fueron durante mucho tiempo las piscinas más grandes de Europa.

Ahora bien, si les parece que en una piscina urbana hay demasiada gente y tampoco quieren ser como los lozanos chavalotes del verano de Al salir de clase, no tienen más pasar de este artículo y escaparse unos kilómetros de la ciudad. Las naturales de Las Presillas en Rascafría o las orgánicas de Buitrago del Lozoya, abiertas al borde del embalse de Riosequillo, son unas opciones magníficas: a poco más de media hora de la capital, con vistas a la sierra y una temperatura del agua que les va a hacer olvidar el calor en cuanto metan el pie.

Y si las piscinas no son lo suyo, suban un poco más y métanse en la garganta de la Camorza o en la Charca Verde de la Pedriza. En invierno, los árboles retuercen sus ramas en un paisaje propio del Rey Amarillo de Carcosa, pero en verano se transforma en una encantadora fresquera, un reservorio canicular que revive el cuerpo como lo haría el trago de un botijo a la sombra.

Ir a un cine de verano

Fotografía: Fescinal.
Fotografía: Fescinal.

A falta de drive-in theaters donde aparcar el Buick y abrasar de arrumacos a nuestra pareja como John Travolta y Olivia Newton-John en Grease, siempre podemos ir a ver una película bajo la noche estival. Hay más de cuarenta por toda la Comunidad de Madrid y en la misma capital tenemos unos cuantos, como el Fescinal en el parque de la Bombilla, el de la terraza del Centro Cultural Paco Rabal en Entrevías o el de la Casa Museo Lope de Vega, junto al Paseo del Prado. Lo mejor de todo es que proyectan filmes ajenos a la cartelera actual, desde François Truffaut y Louis Malle hasta Wes Anderson, así que no se arriesgarán a ser decepcionados por la cinta que arrase en las taquillas. Y si, con todo, la peli no les gusta, no tienen más que echar la cabeza atrás y mirar al cielo, que pocas historias hay más bonitas que la luna y las estrellas valientes que se cuelan a hurtadillas entre los destellos nocturnos de la ciudad.

Charlar en la plaza

Fotografía: Javi Sánchez de la Viña (CC).
Fotografía: Javi Sánchez de la Viña (CC).

Una de las cosas que más me gustaba de los veranos en el pueblo de mi madre eran las tertulias improvisadas que se formaban a la puerta de las casas en cuanto caía el sol. Hombres y mujeres sacaban las sillas a la calle y se tiraban las horas vivas entre reflexiones cotidianas a viva voz y cotilleos extraordinarios que bajaban aún más el murmullo cuando veían pasar a cualquier viandante. Y le saludaban, fuese conocido o desconocido. Y lo siguen haciendo. Y me sigue gustando. Por eso les propongo hacer lo mismo en Madrid.

Pierdan la vergüenza, cojan unas tumbonas o un par de sillas plegables y bajen a la plaza a charlar. Piensen que las plazas son el remanso emocional de la ciudad desde la Grecia de hace ya dos mil quinientos años. Pero si prefieren remansos más físicos, vayan a cualquiera de los parques de la capital: al Retiro, a la Casa de Campo, al de las tetas a ver la puesta de sol o a Madrid Río y siéntense junto a los toboganes, los columpios y los chorros que refrescan a corredores, patinadores, ciclistas y paseantes. Y hablen. Hablen con sus amados, con sus amigos e incluso atrévanse a conocer a un desconocido. Hablen del tiempo, de fútbol, de política. O hablen de nada, que ya dijo Oscar Wilde que era su tema preferido de conversación pues era el único del que se consideraba un experto.

Tomarse una caña (y hacer muchas otras cosas) en la Manzana Mahou 330

A tiro de paseo urbano, en el vértice entre Malasaña, Alonso Martínez y Chueca, merece la pena visitar la Manzana Mahou 330. Para empezar, porque respira el espíritu relajado y festivo del verano. El mismo espíritu que ha salpicado unas cuantas ciudades europeas en intervenciones urbanas híbridas, mixtas, multidisciplinares y otros tantos adjetivos postmodernos pero que, en realidad, lo que nos proponen es pasarlo bien con un buen montón de sugerencias diversas, intermitentes, salteadas o continuas. Desde el Copa Cagrana vienés hasta el Arena Club de Berlín, las urbes más ajetreadas del continente se resisten a ser vividas bajo el imperio de la prisa y, a tal fin, han creado pequeños oasis de desocupación veraniega en forma de terrazas, tiendas, restaurantes, bares, conciertos y exposiciones.

Lo que han hecho en MM330 es coger ese espíritu y colocarlo dentro de un palacio de Madrid. Lo bueno es que, como el espíritu es una cosa muy bonita sobre la que disertar pero cuya naturaleza es mayormente intangible, también han cogido las exposiciones, los conciertos, los bares, los restaurantes, las tiendas y la terraza y los han puesto en ese mismo palacio. El palacio de Santa Bárbara.

Fotografía: Ángel Javier Kodak.
Fotografía: Pedro Torrijos.

Seguramente, cuando Mariano Maldonado, séptimo conde de Villagonzalo, encargó a Juan de Madrazo y Kuntz la construcción de su nuevo palacio en el borde del barrio de Malasaña, no sabía que la que iba a ser su residencia acabaría convertida en centro de diversión veraniega para los madrileños y los visitantes. Tampoco creo que cuando Madrazo planteó el edificio de manera prerracionalista según los postulados de Viollet-le-Duc, se imaginase que el ladrillo y los escasos detalles historicistas de su proyecto servirían de envoltorio a una librería o a una sala de conciertos improvisada. Claro que estaban en 1866 y la Plaza de Santa Bárbara aún no se llamaba Plaza de Alonso Martínez, no estaba en medio del meollo más cosmopolita de Madrid y no tenía una remodelación peatonal tan interesante como la que Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano le hicieron en 2009.

Durante el verano, el palacio de Santa Bárbara se convierte en Manzana Mahou 330 y ocupa sus dos plantas hexagonales con un puñado de propuestas para rellenar las trece horas diarias durante las que está abierto. Por supuesto, tiene una agradable terraza en la que tomar la prometida caña a la sombra de sus toldos —que nos gusta el verano madrileño, pero tampoco somos masocas—. La terraza la gestiona la gente de El Viajero, que de esto de las terrazas saben un rato, no en vano la de su bar es una verdadera tradición en La Latina. Y aunque Frank Zappa decía que no hay ningún país de verdad que no tenga su propia cerveza y su propia compañía aérea, no podemos alimentarnos únicamente a base de la dorada bebida alcohólica, así que también ofrecen cócteles, zumos, bocatas, ensaladas, entrantes, brochetas y tacos, algunos cocinados a la batuta del televisivo chef Abraham García. Fomentan desde el brunch dominical —que llaman mañaneo— hasta el picnic vespertino. Claro que el picnic es tan singular que no se sirve en un parque sino en la galería de arte central.

Fotografía: Ángel Javier Kodak.
Fotografía: Pedro Torrijos.

Y es que la Galería de Miquel Alzueta se instala en el gran salón de la primera planta para exponer obras de Lidia Masllorens o Manolo Ballesteros disfrazando el espacio de residencia de la nouvelle vague parisina o de chalet vintage. Por eso se puede adaptar en sala de conciertos o en restaurante para picnics. No es la única exposición: dos puertas más al este elevan al bocata de calamares a la categoría de arte. Distintos bares de la capital ofrecen sus particulares versiones de esta tapa más madrileña que un oso y un madroño vestidos de chulapo. Y las exponen bajo campanas de vidrio, en intocable reverencia.

Justo al lado abre la cocina Mahou por Expirit donde, aparte de cocinar en sus fogones y esconder un pasadizo oculto tras la puerta de la nevera, también imparten talleres gastronómicos. La MM330 se completa con una agradable librería y una coqueta tienda de ropa y decoración, para que podamos completar nuestro atuendo veraniego con un sombrero de paja y una revista y volvamos a la terraza a charlar delante de una cerveza.

Así que ya saben, remójense en una piscina, paseen, hablen con conocidos y desconocidos, siéntense a ver una película bajo las estrellas y tómense una brocheta y un par de cañas porque, con un poco de ganas, parte del tiempo libre que les sobra en vacaciones y unas chanclas —insisto en lo de las chanclas—, ya no van a tener excusas para dejarse vencer por el cliché. Tienen todo un verano para vivir Madrid a la fresca.

Fotografía: Ángel Javier Kodak.
Fotografía: Pedro Torrijos.

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3 Comentarios

  1. Es una pena que una página tan buena como esta publique artículos con párrafos como este:

    «Pierdan la vergüenza, cojan unas tumbonas o un par de sillas plegables y bajen a la plaza a charlar. Piensen que las plazas son el remanso emocional de la ciudad desde la Grecia de hace ya dos mil quinientos años. Pero si prefieren remansos más físicos, vayan a cualquiera de los parques de la capital: al Retiro, a la Casa de Campo, al de las tetas a ver la puesta de sol o a Madrid Río y siéntense junto a los toboganes, los columpios y los chorros que refrescan a corredores, patinadores, ciclistas y paseantes. Y hablen. Hablen con sus amados, con sus amigos e incluso atrévanse a conocer a un desconocido»

    Luego nos reímos de la literatura de autoayuda y de la manera de entender el mundo de gurús como Cohelo, pero estos consejitos como el de que nos atrevamos a hablar con desconocidos no le van muy a la zaga.

    Y por cierto, he disfrutado mucho otros artículos del mismo autor (no digamos ya de la revista, de la que soy lector diario), por eso mismo me ha llamado tanto la atención este.

    • No perdonamos nada. Con lo dificil que es escribir bien y sobre todo con textos tan largos. Esta revista esta lleno de lectores puretas. Parece el Bernabeu.

  2. Articulo chulo y entretenido. Como casi todo lo que hacen en Jotdown. En las piscinas naturales te bañabas entre sandias, melones y alguna que otra bota de vino a refrescar. Buenos recuerdos ;-)

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