
Que las charlas con las madres son el oráculo de la clase media uno lo comprende cuando le sacuden en su propio terreno. El otro día, después de cinco cursos universitarios más o menos fértiles, tuvo que venir ella a mostrarme que el camino de los libros es completamente inescrutable y que, si te descuidas, en cualquier momento puede depararte una súbita conmoción. En un momento dado, la conversación se desvió hacia su primer recuerdo libresco y, para mi sorpresa, nada tenía que ver con el romanticismo poético ni con la magia novelística. Ella, todavía en su mocedad, esperaba sentada en el suelo de su pequeña casa de pueblo la llegada de su hermano. De pronto, este hizo acto de presencia con un artefacto entre las manos, visiblemente contento y orgulloso. Mi abuela preguntó por el origen y la clasificación del objeto. «Es un diccionario. Me lo han regalado en el ayuntamieno», fue su escueta explicación. Mi madre esperó a quedarse sola con su curiosidad y el pesado tomo para llevar a cabo la exploración… pero, a pesar de la expectación, nunca imaginó lo que entre aquellas páginas le esperaba. Quise saber más, pero ella se limitó a aclararlo de una manera abstracta. Según su propio testimonio, la llegada de un libro como aquel a las manos de una niña de provincias suponía encontrarse con el significado de la realidad, una especie de puente entre ella y un mundo exterior todavía poco explorado. Así pasaba las tardes, comprobando el sentido de tal o cual expresión, escrutando los rincones de su desconocimiento. Este es el motivo por el que aquel armatoste que nadie utilizaba habría de quedarse, para siempre, en su memoria. «Deberías probarlo, te sorprendería», apuntaló. Yo, siempre tan obediente, decidí que había llegado el momento de imitar en algo a mis padres y me dispuse a perpetrar el sugerido plan. Después de barajar las distintas posibilidades, me decanté por utilizar la página de la Academia como sucedáneo de aquel hermoso ejemplar que tanto entretuvo a mi madre. La otra opción pasaba por comprar la versión en papel, más actualizada que la versión web (sí, el papel más actualizado que la red), pero mi maltrecha economía no da para tanta erudición. Todavía contrariado por aquella relación abocada al naufragio entre cultura y economía particular, introduje el dominio en el explorador y comencé a navegar desconociendo, por completo, las sorpresas que me deparaba este mar semántico.
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La palabra «polla» como «apuesta» se utiliza en algunos países sudamericanos como Chile, Colombia…
Todavía me acuerdo de lo que nos reímos cuando un amigo de mi padre con negocios en aquellas tierras, nos contó su estupefacción al encontrarse nada más salir del aeropuerto un cartel publicitario en el que una monja decía «Yo también juego con la Superpolla».
Como muchos niños que he conocido, una de las primeras aplicaciones que dí al diccionario fue saciar mi morbo buscando todas las palabras tabú que conocía, sin embargo esas palabras me remitieron a otras y así fue que me sumergí en la enciclopedia de casa, una Espasa en la que mi padre sacrificó no se cuántas tajadas quincenales de su sueldo y en la que descubrí todo un mundo para viajar.
Recuerdo también el viaje más alucinante que tuve en relación al diccionario: la lectura de El Orden Alfabético de Juan José Millás.
Mi primer diccionario seguramente sería aquel que me endosaron en la librería de turno al empezar el «cole».
Sin embargo es; uno sin tapas, con el nombre de mi madre escrito en el borde frontal, el que llamó mi atención y todavía conservo.
Como anécdota, en gallego «a cotío» significa frecuentemente»
Mi primer diccionario seguramente sería aquel que me endosaron en la librería de turno al empezar el «cole».
Sin embargo es; uno sin tapas, con el nombre de mi madre escrito en el borde frontal, el que llamó mi atención y todavía conservo.
Como anécdota, en gallego «a cotío» significa «frecuentemente», buscábalo yo en el diccionario, y me encontré con coito….lo usé en mi redacción y lo leí ante la mirada incrédula de mi «seño».
La lectura es divertida, pero los ejemplos son ligeramente tramposos: el marisco «loco» se llama así por su nombre mapuche, loko; «colorado» y «verde» son dos maneras de decir «con connotaciones sexuales», sobre todo de los chistes, no es que uno signifique el color del otro.
Saludos.
En Chile pude ver vallas anunciando » la polla benéfica de Chile», en fin, algo oficial. No hace mucho que en los juegos, en España, también se usaba este término, que aparece también en algunas canciones.
Se llama Polla Chilena de Beneficencia. También hay un Pollón de Oro (una carrera de caballos particular).
¿Qué habria sido de mi infancia -y de mí- sin el Diccionario Enciclopédico Abreviado de Espasa-Calpe que mis padres debieron de comprar cuando yo tenía cinco o seis años?
Muy disfrutable articulo, me hubiese gustado fuese más amplio.
Deberías regalarle a tu madre un juego de mesa llamado «Bleff», en elque lo central es adivinar el significado de las palabras.