Es fácil sentarse delante de Carmen Linares (Linares, Jaén, 1951) y olvidarse de que estás frente a uno de los máximos exponentes en activo del flamenco. Es fácil porque es una mujer sencilla que se encuentra a dos millones de años luz de las excentricidades de la farándula. Es ella quien empieza preguntándote a ti cómo estás y qué tal tu trabajo, por eso te olvidas de que es Carmen Linares y piensas que es Carmen Pacheco, que es como se apellida de verdad. Habla con sinceridad de lo que siente cuando se sube a un escenario o lo nerviosa que se pone cuando graba un disco, pero también te cuenta que tiene ganas de ver más a sus amigos. Es fácil pensar que tienes delante a una mujer anónima y no una Medalla de Oro de Bellas Artes hasta que caes en la cuenta de que cuando habla con nostalgia de los amigos que ya no están, aparece el nombre de Enrique Morente. Eso no puede decirlo cualquiera, pero ahí está el misterio de, un buen día, decidir que no eres Carmen Pacheco sino Carmen Linares.
¿Cuántos años llevas dedicada al flamenco?
Empecé muy joven de manera no profesional porque llevo el flamenco dentro desde que era una niña; mi padre tocaba la guitarra como aficionado y yo cantaba con él, por eso digo que desde siempre. Como profesional, hace cuarenta años.
¿Alguna vez has pensado «en buena hora»?
Sí, siempre. La música te da muchas satisfacciones, pero también mucha responsabilidad. No es una profesión cualquiera, te subes a un escenario y tienes que cantar delante de mucha gente y transmitirles. Si te lo tomas de manera responsable pesa, pesa porque nunca bajas la guardia. Terminas un concierto y parece que ya has acabado, pero no, tienes que seguir creando, grabando y te absorbe muchísimo. Se compensa con que luego te da muchas cosas. Ahí la balanza se equilibra. A mí el flamenco me ha dado muchísimo, como ser humano me ha enriquecido mucho.
¿Qué te ha dado tu profesión para que digas que te ha enriquecido como ser humano?
En primer lugar me ha dado la oportunidad de viajar muchísimo, que eso es un lujo porque viajas para trabajar, pero te permite conocer muchísimas cosas, culturas, personas de todo tipo, formas de vivir, y eso te enriquece.
Luego, el hecho de subirte a un escenario, que te decía antes. Ese sentimiento de responsabilidad, el estar delante de tanta gente, eso te curte. Y por no hablar de cuando te tienes que subir a un escenario cuando acabas de perder a alguien. Remontar eso es terrible.
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Madre mía, que maravilla de persona.
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