
George Berkeley es un filósofo menospreciado. Ya ni siquiera se encuentra en los planes de estudio españoles. Hace unas décadas tuvo sus minutos de gloria en lo que era 3º de BUP. Con la secundaria y sucesivas leyes, como ocurrió en general con la filosofía, pasó al baúl de los recuerdos de los filósofos menores. Sin embargo, este irlandés del siglo XVIII, que fue también obispo, debería haberse mantenido entre los grandes ya solo por hacerse una pregunta bien fastidiosa: ¿vemos realmente lo que vemos o es una engañifa? ¿Quién me dice que este portátil en el que escribo es un portátil y no otra cosa? Por supuesto, Berkeley era un extremista y para él era imposible conocer nunca nada de forma real. Solo podían existir las percepciones. Es decir, lo que quisieran contarnos. La verdad no existe.
Este artículo no trata de rebatir a Berkeley, sino que ahonda en los principios de este filósofo como máxima de nuestro mundo actual en el que prima la representación. O más bien, la sobrerrepresentación, la narrativa, el relato, que no deja de ser un marco subjetivo de lo real.
Quienes supieron ver antes que nadie qué se podía hacer con el poder de las percepciones fueron los creadores del reality show, de esa recreación de la realidad que nunca podrá ser real. Las televisiones, con sus Grandes Hermanos derivados años después en programas de todo pelaje donde se pueden intercambiar esposas o buscar novias para los hijos —el tufillo machista de todo esto lo dejaremos para otro artículo—, no son las creadoras de este tipo de espectáculo. No, aquí hay pocas cosas que se inventen ya. Los creadores hay que encontrarlos en el siglo XIX y uno de ellos fue, además, un vaquero: el icónico Buffalo Bill.
William Frederick Cody, conocido como Buffalo Bill, un hombre con complexión física de leñador y manos de artista, fue un extraordinario cazador de bisontes —de ahí el apodo—, uno de los conquistadores del Oeste norteamericano y también el hombre que creó el show business del wéstern mucho antes de que aparecieran en el cine las películas de John Ford o Sergio Leone. Y, por supuesto, con esta narrativa también dio lugar a otro relato: el de una América construyéndose a sí misma, descubriendo vastas regiones y aniquilando a los pieles rojas. La de esa cruzada entre indios y el Séptimo de Caballería que aún sigue imponiéndose en los cines yanquis (y, por ende, en los europeos): Quentin Tarantino, tras su Django, acaba de estrenar Los ocho odiosos, otra del Oeste.
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Pingback: Buffalo Bill: el hombre que creó el reality show americano
Hola. Excelente narración de la historia del reality de Búfalo Bill. Que de entrada, llamarle ‘gran cazador de Búfalos’ es una falacia, digo yo. Que se necesitaba para cazar búfalos? Bastaba con acercarse a las nutridas manadas de estos bellos animales y dispararles a mansalva. No había como fallar, es como la pregunta engañosa de ‘quién descubrió el Río Mississippi? ‘ acaso no estaba ahí ya desde siempre?… Pues, fuera de esto, felicidades por esta gran escritura, enhorabuena.
Se necesitaban muchas cosas para cazar bisontes – los búfalos, en español, son otra cosa. Alguna gran novela, como «Butcher’s Crossing», de John Williams lo explica de maravilla.
Saludos
Sí, se necesitaban desde una escopeta, a balas, un dedo que apretara el gatillo, un hombro donde apoyar la escopeta, al menos un ojo, buena vista en ese ojo, por no hablar del sombrero para guarecerse del sol o unos guantes para cuidar las delicadas manos de cualquier cazador de bisontes.
Según usted, cazar bisontes tenía la misma complejidad que disparar en una caseta de feria para ganar una muñeca chochona.