
Los Minneapolis Lakers llegan a Charleston, en West Virginia, dispuestos a jugar su enésimo partido de exhibición. Corre el año 1958. Martin Luther King aún predica en el desierto. Rosa Parks acaba de ser noticia en todo el país por el mero hecho de sentarse en un autobús. El Mississippi sigue ardiendo al son de los tambores del Ku-Klux-Klan. Son tiempos de viajes eternos por todo el país para ganarse las habichuelas. La NBA, como competición, no da suficientes ingresos y jugadores, técnicos y propietarios tienen que pasear su talento como los cómicos de la posguerra española.
¿Qué atractivo tienen los Lakers, último clasificado de la anterior temporada, para que les llamen de todos lados? Los tiempos de George Mikan quedan ya muy lejos, casi una década atrás. La franquicia hace aguas en lo deportivo pero está aún peor en lo económico y los rumores de un traslado se intensifican cada temporada. Sin embargo, hay una esperanza: un chico salido de la casi desconocida Universidad de Seattle, con apenas 1,95 m de altura —si llega— pero una variedad de registros descomunal: Elgin Baylor, el número uno del draft después de perder la final de la NCAA.
La primera derrota de las muchas que vendrían.
Baylor es eléctrico e imparable. En un tiempo en el que el baloncesto profesional es poco más que coger el rebote, salir disparado al aro contrario y tirar un gancho a una mano o lanzar la bola contra la tabla a ver si alguno de los altos coge el rebote, Baylor lleva el deporte a otro escalón: salta, machaca, vuela en sus suspensiones, agarra el balón con una mano y lo pasa hacia atrás o en el aire o después de bote. Es Magic Johnson veinte años antes de Magic Johnson. Es Julius Erving una década antes de Julius Erving.
Pero es mucho más: aparte de un excelente anotador (más de treinta puntos de media en sus tres años de universitario, uno en Idaho y dos en Seattle), Baylor coge rebotes como un animal pese a su escasa estatura. Diez, quince, incluso veinte por partido. Coge el rebote, sube la bola, culmina el contraataque o se la pasa a un compañero invisible. Si Bill Russell ha revolucionado en solo un par de años la posición de pívot, Baylor está llamado a ser el alero del futuro.
El único problema de Baylor es que es negro. No es poco problema en 1958. De entrada, ser negro ya le había costado muchos problemas para conseguir una buena beca en una universidad con un buen programa de baloncesto. Pese a ser elegido el número uno de su promoción, llega a una liga donde prácticamente nadie se atreve a jugar con más de dos negros en su plantilla. De hecho, los Saint Louis Hawks de Bob Petit vienen de ganar el título con un equipo compuesto enteramente por blancos.
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Gail Goodrich. Passim
Articulazo!
Connie Hawkins. Manos gigantes
Sublime artículo. Keep it up!
Pingback: Elgin Baylor, el hombre que perdió ocho finales y ganó una guerra
Dios mío, qué manera tan patética de defender!!!!
El lesionado es willis Reed. Sslio cojeando solo para intimidar y lo consiguio