La lupa sobre lo local —una ciudad, un pueblo, una región, una casa— proporciona una panorámica precisa de lo universal. Una precisión que se agudiza cuando la lupa se posa sobre lo personal. De ahí el poderío del primer plano: un zoom in de Sergio Leone sobre la mirada arisca de Clint Eastwood o un primer plano musical de Kieslowski sobre el rostro dolorido de Juliette Binoche. De ahí la empatía de un espectador cualquiera con un joven que se juega la gloria en un gran salto de piscina en los juegos olímpicos. Un salto olímpico contiene todas las coordenadas: se puede partir de espaldas para proyectarse hacia arriba, dar vueltas a ambos lados y caer para que tamaño precipicio haya constituido un progreso. Un avance. Es uno de esos ejercicios donde lo puramente físico, la moción, linda con lo espiritual. La emoción.

Sigue soñando (Dream On, un imperativo), joya singular entre las series que emitiera Canal + en abierto durante los primeros noventa, constituyó una de las piedras de arranque de la hoy aclamada HBO, factoría nacida en los setenta, expandida en los hogares estadounidenses desde 1983 y que en 1990 dio el salto a la piscina de la producción generalista. La libertad caligráfica (el sexo, los tacos) que HBO poseía en virtud de su condición, hasta entonces, de vender contenidos exclusivamente de pago, se filtró con Sigue soñando a un espacio para todo el público.
En una galaxia lejana, antes de la obligatoriedad de que socorristas velaran por la seguridad en las piscinas, descubrí el miedo puro en lo alto del trampolín grande de la piscina grande de un hotel. Era la clásica decisión vital. Saltar, como ya había saltado alguien antes. O dar la vuelta, pero sin conocer aún el recurso veterano de fingir un calambre. Con la perspectiva del tiempo podríamos estar de acuerdo en que, en términos de valor, quizás fuese la segunda, por rebelde, la decisión la más radical. Aceptar el escarnio de ser señalado como un gallina. Supongo que yo no era demasiado valiente porque salté.
Uno de los dones definitivos de los creadores es el de fabricar lo que denomino predestinos. El novelista George Orwell obró que un año, 1984, estuviera predestinado a una consideración especial y simbólica. En 1984 se celebraron los juegos olímpicos en Los Ángeles. Desde el retrovisor, aquellos juegos exudan simbolismo. De la Guerra Fría, por constituir la respuesta de países del este al boicot de sufrieron los de Moscú cuatro años antes. De la ciencia ficción hecha materia, Ícaro en Olympia, a través del tipo que voló por el estadio en la ceremonia de inauguración. Y de una galería de héroes carismáticos, los atletas, cuando el olimpismo aún vendía la moto de no registrar a competidores profesionales.
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Una sola apreciación: lo de «levantar coches» de Obús no se refiere a alzarlos en vilo como troncos, sino a llevárse puesto el coche de otro