La guerra de Yugurta (II): el escándalo

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SPQR, acrónimo de la frase latina Senātus Populusque Rōmānus, en referencia al gobierno de la antigua República romana. Fotografía: Marco / Zak (CC).
SPQR, acrónimo de la frase latina Senātus Populusque Rōmānus, en referencia al gobierno de la antigua República romana. Fotografía: Marco / Zak (CC).

(Viene de la primera parte)

En el año 112 a. C., la ambición de un solo hombre bastó para provocar una guerra entre dos naciones, Numidia y Roma, cuya estrecha alianza había durado más de un siglo. El rey Yugurta, que contaba por entonces cuarenta y ocho años, había puesto a prueba la paciencia de la opinión pública romana durante la guerra sucesoria de Numidia, mientras el Senado le dejaba hacer y las amistades que había cultivado entre las clases dirigentes le defendían, sobornos mediante, recordando el distinguido historial militar del númida como oficial auxiliar de las legiones en Hispania. Sin embargo, el ambicioso Yugurta sobrepasó todas las líneas rojas cuando permitió que sus tropas asesinasen a comerciantes italianos durante la ocupación de la ciudad de Cirta, conquista que supuso su victoria final en el conflicto sucesorio. Este derramamiento de sangre romana originó un clamor popular que exigía inmediato castigo. El Senado, que había tolerado los desmanes de aquel sangriento aliado mientras sus víctimas habían sido sus propios compatriotas, ya no podía continuar haciendo la vista gorda y votó a favor de la declaración de guerra. El anuncio fue aclamado por casi todos en Roma, excepto por aquellos, si es que los hubo, temerosos ante la idea de que el conflicto se pudiera convertir en un tragadero de recursos que podía desestabilizar la política romana —cosa que terminaría sucediendo— y que debilitase las defensas en el norte de Italia, donde los bárbaros germánicos estaban causando muy serios problemas. Sin embargo, pese a lo inconveniente de abrir un frente bélico en África, para los dos máximos titulares del poder en la República, los cónsules, la declaración de guerra constituía una gran noticia porque les permitía optar al máximo posible de los honores: una victoria militar.

Los cónsules, sobre todo en época de guerra, tenían un papel decisivo en la República. Si el Senado era el máximo órgano legislativo, donde se debatía y votaba sobre un amplio rango de decisiones, el poder ejecutivo era compartido por dos cónsules elegidos para gobernar durante un año. El consulado era una institución que había sido perfilada con cuidado durante siglos —por entonces la República ya contaba con cuatrocientos años de antigüedad— y el que los cónsules fuesen elegidos en parejas impedía que el poder ejecutivo quedase en manos de un único individuo (un paralelismo moderno sería el mandato simultáneo de dos presidentes en los Estados Unidos). Además de la brevedad del mandato, en la época que tratamos, el siglo II a. C., la ley prohibía de manera explícita que un cónsul pudiese optar a un segundo mandato antes de que hubiesen transcurrido diez años desde el primero, con lo que evitaba que alguien pudiera perpetuarse en el poder. Así, era muy poco habitual que un hombre consiguiera ocupar dos veces el cargo; por ejemplo, Publio Cornelio Escipión el Africano tuvo que esperar trece años entre sus dos mandatos consulares. Todavía más raro era que se produjese un tercer mandato; durante el siglo II a. C. tal cosa solamente sucedió en dos ocasiones y bajo circunstancias excepcionales. El consulado era el cargo público más codiciado pero también el más difícil de obtener, sobre todo después de que a principios de aquel siglo se hubiese decretado que los únicos individuos elegibles eran aquellos que habían completado el cursus honorum, una sucesión de cargos públicos ascendentes por los que debía pasar todo político con aspiraciones de poder. El consulado conllevaba tanto prestigio que, aunque los romanos numeraban los años del calendario (según el sistema ab urbe condita, esto es, tomando la fecha de fundación de Roma como año primero) lo más habitual era referirse a cada año según los cónsules que hubiesen gobernado en ese momento. El consulado no solía ser muy lucrativo para quienes lo ostentaban, pero además del prestigio tenía otros alicientes. Al terminar su mandato, los cónsules salientes podían convertirse en procónsules o gobernadores de alguna provincia, donde por lo general engordaban sus fortunas personales a base de impuestos y otros negocios. También se convertían en miembros vitalicios del Senado, donde tenían preferencia a la hora de intervenir.

Pero quizá el gran caramelo del consulado era la posibilidad de ponerse al frente de las legiones en caso de guerra. La fama que alcanzaban los generales victoriosos no tenía parangón en Roma; perpetuaba su fama personal y la de sus familias. Recordemos que los nobles solían usar un cognomen o segundo apellido que indicaba una rama dentro de la dinastía familiar o bien una característica personal que lo distinguía a manera de apodo. Por ejemplo, el nombre Publio Cornelio Escipión Africano constaba del nombre de pila (Publio), un apellido que hacía referencia a su dinastía (los Cornelios), un cognomen que hacía referencia a una rama familiar (los Escipiones) y un segundo cognomen honorífico añadido tras su victoria sobre Cartago (Africano). Pues bien, el que una victoria militar pudiese conllevar un nuevo apellido da buena idea de su importancia. Esta exaltación de la gloria militar explica el deseo de los nuevos cónsules por conseguir el mando de las tropas que iban a combatir contra Yugurta. Cuando el Senado declaró la guerra, se adjudicó por sorteo la comandancia del ejército africano, que quedó en manos de Lucio Calpurnio Bestia. Aunque lucía un sonoro cognomen familiar (Bestia significaba «animal fuerte o feroz»), era un hombre inteligente, sensato y hábil, que había destacado en los diversos cargos de su carrera política, demostrando un gran instinto para resolver problemas enquistados. Sus cualidades políticas, unidas a una probada experiencia militar y un carácter resuelto e infatigable, invitaban a albergar la razonable esperanza de que atajaría con rapidez una crisis númida que tenía a Roma en ascuas. También prometedora era la elección que hizo de su lugarteniente, Marco Emilio Escauro, hombre a quien adornaban grandes cualidades: también experto en lo militar, se había distinguido por su firme rechazo a los sobornos que con tanta generosidad había estado repartiendo Yugurta entre los bastidores de la República, ganándose fama de político honrado. Bestia y Escauro parecían, pues, la pareja idónea para deshacerse de Yugurta. Al menos sobre el papel, pues los ciudadanos romanos todavía tenían que hacer frente a desagradables sorpresas.

El escándalo de los sobornos sacude Roma

Marco Emilio Escauro
Busto de Marco Emilio Escauro, autor desconocido. Fotografía: sailko (CC).

Son muchas cosas las que me producen deseos de marcharme y abandonaros, ¡oh, ciudadanos!, si no pudiese más mi amor por la República. Cosas como el poder que acumulan los nobles y vuestra paciencia ante esto, la ausencia de justicia, y sobre todo el contemplar cómo la inocencia conlleva desamparo en vez de obtener los honores que merece. No me atrevo a recordaros la manera en que durante estos últimos años se han reído de vosotros algunos sinvergüenzas, la manera tan indigna e impune en que se ha hecho morir a quienes os defendían, y hasta qué punto os habéis dejado llevar por la pereza y la indolencia. Vosotros, que veis caer a vuestros enemigos y no sabéis aprovechar la ocasión, que teméis a aquellos que deberían temeros. Pero aunque me sienta de este modo no puedo dejar de luchar contra las tramas del poder. Como mínimo tengo que hacer ver que conservo la libertad que heredé de mis padres; que lo haga con éxito o no, depende de vosotros, ¡oh, ciudadanos! (…) Vuestros mayores, a fin de recobrar sus derechos y sostener la majestad de nuestro imperio, tomaron en dos ocasiones las armas y, separándose del resto de ciudadanos, ocuparon el monte Aventino. ¿Y vosotros no habéis de esforzaros con mayor ímpetu para mantener la libertad que de ellos recibisteis? (Cayo Memmio, tribuno de la plebe, denunciando un escandaloso tratado de paz con Yugurta)

El inicio de la campaña militar en Numidia fue muy prometedor. Las tropas comandadas por Bestia y Escauro atravesaron con rapidez la parte más accesible del territorio númida, conquistando varias poblaciones importantes mientras Yugurta parecía querer evitar un enfrentamiento abierto sobre terreno llano. Esto causó la sensación de que la guerra iba a ser breve. ¿El problema? Que resultó ser demasiado breve. Cuando la contienda todavía no estaba decidida, pues el ejército númida continuaba intacto y era previsible que el avance de los legionarios se ralentizase al llegar a regiones más escarpadas y boscosas, los ciudadanos romanos recibieron confusos la noticia de que Yugurta se había rendido ante el cónsul Bestia. Nadie había esperado tan rápida capitulación. No tardó en estallar el escándalo cuando se conocieron las condiciones que Bestia había «impuesto» en el tratado de paz. Para empezar, Yugurta iba a entregar una ridícula indemnización de guerra consistente en cierto número de elefantes y caballos… pero nada de oro, pese a que sus arcas estaban repletas, como bien sabía hasta el último ciudadano romano. El cónsul Bestia tampoco demandó concesiones territoriales o administrativas encaminadas a aumentar el control republicano sobre Yugurta, quien, cosa inadmisible a ojos de casi todos los romanos, pudo continuar en el trono sin afrontar más castigo por la matanza de Cirta. Así pues, la «victoria» y la inexplicable blandura del tratado de paz provocaron una nueva oleada de indignación. Toda Roma empezó a sospechar de nuevos sobornos. En las calles se decía que Yugurta, para asegurarse una paz favorable, había comprado a Bestia y al supuestamente incorruptible Escauro, quien había ejercido como director de las negociaciones de paz y por tanto debía de ser necesario cómplice en tan insigno cohecho.

El nuevo escándalo exacerbó de tal modo la ira popular que el Senado, aprensivo, no se atrevió a ratificar el tratado de paz firmado por el cónsul. Lo cual no evitó que algunos políticos contrarios al partido de las élites usaran el escándalo para agitar las instituciones. Cayo Memmio era uno de los «tribunos de la plebe», magistrados elegidos para defender los intereses del pueblo llano; bien conocido por estar entre los principales detractores del enorme poder que los patricios acumulaban en las instituciones, hizo una fogosa y casi revolucionaria acusación pública de cohecho, solicitando que se investigase a fondo el posible soborno y apelando al pueblo para que ejerciese presión sobre las altas esferas. La campaña de Memmio no estaba construida sobre la nada, pues la República tenía un largo historial de tensiones entre clases sociales. Los romanos ricos vivían muy bien y tenían mucha influencia en la República, pero para los ciudadanos de a pie la existencia era bastante más dura. Muchos vivían en la pobreza, o bordeándola. Así, la política romana estaba dividida entre los intereses de las clases altas, ya fuesen nobles o plebeyos enriquecidos que se habían convertido en una nueva aristocracia, y las necesidades de las clases bajas. Así pues, detrás de las denuncias de Cayo Memmio estaba sin duda la evidente intención política de aumentar el descrédito de las élites, pero nadie entre las clases altas se atrevió a llevarle la contraria, porque sus acusaciones estaban muy bien fundamentadas y además las formuló con admirable eficacia. Argumentó que si la rendición de Yugurta era de verdad sincera, el rey númida no tendría inconveniente en aceptar órdenes y acudir a Roma para declarar en público sobre el controvertido tratado de paz. Pero si Yugurta se negaba a venir a Roma, el pueblo podría comprobar que la rendición y el tratado de paz habían sido una pantomima. La jugada maestra de Memmio puso contra las cuerdas tanto a Yugurta como a los partidarios que todavía tuviese dentro del Senado; la posibilidad de que Yugurta pudiese tirar de la manta aterrorizaba a varios próceres corruptos, pero ¿quién podía impedirlo?

El propio Yugurta entendió que si quería evitar aquella guerra en la que albergaba escasas opciones de victoria tendría que ceder, así que embarcó hacia Italia. Toda la República estaba expectante. En Roma, los tribunos de la plebe prepararon una audiencia pública. El día señalado, una multitud se congregó ante los tribunos de la plebe. El principal instigador de la sesión, Cayo Memmio, calentó al público hablando sobre la bien conocida crueldad de Yugurta y recordando la necesidad de que desenmascarase a quienes habían accedido a sus sucios tratos, condición indispensable para limpiar la República. Tras semejante prólogo, Memmio hizo aparecer a Yugurta, cuya visión provocó un aluvión de insultos y gritos pidiendo su ejecución. Yugurta se mostraba en actitud modesta, luciendo un humilde atuendo más propio de un prisionero que de un rey, aunque en realidad no estaba preso, pues había acudido a declarar por propia voluntad. Cuando parecía que varios nombres importantes iban a ser desenmascarados por Yugurta, la sesión sufrió un chocante traspiés. Ante el asombro de Cayo Memmio y del público presente, otro tribuno de la plebe, Cayo Bebio, hizo uso del derecho de veto e impidió que Yugurta hablase. La incredulidad y la indignación se apoderaron de la gente, mientras Yugurta se marchaba sin haber pronunciado palabra y la iniciativa de Memmio quedaba en agua de borrajas. Esto provocó un escándalo más. Por toda Roma corrió la voz de que Cayo Bebio se había dejado sobornar también. El oro de Yugurta, como podían comprobar los iracundos ciudadanos una y otra vez, parecía tener más poder dentro de la maquinaria del poder que cuatro siglos de tradición republicana.

No fue aquella la única jugada sucia de Yugurta durante su viaje a Italia. Por entonces estaba en Roma un primo de Yugurta, Masiva, que también era nieto de Masinisa y por lo tanto podía ser considerado dentro de la línea sucesoria del trono númida. Masiva, de hecho, era el candidato favorito de los detractores de Yugurta. Había tomado parte contra él en la guerra sucesoria, combatiendo junto al difunto príncipe Aderbal y librándose por muy poco de morir también durante la matanza de Cirta. Los dos nuevos cónsules, Espurio Postumio Albino y Marco Minucio Rufo, que eran partidarios de considerar inválido el tratado de paz firmado por su predecesor Bestia, debían de tener en mente a Masiva como sucesor de Yugurta, si es que, como era de esperar, se reanudaba la guerra y Roma la ganaba. Yugurta, que sin duda entendía bien la situación, se marcó como nuevo objetivo deshacerse de Masiva antes de abandonar Roma. Envió a su ayudante Bomílcar a los bajos fondos para que contratase a un sicario. A los pocos días, Masiva murió asesinado. El plan solamente tuvo un fallo: el asesino fue descubierto y apresado. En el posterior interrogatorio estuvieron presentes los dos cónsules, que pudieron escuchar de primera mano cómo el sicario reconocía que había sido Bomílcar quien le había pagado para matar a Masiva. Cuando el asunto trascendió a la opinión pública, Bomílcar fue detenido. Yugurta, fiel a sí mismo, insistía con descaro en su propia inocencia, tratando de desviar las culpas hacia su ayudante. Por descontado, nadie le creía. El clima social era tan hostil que el Senado, para quitarse de encima el problema, decretó la expulsión de Yugurta. El rey númida no se marchó solo: consiguió —quizá mediante nuevos sobornos— que Bomílcar también fuese deportado, con lo cual evitaba que progresara la acusación contra su persona. Así pues, Yugurta salió triunfante de su visita a Italia. Cuenta la leyenda que, al salir su barco del puerto, Yugurta se giró hacia tierra y dijo: «Oh, Roma, ciudad corrupta, ¡cuán poco durarías si hallases un comprador!».

Yugurta no andaba desencaminado. Es verdad que el clima social hacía improbable que continuase sobornando a las autoridades, pero el mal de la corrupción estaba muy arraigado en la República. Los tribunos de la plebe no dejaron de agitar la escena política y no perdían ocasión para denunciar los males del sistema, pero sin mucho más éxito que Cayo Memmio. Uno de los más combativos, Cayo Mamilio Limetano, consiguió reavivar la persecución de todos aquellos sospechosos de haberse vendido a Yugurta. Su iniciativa fue respaldada por el Senado, donde persistía la preocupación a causa del emponzoñado clima social. Sin embargo, el posterior desarrollo de las investigaciones resulta muy ilustrativo acerca del estado de podredumbre en que se encontraban las instituciones romanas. El excónsul Lucio Calpurnio Bestia fue juzgado, pero como se deduce de sus datos biográficos, no fue castigado y permaneció libre viviendo con toda tranquilidad en Roma (se sabe porque años después volvió a ser juzgado por un nuevo asunto de corrupción). ¿Lo más irónico? Marco Emilio Escauro, el mismo que había sido su lugarteniente en la guerra y casi con toda seguridad cómplice de su cohecho, usó sus influencias no solamente para librarse de esa investigación, sino para ¡formar parte él mismo del comité investigador! Había cosas que nunca cambiaban.

La guerra se enquista

Retrato de Aulo Postumio Albino. Fotografía: sailko (CC).
Busto de Aulo Postumio Albino, autor desconocido. Fotografía: sailko (CC).

Cuando Yugurta estaba ya de regreso en África, la presión del pueblo y las ansias bélicas de los nuevos cónsules hicieron que el tratado de paz fuese declarado nulo. Esto implicaba que, una vez más, Roma y Numidia estaban en guerra. Se despachó un nuevo ejército, ahora comandado por el cónsul Espurio Postumio Albino. Y una vez más, la campaña empezó de manera prometedora, porque Espurio se internó con facilidad en territorio númida y consiguió conquistar varios enclaves importantes. Sin embargo, tras estos éxitos regresó a Roma para ocuparse de organizar las nuevas elecciones y dejó las tropas a cargo de su hermano Aulo Postumio Albino. Esta decisión terminaría probándose nefasta. Aulo Postumio no tenía las mismas capacidades como comandante y pronto demostró esa impericia militar, algo de lo que se percató al instante el astuto Yugurta. El rey númida hizo que su ejército realizara toda clase de maniobras evasivas, fingiendo huir por debilidad. Aulo Postumio, engañado, se cegó en una persecución que lo llevó hacia terrenos cada vez más propicios a su enemigo. Es verdad que Aulo era honrado y no se dejó sobornar, pero sus escasas dotes de mando permitieron que los espías de Yugurta comprasen a varios oficiales romanos, quienes aceptaron abandonar sus puestos de vigilancia en caso de ataque númida. Así, cuando por fin Yugurta hubo puesto las cosas a su favor, asaltó el campamento legionario durante la noche. El ejército romano, tomado por sorpresa, huyó en desbandada hacia una colina cercana. En su nueva ubicación elevada, los romanos podían defenderse con facilidad, pero existía un serio inconveniente: estaban completamente rodeados y no podían huir, Esto es, habían caído en una trampa similar a la que Napoleón tendió a Wellington en Waterloo, aunque Aulo Postumio, al contrario que Wellington, no tenía cerca aliados que pudieran venir en su auxilio. Tenía dos opciones: intentar romper el cerco, algo que parecía un suicidio, o permanecer sitiado hasta que el hambre y la sed diezmasen a los suyos. Yugurta, adivinando la desesperación del general romano, le envió un mensaje prometiendo que si se rendía y accedía a abandonar Numidia, dejaría salir vivos a los legionarios. Aulo Postumio, sin saber qué más hacer, aceptó. Este episodio, conocido como la batalla de Sutul, supuso un duro golpe para la moral en Roma, donde una vez más se recibía la sorprendente noticia de un rápido final de la guerra, solo que esta vez la habían perdido ellos. Haber abandonado Numidia sin luchar, por descontado, era una humillación que aumentaba el descontento popular. El todavía cónsul Espurio Postumio Albino, salpicado por el rotundo fracaso de su hermano, se esforzaba para intentar arreglar el desaguisado para apaciguar al pueblo. Primero solicitó al Senado que, por segunda vez, declarase inválido el compromiso de abandonar Numidia. La guerra, pues, iba a continuar. Después pidió más tropas a los aliados italianos de Roma, miembros de una confederación que, como veremos, estaba harta de entregar tropas a la República romana.

Con todo, aunque la batalla de Sutul condujo a los romanos al punto más bajo de pesimismo desde el inicio de la guerra, no tuvo consecuencias militares definitivas. El ejército romano de África había salido perjudicado, sí, pero no destruido. De hecho, la esperanza en una victoria final sobre Yugurta se redobló en el año 109 a. C. cuando el nuevo cónsul Quinto Cecilio Metelo se puso al frente de las legiones. De origen aristocrático, Metelo era un hombre muy popular cuyas cualidades le habían ganado un respeto generalizado. Había estudiado en la Academia de Atenas como alumno de su director, el filósofo Carnéades; su don para la oratoria era famoso, aunque se perdieron las transcripciones de los discursos que tanta admiración despertaron en posteriores cronistas romanos, como el mismísimo Cicerón. Metelo también era célebre por su honradez. Sin embargo, el nuevo cónsul se enfrentaba a un serio problema: la gente en Roma demandaba una victoria rápida sobre Yugurta. La paciencia se agotaba; para colmo, el problema de los bárbaros del norte se agravaba. Pero una victoria rápida en Numidia, como pudo comprobar Metelo al estudiar el asunto sobre el terreno, parecía casi imposible de conseguir.

En cuanto el nuevo comandante pisó África detectó algunos de los problemas de su ejército. La disciplina era mala. Los soldados, que según la antigua costumbre eran propietarios que luchaban por Roma a expensas de sus propios medios (los pobres sin propiedades no eran reclutados) hacían lo posible por llevar una vida cómoda. Muchos de ellos se ayudaban de esclavos o sirvientes para las tareas cotidianas. Junto a los campamentos pululaba toda una comitiva de comerciantes y buscavidas que seguían a las tropas allá donde fuesen para ofrecerles toda clase de servicios, desde la prostitución hasta la venta de bebidas y comidas más suculentas que las ofrecidas por los cocineros legionarios. Metelo se propuso acabar con todo esto; como haría Rommel con las tropas alemanas que vagueaban en Francia para preparar el previsto desembarco aliado, Metelo impuso un listón disciplinario mucho más exigente y convirtió su ejército en una tensa maquinaria. Prohibió el uso de esclavos, la compraventa descontrolada de alimentos o enseres, y proscribió la presencia de quienes no perteneciesen a la tropa en los campamentos o cerca de ellos. Bajo su mando, los legionarios iban a comer el rancho reglamentario, nada más. Harían todos los trabajos cotidianos ellos mismos. Para no darles tregua y mantenerlos en forma, Metelo dispuso que su ejercito debía moverse constantemente, lo cual implicaba que los soldados tenían que desmontar todo el campamento, marchar cierto número de kilómetros y volverlo a montar, incluyendo los sistemas de fortificación, antes de que anocheciese. Uno y otro día, los soldados no paraban de trabajar. Aunque todas estas medidas hicieron a Metelo muy impopular entre las tropas, sin duda las puso en condiciones para la batalla.

Este gusto por la disciplina sin duda agradaba en Roma; lo que ya no gustaba tanto era la manera en que Metelo planeaba hacer la guerra. Era partidario de una estrategia de desgaste donde el objetivo no era obtener grandes victorias sino dejar a Yugurta sin suministros. Su concepto era razonable. Numidia estaba dividida en dos clases de terreno: el llano y el montañoso. En el llano los romanos habían obtenido ya muchas victorias gracias a su orden táctico, pero se precisaba de una lenta tarea de sometimiento para dominar tanta extensión. En el montañoso, Yugurta podía usar sus tácticas guerrilleras para hacerse fuerte por un periodo difícil de calcular. Como el terreno llano era el que albergaba las labores agrícolas, Metelo supuso que merecía la pena el esfuerzo de conquistar y someter todas las llanuras del país. Una vez todos los cultivos estuviesen en su poder y todos los caminos hacia las montañas estuviesen controlados, el ejército de Yugurta dejaría de recibir víveres. Esta estrategia podía prolongarse durante varios años, pero Metelo creía que era la única estrategia definitiva. Mientras hubiese un solo camino por el que Yugurta pudiese obtener víveres, los romanos no podrían hacerle abandonar los bosques y montañas, desde donde sus asaltos guerrilleros desgastarían a las legiones. El plan era tan sensato que el propio Yugurta comprendió que Metelo podía estar sembrando la semilla para una victoria lenta pero segura. Empezó a enviar mensajeros con sucesivas ofertas de paz que Metelo ignoraba una y otra vez. Su situación empeoraba, además, porque sus habituales emboscadas empezaron a resultar inútiles. Metelo no se dejaba engañar, ni siquiera en aquellas ocasiones en que el ejército de Yugurta parecía vulnerable a un ataque rápido. Metelo siempre actuaba con parsimonia y nunca decidía un movimiento sin antes usar sus exploradores de manera tan exhaustiva que los númidas hubiesen necesitado ser invisibles para conseguir emboscar a los romanos. De esta manera, Yugurta quedó privado del factor sorpresa y sufrió varias derrotas que no eran decisivas pero sí le empezaron a inquietar.

Sintiendo que estaba en aprietos, Yugurta buscó la alianza con su suegro Boco I, rey de Mauritania. Boco aceptó, pero con poco entusiasmo y pensando más bien en el beneficio que podía obtener si, por algún giro del destino, Yugurta conseguía salirse con la suya. Pese a su parentesco político con Yugurta, la guerra le era indiferente. Los mauritanos no tenían motivos para pelear contra Roma. Tanto era así, que Boco, pese a lo firmado, remoloneaba a la hora de enviar sus tropas a la batalla. Aquella alianza, resultaba evidente, no era lo bastante fuerte como para voltear la guerra. Aun así, Yugurta planeó que podría como poco retrasar el desenlace. Y todo lo que Yugurta quería era tiempo: gracias a la amenaza bárbara en el norte, Roma tenía cada vez más prisa por acabar la guerra en África. Metelo, sabiendo que la vía militar no garantizaba resultados inmediatos, comenzó una iniciativa diplomática para convencer a Boco de que rompiese la alianza con Yugurta y aceptase la amistad de Roma. El rey Boco se dejaba querer, pero no se comprometía a nada mientras Metelo fue comandante, quizá porque Metelo no le ofreció la recompensa que deseaba. Los romanos empezaron a pensar que Metelo, pese a las batallas que había ganado, era demasiado prudente y metódico. Alguno de sus oficiales empezó a cultivar su propio prestigio militar a costa de esta idea. En la batalla de Motul, donde más de treinta mil legionarios se enfrentaron a veinte mil númidas (más ochenta y cuatro elefantes, que los cronistas romanos tomaban buena nota de estos datos), se obtuvo la victoria gracias a una intervención providencial de su lugarteniente, Cayo Mario, cuya popularidad se disparó en Roma.

El golpe en la mesa de Cayo Mario

Busto de Cayo Mario, autor desconocido, siglo II a.C. Fotografía: Carole Raddato (CC).
Busto de Cayo Mario, autor desconocido, siglo II a.C. Fotografía: Carole Raddato (CC).

Me habéis ordenado hacerle la guerra a Yugurta, esa guerra que de manera tan insuficiente han conducido los nobles. Os ruego que reflexionéis sobre si de verdad es mejor que encarguéis un asunto de tal naturaleza a alguien salido de ese corrillo de aristócratas, alguien que tenga un antiguo linaje y estatuas de sus antepasados, pero que jamás haya estado en el ejército. (…) Comparad a un hombre que ha hecho su propia fortuna, como yo, con la altanería de esos patricios. Pensad que las historias que ellos han leído y escuchado, yo las he visto y las he vivido. Que lo que ellos aprenden leyendo, yo lo he aprendido en el ejército. (…) Yo estaré siempre a vuestro lado, en las filas y en la batalla. Yo seré vuestro consejero y vuestro compañero en el peligro; nunca me preocuparé de mí más que de vosotros. Y la verdad es que, con la ayuda de los dioses, tenemos la victoria al alcance de la mano. (Cayo Mario)

Mario, lugarteniente elegido por Metelo para la campaña númida, era un veterano político cuya antigua aspiración de convertirse en cónsul estaba, gracias a su destacado papel en la guerra, en el punto de ebullición. La gran cualidad política de Mario era la capacidad para entender el estado de ánimo de la gente en Roma. Dedujo que prometer una victoria relámpago en África era la mejor manera de salir elegido cónsul, y que sus recientes hazañas bélicas le permitirían presentarse como el hombre indicado para dirigir la guerra. Sin embargo, para acudir a las elecciones debía abandonar su puesto en el ejército, por lo que pidió permiso a Metelo. Este no quiso concedérselo. Desaprobaba que Mario se marchase en plena guerra; a cambio, prometió apoyarle en unas futuras elecciones, cuando hubiese terminado la guerra. Sin embargo, Mario no quería esperar. Rozando ya los cincuenta años de edad, sentía que su gran oportunidad estaba a punto de pasar de largo. Quería ir a Roma cuanto antes; si Metelo no le había dado permiso por las buenas, se lo daría por las malas. Y Cayo Mario, por las malas, era un más que formidable adversario. Primero, consciente de que la rigidez de Metelo causaba irritación entre las tropas, contribuyó a avivar ese descontento. Mario era carismático y sabía ganarse a la gente; se mezclaba con los legionarios, comía con ellos su mismo rancho y por las noches los acompañaba en torno a la hoguera, donde hablaba con ellos de hombre a hombre. Así se ganó el respeto y confianza de los soldados, cuyas quejas sobre el estricto Metelo llegó a conocer con mucho detalle. Manipulaba su descontento, convirtiéndolo en apoyo a su propia persona. Los soldados veían en Mario un posible comandante más cercano y comprensivo. Aquella campaña de desprestigio interno tuvo tanto éxito que Metelo, temiendo que Mario provocase un motín, entendió que necesitaba quitárselo de en medio. Le permitió embarcar hacia Roma; que se presentase al consulado o que hiciera lo que quisiera; cualquier cosa con tal de que se alejase de las tropas.

Una vez en Roma, Mario no se anduvo con miramientos. Utilizó su propio origen plebeyo para erigirse en el representante de la gente común. Conociendo el descontento de la gente hacia los nobles, exageró la humildad de sus propios orígenes, insistiendo en que era el hijo de un humilde campesino. Incluso se jactaba de no haber estudiado oratoria, ni tampoco griego, que era la lengua culta por excelencia y debía ser dominada por cualquier individuo que pretendiese considerarse bien educado (Mario, según el historiador Salustio, diría al respecto: «Durante mi carrera he observado que quienes sabían griego no eran por ello mejores que los demás»). Pero lo que decía sobre su origen era una verdad a medias. Mario era plebeyo, sí, pero era hijo de un terrateniente adinerado que se había codeado con la nobleza local de Arpino, su población natal. De hecho, su carrera política no hubiese sido la misma sin el apoyo de ciertos aristócratas. En el pasado había aceptado ayudas de los nobles para salir elegido tribuno de la plebe. Es más, su ascenso había tenido luces y sombras. Había usado sus contactos para obtener de manera irregular el importantísimo cargo de pretor, máxima autoridad judicial de la República. Por ello, sus adversarios le habían llevado a juicio acusándole de comprar el cargo, pero Mario consiguió salir absuelto. El saber elegir a sus amigos le había permitido también superar reveses como el fracaso en unas elecciones a edil, paso casi imprescindible en el ascenso político, o el haber detentado sin lucimiento ni gloria el cargo de gobernador de la Hispania Ulterior. Pero Mario, siempre hábil, había ido sorteando todos los obstáculos. Ni siquiera detuvo su ascenso el hecho de ser un homo novus, es decir, un hombre que procedía de una familia en la que nadie había ejercido jamás un cargo público de importancia. Dicho de otro modo: aunque su familia hubiese tenido dinero, sí era cierto que políticamente hablando había iniciado su carrera desde la nada. Cuando creyó que esa condición de advenedizo total podía terminar pesando en su carrera, lo solucionó casándose con Julia Caesaris, una patricia perteneciente a la influyente familia de los Julios (que era nada menos que la hermana del padre de Cayo Julio César, que por entonces todavía no había nacido). Lo siguiente que Mario necesitaba para ser elegido era venderse como el hombre que la República necesitaba para terminar con Yugurta. Y esto lo hizo a la perfección. Les dijo a los romanos justo lo que querían oír: que Yugurta podía ser vencido con rapidez. Culpó a los aristócratas de los fracasos bélicos frente a los bárbaros y de la falta de avances en Numidia; lo cual, claro, era una pulla dirigida a Metelo, a quien soñaba con arrebatar el mando del ejército africano. Mario fue elegido para la máxima magistratura romana, lo que produjo una explosión de júbilo entre las clases populares, pues los plebeyos que llegaban a cónsules solían provenir de familias influyentes con un pasado político importante y era raro que un homo novus consiguiera semejante distinción.

Convertido ya en cónsul, todavía le quedaba un obstáculo hacia la gloria: desplazar a Metelo como comandante en Numidia. Aunque Metelo ya no fuese cónsul y aunque su estrategia fuese considerada lenta, estaba cumpliendo bien en el mando de las tropas y no había motivos legales para arrebatarle el puesto. El propio Senado dictaminó que resultaba innecesario sustituirle. Los anteriores jefes militares en África sí habían tenido que dejar el puesto, es verdad, pero lo habían hecho debido a sus fracasos o sus corruptelas. Metelo ni había aceptado sobornos ni estaba perdiendo la guerra, así que no mostraba ningún flanco débil. Ni siquiera era impopular. Pero Mario no estaba dispuesto a rendirse. Aprovechando que la presión popular continuaba creciendo en Roma, apeló al Senado que se le permitiese ponerse al mando de las tropas africanas. El Senado, pese a que albergaba a muchos nobles molestos con los mensajes populistas de Mario, decidió no llevarle la contraria. No aprobaron su solicitud, pero hicieron algo que en la práctica era lo mismo: empleando un tecnicismo para el que casi no había precedentes (de hecho solamente se conoce un caso en todo aquel siglo II), el Senado se quitó de encima la decisión sobre el mando militar en Numidia. La cuestión fue delegada a la Asamblea de la Plebe, donde Mario tenía todas las de ganar. Esto iba en contra de la ley, pero en la República era cada vez más frecuente que la conveniencia política del momento pesara más que las propias leyes. La Asamblea le dio a Mario lo que quería. Metelo fue destituido, aunque regresó a Roma con honores y se le otorgó el cognomen de «Numídico». Mientras, el ambicioso Cayo Mario partió hacia Numidia para intentar, de una vez por todas, acabar con el agujero negro que estaba absorbiendo la moral de los romanos y su fe en las instituciones.

(Continuará en la última parte)

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8 comentarios

  1. Pingback: La guerra de Yugurta (II): el escándalo

  2. Héctor

    Muy buen artículo, enhorabuena a E.J. Rodríguez por conseguir transmitir las personalidades y caracteres de los protagonistas históricos que va nombrando a lo largo del artículo, cosa complicada en tan breve espacio.

  3. Santiago

    Muy bueno.

    Lo de prohibir la reelección sin que haya diez años de intervalo, debería aplicarse en España.

  4. Pierre

    Que poco hemos avanzado como especie oiga, 2000 años despues y estamos en las mismas.
    Si se sustituye «Cayo Mario», por «Pablo Iglesias» es una fiel descripción de la situación política español.

    • En todo caso sería más bien un Saturnino o un Clodio. Mario logró cosas muy meritorias y positivas tanto a corto como medio plazo. Y eso que yo siempre he sido de Sila.

    • Mariano

      Tu comentario es el mejor ejemplo, cuñado.

  5. Adrià

    Se mantiene el nivel. Felicidades!

  6. Pingback: Pena capital animal – El Sol Revista de Prensa

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