Política y Economía

Demasiados Machados y ningún Max Weber

Max Weber. Foto: DP.
Max Weber. Foto: DP.

Desde que comenzó la crisis económica y política en España ha sido común escuchar a líderes de opinión, políticos e «intelectuales» de todo pelaje hablar de que estamos en una dictadura, en un Estado policial, que vivimos oprimidos por los mercados (que ponen y quitan gobiernos), por Angela Merkel o incluso por un Ejecutivo golpista. También tenemos quienes hablan de soviets urbanos en Madrid, de ciudadanos ignorantes votando a partidos populistas o de ilegítimos «pactos de perdedores». Puede que el sentido de la barbaridad se haya reorientado pues tenemos cuatro partidos —gracias a d´Hondt—, pero no parece que retrocedan estas ideas y talantes, quizá más extremos en las redes. En este tiempo de dificultades se ha vuelto a poner de moda el conspiracionismo. El recurso del utopismo arrogante, en el que es inevitable que quien opina diferente sea o bien un tonto o bien un malvado.

Una frase que me dijo un amigo una vez es que nuestro país había tenido demasiados Antonios Machados y ningún Max Weber, y creo que resumió muy bien una idea interesante. Quizá sea una opinión personal, pero es difícil no tener la sensación de que en España hemos tenido una larga trayectoria de idealización de nuestros males y virtudes pero hemos carecido de análisis que se centren en los conceptos, en las causas y consecuencias, en las motivaciones, en el estudio concienzudo de los fenómenos humanos. En lugar de hablar de cuestiones concretas, gustamos de despejar la pelota por elevación para ir al campo de los principios, uno en el que todo el mundo se siente más cómodo desde su respectiva trinchera. El neonoventaichismo, tan dado a manifiestos regeneradores aderezados con citas de Ortega y Gasset, no hace más que demostrar lo que cuesta muchas veces levantar la vista para ver qué ocurre más allá de La Junquera.

Nuestro país ha sido un terreno yermo de científicos sociales, en parte por la coincidencia del franquismo con el momento en el que estas disciplinas comenzaron a florecer en Europa. Es probable que eso lo estemos pagando hoy, explicando el campo del «debate de las ideas» y el tipo de intelectualidad predominante.

La prenda más habitual de la que están envueltos aquellos que se mueven en esta intelligentsia, que Sanchez-Cuenca describe aquí como «desfachatez intelectual», es la actitud crítica, rotunda y con un aire pesimista imposible de contentar, pues para ellos cuanto hacen el resto no son sino victorias pírricas. Este es el tipo de intelectualidad que opera en el campo de lo normativo (de los valores) y que se encarga insistentemente de recordarnos que existe un orden social superior, una sociedad mejor de aquella en la que estamos cómodamente instalados. Son los que nos recuerdan cómo Pokemon Go y el fútbol nos narcotiza frente a una verdad revelada ahí fuera. Este perfil de intelectual es justamente del tipo que salta de manera habilidosa entre la dicotomía del ser y del deber ser. Es decir, el que subraya lo incompleto e imperfecto de la sociedad presente y que sabe presentar de manera precisa cual es el óptimo estado en el cual el mundo debería encontrarse.

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12 comentarios

  1. Mi padre es tu amigo

    ¿usted cree que el Juan de Mairena de Antonio Machado es utopismo arrogante?
    ¿En que se basa?

    Gracias

  2. nunca serán suficientes los Machados… porqué no se ocupa de promocionar tantos Webers como usted estime necesario y dejar en paz a los poetas?

    • Me temo que justo su respuesta es la crítica que el autor nos habla.

      • Si tiene usted razón, que me sospecho que la tiene, deja al autor de la pieza desnudo en su gratuita retórica (y un servidor no pretendía llegar a tanto)

  3. Estupendo artículo. Totalmente de acuerdo.

  4. Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino?

  5. Sergio García Robles

    Entre el ser y el deber ser existe una diferencia de naturaleza. No hay nada más reaccionario que apelar constantemente a la fuerza de los hechos. Sin embargo, el campo de los principios, de los valores y de las ideas no está en otro mundo. Dicho kantianamente, las exigencias de la razón práctica, como la de la paz perpetua, son ideales regulativos. La paz no sería un principio, un valor que reside en otro mundo —no reside en ningún mundo, la metáfora platónica del mundo de las ideas es eso, una metáfora, nada más— sino un valor que debe regir nuestras prácticas.

    La contraposición entre una ética de los valores, tildada a menudo de idealista e inoperante, y una ética de las consecuencias, pragmática y realista, es demasiado maniquea. Derek Parfit, por ejemplo, ha trabajado en conjugar ambas.

  6. Sergio García Robles

    La afirmación de que el tipo de personas que subrayan lo incompleto de la sociedad consideran que están exentas de responsabilidad, ¿no es totalmente gratuita, mera doxa? ¿Quiénes son esas personas? Son «un tipo», una abstracción…

    Por otra parte, Weber y su ética de la responsabilidad han sido instrumentalizados del modo más cínico por políticos de todos los colores para justificar decisiones más que cuestionables. Desentenderse de los principios puede ser tan mala idea como creerse exento de responsabilidades.

  7. No veo que sobren Machados. No entiendo por qué tener demasiados poetas redunda en falta de sociólogos. Vamos, se me escapa.
    No me voy a tomar demasiado en serio este artículo, porque de ser así, pensaría que nos encontramos ante un caso más de confuisión entre correlación y causalidad.
    A lo mejor el exceso de Machados también está relacionado con el calentamiento global, no lo sé.

  8. Me resulta complicado tomarme en serio el artículo cuando en el primer párrafo, en medio de una serie de frases que muestran «ideas y talantes, quizás más extremos en la red», incluye «vivimos oprimidos por los mercados (que ponen y quitan gobiernos)». En ningún momento lo dice claramente pero resulta evidente que entraría dentro de lo que el llama «conspiracionismo» y tal vez «utopismo arrogante». Luego nos habla de la falta de análisis de la realidad política en nuestro país y el exceso de las visiones idealistas que van ligadas a posturas inflexibles. Se queja amargamente de cómo cualquiera puede opinar sin apoyar las opiniones en argumentos sólidos y cómo «los expertos» son denostados y metidos todos en el mismo saco (aunque asume cierta responsabilidad).

    Mi problema es que, aunque comparto la idea general de lo que dice (menos declaraciones grandilocuentes y más reflexiones basadas en hechos objetivos) no me parece que el autor se aplique el cuento. Empezar metiendo en el mismo saco de extremistas a personas que creen que Merkel y los mercados mandan demasiado y, por otro lado, a gente que suelta barbaridades como los soviets de Madrid tiene un tufo a falsa y reduccionista postura moderada. Ese «extremo centro» del que hablaba Tariq Ali. Una postura que se nos vende como razonable y sin caer en los manidos extremos. Lo que sucede es que los extremos dependen del contexto. A principios de siglo XX probablemente se tacharía de extremista pedir la jornada de ocho horas o el sufragio femenino. La postura supuestamente sosegada no puede esconder lo que es… una postura más. Yo considero, en efecto, que los llamados mercados (grandes empresas, bancos…) tienen demasiado poder de influencia en la esfera política. Pienso asimismo que actualmente en Europa Alemania utiliza su mayor peso específico en la economía para imponer decisiones al resto de estados. Acepto que ésta es sólo mi opinión (aunque esté convencido de ella) y no tengo inconveniente en debatir sobre ello. Acepto también que alguien hable de soviets en Madrid (aunque seguramente haya un intento de manipulación detrás de esa afirmación, que ni la propia persona que la expresó se cree). Y ojalá viviéramos en una sociedad en la que se debatiera de todo de manera sosegada y profunda (a diferencia de los programas de tertulia política). Desgraciadamente no es así, y comparto el lamento del autor. Pero apostar (sin decirlo) por una actitud de moderación, supuestamente basada en hechos y una visión analítica, y al mismo tiempo despacharse a gusto y repartir carnets de extremista SIN PARARSE A DEFENDERLO CON ARGUEMNTOS me parece absolutamente incoherente. Es caer en aquello que critica a lo largo de todo el artículo.

  9. pedro ramos

    A lo mejor, o a lo peor, lo que tenemos son demasiados articulistas a quienes les importa más conseguir un titular llamativo (recuérdese la vieja frase cínica de las redacciones: «no permitas que la realidad te estropee un buen titular») que razonar con algo de seriedad y hondura. Ni «tenemos demasiados Machados», ni Machado cabe en esa extremada simplificación que el periodista hace de él. Claro que cada uno habla, y es natural, del Machado que es capaz de concebir; si una mente es pequeña, también lo será inevitablemente todo aquello en lo que piense.

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