Música

El oficio de lutier

Hugues de Valthaire-64

Hugues de Valthaire iba a ser ingeniero. «Un día rompí mi guitarra por hacer experimentos con ella. Iba a pegarla yo, pero como estaba todavía en garantía la llevé a la tienda y ellos la mandaron devuelta a Japón. Y con esto me quedé asombrado: me quitan mi guitarra, me han puesto otra, y yo pensaba que me la iban arreglar. Con esta pequeña historia me di cuenta de que existía este trabajo».

El taller de un lutier está plagado de cosas fascinantes: de barnices, de maderas, de crines, de gubias, de cepillos. Salvo algún aparato electrónico, el instrumental y sus usos son similares a los que emplearon los maestros del XVII. El oficio, sin embargo, ya no se aprende entrando de aprendiz en un taller, sino en una escuela profesional. Valthaire estudió en la muy ilustre ciudad de Cremona, donde trabajaron los Amati, Stradivari, Guarneri o los Ruggieri. Le pregunto qué cualidades debe tener un lutier. Voy, por supuesto, cargado de prejuicios elevadísimos, así que espero que me responda que una sensibilidad extraordinaria o un oído absoluto. «La base es el trabajo de la madera. Hay lutieres que no tienen mucha idea de música. No digo que no les guste la música, pero que les da un poquito igual: lo que les gusta es la madera. Y es gente que trabaja bien. Pero evidentemente es un plus si tú puedes hablar con el músico y entender bien lo que dice. Eso es evidente: cuanta más sensibilidad [musical] tienes, más va a tu favor».

Como se sabe, un lutier es un fabricante de instrumentos de cuerda. Se llaman así porque empezaron haciendo laúdes (luth), pero con el surgimiento del violín, del violonchelo y de la viola de gamba vieron la oportunidad de ampliar su negocio. Valthaire construía violines, violas y violonchelos, pero desde hace una veintena larga (la mitad de lo que lleva en el oficio) se ocupa solo de hacer reparaciones. Le pregunto por qué ha dejado de construir y me dice que durante veinte años hizo un centenar de instrumentos. Los hacía solo en su taller y cuando tenía unos pocos se marchaba a París para intentar venderlos. «Cuando haces tu primer violín, nadie se va a interesar por él. El único modo de venderlo es que el músico lo pruebe y que le guste. Y esto, los diez primeros años no puede ser de otra manera». Le digo que, ingenuamente, creía que los instrumentos se hacían por encargo, poco menos que cada día había una procesión de músicos pidiendo instrumentos en aquel taller. «Se habla de gente que tiene encargos para dos y tres años. Yo conozco a muy pocos. Eso es un mito, es como pensar que todos los futbolistas ganan mucho dinero». Las reparaciones son un trabajo menos solitario: se habla con los músicos, hay más trasiego de clientes.

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4 comentarios

  1. Fascinante. Tuve la suerte de que un familiar mío es luthier y recuerdo de niño ir a visitarlo al taller y como me contaba todos esos detalles de la vibración, el barniz, etc.

    Recuerdo que iba a Austria periódicamente a seleccionar personalmente la madera que utilizaría y se dejaba curando durante 10 años. Iba, seleccionaba la madera y llevaba de vuelta a España la que estaba ya curada de viajes anteriores.

  2. Sólo una puntualización, se escribe luthier en lugar de lutier no?. Gracias por el artículo, muy interesante.

  3. Me encanta este nuevo autor de Jotdown. Magnífica entrevista, cediendo todo el protagonismo al entrevistado, y no con ese modo frío y poco artístico de pregunta y respuesta (con una P y una R). La revista (con autores como Joaquín) es ahora mucho mejor.

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