
Queremos elegir. La libertad para escoger es un valor, uno de los faros de Occidente, que se potencia desde la más temprana infancia, ya sea tierna o no, ya sea inocente o no. Quieres hacer el favor de no hacer ruido, hijo, que estoy discutiendo con tu madre y la madre de tu madre, que estoy tratando de salvar una futura vida en familia y son las tantas de la mañana y cualquier noción de equilibrio que pudiera tener la abandoné hace tres horas y siete daiquiris, y ya era menos que precaria por aquel entonces; quieres bajarte de la mesa de cristal, aunque no sea de Bohemia —ni siquiera es de Arija o alrededores— niño, cojones y coño y ya pero eso no se dice, o es que acaso buscas hacerte daño, vamos al parque, a casa de los abuelos, al museo del ferrocarril, vamos a la cárcel o a un orfanato para que veáis de lo que os habéis librado y lo que os podría esperar, y así todo, día tras día, escogiendo qué hacer y qué dejar de hacer, qué llevarse a la boca y qué rechazar, todo porque algún psicólogo loco y austriaco decidió no marcar indeleblemente el futuro de los niños, incluso de los bebés lactantes y los prematuros, y propuso librarlos de la estricta autoridad materna y paterna, y lo escribió en un libro más gordo que las memorias de un ministro de Napoleón, y lo llamaron ciencia. Porque a ver, chaval, quieres hacer el favor o no, o es que quieres que me enfade.
Elijamos, pues, lo que nos plazca. Nos aseguran los gurús de los mercados que cuantas más opciones tenga el consumidor, mejor será para él, y ya tenemos bien aceptadas esa y más chaladuras similares que han salido de la escuela de Chicago y otras fosas abisales, aunque cualquiera que se haya visto enfrentado a un menú chino de ciento cuarenta y siete platos o a la carta de vinos de un restaurante con aspiraciones gourmet las podría refutar sin dificultad. Pero en esas estamos, y ya ni siquiera es necesario imponerle una religión a nadie. La religión organizada está de capa caída, y de entre todas las decisiones que nos bullen en la cabeza como justo castigo por haber abrazado la libertad como bien supremo, la más decisiva, la más importante, aquella cuyas consecuencias, si tomamos la decisión equivocada, solo seremos capaces de revertir experimentando un auténtico Armagedón interior, es la compra de un ordenador personal o cualquier otro de esos dispositivos poseedores de un sistema operativo más complejo que los enlaces neuronales de muchos ganadores del Premio Nobel de Física. Y la decisión equivocada —y malvada— es comprar alguna maldición fabricada por Apple.
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Pingback: Manzanas podridas
Hola.
No puede ser un TAC, debe ser una RM que es la máquina donde se hacen los estudios funcionales.
Gran artículo en cualquier caso.
En cuanto los pastores de más allá de los Urales empiecen a tener productos de Apple, la empresa será desbancada por alguna otra fruta tecnológica que permita diferenciar de forma artificial entre un grupo y otro y crear ese falso sentimiento de superioridad que se vende a precio de iPhone