Ciencias

El hombre que solo decía «tan-tan»

Cerveau du nomme Leborgne, dit Tan, souffrant d'une incapacite d'ellocution due a une lesion (au centre haut de l'image) patient de l'Hopital Bicetre (Paris) sous la direction de Paul Broca (1824-1880). Ceci marque le debut de la phrenologie comme science , Cerveau conserve dans du formol au musee Dupuytren a Paris --- human brain of a man called Leborgne who suffered from inability to diction because of brain lesion (see on top center), he was treated at Bicetre hospital by Paul Broca (1824-1880). Beginning of phrenology as a science. brain in formalin kept at Dupuytren museum in Paris *** Local Caption *** human brain of a man called Leborgne who suffered from inability to diction because of brain lesion (see on top center), he was treated at Bicetre hospital by Paul Broca (1824-1880). Beginning of phrenology as a science. brain in formalin kept at Dupuytren museum in Paris
Cerebro de monsieur Leborgne. Fotografía: Cordon Press.

Cuenta Carl Sagan que tuvo su cerebro en la mano.

Fue en el parisino Musée de l’Homme. El astrónomo neoyorquino relata con precisión cómo llegó hasta él. Cómo recorrió cada uno de los pasillos, atravesando oscuros laberintos y mohosas salas, dejando atrás restos paleolíticos, estatuillas priápicas, grotescas máscaras ceremoniales, esqueletos articulados de orangutanes o series de cráneos perfectamente clasificados. Cuenta Sagan que todavía le perturbó más la visión de las colecciones de restos humanos, al más puro estilo del museo de los horrores. Dice que pudo observar especímenes con cabezas reducidas, frascos con embriones y fetos humanos nadando en fluidos verdosos, siameses unidos por el esternón y hasta un feto con dos cabezas y cuatro ojos. Cerrados, afortunadamente. La visita al museo lo cambió para siempre, y fruto de ello escribió un libro sobre las fronteras de la ciencia que a día de hoy todavía podemos paladear.

Pero de todos los objetos y especímenes que pudo observar Sagan, uno de ellos lo perturbó profundamente. La joya que descubrió el mítico autor de Cosmos: A Personal Voyage estaba un poco más allá de las áreas más visitadas del museo. Se encontraba escondido en el rincón más recóndito y más misterioso del edificio: la sala de los cerebros. Flotando en tarros de cristal rellenos de formalina, viejos cerebros grisáceos veían pasar impertérrito el tiempo, mientras el museo continuaba con su decadencia.

Año 1840. Hospital de Bicêtre. París, Francia. Louis Victor Leborgne, que pasaría a la historia de la medicina como monsieur Leborgne, ingresa en el hospital con un curioso cuadro clínico. No puede articular palabra alguna. Monsieur Leborgne ha tenido epilepsia desde que tiene uso de razón, desde la más tierna infancia. Pero no es por eso por lo que va al hospital. Hace dos meses tuvo un fuerte ataque. Y desde entonces es incapaz de articular palabra alguna.

Monsieur Leborgne nació hace treinta años en Moret-sur-Loing, la ciudad que sirvió de inspiración a los impresionistas franceses. Es artesano. Más concretamente curtidor de zapatos. Proviene de una familia acomodada, su padre y su madre eran maestros. Así que si no puede hablar no es porque sea analfabeto. Ha tenido una educación letrada. A pesar de su pérdida del habla es capaz de leer los diarios parisinos y de jugar al ajedrez.

Aunque no lo sabe, monsieur Leborgne ya nunca más saldrá de ese hospital.

Pasará los siguientes veintiún años en el asilo de Bicêtre, hasta el momento de su muerte, en 1861. El 11 de abril de ese año, monsieur Leborgne sufre una gangrena como consecuencia de la parálisis del lado derecho de su cuerpo, fruto del agravamiento de su enfermedad. Así que deciden trasladarlo al área quirúrgica del hospital. Allí trabaja el doctor Pierre Paul Broca, el cual acaba de fundar, rozando la clandestinidad, la Société d’Anthropologie de París. En ese momento, monsieur Leborgne, debido a su parálisis, no puede mover ni el brazo ni la pierna derechos, sufre problemas de visión y sus facultades cognitivas han disminuido ostensiblemente desde el momento de su ingreso en el hospital.

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8 comentarios

  1. Interesantisimo articulo. Muchas gracias!!!

  2. Hodor Hodor Hodor Hodor

  3. Muy intersante. Pero probablemente, aunque quede bonito tal como está escrito, el señor Broca sí se imaginase su cerebro entre la colección. Le imagino dando las instrucciones precisas para que asú fuese. Sería lo lógico.

  4. Pingback: El hombre que solo decía «tan-tan»

  5. Sí, y más cosas que, aunque quede bonito, mejor no marear la perdiz al personal: o no podía decir nada o sólo podía decir «tan». Las dos cosas no pueden ser. Según el título solo decía «tan». Después empiezas a leer y resulta que no decía nada, ¡pero no! Al final te enteras que sí podía decir algo y solo decía tan. ¡Caramba! Qué gran audacia la del autor del artículo. Uno termina con aquella gran cita de Fernán Gómez, «enga, ¡a la mierda!»

  6. Una historia fascinante. Genial artículo.

  7. Yop (⌐■-■)

    Mientras caminaba a mi casa , estaba pensando y de la nada dije tan tan , y pensé que sería interesante escribir sobre un personaje que se llame tan tan .
    Después de estar divagando sobre el tema , me preguntaba si existia algúna leyenda sobre tan tan y busqué en Google y encontré esté artículo , es muy interesante y cool
    Y cuando estaba caminando me di cuenta que los pasos suenan » tan tan » , talvez solo sea una alucinación mía .
    Solo yo escucho eso ? O que sonido tienen los pasos / pisadas o caminar ?

  8. Fascinante

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