
Tengo un amigo que es calvo.
Descubrí esta circunstancia la semana pasada, mientras tomábamos una caña en el bar al que acudimos todos los sábados. Hasta ese momento, la tarde estaba discurriendo con normalidad. Como cualquier pareja de amigos, acompañábamos los sorbos de cerveza con debates sobre asuntos de lo más banal como el relativismo lingüístico, las contradicciones de la teoría de la evolución teísta o la metaética y las implicaciones de la falacia naturalista. También sobre temas importantes como la presencia —o no— de cebolla en la tortilla.
De repente, algo llamó mi atención. Algo en lo que nunca antes me había fijado. Supongo que hay cosas en las que, sencillamente, jamás reparas, hasta que un día, sin previo aviso, acaparan toda tu curiosidad y el resto del mundo se desvanece. Sutilmente, observé la parte superior de la cabeza de mi amigo, que en ese momento se encontraba abstraído comentando las típicas obviedades sobre Alexander von Humboldt que se escuchan en cualquier cantina los sábados por la tarde. Había algo extraño en su cráneo. Algo inaudito. Me aproximé. Lo palpé con disimulo. Sin que se diese cuenta, traté de pasarle un pequeño peine. Fue imposible. Algo invisible, intangible, acaso inexistente, me lo impedía.
Gracias a la perspicacia que me caracteriza, comprendí de inmediato qué era aquello que tanto me desconcertaba. No sé cómo pude haberlo ignorado durante tantos y tantos años. No era una hecho cualquiera. No era una de esas circunstancias capilares que, en el fondo, a un amigo le dan igual. Todo lo contrario. Con sorpresa, pero también con dolor y frustración, descubrí que mi amigo estaba calvo. Mondo como una bombilla. Qué terrible disgusto. Qué profundísima decepción. Podría haberme esperado cualquier cosa de él. Cualquier vicio. Cualquier defecto. Pero aquello no. La calvicie no. Esa clase de contingencias deben avisarse. Un amigo nunca debería enterarse así, de sopetón. Es algo que, con toda seguridad, jamás seré capaz de perdonar.
Y el tipo estaba allí como si nada. Calvo perdido. En el medio de la gente decente y normal. Qué formidable grosería. Casi diría que le daba igual. Que no le importaba lo más mínimo. No es que ignorase su propio hecho piloso, como quien no se percata de que tiene una mancha de mayonesa en la comisura de los labios. No. Era perfectamente consciente de su alopecia. Allí mismo, mientras soltaba topicazos sobre Alexander von Humboldt, en su fuero interno sabía de sobra que estaba calvo. El muy sinvergüenza había perdido el cabello hacía años y jamás lo había mencionado. Nunca se había sincerado con nosotros. Con sus amigos. Con sus seres queridos. Al contrario. Continuaba haciendo vida normal. Presentándose en el trabajo, en los bares y en la vida misma con toda la calvicie al aire.
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Por suerte, el tiempo pasa para todos por igual.
De eso nada de nada. Menuda mata de pelo que tiene un servidor con 60 años cumplidos. Además, teñido como los chinos y Walter Matthau ¡hasta la muerte!
Sigo descojonándome sobre el teclado.
Gracias por este artículo, maestro, me has alegrado la mañana.
Muy divertido, enhorabuena al autor.
Un artículo genial, como viene siendo habitual. Espero que tu siguiente publicación no nos haga esperar demasiado.
¡Bravísimo! Qué bella forma de iniciar el día. Venga lo que viene.
Simplemente genial, he pasado un buen rato antes de currar. Firmado: un calvo; pero no el calvo de Bruce Willis en Jungla de cristal 4, sino más bien un Bruce Willis en El protegido.
Felicidades por este artículo. Me he reído como casi nunca. Ah, cuanto bien me haría poder faltar el respeto de forma indirecta a propios y extraños con una descarada alopecia completa, pero tengo que conformarme una tímida, parcial, y poco eficaz. Algún día, cuando sea viejo y desagradable, seré como Christopher Lloyd en La familia Adams.
Pingback: La importancia de no ser calvo
Y bajo la broma hay una verdad, expuesta de una manera muy atinada mediante esa deliciosa exageración.
Desde que me estoy quedando calvo (en plan anti-punk, con generosa autopista central), aprecio en algunas ocasiones algo que apunta de una manera sutil a eso. Es sutil, solo en el primer vistazo, y con personas inmaduras, pero ocurre. Pero tiene la utilidad de que sirve para ejercitar la humildad, al no poder ya ejercer la fascinación que generaba mi antes poderosa cabellera negra y levemente rizada.
También soy mas viejo y arrugado, pero soy consciente hace tiempo del factor de la (falta de) cabellera, extrayendo el factor de la edad, y me alegra leer sobre ello, ponerle palabras.
Un artículo la mar de Kafkiano.
Genial! Me encantó el estilo cínico-sutil del autor
El texto no puede ser más malo. Y la falta de respeto hacia los calvos, ingente. Parece que a algunos comentaristas le ha gustado mucho. Desde luego, así triunfan muchos. A base de recalcar los defectos de los demás. Denigrante.
Espero que tengas ocasión de mejorar no en comprensión lectora sino en la captación de la ironía y el cinismo. El final del texto da la clave del sentido del mismo. Y te lo dice un calvo miltante y orgulloso que dejó atrás cualquier tipo de complejo hace tiempo. Un calvo seguro de sí mismo lo es mucho más que un tipo con pelazo, porque se enfrenta al mundo sin complementos, «a pelo» aunque en este caso sea «rizar el rizo» de la contradicción.
Pues yo soy calvo, filólogo, poseo gran sentido del humor y de la ironía y veo este texto malo y zafio. No sé dónde está escrito que se pueda hacer humor facilon sobre los calvos y que, además de parecer literatura, tenga gracia. Y más aún, que los calvos (si no lo encuentran ya divertido) comprendan que a otros lectores les parece desternillante. Propongo, con las mismas dotes literarias vistas, que se redacten aquí textos igualmente jocosos sobre tuertos, bizcos, desdentados, cuatro ojos, jorobados, zambos, mancos, enanos, gordos y gigantones. Venga, que da mucha risa.
Dios mío, me estoy quedando calvo y este artículo me llegó hasta el alma, qué hago? Jajajaja, qué bueno, qué manera de escribir más amena, felicidades.
Es la primera vez que leo algo de este autor y, al acabar de leer esta perorata sobre la calvicie tengo que añadir que, es la penita vez que leo algo de esta autor, afortunadamente.
No se ni como he resistido leer hasta el final, ¿acaso pretende tener gracia? No es por el tema de la calvicie, yo aún tengo pelo y no me afecta en la moral, es por el estilo, el ritmo, la repetición, la previsibilidad, la falta de originalidad.
Decepciona saber, que alguien haya cobrado por escribir esto, pero sorprende saber que alguien haya publicado esto. Al final va ha tener razón la canción: La cultura es una tortura. Porque con textos así de simplistas, del placer de leer nos quedarán sólo los clásicos.
Buen artículo. Yo intento ser calvo en plan Bruce Willis, pero me temo que con el tiempo me voy pareciendo más a Antonio Resines. Y no creas que no me jode, hasta me pongo la camiseta de tirantes sudá con una placa de policía (de mentira) colgando al cuello, camisa hawaiana y repartiendo hostias como panes. Lo que pasa es que al final siempre es un sueño.
Pues Resines es más guapo que Willis y además tiene una polla como una olla.
Al nivel del artículo. Desternillante
Me estoy dejando la frente maleducadamente, jejeje. buen artículo
Gracias. Un calvo agradecido por la lectura.
Me gustan los autores de artículos que no se cortan ni un pelo en decir estas cosas. Celebro leerle; hacía tiempo que no se le veía el pelo por aquí.
Otro calvo al que le ha divertido el artículo. ?
Yo prefiero quedarme calvo como los Ramones y poder llevar una peluca de una densidad capilar y color impropios para un adolescente de 60 años, antes que morir con todo el pelo. Aun así no desdeño la posibilidad de llevar un lápiz en la oreja como mi tío que era carpintero, sólo para disimular su calvicie. En una ocasión mi tío, el carpintero, me pidió que le ayudara con su trabajo aguantándole una plantilla que había hecho con cartón para marcar un corte en una tabla: ponme la mano en el cartón, dijo, y yo dejé caer la palma de mi mano sobre su cabeza. El hombre se descojonó de risa
Nunca una espera fue tan entretenida. Gracias :)
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