Fotografía cortesía de Raúl Cancio.

El fenómeno de los jóvenes performers que han irrumpido con un ruido y una fuerza inusitados en el panorama poético español, vendiendo tiradas de libros inimaginables para cualquier poeta anterior, y congregando a su alrededor a un número de seguidores, también muy jóvenes, nunca antes soñado, ha dejado boquiabiertos a propios y extraños, incluidos los vates del mercado. Si bien la calidad de las propuestas de estos modernos juglares es más que discutible, su asombrosa facilidad para sacar a la poesía de sus tradicionales nichos minoritarios y acercarla a la calle y a la gente merece, cuando menos, una reflexión; no sobre el fenómeno en sí, cuyo alcance en el tiempo y repercusión sobre la poesía no nacida de ese impulso me siento incapaz de predecir, sino sobre la reubicación del poeta en su discurrir por las dos orillas, la pública y la privada, entre las cuales navega, no sin cierto riesgo para su propia identidad.
El concepto de autoría artística que manejamos como si siempre hubiera existido, en realidad procede del romanticismo. Su apelación a la preeminencia del individuo sobre el sistema está en la base de nuestras democracias y cartas de derechos civiles, aunque también tiene su parte oscura. María Zambrano ha escrito que, por una errónea interpretación de la libertad individual, a partir de esa época «se confundió la persona, la persona moral de donde brota la libertad, con el individuo vuelto de espaldas a la vida». Ello entra en franca contradicción con la vivencia del arte como un continuum de la civilización en el que cada artista individual se inserta en cualidad de médium o eslabón, antes que como voz aislada sobre la que, constantemente, hayan de recaer los focos. No: es la obra, y no el artista, la receptora de la mirada del público o, en el caso concreto de la poesía, de sus oídos, necesitados de otra manera de nombrar el mundo.
El reproche de María Zambrano al «individuo vuelto de espaldas a la vida», que apela a una falta de ethos en la vida pública en general (no reducida al intelectual y al artista), no arroja sin embargo al poeta, en contra de lo que pueda parecer, en los brazos de la popularidad opuesta al callado quehacer creador. La propia filósofa sostiene, como he apuntado en alguna otra ocasión, que precisamente a partir del siglo XIX el mundo de los poetas deja de ser, como nunca antes y por diversas razones (1), el mundo real; y que este de pronto se ubica en un espacio sumergido, una realidad que habrá de hacer emerger, para la cual primero deberá «irse lejos del centro donde vive» y convertirse en «el huido, el perdido». Semejante desplazamiento o desubicación, ante todo interior, aleja al poeta de las urgencias de su presente y lo conecta con otro tiempo, eterno y trascendido, al que solo se llega por el apartamiento. De ahí la paradoja: para que la poesía sea participación en el continuum aludido, esto es, pertenencia a, y designación de todo lo humano, su agente conductor primero tendrá que retirarse a la frontera de sí mismo. Desde tal límite, que lo es, metafóricamente, tanto de la conciencia como de la herramienta imperfecta sobre la que descansa (el lenguaje), regresará para comunicar su decir: «La poesía es el avance hasta un lugar en que el significado se abre de repente de manera inesperada sobre el vacío y se detiene conteniendo el aliento», en versión de la poeta Ana Blandiana; poeta que, por cierto, a raíz de su actividad cívica, ha sufrido en primera persona, y a ello alude en sus últimos libros, las distorsiones causadas sobre el «yo» cuando este adquiere una dimensión pública.
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Que los nuevos poetas demuestren que son poetas, que son capaces de arrasar cualquier prejuicio con la densidad de su percepción, que todas las emociones hierven en su materia, que van más allá de la filosofía sin desdeñarla, que recompensan al ser humano con más humanidad y más grandeza y más sincera nobleza aunque sea basta. Y los fenómenos mediáticos, publicitarios, que hagan su trabajo, si quieren.
Ahora todo es márquetin -que es algo más que publicidad-, puritanismo -esbozado por el buenísimo y escribir de lo que el prójimo desea escuchar y ver, que no está nada cerca de la lectura- y ambigüedad -porque se ha inventado esa huida de la verdad que es la verdad personal, «mi verdad». Poesía fácil de ropajes musicales baratos y palabras de perro ladrador y poco mordedor.
Miles de blogs con ilustraciones angelicales y de un romanticismo acrílico, con la misma miel empalagosa y adulterada de los cantantes de dientes de porcelana y reluciente blancura antinatural. Las masas anónimas de «fans» y autores nacidos de ellas y, al despuntar, ondean las mismas banderas mientras son vanguardia activa de los derechos de autor los cuales hace media hora despreciaba. El mismo fenómeno que la narrativa juvenil y sus fábricas de producción en serie.
Ojalá acabé el proceso en un regreso a esa poesía de la que Maria Zambrano podía relatar su cronología hasta el primer poema.
Con el transcurrir del tiempo, todo cambia. La juventud con la tecnologia se ha mecanizado y se ha olvidado vivir el ser interior, que nos lleva a ver con poesia la vida.
¡Gracias!