Arte y Letras Literatura

Leer a ciegas

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Betsy von Furstenberg leyendo un guion, 1950. Fotografía: Stanley Kubrick / SK Film Archives / Cowles Communications / Museum of the City of New York.

Trabajar como lector profesional es como cobrar por practicar sexo. De entrada suena estupendo, te van a dar dinero por algo que tú estás encantado de hacer gratis, pero muy pronto descubres que leer por obligación puede ser tan poco apetecible como tener que encamarse con un señor de Murcia (con perdón de los señores de Murcia) que no te atrae lo más mínimo. Eso sí, entre ambas actividades hay una diferencia sustancial, las tarifas. Follar está mucho más valorado.

Ejercí esta profesión durante años, la de lectora, digo, para Planeta. Aporto este dato, no para atribuirme ningún tipo de autoridad, sino para justificar cualquier flaqueza estilística en la que pueda incurrir a partir de ahora. Nadie sale indemne de un pasado así. El hecho de escribir una novela, independientemente de que el resultado que se obtenga sea bueno o malo, implica una inversión de tiempo y esfuerzo que por sí sola merece un respeto. También es cierto que cuando te ves obligado a engullir dos originales semanales, algunos de los cuales no han pasado aún por ninguna criba, sientes deseos de abrir el balcón y reclamar a gritos un poco de compasión.

Para realizar esta labor no se exigen grandes aptitudes, aparte de una vocación lectora, cierto espíritu crítico, confidencialidad y estar dispuesto a invertir mucho de tu tiempo libre. El trabajo es sencillo. El editor te proporciona un original ocultándote la autoría y tu obligación es devolvérselo acompañado de un breve informe que incluya un resumen argumental —cuando el texto está mal escrito y descuajaringado esa puede ser la parte más costosa—, una valoración literaria y otra desde el punto de vista comercial. Dos enfoques que difícilmente van de la mano.

Enfrentarse a un texto a ciegas, es decir, sin ningún condicionante previo, es una experiencia interesante. Cuando nos limitamos a ser lectores vocacionales, antes de sumergirnos en las páginas de un libro estamos subordinados a una serie de factores que no consideramos de forma consciente. La reputación del autor, la colección de reseñas y críticas que acompañan el lanzamiento o estrategias básicas como la faja en la portada que nos recuerda el número de ejemplares vendidos en el país vecino son elementos que influyen en la percepción que vamos a tener de la obra. No importa que nos prometan el libro del año cada mes, tendemos a creer lo que nos dicen voces autorizadas. Si nuestro frutero nos promete que los melocotones que hemos escogido son los mejores del mercado y una vez en casa descubrimos que no tienen nada de especial, probablemente no volvamos a confiar en él. Con los libros somos más flexibles. En el fondo, por muy avezados lectores que seamos, tenemos miedo a ser los únicos en no reír cuando el chiste ha terminado, a no ser capaces de encontrar lo que a todas luces todo el mundo parece haber visto.

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19 comentarios

  1. Pingback: Leer a ciegas – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Encantador y divertido artículo y buenísima la anécdota de los Dumas.

  3. ¡Alexandre Dumas Senior, el Francisco Ibáñez avant la lettre!

  4. Gran final y muy bueno el símil de partida. La lista de escritores rechazados está llena de narradores premiados y reconocidos tanto por el público como por la crítica: Orwell, Proust, Joyce, John Kennedy Toole http://bit.ly/2oGofEj Y muchos se vengaron de forma muy divertida. Un saludo cordial.

  5. Mil gracias por esto.

  6. Impresionada me hallo. Cuánta inocencia perdida.

  7. Artículo placentero, pero que se pierde en las intenciones. Una cosa es la lectura y su promoción (objetivo que compartimos todos los defensores de Cultura y Educación). Otra cosa es leer para una industria (objetivo privado) y una, menos agradable todavía, leer dentro de concursos… El caso de autores que han sabido hacer del libro una industria en tiempos de pocos lectores también es un caso aparte, quizás admirable.

  8. Y quien lee a Proust comprende que le puedan haber rechazado… Aunque queda muy bien, muy de «inteligente e intelectual que comprende novelas de alto nivel», sea lo que sea eso, no es el colmo del dinamismo en cuanto a actividad de los personajes. Me hizo mucha gracia cuando leí una referencia al mismo en un libro de Murakami, en el que recomendaban leer a Proust sólo en periodos de encierro y aislamiento, no le quito parte de razón XD.

  9. Para quien quiera profundizar en la relación Dumas-Maquet: https://www.youtube.com/watch?v=6efdZvy1CNY

    Interesante artículo!

  10. Agustín Serrano

    Muy bueno.

    Felicidades.

  11. Que interesante . El lector desde la profesión .

  12. Yo leí una vez en algún sitio que hasta los propios negros de Dumas tenían a su vez negros que les hacían parte del trabajo, tal era el volumen de negocio que movía.

  13. Al leer “Trabajar como lector profesional…” me enganché como si hubiese encontrado una mina de oro. Me dije ¿de verdad se podrá ganar dinero con la lectura? Pues parece que no. Parece que se gana con la escritura, con la capacidad de evaluar, discernir y, finalmente, discriminar entre aquello que pueda ser, o no, una obra maestra o un discreto negocio… ¡Maldita sea mi suerte!, no reúno ninguna de estas cualidades. Solo sé disfrutar de la lectura y no veas, apreciadísima Victoria González, lo bien que me lo he pasado leyéndote. Además, a través de tus líneas me reencontré con Roman Gary y me dio ese calorcito de la nostalgia por uno de los primeros amores literarios. Fue con «Au dela de cette limite…” pero después, todo, y creo que tu también, pues resumes la búsqueda de su pseudónimo (“palabro” feo donde los haya y que tu rehúyes, aunque no se note). ¿Recuerdas cómo, ya movilizado, llevaba a todas partes un cuaderno donde apuntaba todos los nombres que se le ocurrían, antes de haber escrito una sola línea? ¿Recuerdas su frustración cuando escucho por la radio el pseudónimo perfecto?: “Charles de Gaulle”, pero ya estaba cogido. ¿Sabes que antes de pegarse un tiro en la cabeza, colocó una toalla roja sobre la almohada para, seguramente, no impresionar demasiado a la femme de menage del hotel?
    Parece que no me podré ganar la vida con la lectura, pero ¡que me quiten lo “bailao”! Y, por si acaso, ¿me concede Ud. este baile?

  14. Durante muchos años trabajé como lectora y asesora de varias editoriales. El trabajo estaba muy mal pagado; cuando una editorial me daba un manuscrito que ya había leído para otro sello, era como si me tocase la lotería: cobraría dos veces por el mismo informe. Solo cuando leía para premios llegaba a ganar algo parecido a un sueldo, pero eso sólo sucedía tres o cuatro veces al año; sin el buen dinero que ganaba mi marido no habríamos podido sobrevivir.

    En cambio, era la profesión perfecta para conciliar vida laboral y familiar: podía trabajar desde casa, echar a la bolsa de las toallas algún manuscrito para leerlo mientras mis hijos correteaban por la piscina de la urbanización, leer desde la playa o la sierra… Y, además, no tenía que faltar a la oficina cuando los niños se ponían malos.

    Pero a medida que mis hijos fueron creciendo, el trabajo acabó quedándose pequeño. Leyendo inéditos se aprende muchísimo, es como estar en formación perpetua; pero sentía que toda aquella experiencia se estaba desperdiciando, pues no beneficiaba a nadie. Yo no sacaba rendimiento económico a todo lo que sabía, y los autores seguían recibiendo las mismas cartas de rechazo.

    Un día, en una de las editoriales nos dijeron que a partir de entonces ya no redactaríamos informes: nos limitaríamos a rellenar con “x” un cuestionario. Entendía que aquella medida estaba dirigida a optimizar el tiempo de los editores, que perdían muchas horas leyendo informes, pero acababa con el único placer del ingrato trabajo del lector: escribir.

    Así que decidí poner mis conocimientos al servicio de quien realmente lo necesitaba: los escritores. Y hace 17 años fundé la que entonces fue la primera asesoría literaria de internet (Proscritos, no pongo el link para que no me baneen). En 2009 dimos el salto a mundo real, y abrimos un local en Torrelodones (Madrid), en el que tenemos una pequeña librería e impartimos talleres de escritura creativa (y de todo lo que tenga que ver con la literatura). Ganarme la vida leyendo (y escribiendo) ha costado sangre, sudor y lágrimas, pero ha merecido la pena: tengo el mejor trabajo del mundo.

  15. César Rubio

    El título me hizo confundir el contenido: Pensaba que es refería a leer sin referencias de ningún tipo, saltar de autor en autor con feliz ignorancia e incoherencia. Me reconocía en ese personaje, pero leyendo ahora este estupendo artículo me pregunto si todos los lectores que arrastramos este vicio desde hace muchos años no pasamos también a ser lectores profesionales que juzgamos, corregimos y vemos las influencias de los autores que vamos descubriendo. Es cierto que no nos enfrentamos al mismo libro igual que la primera vez que lo leímos, pero tampoco nos enfrentamos a la última lectura como si fuese la primera obra que nos emocionó.
    Seguro que debemos agradecer a la autora de este artículo la edición de alguna de las obras que nos han llegado a interesar de verdad en los últimos años.

  16. lichtenberg

    Muy bien visto. Sí, se trata del famoso caso de los escritores rechazados:

    https://antoniopriante.com/2015/11/10/el-caso-de-los-escritores-rechazados-refundido/

  17. Eso de que Shakespeare usaba a Marlowe o Edward de Vere de ghostwriter es una parida espectacular. Marlowe se murió cuando Shakespeare estaba empezando su carrera y era mucho más popular que Shakespeare por aquel entonces. Y la teoría de conspiración de De Vere es flojísima. Además, en los 1590s, las obras de teatro impresas no solían llevar el nombre del autor, no como ahora. Buen artículo, pero si citas a Shakespeare, infórmate…

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