Música

Mozart y Salieri, todavía

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El tenor Pablo García-López como Mozart. Foto: Fundación Juan March / Teatro de la Zarzuela.

Donde esté una buena rivalidad que se quite una amistad empalagosa. A esta afirmación ramplona debemos un buen pedazo de la literatura universal, del cine y de otras tantas artes que cuentan historias. También la pervivencia del contencioso Mozart-Salieri. La historieta, al parecer, arranca de una confesión (apócrifa) de Salieri, ciego y senil, en su lecho de muerte. Mozart, por lo visto, pasó sus últimos días paralizado y entre unas fiebres atroces, convencido de que lo habían envenenado con acqua toffana (un cóctel de cantáridas y arsénico). Pero unas simples acusaciones cruzadas no hubiesen estirado tanto el cuento. Todo debía quedar engrasado con una buena ración de envidia.

Tenemos dos opciones para escoger. Primera: Salieri es un chico talentoso, descubierto y llevado a Viena, donde se forma y comienza a ascender por los puestos más prestigiosos de la carrera musical. Gana sus buenos dineros y hace sus cosas de músico. Mozart, seis años menor que él, un niño prodigio, después de que su padre lo paseara por las cortes europeas, intenta hacer, con bastante menos éxito, carrera en Viena. Alguna rencilla profesional, pero, en general, una relación cordial: Salieri fue profesor del hijo menor de Mozart (también de Beethoven, de Liszt y de Schubert); escribieron una cantata juntos, a la salud de la Storace (la Susana de Bodas de Fígaro, que fue un tiempo amante de Mozart), que se había recuperado de una depresión que la tenía afónica. En fin, nada demasiado apasionante.

Segunda: Salieri estudia mucho, porque no es muy habilidoso, pero se esfuerza tanto… Con el sudor de su frente, las lágrimas de sus ojos y la sangre de vaya usted a saber, consigue una posición de prestigio en la corte austríaca, pero, ¡repámpanos!, entonces aparece un muchachito liviano e infantiloide pero extremadamente talentoso que hace con el meñique lo que el pobre músico esforzado hace con tanta dedicación y sufrimiento. ¡Intolerable! El músico esforzado comienza a cultivar una envidia larval y mezquina que, en el momento apropiado, estalla en un arrebato de furia homicida.

Comprenderán que, para hacer películas, es mejor la segunda. Lo cierto es que la historia del músico envidioso tiene todos los ingredientes que le gusta al Romanticismo: la oposición entre genialidad y premeditación, las pasiones desatadas, el hombre torturado por su naturaleza vil. Es esta la idea que seduce a Pushkin al escribir en Las pequeñas tragedias el «Mozart y Salieri», y sobre esta, a Rimski-Kórsakov, a escribir su ópera. Conservamos dos versiones, una para piano y otra orquestada.

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